La figura del líder en el auge de la extrema derecha

Las ciencias sociales estudian las diversas agrupaciones sociales y culturales que se dan en la distintas sociedades y comunidades humanas. Existe un consenso global en las ciencias humanas que entiende a las personas como seres intrínsecamente sociales y, por tanto, con la necesidad de formar grupos para su supervivencia y correcto desempeño cognitivo, conductual y social. Es decir, el ser humano no podría existir como tal aislado de sus semejantes. O, en todo caso, tendría enormes carencias.

El análisis de las interacciones grupales en sociología o el estudio de la dinámica de grupos en psicología social son ejemplos de ámbitos de estudio enfocados a comprender los grupos y la conducta que tienen los individuos en el interior de los mismos, centrándose también en las relaciones entre diferentes grupos. Eso incluye los roles que se crean dentro de las dinámicas grupales, esto es, qué papel asume cada persona dentro del grupo.

Por tanto, estos ámbitos de estudio se preocupan por explicar el funcionamiento social de estos y proponer técnicas que ayuden a mejorar las problemáticas de los grupos sociales. Al igual que comprendiendo a la persona se puede entender su conducta, comprendiendo cómo funciona un grupo se puede llegar a entender por qué actúa como actúa.

Por qué motivos se forman los grupos

Grupo de Skinheads en Londres. Autor: Herradordezapatos. 8/09/2020. Fuente: Wikimedia Commons (CC-BY-SA 3.0.)
Grupo de Skinheads en Londres. Autor: Herradordezapatos. 8/09/2020. Fuente: Wikimedia Commons (CC-BY-SA 3.0.)

Existen diferentes clasificaciones que hacen referencia a los motivos o causas que provocan que los individuos formen un grupo. No obstante, se pueden destacar cuatro motivos principales que empujan a las sociedades humanas a agruparse:

En primer lugar, compartir un espacio físico: vivir en la misma ciudad, en el mismo barrio, en el mismo bloque de pisos, ir a la misma escuela… o también, frecuentar las mismas actividades sociales/culturales que otras personas: ir al campo de fútbol, a ciertos tipos de conciertos, a determinas movilizaciones sociales, etc.

En segundo lugar, la búsqueda de la satisfacción de necesidades tanto materiales (supervivencia) como afectivas (ya que las personas son animales sociales y su bienestar general depende de ello).

En tercer lugar, relacionado con la dimensión afectiva se encuentra la necesidad de agruparse para poder compartir, experimentar y desarrollar sentimientos como en los grupos de amistades.

En cuarto lugar, un grupo puede formarse por el simple hecho de tener características semejantes con los demás. Es decir, las personas se autoidentifican con otras en una especie de empatía grupal: ser del mismo partido político, pensar de forma parecida o compartir profesión serían ejemplos claros de lo indicado.

Por supuesto, a menudo no se da un único factor, sino que pueden darse a la vez, e incluso que existan motivaciones principales y otras más secundarias. Por ejemplo, un grupo alrededor de una sección sindical se reúne por compartir características semejantes como es una serie de ideas y una profesión, pero también comparten un espacio físico, que es el lugar de trabajo, y buscan satisfacer necesidades materiales, como conseguir un salario digno. Incluso la dimensión afectiva podría verse implicada, ya que un sindicato también brinda cierto sustento emocional.

Los cambios y las problemáticas de las agrupaciones sociales

Los grupos no son invariables. Al constituirse en función de variables sociales, son dinámicos y están sometidos a un continuo cambio. De esta forma, la psicología social destaca cuatro aspectos esenciales para entender el funcionamiento y vida de las agrupaciones sociales:

En primer lugar, la evaluación. Hace referencia a la valoración constante que un grupo realiza sobre los individuos que lo componen y viceversa. Un individuo siempre espera que los grupos le satisfagan ciertas expectativas y, al contrario, si un individuo es percibido por los demás componentes del grupo como un agente desestabilizador se originarán reproches, represalias o incluso la expulsión de este.

En segundo lugar, la cohesión. Con este término se definen los sentimientos y vínculos que se forjan entre los integrantes del grupo. La cohesión varía según el grado de compromiso e implicación de los individuos.

En tercer lugar, el cambio de rol. Hace referencia a cómo los grupos van transformándose y los individuos cambian de roles dentro de estos. Si los grupos no ofrecen a sus integrantes una satisfacción relativa se pueden producir replanteamientos internos en cuanto a la disposición de roles.

En último lugar, el universo simbólico del grupo, esto es, los símbolos y significados compartidos por los individuos. Esto es algo esencial para la vida y funcionamiento del grupo. Ejemplos de símbolos y significados pueden ser: llevar la misma ropa, escuchar el mismo estilo de música, compartir vocabulario, mitos, rituales de fiesta, ideología política… o incluso unas vivencias, experiencias o problemáticas comunes.

El liderazgo en los grupos

Nelson Mandela es un ejemplo de líder democrático. Autor: Paul Weinberg, 1994. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY- SA 3.0)
Nelson Mandela es un ejemplo de líder democrático. Autor: Paul Weinberg, 1994. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY- SA 3.0)

De esta manera, a través de lo descrito en párrafos anteriores, se puede deducir que los grupos sociales no son simples agregados de individuos, sino que las relaciones que se producen en el seno de los grupos tienen su propio dinamismo. Es decir, que el todo es más que la suma de las partes, y surgen comportamientos, conductas y actitudes que no se darían por separado.

Los elementos como el estatus, el rol, la comunicación… generan la estructura del grupo, le dan forma y vida.

Así pues, los grupos son una estructura que surge a través de las relaciones sociales y que generan un reparto, consciente o no, de los diferentes estatus y roles.

En todos los grupos se dan diversos roles. Algunos de estos condicionan notablemente la vida dentro de los mismos. El más influyente en ese aspecto es el rol de líder: una persona del grupo (o varias) que generan una mayor influencia sobre el resto hasta el punto de guiar las dinámicas y el desarrollo del mismo. Cuando el líder lo es de manera formal, representa al grupo, ejerciendo de portavoz del mismo ante otros grupos.

Uno de los elementos esenciales para identificar al líder del grupo es, de hecho, la influencia que es capaz de ejercer sobre los demás componentes, sobre todo en sus actividades, pero también en su manera de pensar o sentir con respecto al grupo.

La relación que tiene el líder con el grupo es compleja y variante, una relación que se construye de manera pausada y donde el líder tiene que asegurar que se cumplan ciertos objetivos para el colectivo. A cambio, este se ve reforzado con más estatus, poder, prestigio o estima por el propio grupo.

Existen diversas clasificaciones de tipos de líder en función del estilo del liderazgo, de su conducta, etc. En psicología social, se distinguen fundamentalmente tres tipos:

El líder autoritario: Este tipo de líder toma las decisiones en nombre de todo el grupo, pero a través de su punto de vista individual, sin tener en cuenta la opinión de los demás y sin dejar que tomen la iniciativa. Con este tipo de líderes en los grupos suelen primar comportamientos más hostiles y agresivos, donde existe una imposición tácita, ausencia de consenso y de debate, y donde el que piensa diferente suele sufrir rechazo. Además, el líder autoritario pone por encima de todo los intereses del grupo al identificarlo con sus propios intereses.

El líder liberal o laissez-faire: Le da información al grupo cuando se la piden. Deja libertad dentro del grupo. Los grupos con este tipo de liderazgo se caracterizan por una interacción en ocasiones menor, al igual que una organización difusa y poco esfuerzo en el trabajo. Es un estilo de liderazgo laxo donde se deja en manos de los individuos la iniciativa del grupo, lo que redunda en una menor integración y cohesión.

El líder democrático: El ambiente que hay en estos grupos es comunicativo. El líder sigue un criterio igualitario y recompensa el esfuerzo. El aprendizaje es mutuo, con más interés y en muchas ocasiones el propio líder cede o delega algunas de sus funciones. El líder democrático ejerce como guía para la acción y busca reforzar su liderazgo a través del debate y los consensos. Se intenta lograr un equilibrio entre las necesidades individuales y las del grupo.

Simplificando mucho la reflexión, se puede apuntar que la mayoría de las veces, cuando los objetivos del grupo se consideran por encima de los individuales, se tiende asentar un líder autoritario. Sin embargo, al sentido contrario, cuando los objetivos personales están al mismo nivel o incluso se consideran más importantes que los del grupo, el líder tendrá una tendencia democrática.

Esta clasificación puede ayudar a entender qué tipo de líderes políticos gobiernan partidos de todo el espectro ideológico. Además, muchas veces un mismo líder puede combinar dimensiones o actitudes de las diferentes tipologías. Es decir, puedes tener comportamientos autoritarios y democráticos al mismo tiempo. Por ejemplo, no tolerar el debate o la falta de consenso pero después tomar las decisiones importantes en base a una consulta.

No obstante, es interesante añadir una dimensión más a esta clasificación, ya que puede ayudar a comprender el liderazgo de los partidos de ultraderecha, entendiendo la enorme complejidad de esto. En este caso se debe hacer referencia al líder carismático.

La autoridad carismática en la ultraderecha

Benito Mussolini y Adolf Hitler en un coche. Autor: Eva Braun, 1940. Fuente: Wikimedia Commons
Benito Mussolini y Adolf Hitler en un coche. Autor: Eva Braun, 1940. Fuente: Wikimedia Commons

Es evidente que un porcentaje muy importante de los líderes no son elegidos por su contribución, valía, trabajo u otras cualidades más o menos objetivas. Una de las variables más comunes tiene que ver con los sentimientos que despierta en el resto del grupo, esto es, por su carisma, un concepto abordado desde diferentes ámbitos, estudios y profesionales.

El conocido sociólogo alemán Max Weber desarrolló el término carisma dentro del campo socio-político. En concreto, este concepto está ligado al análisis de Weber sobre los tipos de poder. De esta manera, el sociólogo alemán estudió los procesos de transformación e institucionalización del poder en las diferentes organizaciones sociales, llegando a identificar dos tipologías de poder:

Por un lado, un poder de carácter irracional ligado al carisma y, por tanto, a un líder carismático. Por otro lado, un poder racional ligado a la tradición y la burocracia.

De esta forma, se define al líder carismático según Weber por ser una persona que se le atribuyen cualidades extraordinarias, excepcionales e incluso sobrenaturales. Un ejemplo muy claro sería un líder religioso, un mesías.

De este modo, la dimensión carismática de los lideres totalitarios del siglo XX encajaba en esta descripción. En concreto, combinaban la dimensión de líder autoritario y carismático. Uno de los mayores sino el mayor exponente de los líderes fascistas del siglo XX fue Adolf Hitler, un líder de masas experto en cautivar a través de sus discursos que se convirtieron en auténticas actuaciones teatrales y donde el carisma fue una de las dimensiones más claras que rodeaban su figura.

También existieron otros líderes (de otras ideologías) pertenecientes al siglo XX que explotaron en mayor o menor medida esta faceta del poder carismático: Benito Mussolini, Iósif Stalin, Fidel Castro, Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt, Mohandas Karamchand Gandhi, Nelson Mandela, etc.

Imágenes del Congreso nazi en Nuremberg, Alemania, donde se puede escuchar al dictador Adolf Hitler en pleno discurso hacia sus simpatizantes (1936).

Los líderes de la extrema derecha moderna

Aunque este tipo de líder parece que ha desaparecido en el espectro político actual, se puede encontrar una clara estrategia en crear un relato carismático en torno a sus líderes por parte de partidos de extrema derecha. Una estrategia que se entremezcla con un una entrega del poder en manos de estos líderes que, por lo menos dentro del partido, suele seguir normas antidemocráticas y de claro autoritarismo e imposición.

Así pues, actualmente este tipo de líder político y los partidos de extrema derecha forman un binomio difícilmente separable. Resulta difícil pensar en el partido ultraderechista español Vox sin vincularlo directamente a la figura de Santiago Abascal, así como en otros partidos de extrema derecha como Agrupación Nacional en Francia y la lideresa Marine Le Pen, la Liga y Matteo Salvini o la extrema derecha estadounidense y Donald Trump, por mencionar algunos ejemplos. Cabe señalar que este ultraliderazgo no es de dominio único de partidos de extrema derecha, sino más bien de los partidos autoritarios. De esta forma, líderes como Vladimir Putin o el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, ejercen como líderes autoritarios dentro de sus respectivos partidos.

El expresidente de EEUU Donald Trump, ejemplo de líder autoritario. Autor: Max Goldberg, 01/02/2016. Fuente: Flickr (CC BY-2.0)
El expresidente de EEUU Donald Trump, ejemplo de líder autoritario. Autor: Max Goldberg, 01/02/2016. Fuente: Flickr (CC BY-2.0)

Profundizando en los líderes ultraderechistas actuales, en Estados Unidos Donald Trump ha creado un personaje de carácter carismático a través de la irreverencia. El expresidente ya era una persona conocida por su carácter extrovertido, saliendo en múltiples programas de televisión y siendo un famoso multimillonario en el país.

No obstante, sus discursos salidos de tono, sus expresiones soeces, su narcisismo y su radicalidad en los discursos, si bien causaba muchas antipatías, también causaba el efecto contrario, siendo visto como un líder carismático e incluso como un salvador mesiánico por ultraderechistas seguidores de la teoría de la conspiración QAnon.

A menudo, hay que tener en cuenta que parte de los atributos que convierten a un líder en carismático dependen del contexto. Quizá en otro momento, las actitudes políticamente incorrectas y las irreverencias de un candidato sin experiencia política habrían servido justo para lo contrario, para invalidarlo como tal. Sin embargo, en pleno auge de la nueva derecha radical y de reacción a los movimientos progresistas, Trump supo erigirse como presidente de Estados Unidos.

Otro ejemplo de arquetipo similar al de Donald Trump es el del presidente ultraderechista de Brasil, Jair Bolsonaro. Los paralelismos entre la figura de Bolsonaro y Trump son evidentes: los dos han construido una figura política a través de un discurso “políticamente incorrecto”, generando grandes cantidades de rechazo y, pero también de adhesión a partes iguales.

De esta manera, los líderes ultraderechistas actuales, a diferencia de las caras visibles del fascismo de primera mitad del siglo XX, no tienen que ser grandes oradores: se apoyan en gran medida en una buena campaña mediática que combina las redes sociales con las apariciones en medios tradicionales, construyendo así una imagen más bien irreal pero que tenga posibilidad de atraer simpatías.

Así pues, van generando un relato carismático de ellos mismos que encaja perfectamente con su discurso ultraderechista. Un discurso que focaliza problemas estructurales y complejos sobre chivos expiatorios (colectivos, grupos sociales o minorías vulnerables) a los que culpabilizan de la totalidad de las problemáticas. Este relato político es ideal para conformar una imagen carismática respecto al líder de partido, el cual se presenta como una figura salvadora en muchas ocasiones de los pilares base que defiende la ultraderecha: la patria, la familia y los valores tradicionales.

Santiago Abascal, líder de Vox, también ha forjado una figura similar a la de los ejemplos anteriores. Su liderazgo en el partido VOX es incuestionable y su figura entre sus simpatizantes goza de altos grados de carisma, si bien también es cierto que Vox se apoya en un liderazgo coral, aunque es más aparente que real y que sirve como forma de no desgastar la figura central del partido.

En este caso, al igual que Trump y Bolsonaro, Santiago Abascal también ha usado el discurso de lo políticamente incorrecto. Además, ha reforzado su figura utilizando en muchas campañas políticas y en sus propias redes un lenguaje repleto de referencias al campo semántico bélico, apropiándose de escenografía militar o ligada a las fuerzas y seguridad del estado.

También ha hecho un uso exacerbado de los símbolos ligados al nacionalismo español como el himno o la bandera nacional, así como su apoyo a actividades ligadas culturalmente a la tradición como puede ser la caza o la tauromaquia.

De esta forma, el conjunto y la utilización de todas estas imágenes ha conseguido construir un imaginario dentro del partido que se ve personificado en la imagen pública de Abascal que, aunque es cierto que causa en parte de la población un contrastado rechazo, también causa una fuerte atracción entre los potenciales votantes del partido.

Por supuesto, hay muchas otras técnicas discursivas y comunicativas basadas en la propaganda que se utilizan en conjunto y que se utilizan, más que para comunicar un proyecto y unas ideas políticas, para construir un personaje o unos personajes determinados que puedan atraer el voto. Así, el partido crece alrededor de estos líderes y su incuestionable liderazgo y no alrededor de un programa político concreto. No en vano, a menudo el programa se adapta y se readapta, cayendo en contradicciones, con tal de reforzar los atributos del líder.

Otros ejemplos de líderes carismáticos de la extrema derecha podrían ser Giorgia Meloni (Hermanos de Italia), Viktor Orbán (Fidesz, en Hungría), Nigel Farage (Partido de la Independencia de Reino Unido), Keiko Fujimori (Fuerza Popular, en Perú) o Jimmie Akkeson (Demócratas de Suecia).

Conclusiones

La mezcla de ultraliderazgo y carisma en los líderes de la ultraderecha destapan una cuestión mucho más importante; la verdadera manera de entender y actuar que tienen estos partidos sobre la realidad social. Es decir, una forma claramente manipulativa que huye de las propuestas constructivas y objetivas, buscando apelar a la toma de decisiones irracionales del electorado y a los impulsos más primarios e instintivos.

Por otra parte, también demuestran la dimensión antidemocrática que impregna toda su lógica política, pues sus partidos son liderados en la mayoría de ocasiones de forma autoritaria, líderes que se mantienen muchos años en el poder y que muy pocas veces se someten a votaciones internas dentro del partido. O, si lo hacen, están muy condicionadas.

En definitiva, los líderes ultraderechistas pueden resultar un espejo de que puede llegar a pasar si la ultraderecha llega al poder, lo que ya se ha podido observar en algunos países como Hungría u otros ejemplos de democracias iliberales. Es por este motivo por lo que hay que dejar sus verdaderas intenciones al descubierto.

Enlaces, fuentes y bibliografía:

– Foto de portada: Jair Bolsonaro, presidente de Brasil. Autor: Beto Oliveira, 30/06/2011. Fuente: Camara.leg (CC BY-3.0)

Álvaro Soler

Articulista. Sociólogo y gestor medioambiental, con suerte de poder compartir vocación y formación. Las Ciencias Sociales son una parte muy importante de mi vida. Considero la divulgación a través de la sociología como una gran herramienta para destapar las injusticias sociales y arrojar luz sobre la actualidad diaria contribuyendo así a ser un poco más libres y justos.

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