Carne, salud y discursos interesados

El pasado jueves 8 de Julio, el Ministerio de Consumo de España, dirigido por Alberto Garzón, lanzó una campaña en la que advertía de los riesgos de un consumo excesivo de carne, tanto a nivel individual por los efectos que provoca en la salud de las personas, como a nivel colectivo, debido a las nefastas consecuencias medioambientales de una excesiva producción de alimentos cárnicos.

Tal y como era de esperar, las reacciones no tardaron en llegar. Si bien hubo tantas que aquí no se pueden mencionar y comentar todas, sí que lo haré con las más importantes. Antes de esto, una observación: es curioso que muchos de los que han callado con el asesinato homófobo de Samuel no hayan tardado ni un instante en dar su opinión acerca de este tema, del mismo modo que quienes todavía ponen en duda que se trata de un crimen homófobo sepan a ciencia cierta que el Ministerio de Consumo quiere acabar con la ganadería española. Cuestión de intereses y percepciones distorsionadas, intuyo.

Reacciones a la campaña de Garzón

Como decía previamente, las respuestas a esta campaña, la cual no hace más que repetir lo mismo que la OMS y prácticamente cualquier Gobierno Europeo mínimamente serio, llegaron de manera prácticamente instantánea, también incluso por parte de miembros del propio ejecutivo.

Evidentemente, la declaración más destacada fue la de el presidente Pedro Sánchez, quien en apenas 10 segundos consiguió hacer un comentario más digno de la derecha más desinhibida y, al mismo tiempo, contradecir su propio informe España 2050, en la cual se dice expresamente que “en las próximas décadas, España deberá reducir su ingesta de alimentos de origen animal”. Este documento fue firmado hace menos de dos meses.

Hay quienes, desde posiciones izquierdistas, han defendido la brillantez de nuestro presidente, afirmando que la clase trabajadora está harta de que le regañen y que, en el fondo, este comentario entroncaría con el sentir generalizado de los trabajadores.

Al respecto de esta tesis, primeramente, cabría recordar que un Presidente del Gobierno tiene el deber de velar por su pueblo, a pesar de que en ocasiones pueda realizar comentarios o tomar decisiones que puedan molestar a las clases populares.

Si este Gobierno (o cualquier otro) se debe guiar exclusivamente por la opinión pública, no sería necesario el acuerdo de Gobierno de coalición progresista al que se llegó ni, en última instancia, los programas electorales, puesto que bastaría con someterlo todo a la opinión popular sin ningún debate, estudio o dato previo.

Por otra parte, y visto el auge de la extrema derecha y cómo han calado sus discursos en determinados sectores populares, cabría reflexionar sobre si un Presidente puede realizar el comentario que considere alegando que se trata de una estrategia inteligente debido a que conecta con determinados sectores de la población.

Además, en ocasiones desconozco o no entiendo a qué clase trabajadora se refieren. Una cosa es ser pobre y otra no ser capaz de identificar una recomendación o escuchar un consejo. Quizá una forma de empoderar a los estratos más bajos de la sociedad sería no tratarlos sistemáticamente como a seres sin raciocinio y capacidad de reflexión. Más bien al contrario: abrir debates objetivos, sustentados en datos y en argumentos, a través de profesionales destacados, y no mediante tertulias donde se invita a personajes que lo único que hacen es echarse los trastos a la cabeza.

En esta línea, quienes se reivindican como protectores de los más humildes (desde la izquierda ortodoxa pero también desde la derecha), también han afirmado que la clase trabajadora no puede adquirir 1 kg de carne a la semana debido a su elevado precio. Al mismo tiempo, también defienden que los sectores más empobrecidos compran carne porque no pueden comprar “pijadas vegetarianas y ecológicas”.

Véase la enorme contradicción discursiva existente, si bien no la vamos a desarrollar. Basta con acudir a una tienda de alimentación para observar que ninguna de las dos visiones es cierta, debido a que se pueden obtener productos vegetales a un precio medianamente asequible y, obviamente, carne ultraprocesada a un precio bajo.

Probablemente, lo que las clases populares no pueden comprar es carne de calidad y cercanía, debido justamente a un modelo productivo, el de la industria cárnica intensiva, basado en el máximo beneficio de las grandes empresas que controlan las macrogranjas. Concretamente, en este tipo modelos de producción es en los que pretendía poner el foco la campaña lanzado desde el Ministerio de Consumo, debido a ser injustos desde el punto de vista económico, insanos desde el médico e insostenibles desde el medioambiental.

Sigamos con las reacciones. Una que no se hizo tardar fue la de Pablo Casado, presidente del Partido Popular (PP) y principal líder de la oposición, quien respondió con expresiones grandilocuentes, mostrándose en contra en los siguientes términos. “No nos digan, señores del Gobierno, de izquierdas, lo que tenemos que hacer en nuestra casa”.

No obstante, y como era de esperar, multitud de periodistas no tardaron en señalar las contradicciones existentes también en el Partido Popular al respecto del Consumo de carne.

Así, tal y como señalaba Consuelo Durán para elDiario.es, la propia Junta de Andalucía, en la que incluso Vox tiene una incidencia considerable, ha recomendado desde la web de la Consejería de Salud y Familias disminuir el consumo de carne roja.

Si quisiéramos buscar la coherencia en el PP, deberíamos considerar que todos los comentarios que han propinado miembros de este partido a Alberto Garzón por defender unos hábitos de consumo más sanos y sostenibles también son extensibles, en consecuencia, a su Consejero de Salud y Familia en Andalucía. Lo mismo debería ocurrir con Vox, quien también se ha posicionado contra las declaraciones de Garzón pero sostiene con sus votos el Gobierno Andaluz.

Industria cárnica y su impacto en la economía

Cambiando de tercio, es interesante abordar ahora la cuestión económica, dado que este es uno de los grandes argumentos empleados por las derechas. Según su argumentación, seguir las recomendaciones de la OMS en materia alimentaria, así como transicionar hacia un modelo sostenible y ético, perjudicaría a la economía española.

En este caso, dadas las evidencias científicas, se estaría priorizando la economía a la salud de la ciudadanía o al cuidado del propio planeta. Sin embargo, si profundizamos todavía más, observamos que no existe verdaderamente tal contradicción. En primer lugar, una obviedad: sin planeta no hay economía.

Seguidamente, tampoco la contradicción entre salud y economía es tal. Así, cabe considerar que, si bien la industria cárnica produce beneficios (comúnmente para las grandes empresas con capacidad de evasión fiscal), también provoca que se deba aumentar el gasto público en sanidad para tratar enfermedades derivadas del excesivo consumo de carne (especialmente la roja y ultraprocesada), entre las que encontramos la diabetes de tipo 2, enfermedades cardiovasculares o determinados tipos de cáncer, entre otros.

Evidentemente, no debe existir ningún problema en aumentar el gasto público todo lo necesario para proteger a la población, pero cuando se habla de economía, también se debe hablar de los costes que tienen para las arcas españolas unos hábitos alimenticios nocivos.

Otro argumento empleado es el de la destrucción del empleo, el cual disminuiría debido a la reducción del consumo de carne. De nuevo, esto no tiene por qué ser necesariamente cierto. Al respecto de esta cuestión, debemos considerar que en España predomina un sistema de producción de carne intensivo, esto es, un modelo de industria en el que priman la robotización, mecanización y producción en cadena.

La industria de la carne es cada vez más intensiva. Autor: Roee Shpernik, 10/09/2016. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
La industria de la carne es cada vez más intensiva. Autor: Roee Shpernik, 10/09/2016. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Al igual que estas transformaciones en la industria han afectado negativamente al empleo, debido a que las máquinas pueden realizar tareas que antes hacía una persona, la industria cárnica no es una excepción. Así, se introducen constantemente mejorar técnicas que permitan abaratar los costes de estas grandes empresas para aumentar sus beneficios, teniendo como consecuencia colateral la destrucción de empleo.

Esto, cabe destacar, se produce de manera mucho más pronunciada en modelos productivos como el español. Virando hacia un modelo más extensivo, en el que tuviera una mayor importancia el factor humano, no solo estaríamos cuidando más nuestra salud y el planeta, sino que estaríamos también dificultando la posibilidad de que determinados empleos vinculados con la producción alimentaria pudieran sucumbir ante nuevos avances tecnológicos.

Como vemos, en este caso, como ocurre en prácticamente todos, salud y economía/empleo no tienen por qué estar peleados. Cosa distinta sería hablar de los beneficios empresariales de las grandes empresas de producción intensiva, lo cual no necesariamente implica un perjuicio para la economía y la ciudadanía española.

De nuevo, es importante decir que esto es ni más ni menos que lo propuesto por el Ministerio de Consumo.

Libertad y consumo de carne

Un último argumento empleado por la derecha es el de que el consumo de carne es un asunto que se debe abordar desde libertad individual de cada cual, y que ellos, en el ejercicio de su libertad, deciden no privarse del placer de comer carne.

Empezando por lo último, parémonos a reflexionar sobre las enormes consecuencias que puede tener la justificación de toda conducta o acción por el simple hecho de que reporte placer al que la realiza. No hay más que pensar en otros ámbitos como el sexual para darnos cuenta de su peligrosidad.

En este caso, estaríamos hablando de conductas que son ilegales, pero es que la propia vida en sociedad implica la renuncia a determinadas acciones que podrían reportarnos placer a corto plazo. De nuevo, basta con imaginar a una persona que en sus relaciones sociales haga todo (lo legal) que le venga en gana por el simple hecho de que le produce placer, independientemente de las consecuencias que pueda tener para terceros, para darnos cuenta de la pobreza intelectual del argumento.

Es aquí donde llegamos a la cuestión de la libertad individual, la cual actuaría como salvaguarda del individuo frente al intervencionismo del Gobierno elegido por la sociedad. De nuevo, se plantea una contradicción que verdaderamente no existe. Así, cabría preguntarse si cabe el pleno ejercicio de la libertad individual cuando provoca consecuencias nefastas para el conjunto de la sociedad.

Dicho de manera más clara: una persona no puede comer toda la carne que quiera, no sólo por su salud, sino porque debido a las consecuencias medioambientales está afectando a las otras personas. La libertad individual de unos no puede ahogar los derechos de otros.

Conclusiones

A modo de conclusión, realicemos una última reflexión: debido al discurso interesadamente falso que promueva la derecha (e incluso también desde el PSOE) y los poderes económicos, mucha gente se está viendo obligada a escribir para dar respuesta a estos argumentos falaces, en lugar de poder estar ya debatiendo acerca de cómo realizar la tan necesaria transición industrial y cómo modificar nuestros hábitos de consumo.

En consecuencia, a pesar de que rebatamos sus planteamientos y consigamos superarlos, realmente son ellos los que ganan, debido a que han conseguido desviar el foco de atención de la temática principal (sobre la que pretendía abrir el debate el Ministerio de Consumo) a cuestiones estériles y con un corto recorrido en el tiempo.

De nuevo, vuelven a ganar, dado que se trata de una polémica que en breve será superada por otra noticia de interés público, y que relegará al olvido este debate tan importante. De hecho, mientras se ha escrito este artículo, se ha remodelado el ejecutivo, desplázandose la atención y las informaciones hacia esta nueva cuestión política, lo que no hace más que confirmar estas últimas líneas.

Tomás Alfonso

Articulista. Políticas y Filosofía en Valencia. Miembro de la Plataforma en Defensa de los Servicios Públicos. Construyendo poder popular. Escritor

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