Nayib Bukele, «el dictador más cool del mundo mundial»

Artículo original de Aníbal Paz para Contrainformación: Bukele avanza hacia el autoritarismo

Nayib Bukele (San Salvador, 1980) avanza imparable hacia el autoritarismo. Sus escasos dos años al frente de El Salvador han estado marcados por una escalada lenta pero constante contra el sistema institucional salvadoreño, amenazando las instituciones democráticas, ya de por sí erosionadas por razones históricas. El mandatario parodia las críticas en sus redes sociales autodenominándose «el dictador más cool del mundo», lo que ha llamado poderosamente la atención en varios medios.

Su estilo fresco y un discurso incisivo y renovador le catapultaron en las elecciones presidenciales de 2019 del país centroamericano, donde la retórica anticorrupción cuajó entre un electorado hastiado por los escándalos y la inacción de sucesivos gobiernos de la «política tradicional», representada por el partido derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y por el izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

El Salvador arrastra problemas endémicos desde hace décadas que los distintos ejecutivos no han podido responder con claridad: pobreza (cerca del 30%), violencia (con las pandillas actuando en gran parte del país) o economía (poco diversificada y dependiente). Es así como un outsider se alzó con la victoria en primera vuelta con un 53% del voto y con un partido recién creado, Nuevas Ideas, aunque la participación rozó mínimos superando por poco el 51%.

Desde entonces, Bukele dejó clara su impronta. Un liderazgo fuerte y personalista, sobrexposición en redes sociales )canal que ha usado para anunciar algunas leyes y decretos) y mano dura con los adversarios (bien sean pandillas u oposición política).

Una gestión eficiente de la pandemia y una adecuada lectura de la geopolítica, acercándose a China al romper relaciones con Taiwán pero sin desprenderse de las suculentas ayudas norteamericanas, le permitió sacar pecho en sus primeros meses al frente del país, mejorando algunos de los peores indicadores que llevaba arrastrando desde hacía años.

La reducción de la violencia en uno de los países más mortales del mundo fue celebrado por el conjunto de la sociedad. Detrás de este espectacular dato se esconde la dinámica de palo y zanahoria que magistralmente emplea el mandatario: tras aumentar las redadas policiales contra las organizaciones criminales, Bukele terminó decantándose por un acuerdo por debajo de la mesa con las pandillas: reducción de la violencia a cambio de privilegios penitenciarios y zonas de influencia. Este «acuerdo sucio» estaba siendo investigado por la Fiscalía salvadoreña, pero el cese del titular Raúl Melara relegó el «caso Catedral» a la papelera de la justicia salvadoreña, ahora en manos de miembros adeptos al gobierno.

Avanzando en todos los frentes

Nayib Bukele, presidente de El Salvador, con la presidenta Tsai de Taiwán. Autor: 總統府, 23/02/2017. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)
Nayib Bukele, presidente de El Salvador, con la presidenta Tsai de Taiwán. Autor: 總統府, 23/02/2017. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)

Paralelamente Bukele, consolidó su deriva autoritaria en tres frentes: fuerzas armadas, poder legislativo y justicia. El presidente mima con obsesión el estamento militar consciente de que es un ente fundamental en la política nacional; con inteligencia, Nayib Bukele ha cooptado a parte de esas élites introduciéndolas en cargos relevantes al tiempo que ha aumentado brutalmente la financiación del cuerpo.

En verano de 2021 anunció que se duplicaría el tamaño del ejército del país, alcanzando los 40.000 efectivos en una nación de menos de 6,5 millones de habitantes. Estas maniobras recuerdan vagamente a Jair Bolsonaro, el mandatario ultraderechista brasileño, cuyo apoyo en el ejército ha sido y es crucial para mantenerse en el poder a pesar de su baja popularidad.

La opa hostil lanzada contra la institucionalidad salvadoreña solo fue posible una vez ganadas las legislativas de 2021. Un triunfo que descansaba sobre una base real de apoyo; una parte importante de la población aprueba la política de hechos consumados aunque ello implique «excesos».

El Salvador es el país latinoamericano donde menos importancia tienen la democracia, los partidos o el sistema judicial. Según sondeos de opinión, solo el 28% de la población prefiere «la democracia a cualquier otra forma de gobierno» y para el 54% «en algunas circunstancias» una dictadura es mejor opción que la democracia. Así lo dice el Latinobarómetro de 2018. Una vez con mayoría en el legislativo, Bukele impulsó reformas que permitían remodelar buena parte del andamiaje institucional, cambiando y destituyendo funcionarios, como el caso del fiscal Melara, pero sobre todo abriendo el debate sobre la reforma constitucional.

La remodelación de la Carta Magna consagraría la deriva autoritaria del país al eliminar buena parte de los contrapesos existentes. El proyecto presentado por el ejecutivo incluye más de 200 cambios de entre los que destacan: ampliación del mandato presidencial de 5 a 6 años o la supresión del actual Tribunal Supremo Electoral (TSE).

Poco después el Tribunal Constitucional allanaba el camino a Nayib Bukele permitiendo la reelección consecutiva en la país, una práctica explícitamente prohibida en el Artículo 88, que afirma «la alternabilidad en el ejercicio de la presidencia de la república es indispensable para el mantenimiento de la forma de gobierno y sistema político». Pero la interpretación de los magistrados fue distinta.

Es precisamente en la justicia donde Bukele termina de atornillar su deriva con el nombramiento de jueces afines y la persecución de los díscolos. El mayor ejemplo de esta praxis fue la destitución de los anteriores titulares del Tribunal Constitucional y el nombramiento de nuevos vinculados al gobierno. La reforma de la Ley de Carrera Judicial, este mismo septiembre, «jubiló» automáticamente a un tercio de los 690 jueces del país y a decenas de fiscales bajo el argumento: «no más jueces corruptos y justicia a la medida de grupos de poder».

Así, la ley echó de un plumazo a todos los profesionales que llevasen más de 30 años de ejercicio o tuviesen más de 60 años.

Primeras fisuras provocadas por Nayib Bukele

La irrupción de Nayib Bukele a roto los esquemas del panorama político salvadoreño. Frente a un gobierno que se torna progresivamente más autoritario, se encuentra una heterogénea y disgregada oposición que va desde los partidos tradicionales históricamente enfrentamos, el FMLN y ARENA, estudiantes, sindicatos, asociaciones profesionales e incluso algunos sectores de la burguesía salvadoreña enfrentada al nuevo modelo económico y a las medidas autoritarias del mandatario.

La introducción del bitcoin como moneda en curso en el país agravó las discrepancias, pues la falta de seguridad jurídica y la incertidumbre que generaba la medida alentó a importantes sectores sociales, hasta ahora desmovilizados, a tomar las calles, una situación que se agrava a medida que pasa el tiempo.

La hasta ahora marginal respuesta social ha ido ganando tamaño en las últimas semanas, de hecho, hasta convocar las mayores marchas de los últimos años. Bajo el lema «No a la dictadura», las principales avenidas de San Salvador evidenciaron que el idilio de Bukele con la ciudadanía parece llegar a su final; pues pese a contar con una base de apoyo movilizada, las movilizaciones contra el autoritarismo van ganando peso.

Por ejemplo, entre 5.000 y 15.000 personas salieron a la calle el pasado 15 de septiembre para protestar contra la implementación del bitcoin y contra las medidas autoritarias aprobadas por el gobierno. Por otro lado, parece que también se está tropezando contra los estamentos jurídicos de El Salvador. Prueba de ello es que, el pasado 24 de septiembre, un tribunal resolvió paralizar la medida que obligaba a los jueces mayores de 60 años a jubilarse de manera forzosa. A todo esto, Bukele reaccionó cambiándose la descripción del perfil de su cuenta oficial en la red social Twitter, en clara señal de mofa.

Tampoco parece que la política exterior esté en su mejor momento. Aunque de momento puede calificarse de éxito, Estados Unidos ya ha dado un toque de atención a Nayib Bukele a calificar a cinco jueces salvadoreños como «corruptos» y acusar al gobierno “socavar la democracia” e “interpretar la Constitución” a su gusto.

Pese a todo, no cabe duda de que el reto, sin duda titánico, será dar forma a una amalgama social con distintos intereses políticos y económicos que solo han podido coincidir bajo el rechazo a Bukele.

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