¿A dónde vas, Austria? Antivacunas y extrema derecha

Un misterio recorre Europa… los países de habla alemana, conocidos supuestamente como disciplinados, eficientes, responsables, van de últimos en el número de vacunados en Europa Occidental. ¿Qué está pasando?

Hoy en Austria es fácil toparse con algún personaje «alternativo», un «Aussteiger» («el que se baja», que rechaza participar en la sociedad), que explique que el COVID no existe, que es una gripe disfrazada, y que todo el mundo miente a la sociedad: la prensa, los médicos y los Estados. Puede esta persona resultar inmune a todo argumento, incluso a narraciones duras sobre el fallecimiento de alguna persona cercana que contrajo el virus.

Es factible quedar atónito ante una negación inamovible de la realidad del virus como esta. Dice Lee McIntyre, filósofo experto en negacionismo científico (muy recomendable su libro Posverdad, sobre el negacionismo al cambio climático, y también sobre el trumpismo), que «lo más importante que hay que saber sobre el fenómeno antivacunas es que es el resultado de la desinformación«.

Hay que aclarar que con «antivacunas» no se refiere al escéptico o escéptica, sino a quien no solo «desafía el consenso científico, sino que además no tiene evidencias para apoyar sus propias opiniones«. Siguiendo esta diferenciación, se hace referencia al rechazo visceral a las vacunas que provienen de narraciones disparatadas alrededor del virus, atadas a una narrativa en el que hay un «ellos» que «nos» quiere hacer daño. Esto es lo que puebla al fenómeno de emocionalidad, de un radicalismo que permite negar la evidencia y puede llevar a la violencia.

El movimiento antivacunas en Austria

A finales de noviembre, el gobierno austríaco (conservador-verde), como reacción a la situación crítica en UCIs y a los récords de nuevas incidencias, anunció un Lockdown, como dicen allí: el confinamiento total. Éste se mantuvo un par de semanas para finalmente aplicarlo solo a la gente no vacunada. La obligación a vacunarse se impondrá en febrero, siendo Austria el único país europeo que ha tomado tal medida extrema, no recomendada por la Unión Europea por el momento.

Herbert Kickl, presidente del FPÖ. Antivacunas. Autor: Michael Lucan, 15/02/2018. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
Herbert Kickl, presidente del FPÖ. Autor: Michael Lucan, 15/02/2018. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

En reacción, Herbert Kickl, presidente del Partido de la Libertad (FPÖ), de extrema derecha, anunció que lucharía por «todos los medios» en contra del «corona-fascismo». Este partido, sobre el que Ruth Wodak, analista de discurso de larga trayectoria en este tema, ha concluido que es una continuidad histórica del partido nazi, ha sido uno de los principales instigadores del negacionismo relacionado con la COVID19. En la prensa se ha afirmado que Kickl ha hecho de este tema su programa de partido, e incluso ha defendido purgantes como medicina adecuada, lo que recuerda a Donald Trump.

En efecto, según el «Corona-protest-report», resultado de una investigación interdisciplinaria de dos universidades austríacas (basada en una muestra de la población antivacunas a través de grupos y canales de Telegram): el 56,7% de los antivacunas elegiría hoy al FPÖ.

También sobrerrepresentados en esta población están los votantes (en elecciones pasadas) del Partido Verde, aunque en mucha menor medida. Respecto a la cercanía a narrativas conspiratorias: el 67,7% de los encuestados afirman que la política está influenciada por organizaciones y poderes secretos, el 88,1% considera que los medios y los políticos, y también la ciencia establecida, están confabulados para esconder la verdad; un 26,7% cree que les van a implantar microchips con la vacuna, a un 26,3% adicional le parece que esto es plausible…

Hay que notar que, tras este reporte, surgió un nuevo partido antivacunas: MFG (Representa: Personas Libertad Derechos Fundamentales), que se distancia de toda medida contra la COVID, incluyendo mascarillas. Aunque en septiembre del año pasado solo tenían 4000 miembros, lograron más de 6% en elecciones en Alta Austria. Sus votantes vienen principalmente del FPÖ y del partido conservador (ÖVP).

Se puede ver en estos datos que el fenómeno mayoritariamente se refiere a algo distinto a desacuerdos con políticas estatales o escepticismos hacia la medicina convencional, o hacia las farmacéuticas. Parafraseando a McIntyre, nadie se levanta una mañana con la idea de que Bill Gates le va a implantar un chip en la vacuna. El problema es uno de los más graves de nuestros tiempos: las fake news.

El sábado 4 de diciembre, en una de varias manifestaciones que ha habido, se calcula que marcharon más de 40.000 personas por Viena. En los carteles se podía leer, por ejemplo: «Controlen las fronteras no a nuestro pueblo», «Basta con la Corona-dictadura», «Las vacunas son genocidio» o «Juntos por la libertad».

Una mujer aseveró en un micrófono que preferiría morir a dejarse vacunar. Otra pancarta: «Gran intercambio, Gran reinicio – Paren el fango globalista», muestra la jerga propia del nacionalpopulismo de la alt-right, con una intrincada narrativa tan descabellada como convincente para sus seguidores. Esta pancarta señala la presencia de extremistas como pueden ser los «Identitarios« en Austria, o sectas como QAnon.

En los estrados de ésta manifestación habló una diputada del FPÖ, portavoz de Salud del partido, Dagmar Belakowitsch. Dijo que los hospitales sí estarían llenos, pero de personas que sufren los efectos de las vacunas. Atónitos quedaron los otros partidos y la prensa de (casi) todos los colores, dándose prisa en desvelar la mentira. El FPÖ no la ha desmentido. Ya sabemos, tremendo tema, que el efecto de las mentiras, y más si se repiten, es duradero. Aunque se desmientan.

La diputada compartía estrado, entre otros, con Martin Rutter, político expulsado de su partido por participar en los encuentros de Ulrichsberg, que acogen ex combatientes nazis y de las SS (la guardia de élite nazi). Había otros influencers que están más a la derecha del FPÖ (y al borde de la legalidad): Martin Sellner, líder de los «Identitarios», que incluso iba liderando la manifestación del 20 de noviembre. También un reconocido neonazi, Gottfried Küssel, marchaba con pancartas, lo cual hasta hace poco era impensable.

Las personas en las manifestaciones están tácitamente aceptando el liderazgo de la extrema derecha, y también los contenidos antisemitas y homófobos. Se pueden ver estrellas judías (como las de la época nazi) llevadas en el pecho, con el letrero «no vacunado».

También se ha visto repetidamente la consigna «la vacuna libera», que hace alusión a la entrada al campo de concentración de Auschwitz, reemplazando el letrero original: «El trabajo libera». Aquí se practica un «antisemitismo inverso», altamente insultante e hiriente para las verdaderas víctimas aludidas, como señala la oficina federal austríaca para cuestiones de sectas, que ha compilado un muy interesante documento: Das Phänomen Verschwörungstheorien in Zeiten der COVID-19-Pandemie (traducido como El fenómeno de las teorías conspiratorias en tiempos de la pandemia COVID-19)

El mismo Kickl hace poco ha defendido estos eslóganes como crítica al nazismo. Y aunque no creamos en su inocencia, si puede ser que muchas veces los manifestantes no reconozcan el retorcimiento detrás de los eslóganes. También la eventual referencia, adentro del proceso de victimización de los antivacunas, a un malvado «Estado Profundo», y el término «globalismo», remite, históricamente, al antisemitismo, como se desprende de este glosario.

En efecto, el ministerio de Interior de Austria en un comunicado muestra preocupación por el incremento del antisemitismo y afirma que extremistas como los «Identitarios» han encontrado la «oportunidad del siglo» para engrosar sus filas con esta nueva temática antivacunas. Una que, hay que decirlo, muy hábilmente sumaron a sus causas. El experto en extremismo de derecha, Marius Hellwig, señala en una entrevista que las manifestaciones son una oportunidad de continuidad de las narrativas conspiratorias que ya estaban en circulación.

Puede ser que el número de personas que cree profundamente en la intrincada narrativa conspiracionista en sí no aumente, como afirma el psicólogo social Roland Imhoff. Pero estos creyentes sí se han radicalizado y movilizado. Conforman el núcleo en las vastas redes que hablan de conspiraciones y comparten fake news, mensajes que tienen alta capacidad infecciosa.

Esto se puede constatar en una investigación publicada en la revista Nature, que muestra cómo, en redes sociales, se logra envolver a los muchísimos inseguros con unas ideas que de otra manera serían completamente marginales. Incluso, sostiene, podríamos llegar en el futuro a una mayoría global antivacunas.

​Pero… ¿porqué en el centro de Europa?

Se puede empezar por observar que los partidos de extrema derecha en Europa Occidental que más votantes han tenido en las últimas décadas son justamente los de Suiza (29,4%) y Austria (26,9%). Este último país, además, fue pionero (en el 2000), en aceptar un partido de éstos como parte de una coalición de gobierno, lo cual sigue siendo raro en el subcontinente.

En los últimos años, el FPÖ en Austria, al igual a sus congéneres en tantos países, se ha especializado en campañas agresivas e insultantes contra los inmigrantes y el islam, plagadas de fake news, con lo cual se puede decir que las emociones ya estaban exaltadas y preparadas para las «verdades alternativas» de la pandemia.

Para completar el panorama: de los países europeos, fue especialmente en Alemania en donde la narrativa conspiratoria de extrema derecha de QAnon se logró extender más, y por lo tanto, en las redes de habla alemana. Uno de sus más virulentos representantes en Alemania, A. Hildmann, un cocinero vegano, es también figura líder en las manifestaciones antivacunas.

Hay más factores por descubrir. En un artículo de un medio alemán se entona un mea culpa ante el resto de Europa. El autor considera que la causa de la diferencia con países como Italia o España es que estos han sufrido muchos más casos y muertes por COVID, y por esto es difícil negar la enfermedad.

Es cierto que en Austria, con su robusto sistema de bienestar social y salud pública, el miedo existencial ante la pandemia puede estar menguado. Es un buen punto de partida para desdeñar el COVID. Pero, ¿no habría que tener en cuenta que el negacionismo antivacunas no tiene necesariamente un fundamento racional? Se puede ser negacionista incluso sufriendo los efectos del virus o teniendo cerca alguna víctima mortal.

El sociólogo Oliver Nachtwey reflexiona sobre lo que tienen los países de habla alemana en común. Señala que son todos países federales, que por lo tanto pueden compartir cierto escepticismo hacia el gobierno central, que se puede politizar. Puede ser que el caso de España desmienta este argumento. El sociólogo entra también en el tema de la cultura: menciona que la Antroposofía (corriente de pensamiento/conocimiento fundada por Rudolf Steiner) ha estado muy presente en estos países, y más generalmente, el «esoterismo».

Cualquiera que se encuentre integrada en la vida de Austria y se haya sentido parte de la escena «alternativa», puede atestiguar que allí cabía de todo: críticos al sistema, los new age de todos los colores, los que buscaban una vida simple, los ya mencionados «Aussteiger«, los que tenían algún oficio artesano…

Austria es un país donde el espíritu crítico abunda (no en vano tantos filósofos y corrientes de pesimismo y crítica cultural vienen de la zona de parla germana). Se ven a sí mismos con un carácter que definen como «raunzig» que quiere decir algo así como criticón malgeniado. Y, definitivamente, los austríacos no son fanáticos del «progreso». Circulan bromas sobre cómo toda novedad que llega a Alemania tarda más o menos diez años en cruzar la frontera a Austria…

Otro dato interesante: lo normal en ese país es que médicos, convencionales, eviten prescribir medicinas fuertes y más bien receten, cuando es posible, medicina «natural». Por ejemplo, que ofrezcan manzanilla para curar un orzuelo. Queda abierta la pregunta de cómo esta actitud crítica hacia los medicamentos correlaciona con el hálito de Steiner. El ya mencionado R. Imhoff, que analiza esta misma pregunta, ve la difusión de la homeopatía y medicinas alternativas como uno de los factores detrás del rechazo a las vacunas en estos países.

Estos factores pueden dar un buen punto de partida para un escepticismo ante las vacunas, pero éste no es lo mismo que el negacionismo virulento que se ha desarrollado actualmente. Por ejemplo, volviendo a los votantes del Partido Verde. Pueden caber de manera suelta aquí personas de esta escena «alternativa». En las manifestaciones se ven «hippies danzantes» (palabras del ya mencionado Hellwig) con tambores hablando de «Amor, paz y libertad», al tiempo que, en la misma marcha, algunos grupos la emprenden agresivamente contra periodistas (considerados «Lügenpresse«: «prensa mentirosa»).

Y dice Hellwig, que algunas personas interesadas en el esoterismo o en el new age, especialmente aquellas cuya vida tiene su centro en la escena esotérica, pueden caer en (o volviendo al tema fake news habría que decir más bien «pueden ser empujados a») una «irracionalidad consciente».

Esto puede recordar al psicoanalista C.G. Jung y su apremio por recobrar una realidad humana más completa que incluya «lo irracional» («la sombra»), que para Jung no era sinónimo de «no razonable», sino más bien «lo que está más allá de la razón», lo directamente empírico. Hay una parte de la población occidental en búsqueda de espiritualidad, de otros estados de conciencia (a veces con el empleo de sustancias psicoactivas), de la hoy ignorada intuición (que Jung defiende como parte inseparable y funcional del ser humano)…

Justamente son las más «avanzadas» sociedades en Occidente, fortines de racionalidad, las que más habrían menospreciado a la «sombra» del ser humano de la que hablaba Jung. Esto es, tenemos gente que busca esto, tal vez dando palos de ciego, y puede ser que proporcionando terreno fértil para el efecto de las fake news.

Un dato interesante: un resultado de una investigación del 2015 a gran escala: los niveles más bajos de confianza en las vacunas, se encontraron en los países con los niveles más altos de educación y los mejores sistemas de atención de la salud (con la excepción de España); siete de los diez países más reticentes a las vacunas, de 67 países, estaban dentro de la Unión Europea .

Así, personas (des-) informadas en las redes sociales, se distancian de lo que llaman «sociedad del miedo» y tranquilamente ignoran lo que se investigue, e informe, sobre el virus. Rebeldes esotéricos llegan a confiar en que el pensamiento positivo será suficiente protección, abusando del modelo que entiende la enfermedad también como una expresión de la totalidad del ser humano.

Una mujer afirma, por ejemplo, que «el que se entrega a la salud natural no tiene que temer al COVID…» y «todo el resto no pueden esperar de ellos que arruinen sus vidas para crearles una burbuja de vacío». Como se puede ver, he aquí un tema más: se puede obviar el factor comunitario de la pandemia. La defendida «libertad», tan presente en las manifestaciones y en las bocas de los políticos de derecha, es lastimosamente egoísta y contraproducente para el colectivo.

Retornando a la extraña mezcla en las manifestaciones antivacunas: gente del new age negacionista/alternativos y extremistas de derecha, hay que señalar que entre ambos sectores existe un amplio sector intermedio. Como señala el investigador Julian Strube, la búsqueda de pureza espiritual puede desviarse hacia posiciones racistas, hacia un «neonazismo esotérico». Históricamente están también las personas ya de por sí de derecha, con interés en el esoterismo y el ocultismo, lo cual no es nada nuevo en realidad. Se puede hablar así de rojipardos, también de ecofascistas, para nombrar y situar estos fenómenos.

Tal vez lo que más sorprende, y desespera, a los testigos de esta evolución, es la capacidad de la extrema derecha de hablarles a mucha gente New Age en su idioma y ganarlos para sus filas.

​En perspectiva

Un tema que lleva ya varios decenios en discusión: el fin de los grandes relatos de Occidente que han sido por siglos su motor y sentido común (ver por ejemplo La Posmodernidad, Vásquez Rocca, Adolfo) . No se pueden mantener las narrativas como la de la racionalidad del ser humano o la del progreso continuo y menos aún después de las crisis del presente siglo. La problemática se puede ver así: las sociedades que se han percibido como más avanzadas pueden ser también las primeras en desencantarse y buscar salidas completamente nuevas.

Un porcentaje importante de personas han visto la apertura del paradigma moderno con buenos ojos; se ha fomentado desde las ciencias sociales y humanidades, cuestionado las «verdades» occidentales, también las de la ciencia. Se han abierto múltiples espacios, en plural, para nuevos modos de ser y vivir, muy necesarios para enfrentar la gran crisis medioambiental, por ejemplo.

La Europa en crisis de hoy es un caldo de posibilidades en ebullición, pero entre estas están las falsas salidas retrógradas. Es alarmante la manera en que las fake news están embaucando a tantos que se sienten rebeldes. Personas con una media de educación alta están luchando contra una «dictadura» que no lo es, victimizándose, distrayendo del neofascismo de las propias filas. Se trata de un fenómeno seductor: el «nosotros» combativo de la extrema derecha y su simplificadora narrativa, que divide el mundo entre buenos y malos, brinda seguridad.

Se trata de una triste rebeldía desperdiciada, pues no va a ser la extrema derecha la que le desmonte el negocio redondo (socializar gastos y privatizar ganancias) a las farmacéuticas (Moderna, el dinero público y los paraísos fiscales, Christian Chavagneux). Es una rebeldía que no se dirige a apoyar otros esfuerzos, como podría ser el de liberar las patentes de las vacunas para dificultar el surgimiento de omicrons y similares.

El elemento irracional está coartando un debate constructivo sobre las medidas a tomar frente a la pandemia. Pues los científicos nos proporcionan un saber, pero qué hacemos con este siempre es una decisión política compleja. Las medidas de los gobiernos en este momento podrían ser debatibles, si se quiere, pero difícilmente desde la desinformación.

Pero al fin el tema ni siquiera es cómo hacer frente al virus, sino cómo este está siendo instrumentalizado. Las fake news detrás del negacionismo son una maquinaria para des-politizar, disfrazada muy efectivamente de lo contrario. Se distrae a todo el mundo de insistir en cambios estructurales al presente sistema económico que está llevando al desastre a la humanidad entera.

Así, a modo de ejemplo, tendríamos que ocuparnos críticamente de lo que se pretende con «El Gran Reinicio» post-COVID, pero no con las connotaciones que fabula la extrema derecha desde su extremismo conspirativo.

La confusión, el retorcimiento de cualquier tema, que logran las fake news solo puede dejar a las personas estupefactas. Señala Macintyre (2018) que, en todo caso, los hechos solo pueden ser negados durante un tiempo. Y dice: «Al menos es importante atestiguar que se ha dicho una mentira y llamarla por su nombre. … Debemos desafiar todo intento de oscurecer cualquier cuestión fáctica y combatir las falsedades antes de que se infecten» (p.165).

No es una lucha perdida. El mismo autor en una entrevista ya citada dice: «… es cierto que se puede hacer que la gente cambie de creencias. La manera de hacerlo es a través de conversaciones respetuosas cara a cara. No funciona siempre. De hecho, lo habitual es que no funcione. Pero es la única cosa que puede funcionar.»

Autora:

Gisela Ruiseco
Sitio web: https://fueradelmito.wordpress.com/

Enlaces, fuentes y bibliografía:

– Wodak, Ruth et al. (1990). Wir sind alle unschuldige Täter. Diskurshistorische Studien zum Nachkriegsantisemitismus, Frankfurt am Main.
– McIntyre, Lee (2018). Posverdad (traducción de Lucas Álvarez). Madrid: Cátedra.
– Chavagneux , Christian. Lucro // Moderna, el dinero público y los paraísos fiscales. en Alternativas económicas nº 96s, Noviembre 2021

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.