Opinión

La muerte del espíritu de los indignados

En los tiempos recientes vemos como en el seno de la sociedad española el debate político se está polarizando en dos bandos enfrentados y, aparentemente, irreconciliables sobre los temas que, desde los terminales mediáticos hegemónicos, marcan la llamada “actualidad política”. Buen ejemplo de ello es la cuestión de la ley de amnistía, cuyo contenido, durante semanas, fue un gran desconocido en cuanto al articulado de la proposición de ley. Este desconocimiento de la letra no parece ser óbice para que, la polarizada sociedad española, se dividiera en dos bloques monolíticos, representados por los dos grandes partidos que constituyen la piedra angular del llamado régimen del 78: Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que agrupa a los partidarios de la ley de amnistía y, por otro lado, el Partido Popular (PP), bajo cuyas siglas se agrupan los contrarios a la amnistía de las personas acusadas penal o civilmente por los temas relacionados con el referéndum independentista catalán de 2017, declarado ilegal por el Tribunal Constitucional.

Que el debate político en España esté girando tanto en estos tiempos sobre temas ante los que solo cabe un posicionamiento dual, de sí o no, comporta, en la práctica, una seria limitación del propio debate político, pues no se da la oportunidad de mantener una postura intermedia, excluyéndose, así, toda posibilidad de disputa hegemónica del poder por parte de terceros partidos, diferentes a los tradicionales PP y PSOE, reforzando la fortaleza del bipartidismo y, con ello, al régimen del 78, basado en una democracia a todas luces imperfecta y muy limitada. Esta circunstancia, esta escisión del debate en dos bandos enfrentados, compromete seriamente las posibilidades de reforma del sistema democrático español, imposibilitando que otras fuerzas políticas puedan alzar la voz, limitando con ello las posibilidades de la representación. Si solo es posible un sí o un no, no hay posibilidad de debate democrático, no se puede matizar mediante opciones alternativas al “o todo o nada”, situación que compromete la democracia, cuya esencia se basa en la posibilidad de la pluralidad de opciones y alternativas.

La polarización del debate político en torno a dos únicas posiciones posibles excluye así toda posibilidad de cambio, comprometiendo la supervivencia de la democracia española, anulando las opciones verdaderamente progresistas que defienden el cambio y el avance social que mejore, mediante la reforma del régimen constitucional, un sistema democrático de mínimos que, como ya denunció el movimiento 15M, deja huérfana de representación política a gran parte de la sociedad española. Los debates duales, como el de la amnistía a los políticos independentistas catalanes o el propio debate sobre la independencia de Cataluña y otras naciones históricas, suponen, en la práctica, la pérdida y la muerte del espíritu que dio forma al 15M y, con él, a toda posibilidad real de cambio y mejora democrática en España. Para entender esto, sin embargo, debemos entender primero cual fue el objetivo que había tras las movilizaciones que dieron lugar a la revuelta de los indignados.

Las razones del movimiento de los indignados

Puerta del Sol en Madrid durante las protestas de 2011. Autor: Fotogracción, 20/05/2011. Fuente: Fotogracción / CC BY-SA 3.0
Puerta del Sol en Madrid durante las protestas de 2011. Autor: Fotogracción, 20/05/2011. Fuente: Fotogracción / CC BY-SA 3.0

El movimiento del 15M, también llamado revuelta de los Indignados, fue, con toda seguridad, la mayor movilización política que ha habido durante los 40 años de democracia española tras la muerte del dictador Francisco Franco. El 15M y sus primeros participantes fueron capaces de sacar a la calle a millones de españoles que, en un contexto de aguda crisis económica, social y política, veían empeorar notablemente sus condiciones de vida mientras que la clase política parecía más preocupada por salvar a la banca y los fondos de inversión de la debacle económica que ellos mismos habían creado. Bajo el grito de “¡democracia real ya!” miles de españoles y españolas, de todo color y signo político, tomaron las calles y plazas unidos por un deseo común: la construcción de un sistema político auténticamente democrático en España, completándose así la obra inacabada que supone la Constitución de 1978.

La intención del 15M, el espíritu que unía a todas aquellas personas, era de raíz progresista y transformadora. La crisis económica de 2008, posteriormente derivada en crisis social y política, había puesto al descubierto las insuficiencias del sistema. El fracaso del régimen del 78 ya era visible para toda la ciudadanía y ante tal fracaso y el entendimiento que solo desde la política es posible mejorar la vida de las gentes, esa misma ciudadanía salió a la calle para demandar un profundo cambio de modelo político, mucho más democrático y en sintonía con el verdadero espíritu de la palabra “democracia”. En el sino del propio movimiento, en las plazas ocupadas, se experimentó una nueva forma de participación democrática donde todo era debatido en “círculos”, cuyas propuestas, una vez aprobadas, eran trasladadas a la asamblea, donde se volvían a debatir, enmendar, a rechazar o aprobar mediante la regla de mayorías. Lo importante no era, sin embargo, el ejercicio del voto, sino el debate previo. En el 15M se debatía y debatía profundamente, inspirado por las ideas implícitas en las propuestas de democracia deliberativa, de Jürgen Habermas y teóricos similares. El movimiento defendía una democracia sin partidos, una democracia ciudadana, donde todo fuera debatible y donde cabían todo tipo de posiciones, siempre y cuando fueran razonables y respetuosas de los derechos humanos, de nuevo inspirados en las reglas que Habermas establece en sus condiciones ideales del habla.

Este era el espíritu del 15M: la defensa de un sistema democrático plural con múltiples opciones, basado en el parlamentarismo y la democracia deliberativa, defendiendo la celebración de los referéndums y los debates ciudadanos abiertos. El 15M rechazaba el bipartidismo y defendía que la democracia no era solo una forma de gobierno, sino un modo de vida basado en la libertad, la igualdad y el debate público de todas las opciones posibles. El 15M, como movimiento asambleario y partidario de la deliberación, era alérgico a las posiciones duales de sí o no, defendiendo, en todo momento, las matizaciones y los puntos intermedios que enriquecen el debate democrático. Es este espíritu de defensa de la libertad democrática, de la posibilidad de encontrar puntos intermedios, imaginativos y novedosos lo que constituye la esencia del movimiento de los Indignados y lo que lo convierte en un movimiento político y apartidista, profundamente democrático en sus formas y su naturaleza.

Es este espíritu, esta voluntad de querer ir más allá del bipartidismo para mejorar la democracia e integrar en ella a todo el mundo, lo que hoy por hoy, está en peligro y nos hace volver, peligrosamente, a tiempos pasados, donde dos grandes partidos se repartían todo el pastel institucional, dejando huérfana a la ciudadanía de toda posibilidad real de democracia. Vivimos en un momento reaccionario, no porque las fuerzas reaccionarias estén tomando fuerza, que también, sino porque las propias democracias están retrocediendo, dejando de creer en sus valores, enrocándose en posiciones de máximos, obviando y olvidando, clasificando como “traidor” o “disidente” a todo el que trata de encontrar posicione intermedias entre un sí o un no rotundos e inmatizables; puro y absoluto. Un punto medio que enriquezca el debate público y contribuya al robustecimiento de la democracia. Vivimos en tiempos reaccionarios porque hemos matado ese espíritu propio del 15M, dejándonos convencer de que ese asesinato era síntoma de madurez política cuando en verdad supone todo lo contrario: la vuelta a un sistema meramente oligárquico y la apertura de puertas a las fuerzas reaccionarias.

De vuelta a las posiciones dualistas

Si entendemos el 15M y su espíritu como un intento de revitalización del sistema democrático español, incorporando nuevas voces al debate que permitan colocar otros esquemas de pensamiento sobre el tapete, superando el tradicional reparto en dos bloques enfrentados, representados por dos partidos en teoría opuestos pero en la práctica acordes en su defensa del sistema capitalista de libre mercado y de un sistema democrático fundamentado en el modelo elitista de la democracia, resulta evidente que la antítesis de ese espíritu transformador es la vuelta del debate público a posiciones dualistas enfrentadas, pues tales no permiten una voz discordante, propia, más allá del sí o no, simple y sin posibilidad de matización.

Desde la irrupción del 15M y su encarnación partidista en diferentes fuerzas electorales, como Podemos, els Comuns u otros partidos previos que supieron recoger el espíritu indignado en sus propuestas, como el caso de Compromís en el País Valencià, desde los grandes grupos de poder y terminales mediáticos de los mismos se ha tratado de contener el espíritu transformador del movimiento de los Indignados. En este sentido, el debate en torno a la independencia de Cataluña y todos sus temas subsidiarios, como la amnistía, no son más que un renovado intento de procurar un cierre oligárquico que frene ese espíritu transformador. Un movimiento que, a la luz de los resultados electorales más recientes, está surtiendo el efecto deseado por sus artífices, pues desde la explosión del debate independentista, y ahora de la amnistía, los partidos del régimen están viendo incrementados sus apoyos electorales en detrimento de los llamados “partidos del cambio” en cada uno de los comicios celebrados. Junto a esta retracción electoral de las fuerzas transformadoras, herederas del 15M, sube el descontento ciudadano con la política, incrementándose con él el voto hacia fuerzas de marcado talante autoritario y reaccionario, como Vox, que proponen una lectura restrictiva en derechos de la Constitución del 78 y la construcción de un modelo político fundamentado en democracias iliberales al estilo húngaro.

El establecimiento de debates de tipo dual por parte de los medios de comunicación y los grupos de poder que los controlan impide tomar una posición intermedia entre el sí o el no, propias de temas como la independencia de una parte del territorio o una ley de amnistía. En estos debates solo caben posiciones antagónicas e irreconciliables del todo o nada, excluyéndose toda posibilidad de puntos medios, lo que hace imposible que terceras fuerzas, más allá de los partidos del régimen, puedan hacer oír su voz y sus propuestas. Las posiciones dualistas y existenciales, las del o todo o nada, no permiten un debate donde son posibles las matizaciones y las alternativas: o se está a favor de la amnistía o se está en contra, no hay una tercera posibilidad. En este contexto las fuerzas políticas mayoritarias copan todo el espacio, convirtiéndose en la encarnación de las dos posiciones posibles, atrayendo a su sino el voto de partidarios o detractores de las medidas en cuestión. Los y las votantes favorables a la amnistía votarán al PSOE, mientras que las y los detractores de esa ley optaran por el PP, al entender que estas dos grandes fuerzas son las que mejor posicionadas están para dar cumplimiento a esa postura absoluta. En este contexto, partidos como Podemos o la nueva coalición, Sumar, se ven reducidos a mera comparsa de los grandes, sin una voz propia que les permita sobresalir ni distinguirse de las fuerzas mayoritarias, viendo restarse sus apoyos ciudadanos.

Así, en este contexto de debates duales del o todo o nada, donde no hay una posición intermedia, los grandes partidos del régimen ven reforzado su poder electoral mientras que aquellos partidos más pequeños, herederos del espíritu Indignado, no son capaces de hacer oír su voz. Las posiciones duales benefician a los partidos tradicionales, impidiendo el desarrollo de nuevas estrategias políticas y nuevos modelos democráticos que den satisfacción al malestar ciudadano con el sistema democrático español, hace tiempo caduco. El encono del debate político en torno a estos temas de naturaleza dualista refuerzan el bipartidismo y, con él, impiden toda posibilidad de transformación sistémica, con lo que no hay avances en derechos sociales ni reforma democrática posible, crece el descontento y con él las posiciones extremistas que alimentan al monstruo de la ultraderecha, como ya pasó en tiempos de la República de Weimar. Con todo esto en mente, es posible trazar una línea de relación entre la muerte del espíritu Indignado y sus propuestas de avance democrático, fruto de la implantación mediática de debates que solo admiten una posición política favorable o desfavorable, sin posibilidad de matización posible ni tercera vía, y el crecimiento exponencial de la ultraderecha antidemocrática y restrictiva de derechos.

Conclusiones

El establecimiento de debates donde solo es posible una posición radical de oposición o conformidad con una medida legislativa, como es el caso de la amnistía a los políticos catalanes implicados en el llamado procés independentista, supone la muerte del espíritu transformador del movimiento 15M que dio nacimiento a los partidos constituidos en la llamada izquierda alternativa o transformadora, como son Unidas Podemos, Compromís o la nueva coalición de Sumar, al no permitirse en este contexto de polarización política tan extrema en torno a opciones de todo o nada, de sí o no rotundo y sin posibilidad de matización ni debate alguno, más allá de la radical negación o aceptación de la medida, que estas nuevas fuerzas haga oír su voz, reforzándose con ello el bipartidismo, propio del sistema democrático sancionado por el llamado “régimen del 78”.

El 15M tenía pretensiones trasformadoras, pretendía la construcción de una democracia más profunda que el sistema elitista de raíz schumpeteriana, actualmente existente en España, avanzando hacía sistemas democráticos más deliberativos, donde la ciudadanía tuviera más voz que el sufragio individual cada 4 años para la selección de elites representativas. Este proyecto de profundización democrática permitía mantener a raya a las fuerzas y pulsiones reaccionarias al ser capaz de cohesionar a la ciudadanía en un proyecto común y transformador capaz de ilusionar a esa misma ciudadanía. El fin de ese espíritu democratizador del 15M supone el derrumbamiento de ese dique de contención, con lo que la muerte del espíritu Indignado ha abierto las puertas al incremento de las fuerzas reaccionarias. Solo practicando la democracia se puede mantener la propia democracia, pues como el agua, si la democracia no fluye, se estanca y corrompe.

Los debates duales, como el de la amnistía, refuerzan a los partidos del régimen del 78, partidos comprometidos con la perpetuación de ese mismo régimen, en cuanto que les prestan legitimidad y privilegios. La instauración de este tipo de debates, al reforzar el régimen del 78, el modelo democrático existente, eliminan toda posibilidad de innovación democrática, desactivando la movilización ciudadana y la posibilidad de construcción de nuevos horizontes políticos. Los debates dualistas se convierten en un sistema de cierre oligárquico que impide el correcto desarrollo del espíritu transformador del 15M, decidido a experimentar con nuevas formas de participación. Como consecuencia, este tipo de debates acaban con las posibilidades de construcción de sistemas democráticos más complejos, estancan la democracia, haciendo que esta se corrompa y abriendo así la puerta al incremento de las fuerzas de extrema derecha.

Con todo esto, la única posibilidad de supervivencia de la democracia española, su única opción de resistir el estancamiento y el retroceso, es la vuelta al espíritu transformador del 15M y esta recuperación pasa porqué los partidos herederos de ese empuje Indignado no se dejen arrastrar por los debates de naturaleza dual, impuestos desde los terminales mediáticos del régimen del 78 para acabar con toda posibilidad real de una democracia radical que actúe de freno de la ultraderecha.

La conclusión final es que, la salvación de la democracia española pasa, inexorablemente, porque los partidos de la izquierda transformadora resistan la tentación de entrar en debates duales y ofrezcan alternativas solventes que permitan superar las limitaciones del régimen del 78, ahondando en la agenda trasformadora, propia del espíritu Indignado. De lo contrario, las esperanzas de supervivencia de la frágil democracia española son, más bien, nulas ante el avance de la ultraderecha y el refuerzo que estos debates dan al sistema bipartidista, fuertemente inmovilista y, en esencia, antidemocrático.

Autor: José Francisco Gómez Rincón

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