‘El pan de la guerra’, una historia sobre la misoginia

Las ideologías reaccionarias tienen muchas formas y se acoplan de manera camaleónica entre las diferentes culturas humanas. Existe en la actualidad un debate que cada vez deja menos duda, el cual postula que las ideologías fundamentalistas islámicas tienen muchos puntos en común con la extrema derecha, aunque estas dos visiones ultraconservadoras, autoritarias e intolerantes sean en un primer punto de partida enemigas políticas.

De esta manera, el análisis de la obra El pan de la guerra cobra más relevancia si cabe, pues es una película que nos muestra sin tapujos cómo la misoginia, la violencia frente al disidente político, el fundamentalismo religioso y el nacionalismo más agresivo son posturas que caracterizan los aspectos más esenciales de los regímenes totalitarios de todo el mundo. O, al menos, en buena parte de ellos.

La historia de ‘El pan de la guerra’

El pan de la guerra es una novela escrita por Deborah Ellis que en el año 2017 tomó forma de película de animación a través de la directora Nora Twomey. Para escribir dicha novela, la escritora Deborah Ellis realizó un profundo estudio de campo en campamentos de refugiados, principalmente en Pakistán y Rusia.

El fruto de estos meses de investigación y documentación fueron el impulso de crear la historia de la protagonista del libro y de la posterior película llamada Parvana, una niña afgana que tiene que sobrevivir en Afganistán en pleno golpe de estado y toma del poder del régimen Talibán.

La historia de dicha película traslada al espectador a la ciudad de Kabul, capital del país, en la época donde los Talibán inician su gobierno, a mediados de los años 90. Durante la guerra, tanto la madre de Parvana que trabajaba de locutora de radio como su padre que trabajaba de profesor de Historia se quedan sin trabajo.

En este contexto descrito se desarrolla la adolescencia de Parvana, una niña de tan solo 11 años que convive junto con su hermana mayor llamada Soraya y sus dos hermanos pequeños, Alí y Maryam.

De esta manera, al quedarse los progenitores de esta familia afgana sin sustento, el padre de Parvana intenta vender de forma ambulante en el mercado de la ciudad algunos utensilios. Además, al ser un hombre culto, lee y traduce cartas a personas que no saben leer.

Es en el mercado donde ocurre un primer altercado frente a un joven talibán, un chico que es unos años más mayor que Parvana. Esta persona increpa al padre de Parvana pidiéndole explicaciones sobre la presencia de una niña en el mercado que, además, iba sin el rostro cubierto, violando así la «sharia» o ley islámica, muy estricta al respecto en ese momento.

El padre le contesta que la necesita como ayuda, pues le falta una pierna y no puede llevar todas las cosas que vende por cuenta propia. Es en esta conversación donde el joven le reconoce, pues había sido un exalumno de este en el instituto. Sin embargo, el odio y la agresividad del chico no cesan e insinúa en forma de provocación que Parvana sería una buena candidata para casarse. Nurullah, el padre de la protagonista le planta cara y le aclara que Parvana ya está prometida, mintiendo de forma bastante evidente. El joven a su vez amenaza con matarle, cada vez más visiblemente indignado.

Esta escena supone un punto de inflexión en la película, pues el joven acaba delatando a la familia de Parvana como enemigos del régimen talibán. Es de esta manera que los talibán entran en su hogar y arrestan al padre.

Fotografía de niñas afganas

Con el régimen talibán haciéndose con el control de la ciudad, la historia de esta familia se empieza a transformar en una oscura odisea. Al quedarse sin su figura masculina, las mujeres de la familia no pueden salir de casa, pues solo se les está permitida la salida a la calle con la compañía de un hombre. Obviamente tampoco pueden trabajar y, además, deben llevar el burka que les tape todo el rostro y el cuerpo de manera completa.

No obstante, la madre de Parvana, Fattema, le pide a su hija que le acompañe a la cárcel para protestar sobre el injusto encarcelamiento de su marido. De esta forma, las dos acuden hasta la prisión con una carta que la hermana mayor, Soraya, ha escrito para el alcaide. Sin embargo, son sorprendidas por un talibán que patrulla la zona, este les advierte que no pueden estar solas, y pese a las súplicas de la madre, pues sin su marido están condenadas a morir de hambre, el talibán le propina una paliza y las dos vuelven a casa.

Es en los siguientes días, al verse en una situación tan dramática, que la joven Parvana decide cortarse su largo cabello para imitar el aspecto de un chico de su edad y así poder trabajar. Es cambiando su identidad de género lo que le permite después de mucho tiempo caminar libre por la ciudad de Kabul. Es así también como conoce a su amiga Shauzia, una niña en su misma situación con la que entabla una bonita amistad viviendo múltiples vaivenes en el seno de la capital afgana.

Las dos intentan sobrevivir trapicheando y vendiendo todo lo que pueden de forma ambulante o en el mercado. Las dos niñas sueñan con salir del infierno talibán. Existe una escena bastante significativa donde las dos amigas están sentadas en el mercado de Kabul, frente a la manta donde Parvana deposita las pocas cosas que vende. Shauzia le comenta que lleva mucho tiempo ahorrando dinero y que cuando tenga suficiente se irá lejos de allí:

-¿Has visto alguna vez el mar?
-No.
-Yo tampoco, pero dicen que la luna atrae el agua hacia la orilla, y luego retrocede. Quiero verlo. Y posar los pies en la arena cálida y que se enfríen al meterlos en el agua.
-¿Pero y tu padre?¿No depende ti?
-Soy un buen hijo, pero él no es un buen padre.
-¿Qué harás en la playa?
-Compraré cosas y venderé cosas como aquí, pero por mi cuenta. Me han dicho que hay gente que va al borde del agua para no hacer nada, simplemente se sientan allí y miran el mar con sus gafas de sol puestas o nadan con flotadores. Así que podría venderles esas cosas.
-Suena bien Delowar. Puede que me apunte.

Esta conversación refleja la dura infancia para las niñas en un país gobernado por fundamentalistas islámicos como el régimen talibán. Literalmente viven en una cárcel gigante por el hecho de ser mujer. Algo bastante paradójico en la película es como la misma condición que les hace ser excluidas, es decir, haber nacido mujeres, no es detectada por los talibán cuando estas niñas simplemente se cortan el pelo y se visten con rompas de chicos, pasan totalmente inadvertidas frente a los ojos de este régimen misógino.

Por otro lado, la película también muestra cómo no todos los hombres afganos son misóginos y ni mucho menos afines al movimiento talibán. El ejemplo de esto está encarnado en el film a través del padre de Parvana, un profesor de historia, sensible, culto y tolerante con sus semejantes y con su familia.

Además, la película va más allá y muestra cómo no todos los talibanes son demonios sin alma, sino más bien son un reflejo de la necesidad de entender un contexto social tan convulso como el de Afganistán. Esto se puede ver perfectamente en el empleado talibán de la prisión que ayuda a escapar al padre de Parvana una vez esta le intenta sobornar, jugándose así la propia vida.

La violencia de género: uno de los mayores problemas nivel mundial

Feminicidios por continente en 2018. Autor: Elaboración propia. Fuente: ONUDD
Feminicidios por continente en 2018. Autor: Elaboración propia. Fuente: ONUDD

Películas como El pan de la guerra muestran sin tapujos la realidad de muchas de las mujeres en el mundo. Una situación que se caracteriza por sufrir una exclusión social de carácter estructural, una situación que en muchas ocasiones desemboca en consecuencias fatales como la violencia de género y el feminicidio.

Aunque las posturas ligadas a la extrema derecha u otras ideologías reaccionarias como los fundamentalismos islámicos se empeñen en negar su mera existencia. La realidad es que la violencia de género es uno de los mayores problemas sociales a nivel mundial y, además, es un aspecto ampliamente definido, delimitado y estudiado en ciencias sociales. Así como la Asamblea General de la ONU 48/104, del año 1994 definió la violencia de género como “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o privada”

A través de esta definición queda bastante claro cómo en contextos sociales como el régimen talibán, donde se aplica una interpretación extremista de la sharía, el código de conducta en el que se incluyen diferentes interpretaciones de las normas, reglas y sanciones que conforman el cuerpo del derecho islámico, la violencia de género es algo constante y omnipresente siendo una norma cotidiana de estas sociedades.

Para entender la gravedad de dicha situación sobra con recordar algunas consecuencias de la aplicación de la sharía por parte de los fundamentalistas islámicos y grupos terroristas son la lapidación, la amputación de extremidades, la decapitación y otros castigos físicos o torturas.

Cabe añadir que el contexto de violencia y misoginia a las que se ven sometidas las mujeres afganas no es algo singular de este país, ya que se pueden encontrar contextos similares en muchos estados africanos, de oriente medio, asiáticos o incluso europeos. Sin ir más lejos, en Polonia hace tan solo unas semanas una mujer murió por sepsis al no poder abortar pese a la muerte de uno de sus fetos.

De esta manera, como se iba argumentando, los episodios y entornos agresivos e inhumanos para las mujeres hoy en día siguen siendo muy numerosos. El matrimonio infantil o la mutilación genital femenina serían ejemplos de prácticas que se hacen en entornos sociales misóginos, crueles y que vulneran los derechos humanos de manera flagrante.

Aportando algunos datos concretos sobre dichos crímenes de violencia de género, se estima que al acabar el 2020 había 4 millones de niñas mutiladas más en todo el mundo. En la actualidad, Mali encabeza el ranking de porcentaje de niñas que sufren mutilación genital: un 83% de las niñas de 0-14 años. Somalia es el país que más mujeres adultas mutiladas alberga, con un 98% entre las mujeres de 15 a 49 años.

Por otro lado, en cuanto al matrimonio infantil forzado, se puede hacer una aproximación de la gravedad de la situación a través de los datos de Ayuda en Acción, los cuales indican que a día de hoy 650 millones de niñas y mujeres han sido obligadas a casarse siendo menores de edad.

En América Latina una de cada 4 niñas se casa antes de los 18 años. Datos que sitúan a Latinoamérica por delante de Oriente Medio y el Norte de África (según el informe de Ayuda en Acción). Además, Níger sería el país que encabeza el matrimonio infantil, ya que un 76% de las mujeres se casaron antes de cumplir 18 años.

En definitiva, si se cobra conciencia sobre el contexto descrito en los párrafos anteriores, películas como El pan de la guerra son fundamentales para vislumbrar las condiciones de vida de las mujeres en todo el mundo, unas consecuencias que no son exclusivas de una única cultura, sino que son expresiones de un sistema patriarcal global, donde la dominación masculina causa en muchas ocasiones opresión, exclusión y una violencia atroz frente a las mujeres de todo el planeta.

Álvaro Soler

Articulista. Sociólogo y gestor medioambiental, con suerte de poder compartir vocación y formación. Las Ciencias Sociales son una parte muy importante de mi vida. Considero la divulgación a través de la sociología como una gran herramienta para destapar las injusticias sociales y arrojar luz sobre la actualidad diaria contribuyendo así a ser un poco más libres y justos.

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