Es el mercado, amigo: así te engaña la doctrina neoliberal

Artículo original de Juan Teixeira para Eulixe: ¿Esto es un saqueo? No, es el mercado, amigo

La crisis económica del 2008 y la actual pandemia han puesto de manifiesto que no parece que el sistema económico actual vaya a cambiar su esencia por voluntad propia jamás. Muy al contrario, mientras pueda seguir ahondando en sus tesis, así lo hará. El problema es que esa tesis esencial consiste en la acaparación total de riqueza por parte de una reducidísima parte de la población, desechando cualquier otra consideración ética, jurídica, ecológica, social, política o estética.

A pesar de que los índices de pobreza no dejan de aumentar por todo el mundo, la crisis climática ya es parte de nuestro día a día y el coronavirus golpea sin cesar, los multimillonarios vieron incrementar su fortuna en 3,9 billones de dólares entre marzo y diciembre de 2020, más que suficiente para vacunar a toda la población mundial y acabar con el hambre. Sin embargo, las estratagemas del 1% mundial que acapara tanta riqueza como el 99% restante continúan funcionando y agravando las desigualdades, la pobreza y la contaminación.

En general, los análisis políticos, sociales y económicos alrededor de la fuente de las desigualdades que crecen en el mundo, más aún en épocas de crisis, relacionan las profundas contradicciones económicas del sistema capitalista, las tesis neoliberales de las Escuelas de Austria y de Chicago (y que ahora hasta buena parte de la derecha rechaza) y la enorme influencia que tiene la gente más rica y con más capital en las decisiones que se toman a lo largo y ancho de todo el globo.

Imperius Neoliberalis

Sin embargo, para poder mantenerse, el sistema envía constantemente mensajes, relatos y discursos que lo sustentan, hasta el punto que a veces resulta más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar la posibilidad de desarrollar un sistema económico más justo e igualitario.

Al igual que en su momento el Imperio Romano ofreció muchas cosas positivas a los pueblos invadidos a golpe de gladius, es bien cierto que el imperialismo neoliberal ha ofrecido también una época de esplendor en muchos campos, al menos para algún que otro sector social. Ahora bien, todas esas comodidades disfrutadas, esas décadas de “bonanza económica” en donde se llegó a decir que “España estaba en la Champions League de la economía”, tenían un precio muy alto.

No hace falta siquiera referirse al futuro y a la suicida irresponsabilidad que supone el intentar vender el crecimiento ilimitado e indefinido en un planeta de recursos finitos y donde los acuerdos medioambientales son vulnerados una y otra vez.

En los comienzos de este imperialismo neoliberal, cuyo fin, según economistas, está augurado para las próximas décadas debido a su propia insostenibilidad, trabajadores y gente de a pie, encargados de sostener un sistema que se vendía (y se vende) como el mejor, sufrieron lo inimaginable: jornadas de 12 a 15 horas laborables, condiciones insalubres, salarios miserables, mano de obra infantil… personas, hijos de nadie, a las que se les arrebató hasta el último aliento para poder construir este gran imperio.

El problema es que esos nadie fueron borrados de un plumazo de la historia, y sus hijos, secuestrados y lobotomizados, ahora sufren un conato de Síndrome de Estocolmo que les lleva a lamer con pasión la bota que les pisa el cuello. 

Como ejemplo evidente están esos niños rata que han salido en manada a defender que sus youtubers favoritos se vayan a Andorra para no pagar impuestos en España. Pero en realidad, esos niños no son culpables. Ni tampoco es un fenómeno nuevo. La falta de la ética más elemental no va contra los youtubers en sí, sino también contra personajes como Amancio Ortega, Rafa Nadal o cualquier otro patriota de bandera en la pulsera e impuestos tras la frontera. Sin embargo, resulta cuando menos curioso que esta nueva generación que comienza a habitar el mundo defienda con tanto ímpetu la evasión de impuestos. 

No existen muchas dudas ya: ellos son la primera generación en mucho tiempo que vivirá peor que sus padres. Probablemente les cueste mucho conseguir un empleo y, si lo tienen, la estadística dice que será un trabajo precario con peores condiciones laborales. Además del complicado mercado laboral, la educación y la sanidad viven momentos críticos, y la crisis económica que se avecina no parece que vaya a permitir mejorarla.

Y, de todos modos, el planeta tampoco aguantará mucho más a este ritmo. Pero ni la educación, ni la sanidad, ni el trabajo, ni siquiera el futuro del planeta son prioridades para la mayoría de las víctimas del sistema, víctimas también de los valores intrínsecos de la sociedad actual. Lo que importa de verdad es que haya libertad para que sus referentes puedan guardar su dinero en un chalet en Andorra. Ellos, que probablemente no podrán ni adquirir una vivienda o apenas un alquiler en alguna zona deprimida. Aunque lo de comprar es para loosers, ellos siempre podrán apuntarse al coliving

La romantización de la pobreza

Esto es lo que le espera a la generación que ahora debería empezar a emanciparse pero no tiene recursos para ello, los millennials centennials (llamados también Generación Z): pobreza cool. Hace años que se intenta vender, desde diferentes medios, la pobreza como un estilo de vida. Ejemplo de ello es el freeganismo, la moda que convierte el recoger comida de los contenedores en una opción no solo para los indigentes o los antisistema, sino también para los mileuristas. Trabajar y tener que buscar en la basura para comer ya no es incompatible, e incluso puede que te dé algunos likes.

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En la misma línea otro concepto de reciente creación es el nesting, que básicamente es quedarte en casa para no gastar los euros que no tienes, pero revestido con un bonito barniz hipster. Ojo al reportaje de El País que comenzó la tendencia en España: “No salir de casa en todo el fin de semana rebaja la ansiedad e ilumina la mente: atrincherarse entre las cuatro paredes de su morada ya no es de muermos, sino la última tendencia de moda: el nesting”. Lo bueno para los pioneros del nesting es que el 2020 los pilló bien entrenados. 

¿Y qué me decís de la “moda” de no tener lavadora? Que es una moda solo para la nueva clase media que no puede permitirse ni tener una lavadora, pero una moda al fin y al cabo, y como tal hay que respetarla. Así titulaba El Periódico hace un año sobre la maravillosa tendencia de no poder lavar tu ropa en casa: “España se apunta al ‘boom’ de hacer la colada fuera de casa“. 

También se observa esta tendencia de hacer cool la pobreza, como no, en la moda. En el siguiente reportaje de la revista GQ lo denominan PobRicos, y la frase final resume muy bien la idea:

Quizá haya que buscar en el grunge de los 90 el arranque de esta tendencia, cuando las finanzas y el progresismo elitista de Clinton comenzaron su orgía global sobre los escombros del Este socialista. Entonces, el dirty chic, con sus franelas y sus ropas andrajosas, apareció como emblema de las clases creativas emergentes. Hoy el estilo pobre sea quizá una forma de ofensiva ostentación de ricos : dioses jugando a ser vagabundos. O, en la forma de la sobriedad de los CEO de las exitosas empresas tecnológicas, un tipo de pudor protestante con que se recubre el dinero. Las tornas han cambiado. Se agranda la brecha entre arriba y abajo. La exhibición de status puede que sea ahora la (lujosa) negación del lujo. Vestir bien es de pobres. Ir de chándal sólo está al alcance de los ricos.

La revista Glamour ofrece otro maravilloso ejemplo de esta nueva tendencia de normalizar la precariedad e incluso positivizarla. Se trata de un reportaje de moda en el que las modelos visten carísimas prendas de Prada o Gucci, mientras realizan repartos con mochilas de Glovo.

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Tuit de Ekaitz Ortega sobre las fotografías publicadas con modelos vistiendo prendas de Prada y Gucci mientras reparten con mochilas de Glovo. Autor: Ekaitz Ortega, 28/02/2019. Fuente: Twitter

Puede parecer algo anecdótico, pero no lo es. El capitalismo necesita readaptarse continuamente y mantener el consumo, pase lo que pase. Así que si el trabajo de repartidor de Glovo (y similares) es uno de los más precarios que existen actualmente y el símbolo de la decadencia del mercado laboral (como en su día lo fue trabajar en un McDonalds, hoy en día visto casi como una suerte), pues busca la mejor manera posible de maquillarlo.

Lo de mejorar las condiciones laborales de los trabajadores o, al menos, hacer una crítica y un análisis serio de lo que está pasando con la precariedad laboral, parece que es algo antiguo, aburrido y feo, que no vende, e incluso algunos lo tildarían de comunismo bolivariano.

Pero sin lugar a dudas, el experimento neoliberal por excelencia que nos sirve de perfecto ejemplo de cómo positivizar la precariedad es el actual Madrid. Su gran lideresa y su pequeño compañero de batallas, simpáticos representantes de la oligarquía castiza, nos están ofreciendo día tras día tragicómicas muestras de la inventiva neoliberal. 

¿Que un temporal de nieve azota la ciudad y no se puede quitar la nieve porque el servicio fue externalizado y no está en su contrato quitar nieve en un temporal? Pues se apela al espíritu cívico de la gente y que cada uno se saque su nieve del portal como buen madrileño. Y ya de paso se pide 1.000 millones al Gobierno central.

¿Que los pobres niños pobres de la ciudad pasan hambre? No pasa nada, se compra unas pizzas a mi amigo de Telepizza y así se soluciona el problema. ¿Que la sanidad que llevamos años recortando no da a basto en una pandemia? Concedo a dedo la construcción de un hospital en tiempo récord, y te lo limpian y mantienen seguro, aunque no haya personal suficiente y tenga que amenazar y llevarme de otros centros a las enfermeras. Y si así no llega,  lo que falte lo derivo a la sanidad privada que aunque me salga mucho más caro todo queda en casa. Y el problema es que mucha gente lo aplaude.

Como coló la gran estafa española del siglo XXI, cuando tras la crisis económica de 2008, provocada directamente por lo s desbarajustes sin fin del sector financiero y su descarada especulación, el Gobierno decidió “rescatar” a parte de los responsables con dinero público, como si fuesen las víctimas del propio sistema que durante décadas les permitió lucrarse hasta lo absurdo.

Pues bien, ese rescate a la mafia bancaria le costó en plena crisis a los españoles más de 65.000 millones de euros según el propio Banco de España, de los cuales el 78% (50.940 millones) no se recuperará jamás, lo que implica que cada ciudadano pagará 1.085 euros de su bolsillo.

Y sí, muchos españoles defienden esta forma de actuar, haciendo suya esa famosa frase que nos dejó para la posteridad uno de los artífices de esta gran estafa, Rodrigo Rato, quien ante la comisión de investigación de esta crisis bancaria en el Congreso de los Diputados se atrevió a asegurar lo siguiente sin descojonarse:

Se dice que costará unos 60.000 millones de euros; yo creo que será más… ¿Es esto un saqueo? No, eso es el mercado, amigo.

Neoliberalismo: una estafa piramidal

Todas estas decisiones y forma de actuar tienen una finalidad clara y evidente: desmantelar todo lo que suene a público y profundizar en las tesis neoliberales, cuando no directamente liberales o libertarianas. El resultado es un servicio menos eficiente y más caro, pero con mayor beneficio para las empresas privadas.

Quien posea una de esas empresas, se entiende que le beneficie este modelo y lo defienda, sin entrar en consideraciones éticas. Sin embargo, un ciudadano de a pie, con un sueldo normal y corriente (si es que no esté desempleado o es estudiante), no debería defender un modelo que año a año termina perjudicando a la mayoría.

Y es que es fácil entender que el sistema neoliberal sigue un esquema piramidal, como las famosas estafas. En la cima se encuentran los grandes magnates, empresarios de multinacionales, banqueros, grandes propietarios y similares. Debajo estarían los políticos que legislan a su favor, los medios de comunicación que moldean la realidad para ellos, las fuerzas de seguridad que los defienden y, en general, todos aquellos profesionales útiles al mantenimiento de la pirámide, y que se benefician de ser los primeros bajo los pies del amo.

Y por último estarían todos los demás trabajadores que mantienen el sistema gracias a su esfuerzo y sacrificio. A principios del siglo pasado ya lo tenían bastante claro, como muestra esta “Pirámide del capitalismo” publicada por primera vez en 1911 en la revista Industrial Worker:

Neoliberal

Los datos no engañanel 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto. Y sin duda la pandemia le ha sentado muy bien al sistema. Por si esa brutal desigualdad no fuese suficiente, ese 1% en la cúspide de la pirámide ha visto crecer su fortuna de modo muy considerable en el último año, mientras el resto del planeta veía empeorar sus condiciones de todos los modos imaginables.

Según la revista Forbes, desde el 18 de marzo en Estados Unidos Mark Zuckerberg aumentó su patrimonio en un 46,2%, Jeff Bezos un 30,6% y Elon Musk un 48%.

En todo el mundo la tendencia es similar: los pobres cada vez son más pobres, y los ricos cada vez más ricos.

La situación en el estado español es parecida: Amancio Ortega es 8.651 millones menos pobre, Rafael del Pino (Ferrovial) crece un 40%, Florentino Pérez (ACS – Real Madrid) un 41,6%, y Miguel Fluxà (Iberostar) un 50%.

Y sí, la cúspide del sistema son estas y otras personas, tan lúcidas en la acaparación de riquezas en lo económico como desalmadas y egoístas en lo humano. Al fina, la meta última de este sistema piramidal es aumentar las ganancias y perpetuarse, desechando cualquier otra consideración ética, jurídica, ecológica, social, política o estética.

Pandemia neoliberal

Mientras hoy en día la consigna es clara en la cúspide de la pirámide, en la base la imagen es berlanguiana: unos niegan la existencia del virus, otros culpan a los inmigrantes de sus problemas, los otros se pelean para decidir si los trans son trans o no son tan trans, los pobres de Burgos se insultan por Twitter con los pobres de Granollers por ver cual de sus trapos de colores es más bonito…

… y mientras nos entretenemos con todos estos divertidos pasatiempos, estos señores se ríen en nuestras caras y continúan ahorrando gracias a nuestro sudor y sangre para que cuando todo explote a ellos los pille en una isla privada autosuficiente bien alejada y protegida de todos sus queridos compatriotas. 

En esto consiste el engañabobos de hacer parecer cool la pobreza, amén de muchos otros trucos procedentes de la necesaria manipulación comprada por intereses particulares: mantener a los trabajadores cobrando el mínimo posible, con los mínimos derechos posibles y lo más divididos y entretenidos posible, mientras el empresario obtiene la mayor plusvalía posible.

Un saqueo en toda regla. Parece sencillo, pero llevarlo a cabo requiere un tremendo sacrificio e inventiva. A buen seguro con la mitad de ese esfuerzo se erradicaría el hambre del mundo. Pero claro, ¿a qué precio?¿Quién sacrificaría la mansión de verano en las Islas Caimán o el yate por salvar a cuatro muertos de hambre sin oficio ni beneficio? Nadie, ¿verdad? Es muy fácil hablar de igualdad y justicia cuando no se tiene un patrimonio billonario que mantener.

Y es que prácticamente nadie renuncia a sus privilegios voluntariamente. Esto no se ve únicamente con la desigualdad laboral y el privilegio de los grandes propietarios, sino también en otro tipo de discriminaciones: en el machismo, racismo, homofobia… problemas que solo han empezado a solucionarse tras décadas de movilizaciones, de presión popular y de concienciación.

Esto lleva irremediablemente a la lucha de clases, un concepto que se intenta vender como arcaico, en desuso y poco ajustado a la realidad, pero cuyo concepto, debate y reflexión a menudo suscita una fuerte reacción en contra, especialmente por parte de la gente más privilegiada. Porque, al fin y al cabo, aunque existan conflictos entre españoles y vascos, entre defensores y detractores de la teoría queer, o entre ideólogos de izquierda y de derecha, el conflicto de fondo es el de privilegiados frente a oprimidos, entre el 1% de la población (y quienes lo defienden) y el resto.

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