La erupción volcánica que desencadenó la Revolución Francesa

Artículo original de Oier Zebeiro para Eulixe: La erupción volcánica que desencadenó la Revolución Francesa

El 8 de junio de 1783 se produjo una de las mayores erupciones volcánicas de la historia. Ocurrió en Islandia, en el sistema volcánico de Grimsvötn, en la fisura de Laki. La erupción duró ocho meses y dejó un saldo de 9.000 muertes en Islandia y un país devastado. A nivel mundial, la emisión de aerosoles sulfúricos durante ocho meses resultó en uno de los eventos climáticos y de repercusión social más importantes del último milenio. La erupción contribuyó significativamente a que se produjeran varios años de clima extremo en Europa. La pobreza y el hambre aumentaron en Francia, factores que terminaron por encender la Revolución Francesa.

Las erupciones volcánicas son uno de los fenómenos más espectaculares y letales de la naturaleza. Aunque a veces lo olvidemos y nos concentremos en observar su “lado oscuro”, los volcanes son esenciales para el planeta: sirven para “reciclar” la tierra, ya que mediante las erupciones devuelven los “nutrientes” a la superficie de la tierra. Sin embargo, cuando su actividad se cruza con la presencia humana o animal, la tragedia se convierte en noticia o en leyenda.

A lo largo de la historia, las erupciones volcánicas han dejado un saldo devastador de muerte, sufrimiento y miseria por su paso. Aunque la mayoría de las veces su efecto es local, ciertas erupciones han tenido un impacto regional o incluso global. Los ejemplos se agolpan con el paso de los años y nos muestran que la Tierra, esa gran masa compuesta por roca, está viva y tiene el potencial de provocar fenómenos devastadores que, a veces, incluso superan la imaginación humana. En el continente europeo se pueden citar varios ejemplos.

Por ejemplo, la devastadora erupción minoica ocurrida en la isla de Santorini (actual Grecia), datada de distintas maneras, fue uno de los fenómenos naturales más significativos ocurridos en el mar Egeo durante la Edad del Bronce. Fue una de las mayores erupciones volcánicas sobre la tierra en los últimos miles de años. La erupción causó un cambio climático en la zona del Mediterráneo oriental y posiblemente en todo el planeta. Las colosales explosiones, los flujos piroclásticos y los tsunamis provocaron una grave crisis de la civilización minoica de Creta y una reconfiguración de la isla, ya que se registró el hundimiento de la caldera. La leyenda de la Atlántida sigue viva todavía en la región.

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Isla de Santorini desde el espacio. Autor: EOS photo NASA. Fuente: Wikimedia Commons

En el año 79 se registró la que probablemente sea la erupción volcánica más famosa y unas de las más mortíferas de la historia de Europa, la erupción del monte Vesubio (Italia). La erupción, que duró al menos dos días, fue explosiva y estuvo caracterizada por la emisión de ceniza, rocas de todo tipo y tamaño y ardientes flujos piroclásticos que devastaron las ciudades de Pompeya y Herculano, incinerando a sus habitantes por su paso.

Además, todo esto estuvo acompañado por un pequeño tsunami que se registró en el golfo de Nápoles. Aunque la cifra exacta de víctimas mortales sea desconocida, se calcula que perdieron la vida unas 5.000 personas. Los moldes de yeso de los muertos son la prueba del horrible infierno que tuvieron que soportar aquellos que vieron el fin de su mundo con sus propios ojos.

La erupción del Laki y sus efectos sobre el clima global

El 8 de junio de 1783 se produjo una de las mayores erupciones volcánicas que se han registrado en la historia. El fatídico acontecimiento tuvo lugar en Islandia, en el sistema volcánico de Grimsvötn, en la fisura del Laki, de 25 kilómetros de longitud. La actividad del volcán no cesó hasta febrero de 1784 y sus efectos fueron terribles. Una amplia zona de la costa suroriental de Islandia quedó arrasada por las coladas de lava y en el cielo de la isla se instaló una densa capa de gases y polvo. La erupción acabó con la vida de la cuarta parte de la población (unas 9.000 personas) y con casi la totalidad del ganado existente.

La consternación y el miedo se adueñaron de los islandeses, que además de ignorar el alcance real del desastre, vieron su país cubierto por “las más horrendas tinieblas”, producidas por los “vapores de azufre, salitre, arena y ceniza” lanzados por el volcán. El sol era perceptible únicamente durante el amanecer y el ocaso como “un gran volumen de fuego metido entre vapores densísimos”. Además, en los años posteriores, una terrible hambruna castigó a los supervivientes de la catástrofe.  

Los islandeses fueron sin ningún tipo de duda los que más sufrieron las consecuencias de esta erupción colosal. Sin embargo, el impacto de la erupción fue mucho más allá. Empujada por los vientos, la espesa nube tóxica fue desplazándose en dirección sureste. A mediados de junio llegó a Noruega y a Bohemia, el 18 de ese mes cubrió Berlín, dos días después alcanzó París, el 22 El Havre y el próximo día hizo acto de presencia en las costas de Gran Bretaña, saturando el cielo con un polvo sulfuroso.

La intensa erupción del monte Pinatubo (Filipinas) en 1991 alteró el sistema climático de tal forma que se produjo un descenso de la temperatura media de 0.9 grados. Aunque la ciencia no disponga de los datos suficientes para reconstruir el impacto real del Laki sobre la temperatura media global, si sabe que liberó seis veces más cantidad de dióxido sulfúrico que el Pinatubo. Las consecuencias de la erupción del volcán islandés tuvieron que ser mucho mayores que las provocadas por el Pinatubo.

Vista de la fisura central del volcán Laki. Autor: Chmee2 / Valtameri, 03/08/2009. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
Vista de la fisura central del volcán Laki. Autor: Chmee2 / Valtameri, 03/08/2009. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

Los cultivos se vieron afectados porque las consecuencias de la erupción continua coincidieron con un verano anormalmente caluroso. El reverendo inglés Sir John Cullum escribió a la Royal Society que las cosechas de cebada “se volvieron marrones y secas… al igual que las hojas de avena; el centeno tenía la apariencia de estar enmohecido”.  El naturalista británico Gilbert White describió ese verano como “uno asombroso y portentoso”. Añadió que ” la peculiar neblina, o niebla humeante, que prevaleció durante muchas semanas en esta isla, en todas las partes de Europa, en incluso más allá de sus límites, tenía una apariencia extraordinaria, diferente a todo lo conocido en la memoria del hombre”.

El sol, al mediodía, se veía tan blanco como una luna nublada, y arrojaba una luz ferruginosa de color óxido en el suelo y el piso de las habitaciones; pero era particularmente espeluznante y de color sangre al levantarse y ponerse. El calor era tan intenso que la carne de los carniceros apenas se podía comer al día siguiente de ser sacrificada; y las moscas pululaban tanto en los caminos y lo setos dejando a los caballos medio frenéticos… la gente del campo comenzó a mirar con un temor supersticioso al aspecto rojo y ardiente del sol – Gilbert White

El Estado español también sufrió los efectos de la erupción. El noble catalán Rafael de Amat y Cortada, barón de Maldá, dejó constancia en el verano de 1783 de la sequía que golpeaba las tierras catalanas y de la presencia de una niebla tan espesa que impedía el resplandor del sol. A fray José de Rocafort, un religioso castellonense, le llamó la atención la “especie de niebla seca, que oscurecía el sol de tal modo que iluminaba muy poco”.

Por su parte, la Gaceta de Madrid se hizo eco a mediados de agosto de 1783 de las anomalías observadas en los cielos de Alemania, Dinamarca, Francia e Italia en la primera quincena de julio. Se refirió a la existencia de “una especie de niebla o vapor muy denso”, que debilitaba la luminosidad de los rayos de sol y permitía mirarlo “sin que dañase la vista”. El diario señalaba también que esas brumas espesas, en lugar de “humedecer los campos”, secaban “la hierba de los prados y las hojas de los árboles”, y destacaba el “excesivo calor” que se padecía y la incapacidad de los vientos para “disipar los vapores”.

Las consecuencias de la erupción del Laki no cesaron cuando se disipó la nube. Tras las altas temperaturas registradas en el verano de 1783, la temperatura media en el hemisferio norte descendió bruscamente cerca de 3ºC, circunstancia que, según ciertas fuentes, “provocó la reducción de la diferencia térmica existente entre Eurasia y África y los océanos Índico y atlántico, limitando la capacidad de los monzones”.

Por ejemplo, en el norte de África, se registró un incremento de temperatura de 2ºC y la falta de precipitaciones provocó que el Nilo no experimentara sus habituales crecidas, haciendo inviable la siembra ante la ausencia de agua. Al año siguiente se repitió el mismo patrón, y la pérdida de dos cosechas derivó en una terrible crisis que diezmó a la población egipcia.

En el caso del Estado español, debido a la erupción, las temperaturas medias de Barcelona aumentaron durante los siguientes cinco veranos y no experimentaron variaciones apreciables durante la primavera y el otoño. Mientras, los inviernos tuvieron algunos meses muy fríos.

El verano fue anormalmente caluroso en buena parte del continente europeo, aunque, de inmediato, irrumpieron violentos aguaceros y granizadas que hicieron descender las temperaturas. El otoño fue más fresco y húmedo de lo normal y el invierno siguiente, muy frío. Las cosechas se perdieron, dando paso a la carestía, el hambre, la enfermedad y la crisis. Las muertes fueron cuantiosas – National Geographic

El impacto de la erupción del Laki en la configuración de la Revolución Francesa

La bajada de temperaturas en Europa también tuvo un efecto demoledor. Los relatos periodísticos y testimonios de la época dan fe de ello. Se informó de que de Londres a Viena habían muerto personas por congelación y que los grandes ríos estaban helados.

Mientras que el continente europeo se moría por momentos de frío, en Francia se estaba cociendo a fuego lento un malestar social que acabó estallando en la transformadora Revolución Francesa. Cinco años antes, en 1784, en un país donde el hambre, la miseria y el frío provocaban un autentico drama social, la reina María Antonieta encendió la llama al manifestar que estaba encantada con la nieve porque “podía realizar paseos en trineo”.

Durante los siguientes cinco años (1784-1789) se registraron inviernos muy duros y veranos fríos y húmedos acompañados por periodos de sequía. Esto afectó drásticamente a la maduración de los cereales y arruinó muchas cosechas. En un país como Francia, donde los cereales eran un recurso vital, el impacto fue dramático, ya que generó una enorme hambruna.

En la época del Antiguo Régimen, el 50% de la producción se usaba para pagar los impuestos, aunque también se generaban excedentes que servían para alimentar a las zonas urbanas. En los momentos de crisis, los campesinos optaron por retener los excedentes y esto provocó que el hambre golpeará más fuerte a las ciudades que a las zonas rurales.

A finales del siglo XVIII Francia tenía más de 25 millones de habitantes, y su capital, París, aglutinaba a 400.000 de ellos. La ciudad sufrió más que ninguna otra zona y la gente no tardó en reclamar comida y una rebaja de los precios. El hambre y la miseria, agravados por la erupción volcánica, coincidieron con la expansión de las ideas políticas de los escritores de la Ilustración. La olla de presión terminó por estallar en 1789 con la Revolución Francesa. Las revueltas trajeron consigo la publicación de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, uno de los avances más importantes para la humanidad. 

Se dice que la Revolución Francesa, fue, en parte, consecuencia de esta erupción por la época de hambrunas que sucedió – Joan Martí, profesor de investigación del CSIC y secretario general de la Asociación Internacional de Vulcanología

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