Nuria Alabao: «Combatir a la extrema derecha no es solo una cuestión de discurso, hace falta organización»

Nuria Alabao es periodista, investigadora y doctora en Antropología Social y Cultural. Coordina la sección de feminismos del medio CTXT y forma parte de la Fundación de los Comunes, aunque ha colaborado también para otros medios.

Al Descubierto: La primera pregunta siempre la empleamos para que la persona entrevistada pueda presentarse, por si alguna de nuestras lectoras no te conociera. ¿Quién es Nuria Alabao?

Nuria Alabao: Soy licenciada en Ciencias de la Información y tengo un doctorado en Antropología Social y Cultural. Ejerzo como periodista y coordino la sección de feminismos en CTXT, además de colaborar con otros medios. Por otra parte, formo parte de la Fundación de los Comunes, que es un espacio de militancia, de producción y difusión de conocimiento para los movimientos sociales. En los últimos años, me he dedicado a estudiar los entrecruzamientos entre las extremas derechas y las cuestiones de género.

Creo que el feminismo y las luchas LGTBIQ (o de las disidencias sexuales) son inseparables.

AD: En los últimos años ha crecido bastante el movimiento feminista en todo el mundo, también en el Estado español. A modo de introducción, ¿qué es el feminismo y cómo se milita en esta causa?

NA: Te contesto de manera muy básica y desde mi óptica porque hay muchos tipos de feminismo: es el movimiento que milita contra la subordinación y la explotación por razones de género. Aquí hay dos posiciones hombre y mujer, y aunque la posición mujer es la subordinada de la ecuación, no siempre coincide con una mujer biológica, en este sentido estoy con los feminismos no esencialistas como puede ser el transfeminismo.

Además, y por ampliar el foco, el feminismo es un movimiento que quiere acabar con todo sexismo (ese mismo orden de género que propone diferentes construcciones de comportamientos, roles, expectativas y posibilidades vitales según seas hombre o mujer). En este sentido, también debería ser un proyecto que involucre a los hombres que quieren acabar con esta desigualdad.

No se puede pensar en la perspectiva feminista como una perteneciente al cuerpo y a la experiencia de las mujeres o a una esencia femenina porque nos estaríamos dejando muchas cosas. Así por ejemplo creo que el feminismo y las luchas LGTBIQ (o de las disidencias sexuales) son inseparables.

El feminismo que me interesa es el que al desestabilizar el orden de género hace parte de un proyecto más amplio de transformación de carácter universalista que se opone al capitalismo y al colonialismo y a toda forma de explotación, que lucha por una sociedad donde la riqueza es común y el poder está distribuido al máximo por el cuerpo social.

AD: Nuria Alabao, en alguna ocasión te has referido al feminismo como una herramienta frente a la extrema derecha. ¿Por qué? ¿Qué debemos aprender del feminismo en esta lucha?

NA: Es cierto que en muchos lugares del mundo donde han ganado elecciones propuestas de extrema derecha como en Brasil o Polonia las protestas feministas han sido las más potentes y han conseguido ser identificadas como lugares fundamentales de oposición a estos regímenes. También es normal que si las cuestiones de género son centrales para el proyecto social y político de estos postfascistas, el feminismo y las luchas LGTBIQ sean lugares privilegiados para confrontarlos.

Aunque como he dicho, hay muchos tipos de feminismos. El que creo que tiene mayor capacidad de oponerse a la extrema derecha es uno que hace suya la lucha antirracista, contra las fronteras y por la libertad de movimientos. Las extremas derechas crean la ilusión de que pueden crear naciones “protegidas” a cambio de excluir o hiperexplotar a los migrantes o las personas racializadas.

Prometen bienestar y seguridad para las mujeres y las personas queer a cambio de que les sirvamos como excusa para este proceso de exclusión. Pero como digo, es una ilusión. No hay defensa de la nación que no conlleve un programa de género reaccionario que dice quién debería procrear –los nacionales– y quien no –los migrantes, los otros–, pero que también implica tratar de relegar a las mujeres al papel de reproductoras de la nación blanca. Por supuesto, los que no se pueden reproducir biológicamente o atentan contra ese orden reproductivo también sobran –como vemos cotidianamente en Europa del Este o Rusia con las personas queer–.

Por tanto, no habrá salvación solo para las mujeres o las personas LGTIQ blancas, o la lucha nos involucra a todos y todas, o tarde o temprano vamos a sufrir ataques sobre nuestra autonomía –como prueba la cuestión del aborto en EEUU–. Tampoco va a haber preservación de las condiciones de vida para los trabajadores nacionales si no hacen suyos los intereses de los migrantes. El escenario es de progresivo descenso de las condiciones de vida y de crisis ecológica y contra eso hemos de luchar, no hay que dejarles que apunten a falsos culpables.

Las temáticas de género tocan elementos que ponen en juego la identidad de las personas de manera muy profunda y que, por tanto, consiguen activar pánicos morales de manera muy radical.

AD: ¿Crees que existen movimientos o corrientes en el feminismo con ideas reaccionarias?

NA: El feminismo es plural –lo ha sido siempre– y está cruzado por distintas posiciones ideológicas, conflictos e intereses de clase, muchas veces incompatibles entre sí. Estos dos últimos años lo hemos visto en la cuestión de las personas trans y sus derechos, donde un sector del feminismo ha generado el argumentario que utilizan los fundamentalistas –es muy claro si vemos los textos de Abogados Cristianos, por ejemplo– o leemos el medio de Hazte Oír. Y además ha usado su estilo discursivo y las formas en las que atacan a las personas.

Por tanto, existe un feminismo reaccionario que sería aquel que se usa para frenar derechos o para la criminalización de las trabajadoras sexuales, para reforzar las fronteras y el Estado penal y carcelario –como sucede con algunas propuestas que pretenden enfrentase así a la violencia machista– o que atacan la libertad de expresión o los derechos civiles.

Como he dicho además, hay cantos de sirenas desde las extremas derechas respecto a la “defensa de las mujeres” que sirven para justificar la islamofobia y el racismo o impulsar cruzadas neocoloniales –por ejemplo el que se alinea con las prohibiciones del velo–. Sarah Farris le llama a esto “feminacionalismo”, y aunque esta tendencia dentro del feminismo es más fuerte en otros países europeos, aquí también existe y estoy segura de que acabarán renaciendo esas polémicas.

AD: El auge de la extrema derecha ha coincidido en el tiempo con el crecimiento del movimiento feminista. ¿Qué motivos o particularidades explican esta coincidencia? ¿Es una casualidad o existe una relación de causalidad?

NA: En general hay dos grandes maneras de explicar la centralidad del género en los proyectos de extrema derecha. La primera es la teoría clásica del blacklash –la reacción o el contragolpe–. La primera en formularlo fue Susan Faludi en un libro sobre los 80 estadounidenses aunque ahí se ponía el acento en la banalización del feminismo. La teoría de la reacción implica que cuanto más presencia social o derechos se obtengan –tanto feministas como personas LGTBIQ– más reacción se desata.

Para otras autoras, lo que esta sucediendo superaría incluso la noción de contragolpe y habría que entender estos movimientos reaccionarios como parte de un proyecto de restauración, donde se quiere recomponer la supremacía masculina y el patriarcado y sus funciones en el sostenimiento de un determinado régimen de desigualdad.

Evidentemente aquí las diferencias regionales son profundas, y los ataques más fuertes en Rusia o en Europa del Este que en Europa occidental. Sin embargo, podemos considerarlos parte de una ofensiva global que tiene el objetivo de apuntalar el orden patriarcal y afirmar la desigualdad social en todos los órdenes.

Además, digamos de esta cuestión estructural, estos temas son también funcionales para llevar adelante lo que llamo “guerras del género”. Las temáticas de género tocan elementos que ponen en juego la identidad de las personas de manera muy profunda y que, por tanto, consiguen activar pánicos morales de manera muy radical. Esto les permite generar bases muy activas y muy militantes en apoyo de sus proyectos políticos. No olvidemos que en el fondo, se utilizan para conseguir poder para sus proyectos políticos.

Los jóvenes están en un momento complicado, con pocas perspectivas de futuro, angustia climática, etc. y eso puede llegar a producir una reacción identitaria por ejemplo respecto a la reafirmación de la masculinidad. Pienso que una manera de aproximarse a esta cuestión es apostar por un feminismo que no se base en criminalizar a estos chavales

AD: Nuria Alabao, ante los ataques que sufre el movimiento feminista por parte de la extrema derecha, ¿qué estrategia se debe seguir?

NA: Todo lo que está ocurriendo en Estados Unidos creo que nos tiene que llevar a estar activas, y no solo defendiendo las conquistas que ya tenemos, sino para seguir avanzando. Es evidente que para la extrema derecha esto es una guerra cultural y que, en este sentido, tiene varias funciones como activar sus bases políticas y sociales, manejar la agenda política etc. Por tanto, creo que es importante discutir y deslindar qué guerras culturales vale la pena pelear y cuáles no.

Una cosa que está sucediendo es que nos escandalizamos cada vez que hay una declaración provocadora de Vox, pero precisamente buscan esta reacción, porque provoca una multiplicación de su discurso. Pongo un ejemplo: en Madrid una de las propuestas de Vox fue borrar un mural feminista de Ciudad Lineal, lo que generó una enorme respuesta social. Esto, evidentemente, fue interesante, pero mientras se repintaban murales en otros lugares y se hacían concentraciones y protestas por esta cuestión, Almeida estaba quitando recursos a las áreas de feminismo del Ayuntamiento, cerrando centros sociales feministas… y esto no generó ni de lejos una contestación ni parecida.

Creo que nos tenemos que preguntar porqué en ocasiones estas cuestiones tan simbólicas generan mucha movilización y otras que podríamos entender como más importantes no. Hay algunas teclas que saben tocar. La cuestión es si ante las guerras culturales somos capaces de deslindar dónde tenemos que poner el foco, el esfuerzo político, y también si podemos reenfocarlas –buscando qué es lo más importante– y no estar siempre reaccionando sobre el escándalo mediático.

AD: En la sociedad en general, y en la juventud en particular, se puede observar como el ideario feminista ha ido calando, pero también lo han hecho los discursos de la extrema derecha. ¿Cómo se puede gestionar esto?

NA: Es paradójico porque precisamente en muchas cuestiones los y las jóvenes son la avanzadilla –respecto de las disidencias sexuales, o en conciencia feminista–. Pero hay otra parte de estos jóvenes que han asociado las posturas antifeministas con una posición radical o antisistémica. Esto es posible porque el Gobierno y las instituciones asumen el feminismo y determinadas conquistas como una vía de legitimación política. El feminismo es hoy en España muy paradójico: una herramienta de transformación en los movimientos de base, pero también una ideología que sirve para gobernarnos, por eso reaccionar contra él puede verse como una posición antisistema.

Además, los jóvenes están en un momento complicado, con pocas perspectivas de futuro, angustia climática, etc. y eso puede llegar a producir una reacción identitaria por ejemplo respecto a la reafirmación de la masculinidad. Pienso que una manera de aproximarse a esta cuestión es apostar por un feminismo que no se base en criminalizar a estos chavales, que hable de responsabilidad y no de culpa, que ponga el acento en las cuestiones estructurales y no en las individuales; un feminismo que incluya a estos chavales, que le explique los beneficios que también tiene para ellos una perspectiva antisexista, que los sume a nuestro proyecto.

AD: Hay discursos de la extrema derecha que están calando en la sociedad, entre ellos aquel que afirma que partidos como Vox están a favor de la igualdad y que por eso están en contra del feminismo actual, que discriminaría a los hombres. ¿Cómo se combate esta idea?

NA: Es verdad que hasta Rocío Monasterio se considera hoy feminista, del lo que ella llama “feminismo español”, que realmente tampoco está tan distante del feminismo liberal, el cual afirma que ya existe una igualdad formal y que lo único que hay que hacer es intentar corregir disfunciones como el techo de cristal, que con eso ya estaría todo hecho, ya tendríamos nuestro 50% del infierno. Esa también es la visión de Vox. Ellos dicen que ya existe igualdad ante la ley, por tanto, cualquier propuesta que entienda que la desigualdad es una cuestión estructural e intente corregirla la consideran como discriminatoria para los hombres.

Estos argumentos les sirven para disfrazar un poco su antifeminismo porque siguen teniendo el hándicap del voto femenino. El voto de Vox está muy masculinizado, lo cual es un límite para ellos. Además, son primera fuerza entre los hombres divorciados lo cual indica un poco por dónde van sus posiciones.

Contrarrestar estos discursos pasa de nuevo por un feminismo conectado a cuestiones universales que nos atraviesan a todos y a todas que sea capaz de vincular la cuestión de la emancipación de las mujeres a un proyecto de transformación más amplio. Uno que no pida que las mujeres ocupen los espacios del poder, sino acabar con todo poder, distribuirlo, también la riqueza.

Y que en nuestra puesta en cuestión de la división sexual del trabajo apueste por cambiar la jerarquía de todos los trabajos –reproductivos/productivos, pagados/no pagados– para cambiar el eje alrededor del que gira la organización social. El género o la raza son ejes centrales alrededor de los que se estratifica el mercado de trabajo, tenemos que hacer estallar estas categorías. Creo que este es un proyecto político mucho más interesante y que se opone de manera radical a la propuesta de las extremas derechas.

Sin embargo, no solo importa el discurso, es todavía más importante cómo el feminismo se organiza para penetrar muchos espacios sociales, no necesariamente institucionales, o como se compone con otros movimientos: el de la vivienda, el de los y las pensionistas, los parados, por la renta básica universal, etc… A veces ganamos más en el cara a cara que en los telediarios.

AD: Nuria Alabao, en los últimos años hemos visto un auge del negacionismo de la violencia de género. La tesis que mantienen quienes defienden esta postura es que todas las violencias son iguales y, por tanto, aplicar distintas penas es discriminatorio. ¿Qué hacemos ante esto?

NA: Uno de los grandes problemas que ha traído la emergencia de la extrema derecha es que se polarizan mucho los debates y en ocasiones es difícil incluso evaluar lo que ya tenemos para seguir avanzando. En 2006 cuando salió la ley de violencia de género fue criticada desde un sector del feminismo por ser redactada desde una óptica punitivista, por dejarse elementos importantes fuera como son las adicciones, por impulsar una visión esencialista de hombres y mujeres, por no tener en cuenta de manera radical las cuestiones materiales a la hora de salir de una situación de violencia.

Hoy, con Vox, parece que la ley es intocable e inmejorable. Estos discursos, que complejizan no se pueden tener en medio de una guerra cultural. Nuestro espacio para pensar se reduce.

En cualquier caso no creo que más penas sea la solución para nada en realidad. Las mujeres que sufren violencia machista, además de atención psicológica y protección, tienen necesidad de vivienda, a veces de papeles o de recursos económicos. De hecho, la protección a la que pueden acceder depende en buena medida de estas cuestiones estructurales, como explica siempre la experta en violencias Laura Macaya.

No todos los abordajes tienen que ser además, punitivos, tienen que existir recursos para que los hombres puedan pensarse en otros lugares diferentes del ejercicio de la violencia, no solo después de ejercerla, sino también antes. Luego estaría qué podemos hacer el resto para acompañar estas situaciones más allá del Estado o del código penal para que estas cosas no sucedan.

Todas estas reflexiones más complejas se quedan fuera cuando el marco es el de la guerra cultural pero nuestra tarea es seguir trayéndolas al espacio público a pesar de todo.

Tienen que disfrazar sus propuestas más disruptivas: sí, Vox es antifeminista, pero no dice que está en contra de la igualdad de la mujer, sino que esta “ya se ha conseguido”.

AD: La extrema derecha en su discurso intenta poner en disputa los derechos de unas personas y las de otras, como en la cuestión de los migrantes. ¿Cómo se enfrenta este discurso?

NA: Lo primero es decir que no en nuestro nombre. La violencia sexual o las agresiones contra las personas LGTBIQ son cuestiones que no se solucionan para nada culpabilizando a los migrantes –a los musulmanes– o cerrando las fronteras.

El homonacionalismo o feminacionalismo son maneras de intentar legitimar su racismo que a veces cala en determinados sectores conservadores del feminismo o el movimiento LGTBIQ. Esto se ha visto en el caso de Lepen, que parece que obtiene un porcentaje de voto nada despreciable de las mujeres o las disidencias sexuales.

De nuevo aquí no es solo una cuestión de discurso, el feminismo, y otros movimientos tienen que hacer suyas la lucha antirracista, por los derechos de las personas migrantes, contra las fronteras o la Ley de Extranjería. Frenar a las extremas derechas también es una cuestión de fuerza, de poder social y de sustituir sus imaginarios del miedo por una política del cara a cara, por más lazo social.

AD: Nuria Alabao, ¿crees que hay diferencias respecto al movimiento feminista en el seno de la extrema derecha?

NA: Es cierto que hay unas líneas discursivas básicas comunes pero hay diferencias regionales importantes, esencialmente por los contextos políticos particulares de cada lugar. Aquí en Europa las estrategias respecto a las cuestiones de género son muy diferentes según se den en Europa Occidental o del Este. En Europa Occidental tras las revueltas del 68 –cuando movimientos como el feminista o el de las disidencias sexuales tienen mucha fuerza– se modifica el sentido común para siempre, de manera que las extremas derechas tienen que adaptar a esta nueva forma de pensar para tener un apoyo electoral suficiente. Tienen que disfrazar sus propuestas más disruptivas: sí, Vox es antifeminista, pero no dice que está en contra de la igualdad de la mujer, sino que esta “ya se ha conseguido”.

También se ve con las cuestiones LGTBIQ. Vox salió a condenar rápidamente las últimas agresiones que se dieron antes del verano y adoptaron esta posición homonacionalista –la culpa es de los migrantes, nosotros defendemos a las personas LGTBIQ–. Todo ello pese a que se oponen al matrimonio homosexual y los derechos trans, por supuesto. Tienen que manejarse entre la necesidad de conseguir votos y la de contentar a sus bases más radicalizadas –los fundamentalistas cristianos como Hazte Oír, por ejemplo–.

Mientras que en Europa del Este, donde el fin de la URSS dio paso a un renacer de los nacionalismos de preguerra y donde se han producido alianzas con determinadas iglesias –por ejemplo en el caso de Putin y la Ortodoxa– las posiciones antifeministas y sobre todo anti-LGTBIQ son mucho más radicales. Hemos visto como se han aprobado una batería de leyes en este sentido y cómo algunos partidos instrumentalizan estas posiciones para conseguir movilizar a sus electorados.

AD: ¿Cuál crees que deben ser los siguientes pasos del feminismo?

NA: Bueno, realidad es una respuesta que no me compete a mí, primero porque el feminismo es un movimiento muy amplio y complejo y segundo, respecto a los movimientos de base porque se tiene que responder de manera colectiva en los espacios organizados.

En cualquier caso es evidente que estamos en un punto de inflexión, como un cierre de ciclo que nos debe de hacer reflexionar. Por un lado, si hemos estado en uno de los momentos más álgidos de las movilizaciones de las últimas décadas, yo diría que las conquistas han sido muy limitadas, al menos las materiales, –más allá del cambio cultural que creo que es lo más interesante que ha pasado–. Mientras que podemos salir de esta ola con la criminalización del trabajo sexual que se hace en nombre del feminismo por el que la policía va a tener más herramientas para perseguir a migrantes sin papeles o a mujeres pobres en sus domicilios o en los lugares donde ejercen.

Las prostitutas van a quedar todavía más desprotegidas y se aumenta la clandestinidad si se penaliza al cliente o el proxenetismo no coactivo. Repito, todo ello en nombre del feminismo. Ojalá fuésemos capaces de responder públicamente y masivamente en las calles a este intento de criminalización pero la verdad es que no está pasando.

Creo que necesitamos esta reflexión y necesitamos también pensar sobre la institucionalización del movimiento, por qué es funcional para conseguir poder para determinadas mujeres y qué consecuencias negativas tiene eso para el resto.

Quizás deberíamos redoblar los esfuerzos para visibilizar ese feminismo de base, más transformador, que cree que la lucha LGTBIQ y la feminista comparte bases comunes; que apuesta por los derechos trans y de los y las migrantes; un feminismo antipunitivo que se niega a aplaudir nuevos delitos –como los incluidos en la nueva Ley de Libertad Sexual– o la criminalización de las trabajadoras sexuales; un feminismo antiesencialista, menos culpabilizador y triste; y que está, como decía, por la redistribución radical del poder y la riqueza.

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Tomás Alfonso

Articulista. Activista por el derecho a la vivienda y los servicios públicos. Convencido de que la lucha contra la ultraderecha es condición de posibilidad para una democracia plena.

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