Cómo responder a tu cuñado a las mentiras sobre el feminismo y el 8M

Otro año más llega una fecha marcada en rojo en muchos calendarios: el 8 de marzo. Este día se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer, también denominado como Día de la Mujer Trabajadora, y en los últimos tiempos ha sido especialmente relevante debido a las multitudinarias manifestaciones celebradas en todo el mundo promovidas por el feminismo y otros colectivos que han decidido apoyar las reivindicaciones en materia de igualdad.

Así, el 8 de marzo se ha establecido como un símbolo de lucha para un porcentaje importante de la población, muy especialmente para la mayoría de las mujeres, y también para muchos hombres que abogan por una sociedad igualitaria.

De igual forma, ante el avance del movimiento feminista en los últimos años y ante los cambios que poco a poco está consiguiendo implantar a nivel global, muchos sectores reacios o contrarios a dichos cambios sienten este día también como un día de lucha: en concreto un día de lucha contra el feminismo o, según los sectores más conservadores, contra la llamada “ideología de género.

De hecho, una prueba del alcance y la visibilidad que ha conseguido el feminismo es que la extrema derecha lo utiliza como uno de sus principales pilares discursivos, haciendo de la confrontación al movimiento feminista una de sus banderas.

¿Qué es el feminismo?

Manifestación feminista. Autor: Galiza Contrainfo, 20/06/2018. Fuente: Flickr (CC BY-NC-SA 2.0.) feminismo
Manifestación feminista. Autor: Galiza Contrainfo, 20/06/2018. Fuente: Flickr (CC BY-NC-SA 2.0.)

Antes de nada, hay que tener en cuenta que no existe un único feminismo.

El feminismo es un conjunto de teorías que tratan la problemática de las mujeres desde diversos puntos de vista: se puede mencionar como ejemplos al feminismo liberal, el cual analiza la cuestión desde concepciones individualistas y alejadas del contexto sociocultural; al feminismo radical o radfem, que parte de un análisis marxista de la sociedad para tratar la situación de las mujeres desde el análisis materialista; al transfeminismo, que trata de incorporar las realidades del colectivo LGTB a la lucha feminista; al feminismo negro, cuya principal representante es Angela Davies, y que introduce el factor racial en sus análisis… entre otras corrientes.

En resumen, no se puede hablar de feminismo sino de feminismos, cada uno con unos análisis y unas soluciones diferentes.

Además, históricamente, la lucha feminista se ha dividido en “olas”, que además se han caracterizado por enfoques diferenciados. Así, los análisis del feminismo de la igualdad (primera ola) no son los mismos que los del feminismo de la diferencia (segunda ola), y ambos son diferentes a los conocidos como “nuevos feminismos” (tercera ola).

Pero todos parten de un mismo punto común: tratar la situación de subordinación de las mujeres dentro de las sociedades patriarcales.

Pero a pesar de la evidente necesidad de sus reivindicaciones y luchas, muchos sectores e individuos realizan diariamente una labor de ensuciamiento de su imagen, lanzando bulos, mentiras y medias verdades para tratar de crear la idea de que es un movimiento inmoral e innecesario.

El feminismo es lo contrario al machismo

Yo no soy feminista ni machista, yo defiendo la igualdad.

Esta premisa es sin duda la más común, ya que desde diversos sectores se ha lanzado la falsa creencia de que el feminismo es una ideología que busca establecer una supremacía de la mujer respecto del hombre, una suerte de hembrismo, basado en la misandria o sexismo hacia los hombres.

La gente que tiene esta concepción defiende que el feminismo en realidad buscar dar la vuelta a la histórica situación de discriminación de las mujeres (que irónicamente muchos de los mismos defensores de esta idea niegan) bajo el argumento de la búsqueda de la igualdad; por lo tanto, el feminismo no significaría en realidad igualdad, sino que sería simplemente lo contrario al machismo, que se disfraza de búsqueda de igualdad para implantar una especie de agenda oculta supremacista y sustituir el patriarcado por un matriarcado.

Esta idea es de base falsa, y es que hasta la propia Real Academia Española (RAE) define al feminismo como “el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre, así como el movimiento que lucha por la realización efectiva en todos los órdenes del feminismo”.

Esta simple definición incluye un término fundamental: igualdad.

Y es que la ideología feminista es una ideología orientada en analizar la situación de discriminación de las mujeres, siempre con el objetivo final de establecer una situación de igualdad real entre hombres y mujeres. No pretende establecer un matriarcado ni busca subordinar a los hombres.

Mucha gente se escuda en el teórico significado de la palabra feminismo: “si machismo significa la discriminación de la mujer, feminismo significa la discriminación del hombre”, por lo que afirman que ellos no son ni feministas ni machistas, se definen como humanistas o igualitaristas.

Esta idea es igualmente falsa, puesto que parte de una serie de premisas erróneas.

El término “feminismo” no fue desarrollado por ninguna teórica feminista o por ninguna mujer perteneciente al movimiento, sino que fue un término que las propias feministas adoptaron para vaciarlo de su significado negativo.

El origen del término data de 1872, cuando un periodista, Alejandro Dumas, utilizó el término en un artículo para insultar a los hombres que apoyaban las reivindicaciones de igualdad de las mujeres de la época, mujeres que defendían su derecho de sufragio, negado hasta la fecha.

Según Beatriz Preciado, autora de El Manifiesto Contrasexual, “(Dumas) utiliza la noción de feminista para descalificar a aquellos hombres que apoyaban la causa de las ciudadanas. Hombres que, según Dumas, corrían el peligro de sufrir un proceso de feminización similar al que padecían los tuberculosos”.

Por tanto, el término tenía un significado peyorativo y era utilizado como insulto, por lo que las sufragistas, mujeres feministas que conformaban lo que ahora se conoce como Primera Ola del feminismo y que perseguían el derecho a voto de las mujeres, se apropiaron el término, utilizándolo y dotándolo de significado positivo.

Esta misma técnica ha sido utilizada por muchos otros movimientos a favor de la igualdad, como el movimiento antirracista, apropiándose del término “nigger”, o el colectivo LGTB+ apropiándose del término “marica”, “maricón”, etc.

Por este motivo, renegar la palabra feminismo o indicar que es simplemente lo contrario al machismo es un error de análisis y solo ayuda a perpetuar la actual situación de discriminación.

El patriarcado es un invento de las feministas, no existe

Manifestación del 8M del feminismo. Autor: Imagen en Acción, 12/03/2019. Fuente: Flickr (CC BY-NC-ND 2.0.)
Manifestación del 8M del feminismo. Autor: Imagen en Acción, 12/03/2019. Fuente: Flickr (CC BY-NC-ND 2.0.)

El patriarcado es un elemento fundamental dentro del feminismo y de sus análisis, y también es un concepto que ha sido muy castigado y criticado por parte de los críticos del movimiento, principalmente desde sectores conservadores e incluso liberales, tradicionalmente reacios a abrazar las variables contextuales, sociales y ambientales para explicar problemáticas complejas.

El patriarcado es, según la historiadora, Gerda Lener, “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y niños de la familia, y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres de la sociedad en general”.

Por lo tanto, el patriarcado es “todo un sistema históricamente construido que se basa en la supremacía del varón que ejerce un liderazgo indiscutible sobre el poder o la propiedad, perpetuando el control de los recursos mediante prácticas de violencia”.

De forma más simple, se puede decir que el patriarcado es un sistema de relaciones históricas construido en torno a la supremacía del hombre respecto a la mujer, que queda relegada a un plano de dominación.

Es decir, cuando se habla de patriarcado, se habla de un constructo social que agrupa diferentes creencias, actitudes, conductas, ideas, pensamientos y valores machistas, que discriminan a las mujeres, que perpetúan la desigualdad de género y que se transmiten de manera estable y estructural de generación en generación.

Es importante entender que patriarcado y machismo no son sinónimos, ya que el machismo trata las conductas o prácticas individuales mientras que el patriarcado hace referencia a toda la estructura social en el que se engloban estas prácticas individuales.

Esto tiene una serie de implicaciones: una persona puede no ser machista, y aún así seguir viviendo en un sistema patriarcal. Entender esto es muy importante, puesto que muchos críticos del feminismo defienden que no se puede vivir en una sociedad patriarcal puesto que la presencia del feminismo en nuestra vida social es evidente y el grado de machismo es menor que en épocas pasadas.

Se puede vivir en una sociedad donde el feminismo se encuentre muy presente, pero esto no implica que se haya eliminado la sociedad patriarcal.

Las relaciones y estructuras sociales siguen siendo las mismas.

La división sexual del trabajo, el concepto tradicional de familia, la construcción de la masculinidad y la feminidad en los individuos, el modelo de cuidado de los hijos e hijas, las manera y orientación de las relaciones sexuales, la construcción del lenguaje y de las prácticas sociales, las estructuras políticas y su funcionamiento

Todos ellos son ejemplos de fenómenos sociales erigidos en torno a un sistema patriarcal, y que deben modificarse y reconstruirse para acabar con la discriminación histórica hacia las mujeres.

En resumen, no basta con ser conscientes de las discriminaciones que sufren las mujeres hoy en día, sino transformar la sociedad de forma progresiva para deshacer estas desigualdades estructurales. No se trata, por lo tanto, de una mera cuestión de voluntad individual, sino de cambio social.

El machismo es muy minoritario, no hace falta el feminismo

Otro argumento habitual es que, si bien en el pasado existía un sistema patriarcal, en el presente ese sistema no existe, por lo tanto, denunciarlo o luchar contra él sería bien una tontería o una mentira. Es decir, el tan manido mantra de “el feminismo estaba muy bien antes porque luchaba por cosas lógicas, pero hoy en día ya no tiene sentido, e incluso a veces se esgrime quelas mujeres hoy en día incluso tienen privilegios”.

Sin embargo, el sistema patriarcal se encuentra aún vigente en la sociedad ya que los modelos de relaciones sociales existentes no se han eliminado o transformado lo suficiente. Además, hay que tener en cuenta, tal y como señala Celia Amorós, que el patriarcado es un sistema metaestable.

Eso significa que todo el mundo forma parte de él y, por tanto, la personalidad individual ha sido forjada en torno a él. También significa que sus formas se van adaptando a los distintos tipos históricos de organización social y económica, preservándose en mayor o menor medida.

Por esta razón, a pesar de que se hayan producido evidentes avances en materia de igualdad a nivel mundial, no se puede negar la realidad de la existencia de estructuras patriarcales en las sociedades actuales, incluso en países avanzados en materia de Derechos Humanos como España, Francia o Alemania.

Por ejemplo, en materia de violencia, se sigue observando una supremacía masculina. Según un estudio realizado por la ONU en 2014, más del 95% de los homicidas en el mundo eran varones. En el caso de España, el 32,4% de las mujeres de 16 y más años habían sufrido violencia de género.

La violencia tiene un enorme sesgo de género, relacionado con la situación de poder y la construcción de la masculinidad en los hombres.

Según un informe elaborado por Eurostat, en España el 95% de las mujeres cuidan y educan a los hijos diariamente; los hombres representan un 68% de los casos. El porcentaje se reduce cuando se trata del cuidado de personas enfermas y de personas pertenecientes al grupo de la tercera edad.

Es decir, el machismo imperante en la sociedad sigue imponiendo que las mujeres deben de ser las encargadas de los cuidados y de los trabajos afectivos, y que los hombres no deben tener la misma responsabilidad en su ejercicio.

Según un informe del Instituto Europeo de la Igualdad de Género (EIGE), en 2016, en España, las mujeres se encargaban en un 39,8% de los trabajos no remunerados diariamente, frente al 27,7% de los hombres. Cuando se pregunta sobre los trabajos dentro del hogar, el 84,5% de las mujeres españolas dicen realizarlos, frente al 41,9% de los hombres.

Esta diferencia respecto a la responsabilidad afectiva y de cuidados tiene repercusiones también al momento de la elección del futuro laboral: las mujeres, a pesar de ser mayoría en las universidades, representan una minoría en las carreras técnicas, mientras que son altamente mayoritarias en carreras relacionadas con los ámbitos de cuidados.

Analizando las estadísticas universitarias del Ministerio de Educación y Formación Profesional, en el año 2019, dentro de carreras como informática o ingenierías, ellas representaban al 12,9% y 28,5% respectivamente, mientras que en ámbitos como la educación o la salud representan a más del 70% de los matriculados.

A menudo, se suele argumentar que estas diferencias son resultado de la voluntad individual de cada persona. Que si las mujeres viven mayoritariamente una situación, o bien escogen de manera preferente por una opción, no tiene sentido intentar cambiarlo. Si las mujeres prefieren el rosa, pues perfecto.

Sin embargo, las ciencias sociales establecen en este punto que hay suficientes datos para afirmar que estas elecciones son condicionadas. Esto significa que todavía existe una educación sesgada que marca las personalidades.

Esta condicionada elección de su formación profesional, sumada a otros factores como su responsabilidad dentro del hogar, la cantidad de horas de trabajo no remunerado ejercido, y su imposibilidad de ascenso laboral como producto del cuidado de los hijos y de prácticas machistas, genera una brecha de poder, tanto social como económico, entre hombres y mujeres, lo que afianza aún más la desigualdad estructural producto del patriarcado.

Estos ejemplos solo son algunos de los tantos ámbitos que se podrían señalar a la hora de demostrar la vigencia del patriarcado en el mundo.

No puede haber discriminación porque la ley establece que todos somos iguales

Mural “feminismo o barbarie”. Autor: galex, 04/02/2006. Fuente: Flickr (CC BY-SA 2.0.)
Mural “feminismo o barbarie”. Autor: galex, 04/02/2006. Fuente: Flickr (CC BY-SA 2.0.)

Este argumento es bastante habitual. Las sociedades democráticas han incorporado ya la igualdad a la mayoría de las legislaciones y declaraciones de derechos inherentes al ser humano, lo que implica la existencia de numerosas leyes que prohíben tácita y explícitamente la discriminación por razones de género.

Por lo tanto, problema resuelto, ¿no?

En primer lugar, que las leyes establezcan unos parámetros no es indicativo de que eso mismo vaya a realizarse en la práctica. Es decir, que la legislación no siempre se materializan, es más, existen numerosos ejemplos de cómo la simple norma no implica su cumplimiento.

Por ejemplo, siguen produciéndose asesinatos, aunque las leyes prohíben y castigan los asesinatos y homicidios. Se siguen viendo diariamente casos de corrupción en el ámbito político y en el ámbito laboral a pesar de que las leyes la persiguen claramente. De hecho, las condiciones laborales siguen siendo precarias en buena parte del mundo a pesar de que muchas leyes lo prohíben. En muchas ocasiones, los valores socioculturales están muy implicados en este incumplimiento.

Y, de igual forma, por ese mismo motivo se observa diariamente situaciones de desigualdad que afectan a las mujeres a pesar de que las leyes son, al menos en apariencia, igualitaristas.

En segundo lugar, las leyes únicamente han eliminado las denominadas como “discriminaciones explícitas”. Esto según María Pazos, experta en economía feminista, significa que las leyes no dicen que las mujeres tienen derecho a algunas cosas y los hombres a otras. Es decir, las leyes actualmente establecen en apariencia que somos iguales, pero ella defiende que es una falacia.

El ejemplo que la autora pone es el de las amas de casa sobrevenidas”. Este ejemplo es una realidad común en muchos países, como por ejemplo España, ya que a pesar de que no hay ley alguna que establezcaque la mujer debe encargarse de los cuidados del hogar obligatoriamente, las distintas decisiones “voluntarias” que se toman a lo largo de la vida siguen empujando a las mujeres hacia esa situación mientras que a los hombres no.

Se puede observar claramente a través de la maternidad y la paternidad, momento en el que las mujeres abandonan su tiempo de trabajo de manera temporal para encargarse de los cuidados de los hijos y del hogar.

En teoría, nada obliga a la mujer a no volver a su trabajo, pero el hecho de que no existan permisos de paternidad para que los padres inviertan la misma cantidad de tiempo que la mujer en los cuidados, provoca que sean las mujeres las principales encargadas de estas tareas desembocando en una pérdida del trabajo o en una reducción a sus opciones de promoción laboral.

Este condicionamiento social es tan fuerte que, a pesar de que incluso las leyes establezcan permisos igualitarios, la tendencia no se reduce significativamente.

Según los datos, solamente un 55% de las mujeres regresan a su mismo puesto de trabajo después de la maternidad.

Por lo tanto, a pesar de que la ley reconoce la igualdad, la realidad patriarcal provoca que su situación de subordinación se mantenga, evitando su éxito laboral y aumentando la dependencia económica respecto a los hombres.

Además, con fecha de 2019, solo el 16% de los puestos directivos eran ocupados por mujeres. La cuota de poder real sigue siendo claramente ocupada por hombres. Pongamos el ejemplo de las empresas del IBEX 35: según un informe del propio IBEX, dentro de las 35 compañías más importantes del país existen 455 hombres que ocupan el puesto de consejero por solo 108 mujeres.

Pero no solo ocurre en el ámbito privado. En España, por ejemplo,, en el ámbito público solo ocupan un tercio de los cargos públicos del país.

Concretamente, representan al 36% de los responsables públicos. Dentro del poder judicial existe el mismo problema, y es que a pesar de en España existen más magistradas que magistrados, solo 12 de ellas ocupan altos cargos en el Tribunal Constitucional y Supremo frente a 82 hombres, según denuncian desde la Asociación de mujeres juezas de España (AMJE).

Y es que las diferencias en lo referente a puestos de poder son trasversales a casi todos los ámbitos. En 2019 solo el 16% de las rectorías de las universidades eran ocupadas por mujeres.

Con datos actualizados a fecha de 2020, solo el 22% de los puestos directivos en cultura (museos, teatros, instituciones culturales de alto rango…) eran ocupadas por mujeres. Y no parece que a nadie le sorprenda el hecho de que a más de 40 años de vigencia del sistema democrático, España aun no ha tenido a ninguna mujer como presidenta del Gobierno.

Pero esto no pasa únicamente en España. En Estados Unidos, por ejemplo, tras unos 250 años de historia, nunca ha habido una mujer presidenta del Gobierno. De hecho, apenas han existido candidatas.

En resumen, aunque la ley es sin duda un paso importante, no es ni de lejos suficiente para conseguir la igualdad real.

El feminismo discrimina a los hombres

Para frenar los efectos negativos de la estructura patriarcal sobre las mujeres se han configurado distintos mecanismos, tanto legales como sociales, que buscan paliar o reducir al mínimo estos efectos para conseguir una situación de igualdad lo más real posible.

Manifestación del feminismo en Argentina. Autor: Patricia Hurtado. Fuente: Pixabay
Manifestación del feminismo en Argentina. Autor: Patricia Hurtado. Fuente: Pixabay

Pero ante estos mecanismos, muchos sectores reaccionarios, o personas que no comprenden totalmente los efectos estructurales del patriarcado, denuncian que su existencia desemboca en una situación de desigualdad contra los hombres, por lo tanto, los hombres serían los que actualmente se encuentran verdaderamente discriminados.

Este argumento parte de una premisa falsa y, por tanto, la posterior conclusión lógicamente sería igualmente falsa: no se parte de una situación de igualdad real en las sociedades.

Las personas que defienden este argumento parten de la premisa de que el patriarcado no existe, o de que, si bien existe, sus efectos son mínimos ya que la legislación y estructura social actual ya establece que todas las personas son iguales ante la ley y en las vidas diarias.

Es decir, la violencia machista o las violaciones son casos aislados producidos por hombres enfermos mentales, la discriminación laboral tiene que ver con aspectos individuales y/o jefes machistas… o directamente es que algunos de los datos están sesgados o lo que se señala como desigualdad en realidad es una exageración o no existe.

Pero esto en realidad no es así: el patriarcado existe y las personas solo son iguales ante la ley de forma teórica.

Es por este motivo que se necesitan mecanismos que traten de configurar una igualdad material real. Del mismo modo que existen mecanismos de protección para las minorías étnicas y religiosas, para las personas con discapacidad o problemas graves de salud, para las personas con menos recursos económicos…

Ante mecanismos como, por ejemplo, las penas y agravantes en casos de violencia de género, estas personas defienden que en realidad solo establecen una desigualdad contra los hombres.

Ellos defienden que, a pesar de que los casos de violencia de género son mayoritarios sobre mujeres, con que exista un solo caso de violencia de una mujer contra un hombre, este hombre debería igualmente ser considerado como víctima de violencia de género.

Esta idea trata de igualar a todas las víctimas cuando la realidad es bien distinta.

Primero, porque existe una violencia exclusiva de los hombres contra las mujeres por el mero hecho de ser mujeres, que no existe al contrario; segundo, porque existe todo un sistema de protección y normalización de esta violencia contra las mujeres que no existe en el caso de que una mujer agreda a un hombre; y tercero, porque incluso afirmando como cierta la premisa, solo se conseguiría invisibilizar el fenómeno de la violencia de género contra las mujeres.

Apoyar este argumento sería tan estúpido como defender que las penas actuales que castigan con mayor fuerza los casos de agresión de un menor de edad contra una persona mayor deberían de ser las mismas que las que se le apliquen a una persona mayor de edad que agreda a un menor.

Esto no tendría ninguna lógica incluso dentro del mundo del Derecho, porque existe un consenso acerca de que la relación de poder que separa a ambos es enorme, por lo que el menor está más desprotegido que la persona mayor de edad.

Es por este motivo que los menores gozan de una especial protección cuyo objetivo reside en tratar de reducir la enorme brecha de poder y desprotección que le separa de los adultos. Por lo que si se igualan ambos casos, que parten de situaciones desiguales, solo se conseguiría crear una falsa apariencia de igualdad entre ambos sujetos que no existe en la realidad.

Defender esto no significa que las personas mayores de edad estén discriminadas respecto a los menores de edad, por lo que, de igual forma, defender que la violencia específica que sufren las mujeres debe de estar especialmente castigada tampoco significa que los hombres sufran discriminación respecto a las mujeres.

Es decir, ante una desigualdad o discriminación estructural, que se articulen mecanismos específicos para paliarla, no implica que se discrimine a la otra parte.

Hay quien incluso le da la vuelta al argumento y sostiene que las mujeres se convierten en víctimas o en seres débiles incapaces de defenderse o de conseguir la igualdad por su propia mano.

Sin embargo, esta postura tiene un marcado sesgo individualista que ignora las dificultades de partida de las mujeres y que incluso pueden desembocar en circunstancias tan graves como la violencia de género o la agresión sexual.

La violencia no tiene género, la violencia es violencia venga de donde venga

Muchas personas sostendrán que el anterior argumento es falso puesto que para ellos no existe una violencia exclusiva contra las mujeres por parte de los hombres. Estas personas niegan la violencia de género y defienden que la violencia es violencia”, indiferentemente de donde procede y contra quien se ejerza. Una postura, de hecho, sostenida por la extrema derecha para argumentar la derogación de leyes igualitarias.

Este argumento implica necesariamente negar que no existiría una violencia exclusiva contra la población negra por el mero hecho de serlo, contra las personas LGTBI+ por su orientación sexual, contra personas de otras ideologías o religiones como consecuencia de sus creencias…

Huelga feminista del 8 de marzo de 2019. Fuente: AraInfo, 08/03/2019. Fuente: Flickr (CC BY-SA 2.0.)
Huelga feminista del 8 de marzo de 2019. Fuente: AraInfo, 08/03/2019. Fuente: Flickr (CC BY-SA 2.0.)

Esto es obviamente falso, porque esta violencia exclusiva existe: la violencia sí tiene género. Y hay muchos ejemplos de ello:

En primer lugar, existe enorme desigualdad respecto a la distribución de la violencia en cuanto a géneros. El 95% de los homicidios en el mundo son producidos por hombres, el 93,2% de las personas en prisión en el mundo son hombres, la mayoría de personas que realizan actos terroristas y de tortura son igualmente hombres…

Esto no es consecuencia directa de ser hombre, sino una consecuencia de la construcción de la masculinidad en las sociedades patriarcales: los hombres son construidos en torno a la violencia, la competición, el privilegio de poder y otros valores que tienen un marcado sesgo de género y que condicionan las actitudes futuras. Es un problema estructural, no individual.

El 35% de las mujeres han sufrido violencia física y/o sexual por parte de sus parejas, el 43% ha sufrido violencia psicológica, el 7% ha sufrido violencia sexual dentro de sus relaciones, el 55% han sufrido episodios de acoso sexual en algún momento de su vida…

En España, el 99,6% de los casos han tenido como agresores de esta violencia a hombres.

Y ante el argumento de que los hombres también sufren violencia, se llega a la misma conclusión: los hombres sí sufren violencia, pero en la mayoría de los casos sufren la violencia de manos de otros hombres, mientras que las mujeres no la reciben de manos de otras mujeres, sino que en la mayoría de los casos proviene de manos masculinas.

La violencia masculina es un hecho estructural, y es ejercida principalmente hacia las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Por lo tanto, si existe la violencia de género; y la existencia de mecanismo legales para frenarla, no solo no es discriminatoria, sino que es necesaria.

Esto no significa que la vida de las personas no valgan lo mismo o que la violencia tenga un valor diferente, sino que cada violencia obedece a unas causas y tiene unas consecuencias específicas, por lo que deben de ser abordadas de manera diferente.

Las leyes feministas que castigan la violencia de género eliminan la presunción de inocencia de los hombres

Otro clásico de los detractores del feminismo es el tema de la presunción de inocencia.

Según estas personas, las leyes feministas, y concretamente, como la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral de las Víctimas de Violencia de Género (LIVG) en el caso de España, acaba con la presunción de inocencia y provoca la indefensión de los hombres.

En primer lugar, la presunción de inocencia es un derecho fundamental recogido por la Constitución de 1978, por la Declaración de los Derechos Humano de la ONU, y por el Convenio Europeo de Derechos Humanos, por lo que sería absurdo afirmar que un precepto tan protegido estaría diariamente siendo violado sin ninguna consecuencia política o legal contra España.

De ser cierto, el poder judicial (en su mayoría de corte conservador y con un claro sesgo masculino) u organismos internacionales pro derechos humanos habrían invalidado la norma o las leyes feministas.

La realidad es que el Tribunal Constitucional ha avalado la ley en numerosas ocasiones desde los primeros recursos impuestos contra ella en 2008: se han presentado 127 cuestiones de inconstitucionalidad y todas ellas han sido rechazadas por el alto tribunal.

En segundo lugar, muchos de los hechos que se alegan para afirmar que atenta contra la presunción de inocencia como los arrestos preventivos contra supuestos agresores no son regulados por la propia ley, sino por otro tipo de leyes procesales como la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Se aplican, por lo tanto, a todo tipo de delitos de manera genérica, por lo que no es una excepción de la LIVG.

Además, estas prácticas (como la mencionada prisión preventiva en casos donde existe un alto riesgo para la víctima, o la diferenciación de penas) han sido avaladas por los tribunales, y en concreto por el Tribunal Constitucional, debido a las “altísimas cifras” en torno a la violencia de género y debido a que existe proporcionalidad entre las prácticas y el bien que se pretende proteger: la vida, libertad y seguridad de las víctimas.

También hay que señalar que la prisión preventiva, la existencia de juzgados especializados, la diferenciación de las penas, los beneficios económicos o socialesno son exclusivos de mujeres víctimas de violencia de género, sino que son mecanismos de los que se benefician distintas personas indiferentemente de su género, etnia, religión o nacionalidad, como menores, minorías, afectados por el terrorismo, etc.

Por tanto, estas leyes no solo no acaban con la presunción de inocencia, sino que además están avaladas por el poder judicial, siendo legales, legítimas y constitucionales.

La brecha salarial de género no existe

Finalmente, otro de los argumentos más extendidos contra el feminismo es el de negar una de sus mayores reivindicaciones o ejes de lucha: la brecha salarial o de género.

La brecha de género es la diferencia existente entre los salarios que perciben los hombres y las mujeres, calculada sobre la base de la diferencia media entre los ingresos brutos por hora de todos los trabajadores.

Esta brecha de género se da en todo el mundo y se relaciona con otras cuestiones como las diferencias en cuanto a pensiones, el techo de cristal (la incapacidad de las mujeres para llegar a elevados puestos de poder), o las diferencias en cuanto a ocupaciones y trabajos.

En España, por ejemplo, según datos ofrecidos por técnicos del Ministerio de Hacienda, en España, actualmente, existe una diferencia de un 36,1% entre los salarios medios que reciben los hombres y las mujeres. En términos más materiales, la diferencia de salario anual entre un hombre y una mujer se situaba, hace unos años, en niveles anteriores a la pandemia, en 4.915 euros.

Según los cálculos de los expertos se necesitarían 105 años para acabar con la brecha de género en España. Todos estos son datos objetivos.

Existen múltiples causas para explicar la brecha de género, pero las más importantes son las siguientes:

Discriminación en el lugar de trabajo. Esto ocurre cuando en un mismo puesto de trabajo la mujer cobra un salario menor que un compañero varón. Esta práctica está prohibida por la ley, y puede ser denunciada, pero en muchas ocasiones no llega a ser denunciada por la víctima por diferentes factores como el miedo a poder perder el trabajo:

  • Dificultad de conciliación entre la vida laboral y familiar. Las mujeres se encargan principalmente del cuidado de la vida familiar, de los trabajos no remunerados y del trabajo dentro del hogar. Esta situación genera problemas a la hora de compaginar las responsabilidades familiares y laborales, impidiendo a las mujeres poder desarrollar en igualdad de condiciones su trabajo respecto a sus compañeros varones y pudiendo ser incluso despedidas en muchas ocasiones.
  • Diferencias salariales por sectores. Las mujeres sufren predisposición a formarse y trabajar en sectores vinculados con materias de cuidados. En estos sectores, como, por ejemplo, el sector sanitario, los salarios son más bajos que en otros ámbitos donde predominan los hombres, como los sectores más técnicos (ingenieras, arquitectura, física…)
  • Techo de cristal. Esto hace referencia a la incapacidad de las mujeres para alcanzar altos cargos de liderazgo. De nuevo, esta situación depende de factores como la conciliación familiar o el sector de trabajo, pero también depende de otros factores como los estereotipos: comúnmente se tiene la falsa creencia de que las mujeres no son capaces de desempeñar cargos de alta presión o responsabilidad.
  • Fraude dentro del propio puesto de trabajo. A menudo, las mujeres son contratadas para realizar un determinado puesto que se equipara al de otros compañeros hombres, pero son contratadas en base a un puesto de una categoría inferior que les hace cobrar menos.

La realidad de estos fenómenos es más que evidente, pero es común ver cómo quien lo niega se escuda de nuevo en argumentos individualistas que niegan el papel de la estructural social sobre los individuos como, por ejemplo, que depende únicamente de la mentalidad perdedora de las mujeres, de las decisiones “racionales” que estas han tomado, o en incluso, en la incapacidad de estas a la hora de realizar ciertos trabajos.

Y no es un fenómeno aislado. Según un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), publicado el año pasado, indica que un 47% de la población considera que los varones son mejores líderes políticos, y un 41,4% cree que son mejores para liderar en el mundo de los negocios.

Pero los científicos y expertos niegan estas creencias. Según Raquel Lagunas, asesora para cuestiones de igualdad del PNUD, “las normas sociales, las expectativas, los prejuicios, los sesgos de género, o el sistema de creencias, son los mayores obstáculos para seguir progresando”.

Y es que, como ella señala, los sesgos de genero son inhibidores de oportunidades”. Un ejemplo de ello ocurre en la adolescencia, “a partir de los 12 años, las niñas empiezan a levantar menos la mano en clase; con lo que se restan posibilidades de expresar sus ideas. Es tres veces más difícil para las mujeres llegar a ser políticas por barreras externas, pero también por sesgos propios”.

Resumiendo: “el sistema de normas de normas y creencias lo incorporamos desde que somos pequeños; son sesgos inconscientes de género sobre lo que significa ser hombre y mujer”.

Conclusiones

Tras haber recapitulado todos estos argumentos, y en vistas de lo extendidos que están, el feminismo se presenta como una necesidad. Una necesidad para educar, para educar en igualdad.

Esto no significa per se que el movimiento feminista actual sea perfecto o que no se puedan realizar críticas o propuestas de mejora: como todos los movimientos sociales presentan problemas y contradicciones internas.

Pero su carácter de mejora en los derechos humanos es más que evidente. Por que sí, al menos de momento, todo parece indicar que el movimiento feminista está reorganizando muchos ámbitos de nuestra sociedad y está tirando abajo muchos muros históricos. Seguramente, con el paso de las décadas, sea reconocido como uno de los movimientos que más transformaciones sociales ha producido y se reconsidere su papel histórico.

Conviene, pues, empezar a dejar todas las mentiras, falacias y bulos sobre el feminismo y el 8M Al Descubierto.

Enlaces, fuentes y bibliografía:

– Foto de portada: Manifestación 8M, Madrid 2019. Autor: Consuelo Fernández, 08/03/2019. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0.)

Valentín Pozo

Articulista. Estudiante de cuarto de Ciencias Políticas y apasionado de la investigación. Experiencia en movimientos estudiantiles y sociales. En mis artículos intento ofrecer un enfoque analítico más orientado a las ideologías y teoría política.

Un comentario en «Cómo responder a tu cuñado a las mentiras sobre el feminismo y el 8M»

  • el 16 marzo 2021 a las 16 h 19 min
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    Excelente artículo. Muchas gracias por su aportación. Saludos.

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