Cultura

‘El Gran Dictador’: el día que Chaplin humilló a Hitler

Es evidente que el humor también es político, en tanto que delimita los límites de lo aceptable y, con la creación de ficciones, también fortalece determinados elementos de la realidad. Así, muchas veces hay ideas o conceptos que se expresan mejor desde el humor, que escapan de los formalismos y trata de hablar de cuestiones serias desde una visión novedosa o inesperada. Este es el caso del film El Gran Dictador, protagonizado por el legendario actor Charles Chaplin.

En él, Chaplin parodiaría a Adolf Hitler, el dictador alemán que implantó el totalitarismo nazi desde 1933 hasta 1945, que llevó al mundo a la Segunda Guerra Mundial y que cometió todo tipo de aberraciones y violaciones de los derechos humanos.

Mediante esta parodia, trató de hacer ver el absurdo que constituía el régimen nazi.

El mundo de los años 20 y 30

Benito Mussolini y Adolf Hitler
Benito Mussolini y Adolf Hitler

Antes de iniciar el análisis de la obra, es importante realizar una introducción histórica que permita enmarcar la película dentro de una realidad concreta. No se entiende una obra artística sin su contexto histórico, más aún una de carácter satírico como esta. Así, es importante saber que el fascismo llegaría al poder por primera vez en el año 1922, de la mano de Benito Mussolini en Italia. Solo un año después, Hitler realizaría el mismo trayecto hacia el poder, esta vez en Alemania.

En ambos casos existen características comunes que explican el ascenso de los totalitarismos, tales como un sistema político inestable, una situación económica complicada, el temor al comunismo o el auge del nacionalismo. No obstante, también hay factores particulares del caso alemán que ayudan a comprender el fenómeno nacionalsocialista.

Probablemente, el más importante de todos estos sea el trauma de la Primera Guerra Mundial, primero en forma de derrota militar y después por la imposición de los vencedores en los llamados 14 puntos de Wilson y del Tratado de Versalles, en los que se establecían las «reparaciones» que debía realizar Alemania, las cuales impedían en gran medida el desarrollo económico y militar del país, además de culparles de la Gran Guerra. Esto, evidentemente, provocaría una sensación de frustración y un resentimiento con el resto de Europa que se canalizaría en extremismo y radicalismo, creando el caldo de cultivo perfecto para la aparición del nazismo.

Respecto al momento en el que Charles Chaplin produce la película, es relevante señalar que ésta se realizó entre el año 1938 y 1940, siendo éste un contexto en el que los totalitarismos ya tenían el poder en Europa y eran la principal amenaza para la paz mundial. De hecho, en 1939, en Europa estaba Francisco Franco en España, Mussolini en Italia y Hitler en Alemania. Y, ese mismo año, tras haberse remilitarizado y anexionado Austria y Checoslovaquia, avanzó sus tropas hacia Polonia, desencadenando la Segunda Guerra Mundial.

Así, Chaplin no abordó el nazismo en su época de decadencia o cuando éste se encontraba todavía en su fase embrionaria. Todo lo contrario: criticó los totalitarismos fascistas en su momento de mayor poder y vigencia, y en un momento en el que las principales potencias occidentales no sabían muy bien cómo reaccionar ante el auge de estos aparentemente imparables movimientos. No obstante, el actor inglés también gozaba de la enorme popularidad que había cosechado años antes y que todavía tenía en todo occidente.

Tanto es así que muchos críticos culturales afirmaron que en el momento en el que se produjo la película probablemente solo hubiera un hombre más famoso en Europa que Hitler, y éste no era otro que el mismo Chaplin (Adolf Hitler había sido nombrado «hombre del año» por la revista Time en 1938). Esto nos ayuda a comprender la valentía de la película y el impacto que generó en la sociedad de la época.

Es más, Chaplin tuvo muchos problemas para filmar la película. Muchos productores de Hollywood se negaron a financiarla y tuvo que poner dinero de su propio bolsillo. Incluso el gobierno británico le advirtió de que la prohibiría si finalmente decidía producirla, aunque finalmente esto no pasó.

Evidentemente, las reacciones fueron muy dispares debido al proceso de nazificación que se estaba viviendo, el cual alimentó la polémica e incluso provocó que El Gran Dictador fuera censurada en muchos países, entre ellos algunos Estados de Norteamérica, España, Argentina, Italia o Francia. No obstante, el posterior fracaso de los fascismos tras la guerra permitió que la película se emitiera en un mayor número de lugares, convirtiéndose poco después en un éxito en las taquillas y en toda una película de culto que perdura hasta nuestros días.

Obra: personajes y simbolismo

Charlie Chaplin como Adenoid Hynkel en un fotograma de El Gran Dictador
Charlie Chaplin como Adenoid Hynkel en un fotograma de El Gran Dictador

Chaplin representará a dos personajes en la película y, lejos de caracterizarlos de forma diferente, opta por hacer evidente su parecido, un hecho que jugará un papel fundamental en la trama. Así, uno de sus personajes es el de un joven barbero judío que descubre tras quedar herido que ahora su tierra, el país ficticio de Tomania, está gobernada por el dictador Adenoid Hynkel, que ambiciona conquistar el mundo entero.

Este es el segundo personaje interpretado por Chaplin en el film y, como se puede observar por el nombre y por la historia que narra, se trata de una parodia de Adolf Hitler muy lejos de sutilezas. Asimismo, Tomania es una parodia de Alemania. La película se centrará en las pretensiones totalitarias del dictador y, en su parte final, en la confusión entre la identidad de los dos personajes representados por Chaplin, lo que hace de pilar humorístico del film.

Respecto al joven barbero judío, se trata de un personaje que busca representar la resistencia de la humanidad frente al odio, tal y como se observa cuando lucha para que los totalitarios no le ¨pinten¨ (marquen) la barbería. Hynkel representa todo lo contrario. Es un tirano, una persona violenta y sin escrúpulos, que es representada como patosa para criticar la escasa eficacia de los regímenes dictatoriales.

Recreación de la bandera y logotipo de Tomania, cuyo parecido con la bandera nazi es bastante obvio
Recreación de la bandera y logotipo de Tomania, cuyo parecido con la bandera nazi es bastante obvio

En consecuencia, son dos personajes con trayectorias y formas de ser totalmente antagónicas, pero con un físico muy parecido, tanto que se confunden y parecen un solo hombre. Esto no es baladí en la interpretación de la obra, que en el caso de Chaplin se debe hacer siempre desde una perspectiva humanista. Así, ambos personajes tratan de representar los marcos de actuación del ser humano, capaz de lo mejor y lo peor. Este antagonismo se presenta desde el inicio, en el cual aparece un texto que indica que ¨cualquier similitud entre Hynkel y el barbero judío es una simple coincidencia¨.

Esto se observa incluso en la forma en laque son nombrados, ya que mientras que sí se conocen el nombre y los apellidos del dictador, el barbero es anónimo, ya que más allá de su propia historia pretende representar al conjunto de la humanidad, por lo cual se opta por universalizar su figura manteniendo la incógnita sobre un elemento tan personal como el nombre propio.

Otros personajes que aparecen en la obra vinculados con la historia son Napaloni (Mussolini) o Garbitsch (Goebbels). Además, también aparecerá un personaje llamado Shcultz, quien apoya en las primeras escenas al dictador, si bien luego se revela en contra de su propósito de conquistar el mundo, por lo que Hynkel lo castigará por traición, no sin antes preguntarle: «Shcultz ¿por qué me has abandonado?». Como se ve, se le da a esta situación tintes bíblicos al reproducir una oración del texto sagrado.

Otra de las escenas más recordadas es aquella en la que el dictador Hynkel se encuentra jugando con un globo terráqueo que finalmente acaba rompiendo. En ella, se pretende expresar el peligro que conlleva que el bienestar de la humanidad dependa de unas pocas personas, las cuales además tienen intereses propios. Una escena, además, parodiada en otras películas, como en la saga Austin Powers, del actor cómico Mike Myers.

En esta crítica a los grandes liderazgos totalitarios también se observa cuando los dos dictadores (Hynkel y Napaloni), se pelean para ver quién de los dos se sienta en una silla más alta, pretendiendo así mostrar el absurdo de las dictaduras y sus conflictos, vinculados comúnmente con los personalismos y las ambiciones individuales.

También se ironiza con el físico de Hynkel, que pretende instaurar la raza aria sin cumplir él con sus supuestas características. Del mismo modo, también se ridiculiza la pretensión de omnipotencia de los dictadores a través del enorme número de actividades en las que se encuentra implicado, sin ser él quien verdaderamente es el responsable de su éxito.

En la misma línea, el símbolo de la doble cruz que porta el dictador es una parodia de la esvástica y sus insultos son en un idioma macarrónico imitación del alemán, así como Napaloni suelta alguna que otra palabra en italiano o con acento italiano.

Finalmente, un último elemento a señalar es la necesidad de financiación de Hynkel, que le lleva a reunirse con banqueros para conseguir el dinero suficiente como para poder sufragar la conquista de un país.

Al respecto de esto, existe un consenso entre historiadores en el hecho de que el régimen nazi no habría podido llegar tan lejos en sus propósitos si no hubiese sido por el apoyo del poder económico, que debido al temor a los comunistas optó por apoyar una opción totalitaria que garantizara sus beneficios.

Así, una muy buena parte de la oligarquía y de empresas alemanas financiaron el nacionalsocialismo para conservar sus privilegios, empresas que hicieron negocio después tanto del régimen nazi como durante el posterior conflicto bélico. Además de empresas, personalidades de clase alta, como artistas, también simpatizaron con los nazis.

Discurso inicial y final

En el discurso inicial de la película, Hynke amenaza con conquistar el mundo entero y someterlo a su voluntad, lo cual pasa, entre otras cosas, por una sociedad sin judíos, por lo que incita al pueblo alemán a rechazarlos y maltratarlos. Se trata pues de un discurso que pretende poner en evidencia todo el odio que hay en las ideologías totalitarias, que triunfan por lo que Spinoza denominaba las pasiones tristes, especialmente el miedo y la rabia.

Esto mismo estaba pasando en Alemania. El antisemitismo, la discriminación a las minorías y la persecución a rivales políticos fue el santo y seña del Tercer Reich, lo que llevó a realizar un auténtico genocidio que se conoce como El Holocausto. Por si las referencias a Hitler no eran suficientes, Chaplin ridiculizaba no solo su propio aspecto y sus contradicciones, sino a las propias ideas en sí mismas.

Charles Chaplin, con El Gran Dictador, cuestionó directamente el fascismo, y realizó una caricatura del mismo para rebelar sus miserias. En momentos de vacilación, plantó cara al totalitarismo y a sus crímenes, e hizo una ardua defensa de los derechos humanos, las libertades y de la democracia.

Esto puede verse en el famoso discurso final, que se iba a dar antes de que el dictador invadiera el país vecino, ya se ha producido la confusión entre Hynkel y el barbero judío, por lo que el primero será apresado por sus propios subordinados mientras que el barbero pasa a ser considerado el líder totalitario del país. Esta confusión, además de recurso humorístico, es una clara metáfora de que, en el fondo, Hynkel era un ser humano más, ni especial ni superior.

En consecuencia, este discurso lo da el joven barbero, el cual aprovechó este error para transmitir un mensaje totalmente distinto al que Hynkel tenía previsto. Un discurso brillante, un hito de la historia del cine, que pervive hasta nuestros días. Y que suena demasiado actual.

Lo siento, pero no quiero ser emperador. No es lo mío. No quiero gobernar o conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todo el mundo –si fuera posible–: a judíos, gentiles, negros, blancos. Todos nosotros queremos ayudarnos mutuamente. Los seres humanos somos así. Queremos vivir para la felicidad y no para la miseria ajena. No queremos odiarnos y despreciarnos mutuamente. En este mundo hay sitio para todos. Y la buena tierra es rica y puede proveer a todos.

El camino de la vida puede ser libre y bello; pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado al paso de la oca a la miseria y a la matanza. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella. La maquinaria, que proporciona abundancia, nos ha dejado en la indigencia. Nuestra ciencia nos ha hecho cínicos; nuestra inteligencia, duros y faltos de sentimientos.

Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá. El avión y la radio nos han aproximado más. La verdadera naturaleza de estos adelantos clama por la bondad en el hombre, clama por la fraternidad universal, por la unidad de todos nosotros.

Incluso ahora, mi voz está llegando a millones de seres de todo el mundo, a millones de hombres, mujeres y niños desesperados, víctimas de un sistema que tortura a los hombres y encarcela a las personas inocentes. A aquellos que puedan oírme, les digo: «No desesperéis».

La desgracia que nos ha caído encima no es más que el paso de la avaricia, la amargura de los hombres, que temen el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará, y los dictadores morirán, y el poder que arrebataron al pueblo volverá al pueblo. Y mientras los hombres mueren, la libertad no perecerá jamás.

¡Soldados! ¡No os entreguéis a esos bestias, que os desprecian, que os esclavizan, que gobiernan vuestras vidas; decidles lo que hay que hacer, lo que hay que pensar y lo que hay que sentir! Que os obligan a hacer la instrucción, que os tienen a media ración, que os tratan como a ganado y os utilizan como carne de cañón. ¡No os entreguéis a esos hombres desnaturalizados, a esos hombres-máquina con inteligencia y corazones de máquina!

¡Vosotros no sois máquinas!¡Sois hombres!¡Con el amor de la humanidad en vuestros corazones!¡No odiéis!¡Sólo aquellos que no son amados odian, los que no son amados y los desnaturalizados

!¡Soldados!¡No luchéis por la esclavitud!¡Luchad por la libertad!

En el capítulo diecisiete de san Lucas está escrito que el reino de Dios se halla dentro del hombre, ¡no de un hombre o de un grupo de hombres, sino de todos los hombres!¡En vosotros! Vosotros, el pueblo tenéis el poder, el poder de crear máquinas. ¡El poder de crear felicidad!

Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer que esta vida sea libre y bella, de hacer de esta vida una maravillosa aventura. Por tanto, en nombre de la democracia, empleemos ese poder, unámonos todos. Lucharemos por un mundo nuevo, por un mundo digno, que dará a los hombres la posibilidad de trabajar, que dará a la juventud un futuro y a los ancianos seguridad.

Prometiéndoos todo esto, las bestias han subido al poder. ¡Pero mienten! No han cumplido esa promesa. ¡No la cumplirán! Los dictadores se dan libertad a sí mismos, pero esclavizan al pueblo. Ahora, unámonos para liberar el mundo, para terminar con las barreras nacionales, para terminar con la codicia, con el odio y con la intolerancia. Luchemos por un mundo de la razón, un mundo en el que la ciencia y el progreso lleven la felicidad a todos nosotros.

¡Soldados, en nombre de la democracia, unámonos!

En este discurso final se encuentra condensado el espíritu humanista de la película, que es una reivindicación de la paz y la colaboración entre personas y países en un contexto en el cual la extrema derecha ya se encontraba en el poder y suponía un peligro para la estabilidad mundial.

Este final de película, a pesar de su espíritu idealista, tiene momentos que se pueden entender como nostálgicos, en especial en lo vinculado con la evolución de las máquinas, que Chaplin ya abordó en Tiempos Modernos, una de las obras cumbre del cine mudo.

Así, el actor y director plantea una contradicción entre las ventajas de la industrialización, la ciencia e incluso la «inteligencia» y sus desventajas, siendo la principal de éstas la de desvirtuar la naturaleza del ser humano. En consecuencia, a pesar de que el discurso se haya entendido comúnmente en clave utópica y progresista, también presenta características conservadoras, si bien se debe entender en su propio contexto.

Por lo demás, cabe destacar que se trató de un discurso de gran calado social en su momento y que a día de hoy se sigue recordando y estudiando por los apasionados de la comunicación política. Además, se trata de un discurso inspirador, que se debe entender en toda su magnitud en el contexto de su emisión.

‘El Gran Dictador’ y la figura de Chaplin

Esta película representa a la perfección un tiempo histórico que ahora se percibe lejano, pero que sin embargo condicionó la historia de la humanidad y la forma en la que se entiende la política. Por tanto, se trata de un film muy recomendable para quienes quieran acercarse de una manera divertida al periodo de entreguerras y al cine de esa época, así como para toda persona que sienta curiosidad por cómo se podía hacer humor en momentos de semejante tensión e inseguridad.

Al respecto de Charles Chaplin, su convicción antifascista no se reducía a la producción de la película, sino que durante la Segunda Guerra Mundial también realizó declaraciones públicas posicionándose abiertamente a favor de la democracia y la paz. Chaplin fue una figura mediática clave por sus posicionamientos antifascistas y siempre se mostró contrario a toda forma de autoritarismo, injusticia social y/o discriminación, incluyendo críticas al sistema de producción capitalista.

Tanto fue así, que en la década de los 50, una vez derrotado el nazismo, la figura de Chaplin empezó a tener problemas político-jurídicos con el gobierno de los Estados Unidos. Asimismo, su reconocido antifascismo, su visión crítica y progresista y algunas amistades como la del dramaturgo Bertolt Brecht, fueron el detonante por el cual Chaplin empezó a ser perseguido por el macartismo, pasando a formar parte de la Lista Negra de Hollywood.

 El macartismo fue una campaña de persecución político/judicial a través de acusaciones, interrogatorios, procesos judiciales irregulares (con pruebas falsas o sin evidencias claras) contra personas (principalmente artistas e intelectuales) acusados de estar implicados en actividades antinorteamericanas. Surgió en plena Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y buscaba perseguir todas aquellas ideas relacionadas con la ideología comunista o socialista.

Así, se exilió a Suiza y no regresó a Estados Unidos hasta 1972, donde fue ampliamente galardonado.

Aquejado de demencia senil y diferentes problemas de salud, como asma crónica, falleció en 1977 a la edad de 88 años.

Sin lugar a dudas, hablar de El Gran Dictador es hablar de uno de los grandes clásicos del cine, tal y como evidencia el hecho de que décadas después todavía sea recordada y analizada esta película, con múltiples relecturas e interpretaciones. Un legado que nos dejó el gran cineasta, actor y artista que, por desgracia, es más necesario que nunca.

Tomás Alfonso

Articulista. Activista por el derecho a la vivienda y los servicios públicos. Convencido de que la lucha contra la ultraderecha es condición de posibilidad para una democracia plena.

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