‘Tierra y Libertad’: la otra guerra civil

El precio a pagar por la libertad siempre es elevado. Pero, en los tiempos del auge de los fascismos en Europa, esta se convirtió en un bien de lujo. Muchas vidas serían cobradas en aquellos fatídicos años en las guerras de finales de la primera mitad del siglo XX para que unas pocas personas pudiesen conservar un ápice de libertad. Un contexto en el que entraría de lleno el film Tierra y Libertad.

En España, las vidas comenzaron a cobrarse antes de lo previsto. Un golpe de estado militar a la legalidad republicana, liderado finalmente por el general Francisco Franco, pilló por sorpresa al gobierno español y también al resto de potencias europeas, que llevaban años rearmándose en secreto, pero que procrastinaban su enfrentamiento bélico. Aun así, ello no fue óbice para que las tierras de la península ibérica se convirtiesen en una arena de pruebas para la Alemania de Hitler o la Italia de Mussolini en la que ‘’estrenaron’’ el armamento que arrasaría Europa en la Segunda Guerra Mundial, ante la pasividad de Francia y Reino Unido.

De esta forma, la Guerra Civil Española representaría una antesala de la disputa entre fascistas y demócratas que más tarde se extendería por toda Europa, pero no solamente. Delante, el bando golpista estaba unificado en torno a un líder, no particularmente carismático, pero que había conseguido consolidarse en el poder gracias en parte a su éxito al conseguir la ayuda de las potencias fascistas y a las muertes prematuras de quienes podían haber sido capaces de hacerle sombra como la del capitán José Sanjurjo, la del director del golpe el general Emilio Mola o la del líder falangista José Antonio Primo de Rivera ,condenado a muerte por conspirar contra la República.

Columna de guardias civiles escoltando a mineros en la revolución asturiana. Autor: Concern Illustrated Daily Courier - Illustration Archive, 08/10/1934. Fuente: Narodowe Archiwum Cyfrowe, Poland
Columna de guardias civiles escoltando a mineros en la revolución asturiana. Autor: Concern Illustrated Daily Courier – Illustration Archive, 08/10/1934. Fuente: Narodowe Archiwum Cyfrowe, Poland

En el otro lado, el bando republicano se encontraba dividido prácticamente desde los primeros pasos de la República. La Revolución de Octubre, no la del 17, sino la del 34 (pareciera que el final del verano aviva el sentimiento revolucionario) fue la máxima expresión de esta división durante la etapa republicana, entre quienes confiaban en los cauces republicanos para modernizar España y quienes solo veían en ellos otra forma de dominación burguesa.

Entre quienes podían esperar y quienes no. Las diferentes brechas que se abrieron en España entre fascistas y demócratas, pero también entre reformistas y revolucionarios, entre comunistas y anarquistas o entre estalinistas y trotskistas, operarían de forma similar y se recrudecerían en los años venideros en todo el continente europeo.

El film Tierra y Libertad (1995) del director Ken Loach vuelve a las trincheras del 36 con el objetivo de reflejar estas brechas en la gran pantalla. Junto al dramaturgo Jim Allen, encargado del guion del largometraje, los cineastas británicos se inspiran en la obra Homenaje a Catalunya (1938), de su compatriota el novelista George Orwell, en la que narra sus vivencias durante los meses en los que estuvo combatiendo del lado del bando republicano en la Guerra Civil Española, hasta que tuvo que marcharse tras la ilegalización del partido junto al que combatía, el POUM.

El actor Ian Hart recoge el testigo de Orwell para convertirse en David Carr, un obrero inglés desempleado, soltero y militante del Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB por sus siglas en inglés), que decide enrolarse en las filas republicanas con la intención de ‘’hacer algo más’’ y de detener al fascismo ‘’antes de que sea demasiado tarde’’.

De la mano de Carr, reviviremos en el film algunos de los episodios más relevantes de la Guerra Civil que acabaron determinando el destino de aquellas mujeres y hombres que luchaban por su tierra y por la libertad.

‘Tierra y Libertad’: entre el golpe de estado y la revolución

La trama arranca en Liverpool, la ciudad de Carr, mostrando el fallecimiento del comunista por un paro cardiaco. Será a través de su nieta, quien repasa tras la muerte de su abuelo las cartas y escritos políticos que este guardaba, que se iniciará un largo flashback en el que la trama se trasladará cincuenta años atrás.

El protagonista abandonará Liverpool para unirse a las Brigadas Internacionales consiguiendo cruzar la frontera y unirse al bando republicano. Una vez en España, recala por azar en las filas de una milicia controlada por el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) que batallaba en el frente de Aragón. Este partido se había formado en 1935 de la unión de la Izquierda Comunista de España (ICE), un partido de origen trotskista que rompió con León Trotski por sus diferencias estratégicas, y el Bloque Obrero y Campesino (BOC), un partido comunista con implantación en Catalunya surgido de una escisión del PCE.

Así, el POUM se erigía como un partido comunista, de autoproclamado carácter trotskista aunque nunca llegó a ser aceptado en la IV Internacional, la organización internacional de los partidos comunistas alineados con las ideas de Trotski.

El POUM formó parte del famoso Frente Popular, la coalición electoral de partidos republicanos, socialistas y comunistas que consiguió arrebatar democráticamente el gobierno a la derecha en las urnas en 1936. A pesar de ello, las diferencias entre el POUM y otros partidos venían de largo y no siempre pudieron ser sofocadas, particularmente con el PCE, que se opuso inicialmente a la entrada del POUM en la coalición popular.

Bandera del Partido Obrero de Unificación Marxista. Autor: Sevgart, 18/06/2010. Fuente: Wikimedia Commons / CC BY 3.0
Bandera del Partido Obrero de Unificación Marxista. Autor: Sevgart, 18/06/2010. Fuente: Wikimedia Commons / CC BY 3.0

El partido en el que militaba Carr, el CPGB, formaba parte de la III Internacional Comunista, a la que se oponían los trotskistas, pero aun así el brigadista decide quedarse luchando junto a estos milicianos bajo el pretexto de que todos combaten un enemigo común, el fascismo. El británico desconocía la coyuntura política que atravesaba España y que marcaba el rumbo de la guerra.

Ya antes del conflicto bélico, el POUM y el PCE se habían marcado como enemigos. Los primeros acusaban al PCE de ‘’aliados de la burguesía’’, como sostenía su líder Andreu Nin, tildándolos de reformistas y anticomunistas. Por su parte, los segundos veían en el POUM un partido contrarrevolucionario, de tal forma que su secretario general José Díaz los acusaba de ser ‘’agentes del fascismo’’ que se hacían pasar por revolucionarios.

Tras el golpe de estado del 36, se terminaría por abrir un abismo insoslayable entre el PCE y el POUM, pero también entre dos visiones contrapuestas de la estrategia ante la guerra. Cuando el pueblo español se enteró de la sublevación militar, muchos españoles y españolas, principalmente aquellos sindicados en centrales sindicales como la CNT o UGT, pidieron armas al gobierno para combatir a los golpistas.

Sin embargo, el Gobierno republicano, entonces presidido por Santiago Casares Quiroga, miembro de Izquierda Republicana y muy cercano al presidente de la República Manuel Azaña, se mostró reticente a entregar armas al pueblo. Primero, porque lo consideraban un punto de no retorno al traspasar la legalidad republicana y, segundo, porque dudaban de las intenciones de los sindicatos.

Pero, finalmente, tras varias dimisiones e intentos fracasados de negociar con los golpistas, el gobierno del nuevo presidente José Giral se vio obligado a entregar armas a las organizaciones obreras ante el avance del golpe. Estas rápidamente constituyeron milicias para organizar la defensa y se convirtieron en el verdadero poder en el territorio, al margen de las autoridades republicanas. Como explica el historiador Julián Casanova, ‘’un golpe de estado contrarrevolucionario, que intentaba frenar la revolución, acabó finalmente desencadenándola’’.

Giral acabaría dimitiendo, en vistas de que el ejército franquista avanzaba posiciones y cercaba Madrid, sucediéndole al mando Largo Caballero, el socialista líder de UGT. Caballero se propuso formar un gobierno de coalición antifascista y detener el proceso revolucionario de los obreros y obreras, por lo que creó un nuevo ejército en el que se unificase la dirección de la guerra y dio entrada en el gobierno a cuatro ministros de la CNT, entre ellos Federica Montseny, la primera mujer ministra en España.

Llegados a este punto, se perfilaron dos bloques con estrategias distintas y casi incompatibles para combatir a Franco. Unos creían que era el momento idóneo para llevar a cabo la revolución, entre los que se cuentan algunos anarquistas y el POUM, de modo que su experiencia revolucionaria contagiaría a las masas obreras que se alzarían contra el fascismo y al mismo tiempo a otros pueblos más allá de las fronteras españolas.

Sin embargo, otros pensaban que la revolución sería imposible si el fascismo vencía, por lo que había que concentrar los esfuerzos en derrotar a Franco primero. Entre ellos estaban los burgueses republicanos, los socialistas, los comunistas e incluso algunos anarquistas como la propia Federica Montseny, razón por la cual decidieron entrar al gobierno republicano. Loach trata de reflejar este debate en una escena excelsa donde los republicanos consiguen tomar un pueblo del frente aragonés y se forma una asamblea en la que milicianos y vecinos dirimen si socializar únicamente las tierras de los fascistas o las de todo el pueblo.

Con ello, Carr aterriza en el territorio español ciertamente ajeno a todo esto, como hiciera Orwell en su momento. Ajeno a que en España se vivían realidades tan distintas que había territorios donde el fascismo gobernaba con puño de hierro y lugares en los cuales se había abolido la propiedad privada y el dinero pretendía ser suprimido. Pero el británico no tardaría en ser partícipe de estas tensiones.

Los jornadas de mayo de 1937

Para mediados de 1937, cuando se acercaba el aniversario del inicio de la guerra, la situación no era halagüeña para el bando republicano. A pesar de que había conseguido defender Madrid, victoria en la que ni siquiera el gobierno republicano confiaba ya que se trasladó antes de la ofensiva a València, y parar a los militares italianos en la batalla de Guadalajara, la que sería la primera derrota de una potencia fascista, el apoyo de alemanes e italianos estaba decantando la balanza del lado del bando franquista. Las ofensivas republicanas eran fácilmente repelidas y los franquistas estaban consiguiendo aislar al norte.

En este contexto, la disparidad de estrategias del bando republicano, frente a la unidad jerárquica de los fascistas, tampoco ayudaba. Como explica el economista Ramón Tamames, las socializaciones no estaban consiguiendo aumentar la productividad necesaria para tiempos de guerra. ‘’Lejos de orientarse la producción sistemáticamente hacia el esfuerzo de guerra se dirigió en no pocas ocasiones hacia las actividades más inmediatamente rentables’’ señala Tamames.

La propia Federica Montseny también se mostraría crítica con las acciones de algunos sindicalistas. ‘’Tienen las industrias y los talleres en sus manos, han hecho desaparecer a los burgueses, viven tranquilos, y en una fábrica, en vez de un burgués hay siete y ocho’’. La improvisación y descontrol con el que se desarrollaron las experiencias revolucionarias hicieron que no tuviese el éxito que otro tipo de andamiaje, imposible en el contexto de la Guerra Civil, le habría proporcionado.

Fachada de la plaza Sant Josep Oriol, rebautizada ‘’Plaza del miliciano desconocido’’ durante la Guerra Civil, tapada por las tropas de Franco y redescubierta al limpiar las paredes de la Iglesia. Autor: myBCN, 15/11/2012. Fuente: Flickr (CC BY-SA 2.0).
Fachada de la plaza Sant Josep Oriol, rebautizada ‘’Plaza del miliciano desconocido’’ durante la Guerra Civil, tapada por las tropas de Franco y redescubierta al limpiar las paredes de la Iglesia. Autor: myBCN, 15/11/2012. Fuente: Flickr / CC BY-SA 2.0

Además, la fuerza de los sindicatos en Catalunya había dejado al gobierno liderado por Companys a merced de las organizaciones obreras, a las que tuvo que incluir en su gobierno también junto a miembros del POUM. Los anarquistas y el POUM controlaban y, por ende, decidían sobre fábricas estratégicas, aduanas o centros de comunicaciones entre otros, con la problemática evidente que esto representaba para los intentos de Caballero de unificar la dirección de la guerra.

Así pues, el gobierno republicano comenzó arrebatando el control de algunas aduanas, como la de Puigcerdà, a los sindicalistas de la CNT. Esto hizo temer a ambos bandos que la lucha estallara y que los rivales atacasen primero, por lo que fueron fortificando sus edificios en secreto. La tensión era tal que las propias organizaciones sindicales tuvieron que suspender las celebraciones del 1 de mayo por miedo a disturbios.

La gota que colmó el vaso fue la intención del gobierno de recuperar el control del edificio de la Telefónica en Barcelona, ocupado por anarquistas y desde el cual estaban sometiendo a escuchas las conversaciones entre autoridades estatales y catalanas e incluso obstaculizando algunas de ellas. El mismo 2 de mayo teleoperadores anarquistas impidieron una llamada del ministro Indalecio Prieto al gobierno catalán e interrumpieron una conversación entre los presidentes Azaña y Companys.

Por ello, el gobierno catalán envió a 200 guardias de asalto el 3 de mayo a tomar el control del edificio, a lo que los anarquistas respondieron con fuego hasta que se entregaron una vez terminada la munición. Esto acabó por desencadenar combates en toda la ciudad entre los miembros del POUM y los anarquistas más radicales y las autoridades policiales republicanas, los socialistas y los comunistas. Una pequeña guerra civil dentro de la Guerra Civil.

Ante esta situación, nuestro protagonista es enviado junto a los comunistas a defender el cuartel general del PCE. Carr había abandonado la milicia para unirse a las Brigadas Internacionales, que estaban bajo el mando del gobierno, ya que opinaba que era la mejor forma de combatir al fascismo, lo que le valió una fuerte discusión con su camarada y amante Blanca, representada por Rosana Pastor, una ferviente antiestalinista e ideóloga de su milicia que le echa en cara a Carr la represión que los militantes del POUM estaban sufriendo.

La situación podría haber escalado mucho más, ya que regimientos anarquistas pretendían marchar sobre Madrid y solamente se detuvieron ante la amenaza de bombardeo de la aviación republicana. Sin embargo, los enfrentamientos en Catalunya serían sofocados a los pocos días, gracias a la intervención de unidades republicanas enviadas desde València y Madrid y gracias a la ayuda de los dirigentes anarquistas que llamaron a la vuelta al trabajo. Los miembros del POUM, viendo que los anarquistas habían cesado la lucha, decidieron también hacer lo propio.

Loach trata de reflejar lo ridículo de estos enfrentamientos en una escena en la que Carr combate a unos anarquistas en la defensa de la sede del PCE. En medio de los disparos, una mujer que viene de hacer la compra trata de hacerles ver que su enfrentamiento solo beneficia a los fascistas, pero las palabras poco espacio tienen en tiempos de guerra y a punto está de llevarse un disparo involuntario.

En el fragor de la batalla, Carr descubre que uno de los anarquistas es un compatriota suyo, de Mánchester, que ha venido como él a España a combatir el fascismo. El de Liverpool le pregunta “¿por qué no estás con nosotros?”, a lo que el de Mánchester le contesta: “¿por qué no estás tú con nosotros?”, y Carr responde “ni puta idea”.

Un desenlace amargo

El desenlace de la guerra es bien conocido. El desenlace del largometraje no se separa de los hechos históricos y muestra a Carr volviendo a la milicia, descontento con la política que el gobierno republicano estaba aplicando al POUM. Allí tendrá que ver cómo Blanca muere por un disparo cruzado de un guardia de asalto, que venía junto a un escuadrón a detener a los líderes de la milicia tras la ilegalización del POUM.

El trágico final recoge la sensación amarga de la que no puede escapar cualquier relato que trate sobre la Guerra Civil. Pero este dramatismo con el que Loach envuelve la ilegalización del POUM ha sido criticado por cometer los mismos errores que Orwell cometiera en su obra.

El historiador Paul Preston ya señalaba, en un artículo en un catalán exquisito, el problema que encierra limitar la derrota del bando republicano a la represión estalinista y no a la intervención de las potencias fascistas alemana e italiana y al abandono de los países antifascistas, exceptuando a la URSS. Es más, sin las armas de la URSS y sin los brigadistas internacionales ‘’Madrid probablemente habría caído en noviembre de 1936 y Franco habría ganado meses antes de que los anarquistas y los trotskistas barceloneses se convirtieran en un problema’,’ sentencia Preston.

El propio Orwell acabó por tener una opinión distinta a la que se refleja en la película y en su propia obra. Ya previamente a los sucesos de Barcelona, este trató de incorporarse a las Brigadas Internacionales, convencido de que era lo necesario para ganar la guerra. En una obra posterior llamada Recordando la Guerra de España (1942) el novelista reconocería que ‘’el resultado de la Guerra de España se determinó en Londres, en París, en Roma, en Berlín, pero no en España’’.

Así, Orwell trató de realizar una segunda edición de su obra Homenaje a Catalunya, en la que revisar algunas deficiencias de la misma, pero acabó por no hacerlo. “Uno tiene la impresión de que el ferozmente anticomunista Orwell de la Guerra Fría estaba bien satisfecho de dejar en buena parte Homenaje a Catalunya tal y como estaba, a pesar de saber que la interpretación de la posición de la República Española presentada en su libro era equivocada’’ le reprocha Preston.

En definitiva, ni Tierra y Libertad ni Homenaje a Catalunya deben considerarse como una interpretación definitiva de la Guerra Civil, por los errores de bulto que arrastran. Aun así, no por ello el libro deja de ser una buena fuente histórica ni tampoco borra la excelente fotografía de los paisajes aragoneses de la película, sus vibrantes personajes de los que enamorarse y su más o menos fiel reflejo de los discursos, brechas y enfrentamientos que atravesaron a los hombres y mujeres que defendían la retaguardia republicana.

Vicente Barrachina

Articulista. Apasionado por la Sociología y la Ciencia Política. Periodismo como forma de activismo. En mis artículos veréis a la extrema derecha Al Descubierto, pero también a mí.

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