Opinión

3 prejuicios acerca de la ‘izquierda transformadora’ difundidos por la derecha

A lo largo de la historia, ha existido siempre una vasta campaña de deslegitimación hacia las ideas y los movimientos que pretendían conseguir un progreso social. Este fenómeno, que probablemente sea anterior a las ideologías, a los partidos y a todo el entramado político que hoy conocemos, se debe entender como la reacción de los afectados ante el cambio o la sensación de que éste pueda llegar. Evidentemente los damnificados por luchas que avanzan hacia la libertad y la igualdad son quienes pueden sacar algún tipo de beneficio de la explotación y coacción que les precede. Hoy, esta idea de progreso, la encarna la «izquierda transformadora«, que se muestra contraria al sistema resultante del modo de producción capitalista y las múltiples formas de dominación existentes en nuestra sociedad.

En consecuencia, es necesario realizar una defensa del progresismo histórico que representa la «izquierda transformadora» frente a la reacción encarnada hoy (en su versión más edulcorada) en la extrema derecha.

Por ello, se va a hacer un repaso de algunos de los prejuicios más comunes que los grupos interesados en el mantenimiento del statu quo han conseguido crear en el conjunto de la sociedad.

En este otro artículo ya desmentimos varias mentiras interesadas que la extrema derecha quiere que la gente crea. No obstante, antes se debe recordar que el estudio de la realidad social es verdaderamente complejo, por lo que siempre existirán contradicciones y excepciones, por lo que el análisis se centrará en generalidades.

Ser de izquierdas es una cuestión generacional o pasajera

Probablemente, muchas de las personas que nos leen, al ver esta premisa, se les habrá venido a la cabeza al instante la famosa (y cruel) frase, atribuida falsamente por el imaginario a Winston Churchill y de la que existen diferentes versiones en la que se afirma “el que no es de izquierda a los 20 años no tiene corazón, pero el que a los 40 lo sigue siendo, no tiene cerebro”.

Evidentemente, se trata de una afirmación que sirve como máximo de justificación para entender el periplo ideológico de este personaje, posiblemente la razón por la que se atribuye a su persona.

No obstante, más allá de eso, no existe ninguna experiencia empírica que indique que esto pueda tener ni un ápice de veracidad. Así pues, de hecho, si analizamos los resultados electorales de las últimas elecciones generales en España de 2019, se puede ver que la población más joven votó más a la extrema derecha que a los partidos políticos que representan a la «izquierda transformadora».

Por otra parte, si esta afirmación fuera cierta, se debería asumir como consecuencia, que en una sociedad envejecida como en la española ganaría siempre la derecha, lo cual se ha demostrado como falso.

Además, atendiendo a las citadas elecciones generales de España, el partido representante de la socialdemocracia clásica o centro izquierda, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fue la fuerza más votada entre los mayores de 49 años. De hecho este partido entre los distintos grupos de edad, tiene el menor porcentaje de voto en hombres jóvenes, un 17,2%. Este porcentaje aumenta al 21,1% entre los hombres de 31-45 años, al 25,3% entre los hombres de 46-64 años y al 32,2% entre los de más de 65 años.

Así se puede atender al consenso académico que hay al respecto, parece que lo que sí que ocurre es que hay una mayor fidelidad de voto con respecto al partido político que con el paso de los años, por lo que se presupone una mayor volatilidad del voto –y en consecuencia aceptación de nuevos partidos- por parte de la población más joven que por parte de aquella de mayor edad.

Si atendemos al mismo cuerpo electoral, entre los mayores de 65 años, los dos grandes partido del antiguo bipartidismo español, PP y PSOE, obtenían el 64,8% del total de votantes hombres y mujeres mayores de 65 años, repartiéndose el restante entre el resto de formaciones de manera desigual.

La ‘izquierda transformadora’ no está comprometida con la democracia

Imagen de la parte exterior del Congreso de los Diputados.  Fecha: Autor: Luís García, 29/09/ 2018. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Probablemente, este primer prejuicio tiene su fundamento actual, si bien el prejuicio es anterior, en los gobiernos autoritarios de la Unión Soviética (URSS) y en los distintas aplicaciones en Latinoamérica de modelos que pretendían garantizar la justicia y la equidad.

No obstante, basta con realizar una simple investigación a partir de los datos que se pueden obtener de distintas organizaciones internacionales para demostrar que esto es radicalmente falso. Así pues, de los 53 países considerados autoritarios por el Democracy Index ofrecido por The Economist en el año 2019, siete se pueden considerar vinculados de alguna manera al pensamiento de izquierdas, mientras que todos los autoritarismos restantes serían de corte reaccionario, si bien con características distintivas en base a cuestiones como la religión, la forma de estado o la justificación o fin al que responde.

Vemos pues una renuncia por parte del espectro político de la «izquierda transformadora» a conseguir sus fines políticos mediante la violencia mayor que la encontrada en otros pensamientos políticos o cosmovisiones.

Además, se puede ver la tendencia contraria por parte de las fuerzas de la extrema derecha. En lugares donde estas fuerzas ha conseguido gobiernos consolidados, han creado un nuevo tipo de gobierno llamados inadecuadamente “democracias iliberales (sería más aceptable autoritarismos competitivos). Estas modelos de democracias se consideran así porqué siguen habiendo elecciones, pero no existe el respeto por el Estado de Derecho.

Esto quiere decir que las fuerzas de extrema derecha cambian constantemente las leyes para su beneficios (cambiando circunscripciones, reduciendo escaños) al igual que copan todas las instancias del poder con sus allegados por cualquier método (obligando a jubilar anticipadamente a cargos, eliminado puestos vitalicios, ampliando el tamaño de órganos judiciales) mientras no amparan (de hecho persiguen) a los grupos sociales minoritarios, que pierden la protección del estado y se arriesgan a desaparecer (o algo peor) ante la cultura mayoritaria.

Estos modelos son realidades tanto en la Hungría de Viktor Orbán y como en la Polonia de Kaczynski, los gobiernos de extrema derecha más longevos de la Unión Europa (UE), obligándola a tomar medidas. Muchos autores señalan que Donald Trump estaba tomando el mismo modelo para EEUU.

Por otra parte, otra cuestión que se debe analizar a la hora de poder evaluar la calidad democrática de la «izquierda transformadora», es el compromiso con la misma de la gente que la conforma. Al respecto de esto, y centrándonos en el caso español, son interesantes los resultados de uno de los últimos estudios del Centro de Investigación Sociológica (CIS), que fue analizado con anterioridad en esta misma web.

Sin entrar en profundidad en ellos, estos datos contradicen cualquier afirmación acerca del carácter autoritario o antidemocrático de las personas pertenecientes a la izquierda transformadora. Es más, la correlación entre ideología y compromiso con la democracia, a tenor de los resultados, parece ser la contraria, siendo las personas de esta parte del espectro político las más concienciadas al respecto de la importancia de una democracia sana y plena.

El 22,4% de las personas encuestadas que votaron en las pasadas elecciones generales a Vox prefiere un régimen autoritario. Autor: Captura de pantalla realizada el 19/02/2021 a las 10:42h. Fuente: Es3309reiMT_A.pdf (cis.es)

Finalmente, un último elemento de análisis debería ser el de la acción política de los partidos que representan en los parlamentos a la izquierda transformadora. Esta cuestión, de enorme envergadura y con múltiples dimensiones, la abordaremos a partir de las iniciativas que promueven estos partidos y las que llevan a cabo al estar en el poder.

Un primer elemento interesante aquí es el de los presupuestos participativos, que permiten al conjunto de la ciudadanía, más allá del resultado electoral, poder tomar ciertas decisiones al respecto del gasto público. Antes de abordar plenamente esta cuestión, cabe destacar que la ciudadanía española, debido a la tradición política del Estado, no ha sido excesivamente participativa si la comparamos con las tradiciones políticas de otros países europeos.

Así pues, cabe destacar que el Estado español sufrió la represión hasta bien entrada la década de los 70, lo que supone un elemente diferenciador con respecto a otros países, si bien el problema surge con anterioridad. De esta manera, fue en el año 1979 cuando se realizó el primer Reglamento de Participación Ciudadana, que fue aprobado en Córdoba de la mano del Partido Comunista de España (PCE), con Julio Anguita como alcalde de la ciudad.

En cuanto a los presupuestos participativos en sí, vemos su origen (por lo menos en tiempos modernos) en una propuesta del Partido de los Trabajadores (PT), en Brasil, el cual es en país el principal partido de la «izquierda transformadora«. Esta propuesta se haría realidad por primera vez en la ciudad de Porto Alegre.

Por lo que hace al ámbito español, las primeras experiencias se dieron en Córdoba, Puente Genil y Cabezas de San Juan, las tres en el año 2001. En los tres casos había un gobierno de Izquierda Unida (IU), uno de los partidos políticos representantes de la «izquierda transformadora» en España.

Joven participando en los presupuestos participativos, la izquierda transformadora. Autor:  Diario de Madrid, 04/08/2017. Fuente: Diario.madrid.es (CC BY 4.0)
Joven participando en los presupuestos participativos. Autor: Diario de Madrid, 04/08/2017. Fuente: Diario.madrid.es (CC BY 4.0)

En los siguientes años, el modelo de presupuestos participativos se fue extendiendo por el conjunto de municipios del Estado español con distintos modelos, habiendo algunos municipios en los que se abogó por promover la participación universal (Campillo, 2006), otros en los que se apostó por limitar la participación exclusivamente a las asociaciones (Almansa, 2003) y modelos de tipo mixto (Petrer, 2004).

Esta primera popularización y puesta en práctica de los presupuestos participativos fue llevada a cabo por la «izquierda transformadora» estatal, principalmente IU, si bien el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), representante de la centro izquierda, también adoptó este modelo en muchos de sus municipios.

Por lo que hace a los partidos políticos españoles liberales y conservadores, tardaron más tiempo adaptarse a esta tendencia, e incluso podría parecer que todavía no lo han hecho, puesto que a día de hoy todavía solo un 15% de los presupuestos participativos son iniciativa de gobiernos que se podrían considerar de centro o de derechas.

A raíz de estos datos, pareciera más adecuado dudar del compromiso democrático de otros partidos o espectros ideológicos que da la «izquierda transformadora». Por otra parte, con respecto a la cuestión del respeto e impulso de la democracia, cabe destacar que se suele apostar por distintas fórmulas de participación y control popular como pueden ser los referéndums, las consultas o los revocatorios, entre otros.

En este caso, hasta la aparición en el panorama político de Unidas Podemos, estos sistemas no eran habituales. Con la irrupción de la formación morada que elegía a sus candidatos mediante primarias, el resto de formaciones de ámbito estatal poco a poco fueron implementando este modelo.

Por su parte, otras formaciones políticas más moderadas o tendentes al conservadurismo se muestran reacias a la posibilidad de habilitar métodos de participación política no convencionales. De hecho, la extrema derecha de Vox ha suspendido en reiteradas ocasiones las primarias y otros procesos de democracia interna.

Además, la «izquierda transformadora» suele mostrarse más propensa a aumentar la transparencia de las instituciones, con el fin de que la población tenga la capacidad de fiscalizar la labor de sus representantes.

Al respecto de esta cuestión, es interesante la polémica surgida estos días acerca del Código Ético de las Cortes Generales, que recoge demandas históricas de partidos como EH Bildu, ERC o IU, existiendo ahora la obligación de hacer pública la agenda de los cargos públicos, además de limitarse los obsequios, entre otras medidas.

Curiosamente, quien ha estado en contra de esto no ha sido Unidas Podemos u otros partidos de izquierdas, sino la extrema derecha representada por Vox, que se niega a aceptar diversos compromisos como publicar agendas, declarar los bienes o los regalos.

No obstante, también hay que destacar que, durante los años de dominio del bipartidismo entre PP y PSOE, tampoco pareció que les interesara en exceso esta cuestión, puesto que a pesar de las mayorías absolutas que obtuvieron, apenas se consiguieron avances sustanciales.

El idealismo de la izquierda transformadora Vs derecha pragmática

Otro de los grandes prejuicios al respecto de la «izquierda transformadora» (e incluso de la izquierda en general) es que, por lo general, suele tener buenas intenciones, pero que éstas no se pueden llevar a cabo, mientras que la derecha es más realista y consigue aplicar sus políticas con éxito. Es decir que la izquierda está siendo idealista, utópica, ideológica… mientras que la derecha está siendo racional, práctica, realista…

Abordando primeramente el marco general, esto es, las condiciones generales en las que se elaboran las ideologías, cabe asumir que nos encontramos en un mundo finito con recursos finitos, que cada vez están más cerca de agotarse. A esto cabe sumarle que, a nivel mundial, se necesitaría tener un 70% más de los recursos existentes en el planeta para que el consumo de materias primas actual fuese sostenible en el tiempo.

Poniéndonos en esta tesitura, en la que se sabe que los recursos son finitos, en la que las materias primas son finitas y se vive una situación de crisis climática, hay que estudiar la propuesta de sociedad y de modo de producción que hace cada cual.

Así pues, la «izquierda transformadora», con matices, aboga por un decrecimiento productivo y de consumo, así como por una fuerte inversión de recursos que vaya en dirección a una transición ecológica, que no debe tener como fin producir lo mismo de otra manera sino replantear el sistema productivo para que éste se adapte a las necesidades de la ciudadanía y a las posibilidades del planeta.

izquierda transformadora
Encuentro decrecimiento estatal español. Autor: Colectivo Desazkundea (decrecimiento), 13/11/2012. Fuente: Flickr (CC BY-NC 2.0).

Por su parte, aquellos partidos que aceptan el consenso capitalista, abordan la finitud de recursos y la crisis climática con timidez, sin tomar grandes medidas al respecto, puesto que consideran que podría afectar al crecimiento económico. En consecuencia, aunque conscientes de la envergadura del problema, dedican más esfuerzos a tratar de construir una alternativa productiva sostenible que les permita seguir aumentando la tasa de consumo y de producción. Así pues, se observa una cierta fe en que los avances tecnológicos permitirán que nada cambie y que puedan continuar las lógicas actuales.

Llegados a este punto, cabría preguntarse qué es idealista y qué es pragmático. ¿Es pragmático dejar el futuro de la Humanidad en manos del progreso tecnológico y conservar el mito del crecimiento económico? Probablemente no. ¿Es más pragmático promover un modelo de decrecimiento productivo una vez se ha constatado científicamente el déficit ecológico y la finitud de recursos? Probablemente sí. ¿Qué tiene de idealista promover un consumo que se adapte a las posibilidades materiales existentes? Seguramente nada.

Hemos abordado ya, de manera tangencial, la cuestión productiva. Así pues, las propuestas de la «izquierda transformadora», con todas sus particularidades, se puede considerar que aboga por un modelo de decrecimiento. Esto se haría a gracias a un mayor control de la economía por parte de la ciudadanía y sus representantes, que deberían dirigir la economía de tal modo que se potencie la igualdad material y la sostenibilidad ecológica.

En consecuencia, se aboga por modelos en los que las empresas de sectores clave sean en su mayoría públicas o, al menos, participadas por la administración (que no necesariamente debe ser sinónimo de estatales).

En cuanto a quienes representan en el ámbito económico el liberalismo o socio-liberalismo, basan su modelo en el objetivo del máximo crecimiento posible para obtener los máximos beneficios.

Además, la intervención con respecto a la economía, según los modelos económicos asociados a la derecha política, debe ser escasa, destacando aquí el famoso concepto de la mano invisible del economista Adam Smith, que venía a indicar que no era necesario intervenir para regular los distintos elementos propios del mercado o sus consecuencias debido a que el propio mercado, por sus lógicas internas, se regulará solo u ofrecerá una alternativa mejor a la adopción de medidas estatales.

En su variante más social, se acepta la intervención, si bien se emplea casi exclusivamente para regular los ciclos económicos y atenuar las consecuencias más perjudiciales del libre mercado (los denominados fallos de mercado).

Este método tuvo como resultado la gran crisis global de 2008, provocada por entidades que no estaban lo suficientemente reguladas y que adquirieron una cantidad peligrosa de activos tóxicos mientras arruinaron a muchas familias con las famosas hipotecas subprime.

Países afectados por la Gran Recesión en 2008 y 2009. Autor: Felipe Menegaz, 4/03/2009. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).
Países afectados por la Gran Recesión en 2008 y 2009. Autor: Felipe Menegaz, 4/03/2009. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).

Aunque las regulaciones han aumentado desde entonces, los grandes bancos han sabido ignorar, retorcer o influenciar muchas de estas legislaciones, siendo un sector en constante peligro desde 2008, si bien su situación actual es mucho mejor que la de entonces.

Aquí, de nuevo, cabe realizarse la pregunta de qué proyecto es idealista o utópico y cuál realista y pragmático.

De esta manera, la consideración de que el mercado, por sí solo, va a ofrecer los mejores resultados en términos de satisfacción material para el conjunto de la ciudadanía presenta serias dudas, además de ninguna certeza.

En su versión light, en la que hay una cierta regulación que suaviza las tendencias del mercado, la pregunta que cualquiera se debería formular es otra: Vista la eficiencia de la intervención, ¿es pragmático dejar asuntos tan importantes como la distribución de la riqueza principalmente en manos del mercado? ¿No es idealista creer que no es necesario regular la economía para garantizar que todas las personas pueden tener unas condiciones dignas de vida?

De cada cual son sus conclusiones, si bien la respuesta parece estar clara. En esta línea, parece más lógico considerar que, en una sociedad tan compleja como la actual, dichas condiciones de vidas no se consiguen de manera fortuita e inconsciente sino que son fruto de un trabajo concienzudo, organizado y planificado.

Conclusión

Tal y como se ha analizado a lo largo de este artículo, muchos de los prejuicios existentes acerca de la «izquierda transformadora» son falsos. Así pues, habría que preguntarse debido a qué algunos de ellos se encuentran tan generalizados, así como a qué intereses responden.

Se debe recordar entonces el enorme peso de los poderes mediáticos y quiénes son sus financiadores, puesto que sin ellos es imposible entender el estado actual de opinión pública. Del mismo modo, el surgimiento y auge de la extrema derecha, caracterizada por las fake news, la desinformación y la polarización, también ha contribuido a generar este sentido común general, que si bien ha estado siempre alimentado por la prensa financiada por la banca, se encuentra ahora en una fase superior al tener más presencia pública por medio de determinados partidos políticos y sus correas de transmisión ideológica.

Además, algunas conclusiones de esto tópicos no suman a su análisis que el fallo de distintos gobiernos de la izquierda transformadora en la gestión o economía, se deben también a un ataque generalizado de los poderes económicos o de modelos reaccionarios. En este sentido destacar el papel de EEUU, con operaciones como el Plan Condor, la acción de EEUU sobre América Latina totalmente probada para evitar gobiernos de izquierda o la Red Gladio en Europa, participada por fuerzas reaccionarias o incluso fascistas, para atentar contra agentes de izquierdas.

Sin duda alguna, cualquier ideología dista mucho de ser perfecta. Todas las prácticas políticas tienen contradicciones y errores. No obstante, la ciudadanía debe ser capaz de de analizar con rigor, puesto que si no lo hace, corre el riesgo de imputar a ciertos partidos o espacios políticos actitudes y acciones impropias de los mismos, dejando impunes a aquellos que verdaderamente si las sustentan o promueven.

Tomás Alfonso

Articulista. Activista por el derecho a la vivienda y los servicios públicos. Convencido de que la lucha contra la ultraderecha es condición de posibilidad para una democracia plena.

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