6 argumentos que desmontan la monarquía española

Cada mes de abril se conmemora la proclamación de la II República española. Ese día 14 del año 1931 marcó un antes y un después en la Historia de España. Se recuerda hoy en día como una época controvertida y marcada por diferentes lecturas e ideologías. Sin entrar en el debate sobre si la II República fue positiva o negativa, lo cierto es que, al menos en sus inicios, fue todo un referente en su época.

Alfonso XIII de Borbón y Borbón, el entonces rey, abandonó voluntariamente la jefatura del Estado para dar vía libre a la formación de la república respetando los resultados de las elecciones municipales (normalmente la aparición de formas democráticas de gobierno en otros países vinieron de la mano de revoluciones o golpes de estado), poniendo fin a la monarquía; se redactó una constitución muy moderna para el momento que contemplaba varios derechos y libertades (separación religión-estado, separación ejército-política, igualdad ante la ley, autonomía de las regiones, sufragio universal, salario mínimo, jornadas limitadas, cese de privilegios, fin de la pena de muerte…); y vivió una alternancia entre diferentes tipos de gobiernos, desde la izquierda moderada, la derecha conservadora, y la izquierda más progresista, compuestos normalmente por una coalición de partidos para formar gobierno.

Como todo el mundo sabe, el golpe de Estado de ciertos sectores del ejército encabezados por el general Emilio Mola y más tarde Francisco Franco, apoyados políticamente por los sectores más conservadores en la FET y de las JONS, pusieron fin a esta experiencia democrática, dando comienzo en el año 1939 a la dictadura militar de Francisco Franco, lo que significó un atraso a nivel político, social y económico que, según muchos expertos historiadores, sociólogos, politólogos, economistas… todavía sufrimos (postguerra, aislamiento internacional, fin de libertades políticas…).

Tras la muerte de Franco, Juan Carlos I asumió la jefatura del Estado español, en función de la Ley de Sucesión de la Jefatura del Estado aprobada en 1947 por el dictador y que pretendía restaurar una monarquía de corte autoritaria. Ya sabemos también qué pasó: el fin del régimen no trajo de nuevo una república como hubiera sido lo más lógico, sino que su heredero impulsó una monarquía parlamentaria, se aprobó una amnistía general, todos los partidos tragaron con el tema y aquí no ha pasado nada.

Sin embargo, el tiempo pasa, para todos y todas por igual. Juan Carlos I abdicó el 2 de junio de 2014. El debate sobre si monarquía sí o monarquía no, o sobre si debe volver o no la república, o en definitiva, sobre nuestro modelo de estado, ha ido perdiendo relevancia frente a otros problemas más urgentes, relevantes e importantes. Felipe VI, con una imagen renovada, ha intentado cubrir, con cierto éxito, los escándalos que hicieron descender la popularidad de la Corona. Hasta este año, cuando los escándalos de Juan Carlos I han vuelto a salpicar todas las portadas, incluyendo la posibilidad de que sea juzgado en Suiza por blanqueo de capitales, lo que ha puesto de nuevo en el punto de mira la presunta corrupción de la Casa Real.

Es cuestión de tiempo que la Corona deje de ostentar la jefatura del Estado. Más tarde o más temprano, nos daremos cuenta del poco sentido que tiene mantener una institución así. Sin embargo, existe aún un importante porcentaje de gente que defiende mantenerla, utilizando argumentos muy variados. En este artículo voy a intentar enfrentarme a los que más suelo escuchar, en un intento de hacer entender por qué deberíamos prescindir de la Corona o, al menos, replantear a la gente nuestro modelo de Estado.

Argumento 1: El actual modelo de Estado se votó en un referéndum.

Propaganda de la Organización de Mujeres Democráticas, el PCE y la UCD sobre el Referéndum de 1977. Fuente: constitucion40.com
Propaganda de la Organización de Mujeres Democráticas, el PCE y la UCD sobre el Referéndum de 1977. Fuente: constitucion40.com

Es verdad. El 6 de diciembre de 1978 se votó en un referéndum la actual Constitución, que define el Estado español como una monarquía parlamentaria, aprobándose con un 87’78% de votos a favor. Pero en mi opinión, hay que tener en cuenta tres cuestiones fundamentales.

Por un lado, el contexto social y político del momento. La democracia estaba naciendo y todavía existía una gran sombra sobre lo que había significado el franquismo y décadas de represión, lo que claramente pudo condicionar el voto; por otro lado, el hecho de que en el mismo paquete se incluía la democracia y la monarquía, haciendo ver que votar a favor de la Constitución era votar a favor de la democracia, mientras que votar en contra era rechazar la democracia sin tener en cuenta otras opciones (el propio presidente del gobierno de entonces, Adolfo Suárez, reconoció en 2016 que no se cuestionó la monarquía porque sabía que entonces ganaría la opción republicana); y por último y la que a mí me parece más importante, la gente que compone actualmente la sociedad española que votó en aquel referéndum tienen más de 60 años.

Según datos del INE, hay unos 13 millones de personas en España mayores que vivían entonces, lo que representa una cuarta parte de la población actual, unos 47 millones. Si tenemos en cuenta que en su momento votó en ese referéndum el 58% de los sufragios, podemos concluir que hoy en día existen unas 6 millones de personas que votaron afirmativamente. Incluso asumiendo que no han cambiado de idea, incluso obviando los porcentajes de participación en el referéndum (ya que podrían ser similares si se repitiese), la cuestión es que existe una amplia mayoría social que no ha tomado ninguna decisión sobre su modelo de Estado ya que, además, no se ha vuelto a celebrar ninguno acerca de este tema. Tampoco está de mas considerar los datos del CIS acerca de la popularidad de la monarquía, que no obtiene el aprobado con 4’8 puntos.

Por lo tanto, dado que:

  1. El contexto social, político y cultural es muy diferente después de más de cuarenta años.
  2. En realidad, el referéndum de 1978 no cuestionaba el modelo de estado, sino más bien la dicotomía entre democracia sí o democracia no.
  3. La inmensa mayoría de la gente que vive hoy en día no se ha pronunciado sobre ningún aspecto de nuestra Constitución y nuestro modelo de estado.
  4. Existen datos acerca de una crisis de confianza con respecto a las instituciones actuales.

Parece razonable pensar que sería una medida democráticamente sana, al menos, replantear el modelo de estado, preguntar a la gente, abrir de nuevo el debate… sin embargo, España se encuentra entre los países de la Unión Europea que menos consulta a la ciudadanía.

Lo que opino es: si de verdad lo que se planteó en 1978 sigue representando a la mayoría, ¿qué miedo hay a volverlo a hacer y considerar diferentes posibilidades?

Argumento 2: La Corona es más barata que una hipotética presidencia de la República.

Este argumento en general no sé por dónde cogerlo. En primer lugar porque es falso; en segundo lugar porque no se puede definir el coste de algo que no tenemos; en tercer lugar porque valorar una decisión únicamente por su coste económico inmediato es un error; y en cuarto lugar porque el coste de un único cargo para el volumen de ingresos de un Estado no puede afectar al bolsillo de la ciudadanía en modo alguno.

Empecemos por el coste de la presidencia en comparación a la monarquía. Este argumento en general se esgrime debido a la comparación que existe entre el presupuesto del Estado dedicado a la Corona con el presupuesto que otros países con repúblicas dedican a la presidencia de la República cuando éstas asumen la jefatura del estado. Según los presupuestos de 2014, la Casa Real tenía una dedicación presupuestaria de 7’8 millones de euros, siendo teóricamente la jefatura del Estado más barata de la Unión Europea con diferencia, según las cifras oficiales de la Corona británica (43 millones de euros), la holandesa (alrededor de 40); o con las presidencias de la república italiana (228), francesa (113), alemana (20) o portuguesa (16).

Sin embargo, esto tiene una pequeña trampa, ya que cada ministerio de España maneja cierto presupuesto, y se observa que parte de ese presupuesto se dedica también a la Corona. Por ejemplo, la Guardia Real se encuentra dentro de la partida del Ministerio de Defensa. La poca transparencia de la dedicación de las partidas presupuestarias y de cómo utiliza el presupuesto dedicado exclusivamente a la Casa Real (esos 7’8 millones de euros, que la Corona usa de manera autónoma), hace muy complicado saber el coste real de la institución, pero cálculos aproximados lo sitúan en torno a tres o cuatro veces más esa cifra, lo que le acercaría a las cifras más transparentes de otras jefaturas del Estado.

Continuemos por el hecho de que el cargo de una hipotética presidencia de la República no está definido, ya que no existe. Si alguna vez tenemos una III República española, ¿será presidencialista o no? Si es así, esto quiere decir que el jefe del Estado sería el presidente del gobierno, como sucede en Estados Unidos, por lo tanto, eliminaríamos un cargo, lo que lógicamente nos lleva a pensar que ahorraríamos costes. Y, de paso, pagaríamos a una persona que sí tiene competencias ejecutivas y no como sucede en la mayoría de monarquías parlamentarias. Replantearnos el modelo de estado nos llevaría a replantear qué tipo de jefatura queremos y si esta será más o menos austera, o tendrá más o menos competencias. Así, comparar el coste de una hipotética III República con, por ejemplo, Francia, no es del todo fiable.

Todo esto entrando en el supuesto de que, efectivamente, nos importe más el dinero que el valor que tenga en sí un cargo. Si queremos un modelo de Estado que sea lo más barato posible, entonces la respuesta es clara: dejemos a un lado la monarquía y desarrollemos una dictadura con todo el poder concentrado en una sola persona. ¿Te parece un argumento pueril? No es la primera vez que me encuentro a personas que dicen que “en el franquismo también robaban, pero como eran menos, pues robaban menos”. Tal cual.

Sinceramente, a mí no me importa que la democracia tenga un coste, porque para mí importa más que el poder esté repartido entre varias personas, que existan elecciones aunque sean caras y que pueda elegir a quien me representa, que el hecho de tener que pagar menos. Entiendo que, a mayor calidad democrática, más probable es que se tomen decisiones que me beneficien. Y todo esto, sin tener en cuenta que un cargo que se prolonga durante décadas puede generar más redes de corrupción que un cargo que se renueva periódicamente. Y ejemplos los tenemos últimamente en televisión y prensa…

Por último, la mayoría de la gente que sostiene el argumento de que la monarquía es más barata que una república, se tiende a quedar con la cifra y no con el porcentaje con respecto a los ingresos del Estado. Imaginemos que se proclama una República española y que el coste de la jefatura del estado es de 2.000 millones, lo cual es casi imposible, exagerado y desmesurado, pero imaginémoslo. Parece mucho, ¿verdad? España tiene un PIB de 1.100.000 millones de euros aproximadamente.

Eso quiere decir que un hipotético gasto de 2.000 millones no representa ni el 0’2% del total. Teniendo en cuenta esto, una república cara como la francesa no representaría ni el 0’01%. Es decir, un mayor o menor coste en este sentido no puede afectar en modo alguno a tu vida diaria. De hecho, el Estado acomete gastos anuales mucho más elevados, como el polémico rescate bancario, que costó más de 60.000 euros.

Resumiendo, dado que:

  1. Es falso que el coste de la Corona sea más barato que el resto de jefaturas de estado republicanas.
  2. No existe una presidencia de la república en España, por lo que su coste aún no está definido.
  3. El valor de un cargo político no reside únicamente en su coste monetario, y este coste no tiene en cuenta el coste a largo plazo.
  4. El coste total no es significativo para la inmensa mayoría de la población.

Parece razonable pensar que el argumento no se sostiene y que intentar dar por válido un sistema de organización del estado en función de su coste económico nos llevaría a ignorar muchos otros aspectos.

Además, planteo: ¿no es mejor pagar a alguien a quien nosotros elijamos, con el coste que elijamos y que tenga realmente funciones, más allá de las meramente representativas?

Argumento 3: Entre los países con mayor calidad democrática hay monarquías parlamentarias.

Índice de calidad democrática por países, Wikipedia, 2018.
Índice de democracia por países. Países con democracia plena. Autor: Captura de pantalla realizada el 18/06/2020 a las 15:04h. Fuente: Wikipedia.

Es verdad. Suecia, Noruega, Dinamarca o Países Bajos son países que se encuentran entre los estándares democráticos más altos y son monarquías parlamentarias desde hace muchos años. La gente que sostiene este argumento asume que se puede ser un país democrático y, a su vez, tener un rey o una reina. Y esto, en líneas generales, es así. Como dice la PAH, sí se puede.

Sin embargo, este argumento incurre en un sesgo cognitivo conocido como “efecto halo”: es asumir que, como el país es democrático en líneas generales, la monarquía también puede de ser democrática. Esto se puede desmontar fácilmente. Por ejemplo, todo el mundo tenemos defectos, pero aunque tengamos muchas virtudes, los defectos siguen siendo negativos y no por ello deben olvidarse. Es curioso también que la gente que usa este argumento se le pasa por alto que Japón, Bélgica, Reino Unido o Luxemburgo que son monarquías, incluyendo la propia España, se encuentran por debajo de los diez países más democráticos del mundo. Y que, de entre esos países, también hay repúblicas.

Por lo tanto, lo que deducimos de esto es que el modo de elegir la jefatura del Estado no define por sí mismo un modelo de Estado. Y que, de la misma manera que es una falacia admitir que para que exista un gobierno democrático es necesario que haya una monarquía, es también una falacia admitir lo contrario. Es decir, este argumento pro-monarquía queda invalidado en el momento en el que puedo decir que “entre los países con mayor calidad democrática hay repúblicas”.

Así que, aunque el cesto esté lleno de manzanas sanas, la que está podrida sigue estándolo. En realidad, rebatir este argumento es realmente fácil: ¿qué es más democrático en sí mismo, poder elegir la jefatura del estado o que este puesto sea vitalicio y hereditario? O dicho de otra manera, si pudiéramos elegir la jefatura del estado, ¿ganaríamos calidad democrática, o la perderíamos?

Que una institución pública, que representa a la ciudadanía, sólo sea accesible para una única familia y que el puesto sea hereditario, implica dos cuestiones fundamentales: que, por ley, no todas las personas tenemos las mismas oportunidades, existiendo privilegios para unas determinadas personas con respecto al resto; y, por otro lado, se está negando el derecho de la ciudadanía a elegir a sus representantes. Ambas cuestiones, aunque impliquen sólo a una mínima parte del sistema político, atentan contra el concepto de democracia. Por no hablar de que la figura del rey es inviolable según la Constitución Española, lo que ha dificultado una y otra vez juzgarle por presuntos desmanes.

Por último, este argumento cae en el error de comparar entre una monarquía y otra. En España, la Corona ha sido criticada por su falta de transparencia, ha sido salpicada por casos de corrupción y posee privilegios explícitos (descritos en la Constitución) e implícitos (los poderes fácticos, como la prensa o los lobbies, evitan hablar de la Corona, lo que ha dado lugar a casos de censura). Por lo tanto, al menos en España, la Casa Real atenta especialmente contra el principio de que somos iguales ante la ley debido a estos privilegios.

Resumiendo, dado que:

  1. También existen repúblicas entre los países más democráticos del mundo.
  2. Dar la oportunidad a la gente de poder elegir y acceder a la jefatura del estado es más democrático que impedírselo.
  3. En España, la Corona es una institución menos democrática en comparación a otras.

Podemos decir que eliminar esta institución mejoraría la calidad democrática del país, independientemente de que otras monarquías o repúblicas tengan una mayor o menor calidad democrática.

¿De verdad es un problema poder elegir a qué persona nos va a representar?

Argumento 4: La anterior república fue un desastre.

Portada de la Constitución de 1931
Cubierta de la Constitución de 1931 que definía a España como una república. Dominio público.

Claro, que ahora está todo yendo fantásticamente. Este argumento, aunque a priori puede parecer fácil invalidarlo, se utiliza muchísimo: de entre los defensores de la monarquía, existe un porcentaje que rechaza constituir una nueva república porque tiene una mala imagen de la anterior. Sí, mala imagen, porque hoy en día no es que quede mucha gente que pueda tener un recuerdo real de lo que pasó en aquella época, pues solamente los nacidos antes de 1925 pueden recordar alguna cosa (y siendo muy generosa, ya que entre los cinco y los diez años de edad es complicado guardar recuerdos lúcidos y racionales).

En general, este argumento puede invalidarse con un único punto: ninguna república es igual a otra, ni en el tiempo ni en el espacio. El concepto república es muy amplio, de hecho, hay tantas repúblicas como países que dicen tener una. Asumiendo que adoptaríamos una república democrática, con separación de poderes, un Estado de Derecho, etc. al estilo de las democracias europeas, nuestra república no sería igual que la francesa, ni que la italiana, ni la portuguesa; y, por la misma regla de tres, no tiene por qué ser igual que la I o la II República españolas. Ni siquiera tenemos por qué adoptar la bandera tricolor.

Además, no querer intentar cualquier cosa simplemente porque la última vez no salió bien, estaremos de acuerdo todos y todas en que es una forma perfecta de limitar nuestras posibilidades. Relacionar una hipotética III República con la II República o con un pasado negativo, es una falacia que no se sostiene. Por cierto, ¿sabías que también tuvimos monarquías parlamentarias en el pasado con una buena cantidad de problemas, o que terminaron abruptamente por la acumulación de crisis sociales, políticas y económicas? Échale un vistazo a los reinados de Amadeo I o de Isabel II, ambos con sistemas de monarquía parlamentaria. Por lo tanto, parece que es correcto asumir que el hecho de que en una época determinada sucedan cosas malas, no quiere decir que la culpa sea necesariamente del sistema de gobierno.

Todo esto asumiendo que realmente la II República fuese un desastre. Y esto nos lleva al siguiente punto. ¿Realmente lo fue? Como he dicho anteriormente, la cantidad de gente que puede conservar un recuerdo lúcido de aquellos es años es muy reducida. Básicamente, casi todas las personas que viven ahora saben de la II República española lo que otras personas le han contado. ¿Y que saben dichas personas? Todas las nacidas entre el año 1935 y 1965 aproximadamente estudiaron Historia de España durante la época franquista, donde se transmitía la idea de que España vivía en el caos y que Franco la liberó, en líneas generales. Como suele decirse, la historia la escriben los vencedores.

Esto significa que una amplia generación de personas han recibido ese mensaje y, de hecho, podemos verlo en el día a día. Por ejemplo, hasta hace poco, Franco no aparecía como dictador en el diccionario, el franquismo no siempre se condena firmemente y sigue habiendo un fuerte rechazo a cuestiones como el derecho de las personas a buscar y enterrar a sus muertos o juzgar los crímenes de guerra debido a la ley de amnistía. Cuestiones impensables en países como Alemania o Italia, donde regímenes como el nazi y el fascista, de la misma línea que el franquista, existieron, aunque durante mucho menos tiempo, casualmente. Convengamos, pues, que durante décadas nos han vendido la idea de que durante la II República había caos, que ese caos era culpa de la II República y que lo mejor es evitar repetir aquello.

Por lo tanto, asumir sin más que la II República española fue un desastre, sin documentarnos bien al respecto, es ignorar mucha información. Sin embargo, no es objeto de este artículo debatir sobre las bondades o maldades de la II República, por lo que os dejo un artículo que analiza este hecho y ofrecen varios datos interesantes, que muestran que no todo es blanco o negro.

Resumiendo, dado que:

  1. La II República española tuvo cuestiones positivas y negativas y no todas ellas necesariamente relacionadas con el modelo de estado o de gobierno.
  2. Es irrelevante si la II República española fue un desastre a la hora de desarrollar un nuevo modelo de estado republicano.

Parece sensato afirmar que construir un nuevo modelo de estado basado en una república puede ser positivo, independientemente de lo que sucediera en el pasado, pues tenemos ejemplos positivos y negativos de todos los modelos de gobierno democráticos, tanto en nuestra propia historia como en el resto del mundo.

Y planteo: ¿qué tiene de malo construir un nuevo modelo de estado donde todos y todas podamos participar, donde se tengan en cuenta las diferentes sensibilidades y en donde vayamos con los errores aprendidos, poniendo por delante la defensa de la democracia y de los derechos básicos?

Argumento 5: La Corona, la Casa Real y/o el Rey son símbolos de la unidad de España y su presencia garantiza la cohesión del estado y una buena diplomacia en el exterior.

Cabecera oficial de la manifestación catalana del 10 de julio de 2010. Aparecen los seis presidentes y ex-presidentes de la Generalitat y del Parlamento catalán (José Montilla, Ernest Benach, Pasqual Maragall, Jordi Pujol, Joan Rigol y Heribert Barrera). Más de un millón de catalanes (1.500.000 segun la organización) con el lema "Somos una nación. Nosotros Decidimos" se manifestaron en Barcelona después de la sentencia contra el Estatut que dictó el Tribunal Constitucional español. Se vieron miles de "estelades" independentistas y los manifestantes gritaban constantemente gritos a favor de la independencia de la nación catalana. La pancarta que figura ante la cabecera hace referencia al expolio fiscal que tiene Catalunya (dinero que el gobierno de Madrid recauda de los catalanes y que no vuelven a Catalunya). Este déficit fué reconocido por el gobierno español, después de que se forzara la publicación de las balanzas fiscales. Fotografía: Esquina Passeig de Gràcia-Carrer Diputació desde Gran Via Corts Catalanes.
Cabecera oficial de la manifestación catalana del 10 de julio de 2010. Aparecen los seis presidentes y ex-presidentes de la Generalitat y del Parlamento catalán (José Montilla, Ernest Benach, Pasqual Maragall, Jordi Pujol, Joan Rigol y Heribert Barrera). Más de un millón de catalanes (1.500.000 segun la organización) con el lema «Somos una nación. Nosotros Decidimos» se manifestaron en Barcelona después de la sentencia contra el Estatut que dictó el Tribunal Constitucional español. Autor: JuanmaRamos-Avui-El Punt, 10/07/2010. Fuente: Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 3.0.

El papel de las instituciones monárquicas y de la figura del rey en el exterior no la discute nadie a estas alturas. Entiendo perfectamente que, para mucha gente, su presencia sea una especie de garantía de que el país va bien pese a todo. Como que, aunque unos presidentes vayan y vengan, unos partidos suben y bajen o varias crisis y cambios sacudan la sociedad, el rey continúa, imperturbable, como símbolo de la democracia, la cohesión y la unidad, tanto dentro como fuera.

Sin embargo, este valor que se le da es subjetivo. Los símbolos se definen como significados que la gente otorga a un determinado objeto, idea o persona, pero no tienen por qué ser algo real. Dicho de otro modo, ni la presencia de la monarquía garantiza que el país esté cohesionado, unido, sea democrático y sea bien visto en otros países, ni el hecho de que no tengamos Corona significa que el país vaya a romperse, a caer en una nube de conflictos o a ser menos democrático.

Es decir, es un valor otorgado que poco tiene que ver con lo demás y, de hecho, es muy probable que pensar que mientras siga ahí todo va a ir bien, dificulte ver los problemas que de verdad tiene el estado español a la hora de lidiar con los conflictos sociales que los sacuden. O dicho de otro modo: una buena imagen no tiene por qué corresponderse con la realidad. Es más: la estabilidad social y política, la unidad entre los territorios del estado, la imagen de España en el exterior, la calidad democrática… no han hecho más que empeorar. Y no estoy argumentando que esto sea culpa de la Corona. Lo que argumento es que la Corona no tiene un efecto significativo en estas cuestiones.

Y para ilustrarlo, voy a poner un ejemplo práctico. Estados Unidos es, en mi opinión, uno de los países más conservadores del mundo. Probablemente, el que más presenta un alto grado de patriotismo entre sus habitantes. Hablamos de un país en el que en muchas escuelas aun se equipara el creacionismo a la teoría de la evolución; en el que se menciona a Dios y a la patria constantemente en los mítines; en los que la bandera está muy presente en varios aspectos de la vida cotidiana; en el que no hay realmente partidos que se definan de izquierdas o socialistas; en el que se asume una política exterior agresiva; en el que se tiene muy aceptado el sistema capitalista como garante de los derechos; en el que todavía existe la pena de muerte, hasta hace poco las personas homosexuales no podían casarse en la mayoría de los estados miembros

Digo esto porque es un país en el que la unidad, la patria, la cohesión… son valores muy apreciados, como entiendo que son valores también apreciados por gente que defiende a la Corona en España. Valores que reconozco que para mí tienen bastante menor importancia, pero comprendo que para otras personas sí sea algo muy básico. Estados Unidos es, además, un país con un alto poder en cuanto a política exterior se refiere, y su influencia social, cultural y política a marcado la agenda internacional durante muchas décadas.

¿Y sabéis que? Estados Unidos lleva siendo una república desde su fundación hace unos 240 años. Es más: Estados Unidos es una república presidencialista, esto es, la jefatura del estado y el poder ejecutivo los tiene la misma persona: el presidente del país. Es decir, sería el equivalente a que el presidente del gobierno de España asumiera las competencias de la Corona y que esta no existiera. ¿Y sabéis qué más? En Estados Unidos un presidente no puede estar más de ocho años en el cargo. Por lo tanto, su jefatura ha estado cambiando de manera intermitente desde hace casi dos siglos y medio y elegida por la ciudadanía mediante elecciones cada cuatro años. ¿Te parece que Estados Unidos sea un país poco unido, poco cohesionado, poco estable…? Sinceramente, creo que la respuesta es que no.

Ahora vamos a poner un ejemplo contrario. Reino Unido es una monarquía parlamentaria desde hace unos 350 años, más o menos. Los conflictos que ha sufrido en su territorio han sido constantes, de hecho, en 2014 hubo un referéndum por la independencia de Escocia. El terrorismo del IRA en Irlanda del Norte ha sido muy significativo también. Por si no os parece suficiente, Bélgica también sufre tensiones entre dos territorios a pesar de ser un país bastante pequeño. ¿Es la Corona una herramienta que garantice la cohesión? Pues no lo parece. Algunas personas se atreverían a decir que incluso incrementa las tensiones.

Resumiendo, dado que:

  1. Existen países sin monarquía con una alta cohesión, unidad e influencia.
  2. Existen países con monarquía con baja cohesión, unidad e influencia.

Parece sensato afirmar que la Corona, en sí misma, no es necesaria para que España sea un estado unido, fuertemente cohesionado y con buenas relaciones diplomáticas. De hecho, cabe mencionar que en la última década, España no se ha caracterizado precisamente ni por su unidad, ni por su cohesión, ni por una impecable política exterior, ni tampoco parece que la Corona haya contribuido a que esto mejore.

Planteo: ¿realmente necesitamos una figura con privilegios, hereditaria y sin prácticamente funciones para sentir que España es un país fuerte y unido? ¿No es esto más una imagen nostálgica e incluso un tanto engañosa que esconde problemas propios que ningún rey o reina puede arreglar por sí mismos?

Argumento 6: Bajo la Corona se logró convertir a España en democracia y es garantía de la Constitución y nuestros derechos.

Protestante sentado frente a los Mossos d'Esquadra manifestándose por los recortes. Date 	29 February 2012 Source 	https://www.flickr.com/photos/mierdadeartista/6942001877/in/photostream Author 	Arturo Puente
Protestante sentado frente a Mossos d’Esquadra en una manifestación contra los recortes en 2012. Autor: Arturo Puente, 29/02/2020. Fuente: Flickr, bajo licencia CC BY 2.0.

Es verdad, al menos en parte. Juan Carlos I promovió la Ley de Reforma Política en 1976, que llevó a la Constitución Española, definiendo nuestro actual modelo de gobierno. Después, durante el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, el rey salió en escena para defender los derechos y las garantías constitucionales.

Más allá de que creamos o no en estos hechos, lo cierto es que bajo el paraguas de su reinado surgió la llamada Transición democrática española, en la que pasamos de la Dictadura de Francisco Franco a una Monarquía Parlamentaria, con un considerable aumento de libertades y derechos, entre ellos, la posibilidad de elegir a las personas que nos gobiernan. Sin entrar en profundidad en el debate sobre este asunto, se entiende que mucha gente vea en la figura de Juan Carlos I y la Casa Real esta legitimidad democrática, incluso acepto que pueda haber tenido un rol más o menos relevante en la consecución de nuestro Estado de Derecho.

Sin embargo, este argumento es fácilmente rebatible en base al punto anterior. Asumiendo que todo esto sea cierto, que la Casa Real tuviese un papel relevante hace cuarenta años, no quiere decir que ahora sea necesario. De hecho, tuvo un papel relevante probablemente porque no tenía más remedio, ya que la Ley de Sucesión de la Jefatura del Estado de 1947 marcaba como heredero indiscutible a Juan Carlos I y la restauración, por lo tanto, de la monarquía. Así, cualquier transición a la democracia tenía que pasar sí o sí por sus manos y por la Casa Real, que se aseguró su permanencia a pesar de todo.

Mencionar que, para entonces, las presiones europeas hacia España eran grandes, prácticamente condenándola a un cambio de rumbo o al aislacionismo, tema que ya había obligado en cierto modo al franquismo a modernizarse durante los años 60 en el llamado “gobierno de los tecnócratas”.

Es verdad que la necesidad de oponerse a la URSS durante la Guerra Fría abrió las puertas del gobierno franquista durante los años 50, pero tras la Caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética en 1991, muy pocos argumentos hubiera tenido la UE y EEUU para apoyar un gobierno autoritario en el seno europeo. De hecho, existen historiadores, politólogos, sociólogos… que argumentan que la Transición fue pactada entre los poderes fácticos del franquismo y que por eso se aprobó la Ley de Amnistía, la permanencia de la Corona o el polémico artículo 2 de la Constitución sobre la indivisibilidad del territorio. Pero en este debate no entraremos aquí.

Mención especial cabe sobre las presiones sociales que existían a pie de calle, que demandaban un estado más democrático, tanto fuera como dentro de España, de hecho, los años 70 vivieron la mayor oleada de huelgas, manifestaciones y concentraciones en mucho tiempo, así como atentados terroristas de diversa índole. Y la caída del gobierno salazarista de Portugal tras la Revolución de los Claveles tampoco auguraban un buen futuro para formas autoritarias de gobierno.

Acordándonos de Portugal, no podemos mencionar que este y otros tantos países han realizado transiciones desde dictaduras a repúblicas (más o menos) democráticas, como Chile, Argentina o Bolivia, sin necesidad de que medie una monarquía de por medio.

La cuestión es que, tras cuarenta años de democracia, España se ha dotado de instrumentos suficientes para garantizar sus derechos y sus libertades. En mi opinión, no necesitamos un guía o una figura que nos ampare y nos guarde o nos recuerde lo bien que se hizo todo en el pasado. Es más, Juan Carlos I ya abdicó. Felipe VI fue ajeno a todo ello, por lo que se entiende todavía menos que se le otorgue ese símbolo.

Resumiendo, dado que:

  1. Toda transición hacia la democracia tenía que pasar de forma obligada por la figura del rey en el caso de España.
  2. La transición a la democracia era la apuesta más segura para que el estado se consolidara a nivel internacional y conservar el statu quo.
  3. La llegada de la democracia era una demanda para garantizar la paz social.
  4. La persona que amparó dicha transición ya no ostenta la Jefatura del Estado.
  5. Es posible aumentar las garantías democráticas sin la tutela de una institución como la Corona.

Parece sensato afirmar que el papel de la Corona en la consolidación del Estado democrático y de Derecho fue una necesidad, al menos en parte, debido a las particulares circunstancias que se sucedieron. A pesar del rol que asumió en su momento, ni es necesario mantenerlo, ni las personas que lo llevaron a cabo tienen actualmente responsabilidades.

Y yo planteo: ¿de verdad necesitamos actualmente una institución que, por una cuestión simbólica, garantice algo tan importante como la democracia? En la línea del argumento número cinco, ¿en serio no podemos hacer como Francia, Portugal, Italia o Alemania, y elegir a la figura que queramos que nos represente? En definitiva, ¿realmente necesitamos a la monarquía?

Mapa_Monarquias_2011
Mapa de las actuales monarquías soberanas del mundo. Autor: Eddo. Fuente: Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 3.0

Hay más argumentos a favor de la monarquía, pero encuentro que estos son los más importantes y los que mejor pueden rebatirse sin caer en cuestiones ideológicas más profundas. Obviamente, no voy a convencer a los más monárquicos y conservadores, personas que probablemente valoren al rey por pura tradición, orgullo y patriotismo. Contra cuestiones emocionales o sentimentales poco puedo hacer yo.

Pero sí puedo dejar claro que, en la mayoría de las ocasiones, el apoyo a la monarquía es eso: una cuestión simbólica, emocional, que apela a valores subjetivos, como la tradición, la cohesión, la fortaleza, la unidad de España y otros factores contra los que no se puede discutir porque no se pueden medir y que o la compartes, o no.

Autora: Nora Bastion, 30 años, escritora y politóloga de Valencia.

Fuente, enlaces y bibliografía:

Foto destacada: Juan Carlos I (izquierda) y Felipe VI (derecha). Autor: PP de Madrid, 03/06/2014. Fuente: Flickr. (CC BY 2.0.)

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