Tres claves sociológicas para entender las guerras

“Lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación”, así define la RAE las guerras. Por tanto, existe en ella un elemento fundamental: las naciones. Es decir, la guerra es la violencia en forma de conflicto, donde dos países se enfrentan de manera organizada y violenta el uno contra el otro en un territorio determinado.

Esta sería una primera aproximación al concepto de guerra. Cabe añadir que es necesario diferenciarlo de un conflicto violento individual. Es decir, la guerra tiene como componente esencial la necesaria participación en ella de grupos sociales diferenciados, ya sean colectivos, naciones o facciones dentro de los países, los cuales a su vez tienen intereses o posturas contradictorias que los hace ser antagonistas en un conflicto bélico.

Por tanto, uno de los términos principales que se debe abordar para comprender el porqué de las guerras es la nación y el nacionalismo. Así pues, ¿cómo se define este último concepto? El nacionalismo es una forma de pensar, un conjunto de ideas que conforman una identidad sociocultural concreta de un grupo de individuos los cuales se identifican como semejantes dentro de un territorio que, normalmente, comprende un país o región soberana.

Este sentimiento o ideología nacionalista solo tiene sentido en el seno de los estados-nación modernos. O, por lo menos, el nacionalismo tal y como se le conoce actualmente. El surgimiento de los estados actuales tiene su origen en la época de la Revolución Francesa, donde los regímenes autoritarios y absolutistas de carácter estamental ligados históricamente al feudalismo de la Edad Media y su estructura social cerrada fueron dejando paso a las democracias parlamentarias, dándose así un proceso por el cual la clase burguesa desplazó como clase dominante a la aristocracia y el clero.

A su vez, durante el siglo XIX se fue consolidando un nuevo orden social, aún existente hoy en día, llamado capitalismo. El sistema capitalista surgió a través de diferentes procesos simultáneos complejos, por lo que existe mucho debate en la actualidad sobre cómo determinar un origen y unos motivos concretos.

No obstante, hay consenso en las disciplinas sociales sobre cómo la revolución científica, la secularización y, posteriormente, la revolución industrial, son elementos fundamentales para entender el surgimiento de este. Es decir, el capitalismo es un producto de rápidos cambios en el sistema productivo, la economía, la mentalidad, la cultura, la sociedad y las relaciones entre personas y grupos dentro de las sociedades.

Tropas en una lancha de desembarco LCVP que se acercan a la playa "Omaha" el "Día D", 6 de junio de 1944.
El triunfo de los nuevos planteamientos filosóficos del siglo XVIII, contribuyó al intercambio del conocimiento científico

Por un lado, la ciencia se antepuso a la teología como conjunto de conocimientos hegemónicos para dar sentido a la realidad social: figuras como Galileo Galilei y su descubrimiento de la ley del movimiento, Isaac Newton y la teoría de la gravedad, o el posterior Charles Darwin y su Teoría de la Evolución, son algunos ejemplos de hallazgos que aportaron nuevas visiones en diferentes campos como la física o la biología, nuevos modelos de conocimiento que generaron una revolución comprensiva del mundo y la sociedad.

Por otro lado, la secularización fue también otro proceso fundamental para entender el surgimiento del capitalismo y, a su vez, la tipología de las guerras modernas. Este término hace referencia a la progresiva y paulatina separación de la esfera religiosa frente a la política.

Lo descrito fue un proceso que se inició principalmente en los países occidentales. Sin embargo, con el paso de las décadas, también fue la norma en muchos otros países de zonas geográficas como Latinoamérica.

No obstante, en muchos estados de Oriente Medio este proceso de secularización no se ha producido aún a día de hoy, al menos con la misma intensidad que en las zonas descritas anteriormente, es por eso que en muchos países de Oriente Medio y parte de África no existe una clara diferenciación entre el ámbito político y el religioso.

Por último, la revolución industrial es un fenómeno técnico-científico que se caracterizó por el surgimiento de una gran cantidad de avances en diferentes aspectos tecnológicos, como el descubrimiento de la máquina de vapor y, décadas después, el motor de combustión. La revolución industrial, que tuvo su origen en Gran Bretaña, es posiblemente el proceso de transformación sociopolítica más rápido y drástico desde el paso del Paleolítico al Neolítico a raíz del surgimiento de la agricultura.

Con la Revolución Industrial la esperanza de vida aumentó, la gente se empezó a desplazar a las ciudades, surgieron las fábricas y la economía de subsistencia fue sustituyéndose por una economía de consumo, donde las clases populares fueron experimentando un salto cualitativo en su calidad de vida.

Los tres procesos descritos en los párrafos anteriores: revolución científica, secularización y revolución industrial, todos ellos indisolubles del surgimiento del capitalismo, son procesos que vertebraron las nuevas guerras modernas y, por tanto, necesarios para su comprensión.

La teoría del sistema-mundo y la guerra por los recursos

La lucha por los recursos es muy probable que sea el motivo originario de los primeros conflictos bélicos entre grupos de personas. Esta pugna está englobada dentro de los llamados actualmente intereses “económicos” de los países. Estos recursos pueden ser muy variados: territorio, cultivos, minerales, acceso a agua o a alguna ruta importante, mano de obra…

En la actualidad, se ha normalizado que países con un mayor poder económico sometan a otros con un menor poder adquisitivo. En muchas ocasiones, esta subordinación no se realiza a través de la violencia, sino más bien utilizando métodos de control político, económico, cultural...

Es decir, muchos de los países pobres financieramente hablando, pero ricos en cuanto a recursos (petróleo, minerales y materias primas en general), tienen que hacer frente a una presión constante de los llamados países ricos, los cuales intentan controlar de manera estratégica los sectores productivos más valiosos de estos estados. En las ocasiones que las resistencias de los países pobres se vuelven sólidas, las reacciones de los países occidentales pueden ser violentas.

Existen múltiples ejemplos de estrategias y métodos que países occidentales usan para desestabilizar países violentamente y hacerse con el control de sus recursos. En el caso de Estados Unidos, la llamada Operación Cóndor, fue una estrategia que se inició en 1975, en pleno apogeo de la Guerra Fría contra la Unión Soviética.

A través de sus servicios secretos, Estados Unidos financió, asesoró, dio apoyo técnico e incluso aportó personal militar a los grupos más conservadores y de extrema derecha de muchos países latinoamericanos como Chile, Paraguay, Perú, Uruguay, Bolivia, Cuba, Venezuela o Argentina. En la mayoría de estos estados se intentó o se implantó un régimen dictatorial o gobierno conservador afín a los intereses estadounidenses. La CIA fue el órgano político-militar que dirigió dicho proceso de dominación política-violenta, causando guerras civiles o golpes de estado.

Quizá uno de los ejemplos más ilustres sea el golpe de estado perpetuado en Chile en 1973, un acontecimiento protagonizado por parte de las fuerzas armadas encabezadas por el general y futuro dictador ultraderechista Augusto Pinochet.

La toma del poder del ejército chileno finalizó con el gobierno democrático de Salvador Allende, el presidente en aquel momento, el cual optó por el suicidio cuando las tropas de Pinochet entraban en el Palacio de la Moneda, sede del gobierno donde él se encontraba en ese preciso momento. En la actualidad, existen una gran cantidad de documentos desclasificados que prueban la participación directa de la CIA en dicho acontecimiento.

En general, el Plan Cóndor está relacionado también con un contexto de guerra ideológica, pues Estados Unidos quería evitar a toda costa el auge de gobiernos de izquierdas en su continente vecino, pero uno de los motivos principales también fueron los alicientes económicos, pues Latinoamérica es una de las zonas con más riqueza material del mundo y, aún a día de hoy, muchas empresas norteamericanas gozan de privilegios estratégicos dentro de estos territorios.

En otras palabras, un gobierno de izquierdas podía poner en peligro las inversiones económicas de ciertas grandes empresas y también de ciertas élites económicas y políticas tanto de Chile como de EEUU.

Pero, ¿existe alguna clave para entender la complejidad de este tipo de situaciones y relaciones entre países? El sociólogo Immanuel Wallerstein nos aportó un paradigma que analizaba las relaciones internacionales desde un punto de vista postmarxista. Es decir, usando los esquemas conceptuales y analíticos del marxismo, pero actualizándolos sobre una sociedad globalizada en el siglo XX.

En muy resumidas cuentas, para Wallerstein existen cuatro etapas históricas clave para entender la jerarquía de países en la actualidad.

En primer lugar, la colonización del continente americano y también gran parte de Asia por los imperios europeos en el siglo XVI.

En segundo lugar, la Primera Revolución Industrial (segunda mitad del siglo XVIII), la cual se dio en Gran Bretaña y después se expandió a los demás países europeos, marcando una ventaja técnica y tecnológica y también coincidiendo, como se ha argumentado al principio del artículo, con el surgimiento de un nuevo orden social: el capitalismo.

En tercer lugar, la Segunda Revolución Industrial y la consolidación del capitalismo moderno (1815-1914). En esta etapa se empieza a formar el núcleo de los países centrales en el sistema-mundo moderno.

Por último, a partir del siglo XX según Wallerstein se consolida el comercio global capitalista. Nuevos países que antes eran colonias cobran autonomía y son integrados en el sistema-mundo. Sin embargo, siguen teniendo un papel subordinado frente a sus antiguas metrópolis.

De esta forma, y siguiendo los acontecimientos enumerados, este sistema-mundo se inicia en el siglo XVI, y países como España, Inglaterra o Francia comenzaron un proceso de colonización que fue asentando las bases para el surgimiento de una relaciones comerciales, políticas y sociales desiguales entre países.

Por tanto, para Wallerstein el análisis marxista de la lucha de clases no solo es válido a nivel estatal, sino que es necesario extrapolarlo a las relaciones internacionales para entender que existen países de “diferentes clases sociales”. En concreto, él mismo hace esta división en tres estratos:

En la parte inferior se sitúan los países periféricos. Conocidos también como países subdesarrollados o en vías de desarrollo. Tienen recursos y materias primas pero su economía productiva no está consolidada ni es suficiente para sacar el máximo provecho a dichos recursos. Los países más pobres del continente africano serían ejemplos de países periféricos. Estas naciones proporcionan materias primas a los otros dos estratos.

En el estrato intermedio se encuentran los países semiperiféricos. Tienen una economía desarrollada y un nivel de riqueza medio, pero sus intereses económicos están muchas veces subordinados al último estrato. Países asiáticos o latinoamericanos entrarían en esta descripción.

Por último, los países centrales, también conocidos como países ricos y desarrollados u occidentales (países europeos o de América del Norte), han estado históricamente en una posición de dominación militar, política y económica sobre los países periféricos y semiperiféricos.

¿Pero que tiene esta concepción de especial?¿No es la concepción del primer, segundo y tercer mundo una de las más conocidas? La respuesta es sí, pero Wallerstein y su paradigma nos otorga una mirada más profunda, pues este rechazó de manera tajante que los países periféricos estuvieran simplemente “menos desarrollados” que los países centrales y, además, el camino para mejorar esto fuera seguir los pasos de los países centrales.

Wallerstein defendía que la concepción descrita arriba no tenía sentido, pues era la propia estructura del capitalismo global la que en cierta manera sometía a estos países (periféricos y semiperiféricos a su posición). En otras palabras, los países centrales estaban más desarrollados porque históricamente habían tenido una posición de dominación y control sobre los países periféricos, y, en la actualidad, estas relaciones aún seguían dando sus frutos.

Relaciones que han dado lugar también a todo un sistema sociocultural, como el racismo y la xenofobia, presentes en mayor o menor medida en la cultura de los países centrales y utilizados por ideologías radicales, para justificar la propia existencia del sistema.

La presente concepción es fundamental para entender una de las claves de por qué los países centrales utilizan incluso la violencia o la guerra para mantener su posición de privilegio en el sistema-mundo.

Mapa mundial con las tres categorías del sistema-mundo: centro, semiperiferia y periferia. Autor: Jared Mckay Walker, abril de 2015. Fuente: Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0
Mapa mundial con las tres categorías del sistema-mundo: centro, semiperiferia y periferia. Autor: Jared Mckay Walker, abril de 2015. Fuente: Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0

Las guerras ideológicas: el conflicto contra el disidente

La ideología es otro aspecto fundamental para entender las motivaciones de las guerras. Además, en muchas ocasiones esta dimensión es indisoluble a los motivos económicos y acaban formando parte de un mismo discurso bélico.

En primer lugar, se debe definir qué es el término ideología como tal y, como bien su propia morfología ya indica, este término hace referencia a un conjunto de ideas que en principio pueden ser únicamente individuales o de una institución. Por ejemplo, las ideas de una persona, o también el conjunto de ideas y posturas que defiende una institución como la iglesia católica serían ejemplos de ideologías.

Además, la dimensión colectiva de la ideología no acaba aquí y consigue tomar una envergadura colectiva mayor. Este sería el caso de la ideología política que puede incluso influir en un país entero o muchos a la vez (la ideología capitalista sería el ejemplo idóneo para entender esta referencia).

De esta manera, el concepto de ideología va emparejado a los distintos prismas o cosmovisiones que los grupos sociales tienen sobre la realidad. E aquí una de las claves para entender por qué la ideología es una de las motivaciones principales de las guerras, pues muchas de ellas se justifican tras el relato de que es necesaria una intervención militar o acto bélico frente a un potencial enemigo que, en la mayoría de ocasiones, presentará una ideología y una manera de relacionarse con su entorno social diferente.

Uno de los acontecimientos más icónicos sobre guerras ideológicas serían los conflictos religiosos. El judaísmo, el cristianismo y el islam han protagonizado desde los primeros tiempos de la Edad Media, incluso antes, un número muy elevado de guerras y conflictos.

Quizá las guerras religiosas más famosas, por lo menos en la historia de occidente, sean las Cruzadas. Unas campañas bélicas que movían gran cantidad de recursos y ejército, las cuales estaban impulsadas por la iglesia católica y cuyo objetivo ideológico era imponer el catolicismo y perseguir y exterminar a los pueblos musulmanes de Oriente Próximo de una zona llamada también Tierra Santa, por ser el enclave geográfico donde pasaron los supuestos acontecimientos ocurridos en la Biblia que narran la vida y muerte del profeta judío Jesús de Nazaret.

Las Cruzadas no pueden entenderse sin la motivación religiosa, pero existen evidencias históricas de cómo detrás de dichas campañas bélicas existía un interés económico y político por parte de los señores feudales, los cuales pretendían ampliar territorios y tener una mayor influencia comercial y poder.

Paradójicamente, prácticamente nueve siglos después de las Cruzadas, en las zonas de Oriente Medio, ha seguido habiendo guerras modernas cubiertas de un tinte ideológico/religioso. En Palestina, por ejemplo, existe a día de hoy uno de los episodios de segregación, violencia y discriminación más evidentes a escala internacional frente al pueblo palestino, principalmente de religión musulmana, a manos del Estado de Israel, compuesto en prácticamente su totalidad por personas judías.

Existen también otros conflictos bélicos modernos que se pueden analizar desde dicha óptica: las guerras en otros países como Irak, Irán, Yemen, Libia o Afganistán, guerras que han involucrado a potencias occidentales englobadas en la OTAN o Rusia, donde la religión predominante en ambos ejemplos era el cristianismo, también han sido la tónica de las últimas décadas.

Sin embargo, cabe añadir que los conflictos nombrados no se pueden ni deben entenderse desde un punto de vista únicamente ideológico/religioso.

Existen también casos de guerras ideológicas donde no es la religión el principal factor, sino el modelo político-social que se propone. La Guerra Fría fue un conflicto que sigue esta tipología, ya que enfrentó a dos bandos contrapuestos ideológicamente: el capitalismo occidental, el cual tenía en su principal baluarte a Estados Unidos y, por otro lado, el comunismo, que en aquella época tenía como principal zona de influencia a la Unión Soviética.

La Guerra Fría es un claro ejemplo de como los conflictos bélicos son multifactoriales, pues muchos historiadores catalogan dicho acontecimiento como una guerra militar pero también, política, económica, social y propagandística sin precedentes. Fue además una guerra donde las dos potencias principales (EEUU y la URSS) no tuvieron enfrentamientos directos por el miedo de destruirse mutuamente en una guerra nuclear.

Sin embargo, a través de planes políticos y estratégicos intentaron ampliar el dominio de sus modelos (el comunista o el capitalista) al largo del globo. Por ejemplo, Estados Unidos lanzó el Plan Marshall, un plan de ayuda política, económica y logística que pretendía ayudar a la reconstrucción de Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

Este plan económico-estratégico escondía detrás la intención de expandir el dominio político, económico, pero también militar (aunque fuera de manera indirecta) de Estados Unidos en Europa. Es más, el Plan Marshall no puede ser entendido sin la estrategia política bautizada como Doctrina Truman, una política originaria de los postulados del politólogo e historiador George F. Kennan y adoptaba a su vez por el presidente de Estados Unidos Harry S. Truman (de ahí su nombre).

Esta postura política defendía la necesidad de que EEUU debía otorgar apoyo tanto económico como militar a todos aquellos países del mundo que hiciera falta con el fin de impedir el surgimiento o la expansión del comunismo en ellos.

Por otro lado, la Unión Soviética también elaboró su propio plan estratégico en esta guerra ideológica y multifactorial, el cual se denominó Consejo de Ayuda Mutua Económica (Comecom), que buscaba expandir el modelo económico, en este caso, comunista, principalmente por los países de Europa del Este.

Estos planes estratégicos surgieron a la vez que las alianzas militares, las cuales protagonizaron muchas de las guerras civiles o conflictos bélicos durante la Guerra Fría (aunque fuera en muchas ocasiones solo brindando apoyo). Por una parte, el bloque capitalista occidental capitaneado por EEUU fundó en 1949 la OTAN. Por otra parte, la Unión Soviética creó una alianza militar consolidada en el Pacto de Varsovia.

De esta manera, detrás de dichas organizaciones se fueron instrumentalizando y avivando conflictos en países como Corea, Cuba, Vietnam o Afganistán. Aunque estas guerras nombradas pueden ser estudiadas y comprendidas desde muchas perspectivas, en este caso, la dimensión ideológica del contexto descrito es fundamental, convirtiéndolas en ejemplos históricos modernos de como la ideología es una de las claves básicas para entender las guerras.

Fotografías pertenecientes a la Guerra de Vietnam en 1965.
Fotografías pertenecientes a la Guerra de Vietnam en 1965

Las organizaciones militares: la deshumanización como clave bélica

Sin duda, un elemento que no se puede obviar en el presente análisis para entender las guerras son las organizaciones militares o ejércitos. Desde la prehistoria se han encontrado signos de violencia entre diferentes grupos humanos. Sin embargo, aunque existe hoy en día debate sobre esta cuestión, parece ser que es en el Neolítico cuando se inician los primeros conflictos bélicos organizados.

En esta época, los poblados se asentaron en zonas permanentes gracias a la agricultura y, además, comenzaron a establecer métodos y grupos de personas especializadas en defender el poblado de posibles ataque. Es de esta manera que surgió la figura del soldado y las agrupaciones de carácter bélico.

A día de hoy, los arqueólogos datan la prueba más antigua de una batalla que involucre a dos bandos sociales diferenciados hace unos 12.000 – 14.000 años. Concretamente en el Nilo (actualmente la parte del Nilo que se encuentra en Sudán), donde se encontraron 117 cadáveres con heridas de puntas de flecha y otras armas de guerra.

De este modo, a lo largo de la historia los ejércitos se fueron especializando, la guerra y todo lo que la envuelve fue formando parte de la organización de las sociedades humanas y, a su vez, surgieron instituciones militares que, a través de unas normas, jerarquía, códigos, saberes y transmisión de habilidades y conocimientos establecieron lo que hoy conocemos como ejército.

En la actualidad, los ejércitos están compuestos en la mayoría de países por personas especializadas. Es decir, militares que se han formado en este ámbito y que además cobran un salario por sus servicios. Lo que se conoce como ejército profesional.

Pero, si se indaga más en las organizaciones militares, se podrá observar cómo están traspasadas por lógicas de deshumanización, autoritarias y violentas. Esto en realidad es poco sorprendente, pues no se debe olvidar que el objetivo más básico de los ejércitos es usar la violencia en muchísimas ocasiones de manera letal frente a otras personas o ejércitos, incluso con el grado de especialización actual, donde los soldados pueden hacer una gran variedad de tareas más allá de la estricta violencia (logística, comunicación, psicología, medicina, rescate, espionaje…).

En primer lugar, hay que entender que las organizaciones militares actuales son como mínimo autoritarias. Esto se debe a una jerarquía vertical. Es decir, una organización social donde los rangos superiores: cabo, sargento, coronel, general, etc. suponen una barrera pocas veces superable de autoridad y poder frente a todas las demás personas que forman parte de la organización, pero que pertenecen a un rango inferior.

Existe, por lo tanto, una cadena de mando prácticamente ineludible donde las decisiones de los rangos superiores son inamovibles bajo pena de diferentes castigos.

Además, los entrenamientos y la atmósfera de las bases militares están impregnadas por unas lógicas de poder que buscan debilitar la figura individual y subordinarla de manera total al grupo, representado en este caso en el ejército y su jerarquía.

Un ejemplo rápido y sencillo sería la vestimenta o el peinado. En la mayoría de los ejércitos no se deja llevar pelo largo o peinados “que llamen la atención”. Uno de los principales motivos es que cuanto más homogéneo parezca el grupo más fácil será someter la voluntad individual de las personas que formar parte de este. Amén de, evidentemente, otras funciones como reducir las diferencias por clase social, el camuflaje, facilitar la maniobrabilidad en combate, etc.

Otro ejemplo que prueba como las organizaciones militares son autoritarias sería sus “castigos disciplinares”. Es decir, cuando hay una conducta indebida o que infringe las reglas el castigo es automático y sistemático: puede ser físico o psicológico o ambos y muchas veces busca la humillación o el espectáculo.

Por tanto, los castigos se hacen delante de todo el grupo para que sirvan de ejemplo. Hacer flexiones mientras el sargento chilla, improperios a un subordinado o permanecer impasible sobre los insultos del mismo es algo que se ha visto en películas y mucha iconografía militar, que se ha normalizado, pero no deja de ser un acto autoritario y que busca socavar la voluntad individual de los sujetos.

¿Pero cuál es el objetivo de todo esto que se ha descrito? Se podría decir que lo que más efectivo le puede resultar a una organización militar es que sus soldados cumplan las órdenes que se les mandan sin rechistar, sobre todo porque estas órdenes muchas veces implicarán que ellos mismo se jueguen su integridad física o que deban matar o herir a una persona. Algo que sin duda necesita en la mayoría de los casos de un condicionamiento previo.

Para entender de una manera más compleja como al fin y al cabo unas personas son capaces de matarse con otras de manera organizada, en muchas ocasiones por motivos económicos e ideológicos que escapan mucho más allá de su individualidad, quizá la persona indicada sea Zygmunt Bauman, este sociólogo polaco reflexionó en su obra Modernidad y Holocausto (1989) sobre el proceso la deshumanización.

Bauman reflexiona y atisba cómo con el surgimiento del capitalismo, lógicas como la eficiencia, la eficacia, la técnica y la organización burocrática de la vida social y económica son inercias que se van insertando en nuestras formas de vida.

Todas estas premisas encajan en las organizaciones militares de una manera peligrosa, pues aumentan su frialdad y ayudan al distanciamiento moral de las acciones que se realizan en la guerra.

Por ejemplo, en cuanto al desarrollo de la tecnología y su aplicación en la guerra, existe una clara diferencia entre las guerras de la Edad Media y las actuales, pues en muchas ocasiones el asesino no ve morir no siquiera a su víctima. ¿Habrían sido capaces de hacer dicho acto los pilotos norteamericanos que lanzaron las dos bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki si hubieran visto, oído y sentido el sufrimiento que iban a causar accionando un simple mecanismo a 10.000 pies de la altura? La respuesta parece obvia.

Pero, además, las otras lógicas que imperan en el capitalismo como la eficiencia, la eficacia y la organización concienzuda y sistemática de todos los procesos, también han generado una especie de lenguaje y campo semántico donde la valoración ética queda excluida de todo acto militar.

Como el propio Bauman apunta: “La deshumanización está inseparablemente unida a la tendencia más importante de la burocracia moderna, la racionalización (…) Se dice a los soldados que disparen contra blancos que caen cuando se les da (…) Una vez deshumanizados y, por tanto, anulados como sujetos potenciales de exigencias morales, se contempla a los objetos humanos con indiferencia ética” (Bauman, 1989: 129)

Nube de hongo sobre Hiroshima y Nagasaki producida por la bomba atómica (1945)
Nube de hongo sobre Hiroshima y Nagasaki producida por la bomba atómica (1945)

Conclusión

En definitiva, las guerras pueden entenderse desde múltiples factores y puntos de vista. En este artículo se han descrito brevemente algunos como al factor económico, ideológico o la lógica deshumanizadora de las organizaciones militares.

Sin embargo, cabe añadir que las guerras son hoy en día posiblemente el contexto social más atroz que una sociedad debe enfrentar, unas guerras que siempre afectan a las personas más débiles, inocentes y vulnerables: la sociedad civil.

Es por este mismo motivo que se vuelve un deber moral comprender sus dinámicas y denunciar los grupos e intereses que se mueven con ellas, y no simplemente por el hecho de entenderlas sino con el fin de evitarlas y atajarlas, dejando además a los grupos sociales culpables Al Descubierto.

Tres claves sociológicas para entender la guerra

Álvaro Soler

Articulista. Sociólogo y gestor medioambiental, con suerte de poder compartir vocación y formación. Las Ciencias Sociales son una parte muy importante de mi vida. Considero la divulgación a través de la sociología como una gran herramienta para destapar las injusticias sociales y arrojar luz sobre la actualidad diaria contribuyendo así a ser un poco más libres y justos.

Un comentario en «Tres claves sociológicas para entender las guerras»

  • el 15 abril 2022 a las 9 h 33 min
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    Muy buen artículo, menudo ejercicio de síntesis, desde el neolítico hasta la actualidad.
    Ayuda a entender un poquito mejor la realidad del mundo.

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