De Kast a Bolsonaro: el auge de los líderes de extrema derecha en Latinoamérica

‘’Yo hago con mi voto lo que quiera. Todo el mundo somos conscientes en este país de que nos roban y mucho. Ahora, yo decido quién me roba y cómo me roba, y por supuesto un comunista a mí no me roba en la vida. (…) Por lo menos que me robe el profesional.’’ Estas declaraciones, que están a cargo de un reportero de extrema derecha, bien podría haberlas suscrito cualquier votante de los actuales líderes ultraderechistas de Latinoamérica que han surgido con fuerza durante los últimos años, sumándose al auge del discurso reaccionario en Estados Unidos y Europa.

El continente latinoamericano se encuentra inmerso en una coyuntura política en la que extremistas, que hace unos años no se podía imaginar que ocupasen puestos de poder, están obteniendo representación y llegando hasta las mismísimas sillas presidenciales. No es que se trate de un fenómeno exclusivo de América Latina, ya que la coyuntura política no es muy distinta a la de su vecino del norte Estados Unidos o a la de muchos países europeos donde la alt-right está ganando continuamente terreno en lo ideológico.

Sin embargo, sí que presenta algunas particularidades políticas, sociales y económicas que hacen del fenómeno un caso digno de atención. Para contextualizar la realidad de Latinoamérica, hay que tener presente que una variedad de países de esta zona geográfica sufrieron durante mediados del siglo XX la llegada al poder de dictadores autoritarios que impidieron el avance democrático y social en los mismos, empujados en buena medida por la CIA, el servicio secreto de EEUU, como parte de una operación encubierta para frenar los movimientos progresistas denominada Operación Cóndor. Estos estaban en muchas ocasiones apoyados, cuando no directamente aupados al poder, por Estados Unidos y basaban su discurso generalmente en el ultraconservadurismo y el anticomunismo.

Cuando las dictaduras fueron cayendo al acercarse el ocaso del siglo, dejaron paso a una ola izquierdista e indigenista con fuertes pretensiones soberanistas, rechazando el imperalismo estadounidense que habían padecido. A finales del siglo XX, la democracia se erigía en todo el mundo como un elemento legitimador insoslayable para la acción política, pero la derecha latinoamericana, estrechamente relacionada con las dictaduras, tenía difícil articular su discurso en torno a esta.

Asimismo, las políticas neoliberales fracasaron en su supuesto intento de mejorar la economía de las dictaduras del Cono Sur, como el Chile de Augusto Pinochet o la Argentina de Jorge Rafael Videla. Por ello, a pesar del avance del neoliberalismo en los años 90 a nivel global, coincidente con la caída de la URSS, el final de las dictaduras latinoamericanas asociadas a esta ideología económica provocó que las ansias de cambio político también demandasen virar hacia modelos económicos más redistributivos de la riqueza social.

Es la época de Fidel Castro, de Hugo Chávez, de Lula da Silva, de Evo Morales o de Rafael Correa, entre otros. Así pues, estos líderes fueron los protagonistas de una etapa de cierta hegemonía izquierdista en el continente, a principios del siglo XXI, pero que como toda etapa histórica llegaría a su fin. Las injerencias estadounidenses, los golpes de estado, los casos de lawfare, así como el envejecimiento de los líderes carismáticos que encabezaron esta etapa, son algunas de las causas del debilitamiento de la izquierda latinoamericana; sin olvidar, por supuesto, el desgaste que se le debe achacar por sus propios errores y al propio contexto global, más permeable al discurso populista de derechas.

Conferencia de la izquierda latinoamericana sobre la crisis internacional. Autor: Luis Carlos Díaz, 30/01/2009. Fuente: Flickr (CC BY-NC 2.0)
Conferencia de la izquierda latinoamericana sobre la crisis internacional. Autor: Luis Carlos Díaz, 30/01/2009. Fuente: Flickr (CC BY-NC 2.0)

Ahora, aunque hay ciertos países en los que los partidos progresistas son todavía hegemónicos y otros en los que se están iniciando procesos constituyentes transformadores, como hicieran Bolivia o Ecuador y como trata de hacer Chile, las amenazas e intentos de reacción en los mismos se han intensificado en los últimos años, mientras que en el resto el statu quo se muestra impenetrable o con retrocesos poco significativos.

De esta forma, actualmente en la mayoría de los pueblos latinoamericanos existe alguna organización potente de extrema derecha, sino varias, bien con una gran implantación social e institucional o bien directamente gobernando. En cambio, las organizaciones izquierdistas, si no están desaparecidas del plano político, moderan su discurso hasta llegar a ser más conservadoras que progresistas, como consecuencia de la gran capacidad de condicionar los marcos discursivos que tiene actualmente la extrema derecha.

Por ello, se llegan a ver casos como el de Chile, que ha pasado en pocos meses de que la izquierda y el centroizquierda obtuviesen más de dos tercios de los escaños en la Asamblea Constituyente, a que un candidato que reivindica la ‘’gran obra’’ del dictador Pinochet haya sido el más votado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales y cuyo lema para la segunda vuelta se postula como ‘’libertad o comunismo’’, copiando la estrategia ya utilizada por Isabel Díaz Ayuso en España.

Estos ataques de la extrema derecha tildando de ‘’comunistas’’ a sus oponentes, lo sean o no, además de buscar rédito electoral, pretenden condicionar la campaña de los mismos. Mientras un candidato se centra en negar que es comunista o que pretende expropiar viviendas, como tuvo que hacer Pedro Castillo en las pasadas elecciones presidenciales en Perú, no puede proponer medidas transformadoras. Así, se impide articular un proyecto político propio: en base a que la derecha radical condicione el marco del debate y del discurso.

Según el sociólogo de la Universidad de Chile, Miguel Urrutia, a través de esta y otras estrategias la ultraderecha latinoamericana trata de ‘’contener los fenómenos de cambio social en la región’’ y en no pocas ocasiones les da resultados. Por supuesto, todo esto apoyado por redes de bots y cuentas falsas que empañan el debate y que, difundiendo bulos y «fake news», hacen que no sea justo.

La extrema derecha latinoamericana ha considerado que es el momento de pasar del repliegue a la ofensiva, en un momento de debilidad de las opciones progresistas, pero también de la derecha clásica y la más moderada, y lo está haciendo mediante hiperliderazgos que se presentan con un supuesto proyecto rupturista.

Así pues, están sabiendo aprovechar el descontento, generado principalmente por la pandemia del COVID19 (excepto quizá en el caso de Bolsonaro en Brasil) y por un sistema político que por lo general no da respuesta a las reivindicaciones ciudadanas, con candidatos que se presentan como outsiders de las instituciones, cuya popularidad se dispara de un día para otro y que llegan para poner orden o para hacer frente a la »casta política».

A través del análisis de los perfiles, discursos y contexto de estos líderes se puede entender, no solamente cómo han llegado al poder, sino que se puede incluso llegar a comprender el momento político que vive Latinoamérica.

Bolsonaro, el enviado de Dios

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Bolsonaro recibiendo a unos escolares. Autor: Marcos Correa, 03/05/2019. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)

El caso de Bolsonaro no representa únicamente un ejemplo más de un excéntrico ultraderechista que llega al poder, sino que es el espejo en el que se miran la mayoría de líderes ultraderechistas del continente, más allá de Trump incluso.

A menudo se denomina bolsonarismo al sector de los aparatos políticos y sociales brasileños que se alinea en torno al actual presidente brasileño Jair Messias Bolsonaro, así como a los grupos poblacionales que lo apoyan. Más allá de esto, el bolsonarismo es una ideología, una forma de entender el mundo, que ha impregnado a la sociedad brasileña y que tiene como principal ejemplo político a los sectores trumpistas más radicales.

Pero, para comprender el bolsonarismo se debe primero saber cómo llegó Bolsonaro a la presidencia de Brasil. El mandatario ultraderechista, que trata de explotar al máximo las potencialidades de la figura del outsider, es en realidad un exmilitar que comenzó su carrera política hace más de 30 años, concretamente en 1988 cuando fue elegido como concejal en Río de Janeiro.

En Bolsonaro y en Brasil la política y el ejército siempre van de la mano. La dictadura militar brasileña no llegó a su fin en 1985 por una revolución popular, sino como decisión de los propios militares, de forma que la transición fue solamente superficial y ahora una parte importante de Brasil concibe a los militares como los protectores de la misma democracia.

Tal es el peso político que tiene el estamento militar brasileño que, como explica la socióloga Esther Solano, cada presidente, cuando gana las elecciones, debe reunirse con los comandantes en jefe de las tres fuerzas militares, como ocurre en otras democracias con los jefes de estado. Pero este goza de legitimidad popular, los militares no.

Por lo tanto, no es extraño que un personaje como Bolsonaro que se hizo popular por criticar los bajos sueldos de los militares se haya hecho popular en Brasil. A día de hoy, su gobierno está compuesto principalmente por miembros del ejército y tiene el apoyo de los altos estamentos del mismo. Sin embargo, no basta con tener el apoyo de la cúpula militar para obtener el voto de la sociedad brasileña.

Otro actor con el que contó a su lado en su ascenso al poder fueron las iglesias evangélicas. El evangelismo tiene, por un lado, una considerable influencia institucional, ya que actualmente hay 84 diputados brasileños en la «bancada evangélica», una agrupación de diputados de diferentes partidos pero que se alinean para defender la agenda del evangelismo; y, por otro lado, una gran implantación social, hasta tal punto que hay una iglesia evangélica en cualquier territorio, incluso donde el Estado no llega.

Así, la iglesia evangélica, en la que ya se encuadra casi un tercio de la población brasileña, juega un papel fundamental especialmente en la conformación de la moral de las clases populares o sin estudios superiores, que son las que más confían en sus pastores. Bolsonaro se ganó el favor de estos pastores y le ayudaron a postularse como un enviado de Dios, que venía a proteger los valores cristianos y familiares.

Esta personificación como enviado de Dios y su capacidad de trasladar el orden de la jerarquía militar a la política ayudaron a Bolsonaro a postularse como un agente externo al sistema, a pesar de llevar décadas como político. Pero, ¿por qué necesitaba orden Brasil?¿Por qué demandaba la sociedad brasileña un outsider?

En pocas palabras, el ascenso de Bolsonaro solo fue posible gracias al desgaste de la clase política que emergió tras la dictadura. La derecha, que gobernó en los primeros años de democracia, se evidenció al poco tiempo como incapaz de deshacerse de la corrupción y de mejorar las paupérrimas condiciones de vida en las que vivían millones de brasileños.

Esto permitió que hubiese unos años de hegemonía de la izquierda, personificada en el líder del Partido de los Trabajadores (PT) Lula da Silva y posteriormente en su sucesora Dilma Roussef. Pero ambos fueron desplazados de la presidencia a través del lawfare, Lula por una acusación de corrupción que le mantuvo casi dos años en prisión y Dilma por un impeachment basado en un resquicio legal.

Más tarde, Lula fue absuelto y el juez que lo condenó y que más tarde Bolsonaro hizo ministro de Justicia, Sergio Moro, ha sido acusado de haber conspirado con el fiscal del caso para encarcelar a Lula, mientras que Dilma no ha podido ser condenada por corrupción a pesar del castigo de la cámara legislativa.

Aun así, esto ha generado la sensación en la sociedad brasileña de que la política es en sí corrupta. Desde la llegada de la democracia, no ha habido prácticamente ningún presidente que no haya estado salpicado, aunque luego haya sido absuelto, por algún caso de corrupción. Esto ha provocado un descontento social con la clase política brasileña y que, por ello, un outsider fuese el candidato más idóneo.

Cartel contra la corrupción que dice “Brasil ha despertado”. Autor: Carlos Varela, 18/06/2013. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)

Bolsonaro ha sabido aprovechar este sentimiento de descontento y lo ha potenciado a través del uso de las «fake news«. No importa si tu contrincante político es o no corrupto, en un clima de desconfianza ciudadana hacia la política, un bombardeo constante de noticias falsas y medias verdades a través de diferentes fuentes como Whatsapp, Facebook o la televisión reforzará los prejuicios de la ciudadanía sobre los políticos y no les costará creer que son corruptos, creando verdaderas burbujas, sesgos de información y cámaras de eco que expertos en el tema ya denominan posverdad y que, según varios informes europeos, hoy en día representa el principal peligro de las democracias modernas.

Por eso las «fake news» son capitales para la extrema derecha, porque, gracias a los enormes recursos económicos y humanos que tienen detrás, les permiten explotar los sentimientos y emociones de los individuos en el sentido que deseen ya que, al fin y al cabo, la noticia no se tiene que ajustar a la realidad. Ellos deciden lo que quieren contar, solo necesitan que parezca verídico.

Recientemente, Eduardo y Carlos Bolsonaro, hijos del presidente brasileño, han sido relacionados con una organización criminal de noticias falsas. Pero Bolsonaro ha utilizado las «fake news» para mucho más que para acusar de corruptos a sus opositores. Solano destaca la capacidad de Bolsonaro para dirigirse a sectores poblacionales distintos y articularlos en torno a un mismo discurso.

La socióloga explica que Bolsonaro ha sabido captar el voto de las clases altas, que no se sentían integradas en el proyecto político de la izquierda, pero también el de las nuevas clases medias que se niegan a reconocerse como pobres o como trabajadores y que prefieren denominarse a sí mismos como emprendedores o microempresarios.

Estos votantes, que a pesar de tener una situación laboral inestable se reconocen como clase media, le contaban en las entrevistas de investigación que realizaba Solano que votar al PT era de pobres y que ellos no eran pobres. En un mundo donde la gente prefiere identificarse como clase media antes que como trabajador o pobre, que se te conozca como el partido de los pobres es un grave problema. Además, este proceso no es ajeno a Brasil: no son pocos los sondeos que señalan que cada vez menos gente se identifica a sí misma como clase trabajadora.

Además, Bolsonaro no solo es el enviado de dios para acabar con la corrupción y el autodenominado representante de las clases medias, sino que también se erige como el protector de la familia tradicional brasileña frente a los «satánicos comunistas» que pretenden destruirla, argumento con el cual ha sabido llegar a muchas mujeres cristianas.

Mediante estos discursos, el exmilitar brasileño pudo aglutinar en un mismo proyecto diferentes sensibilidades y preocupaciones sociales, lo que le permitió llegar a la presidencia con un gran apoyo popular. Ahora, su figura está de capa caída, azuzado por la inestabilidad económica, cuestionado por su pésima gestión de la pandemia y criticado sus constantes salidas de tono que no gustan a una sociedad brasileña hastiada por la confrontación.

Sin embargo, como señala Solano, aunque Bolsonaro muera políticamente, defunción figurada que está por comprobar porque está volviendo a ganar popularidad, el espectro político que ha conseguido potenciar se encuentra muy vivo y la izquierda brasileña tiene mucho trabajo por hacer si quiere atraerlo a sus postulados. El bolsonarismo seguirá en pie aunque Bolsonaro caiga.

Milei, el ultraliberalismo populista irrumpe en Argentina

Milei en TN, explicando en una entrevista su propuesta de eliminar el Banco Central. Autor: Todo Noticias, 21/03/2019. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY 3.0)

Argentina, como Brasil, ya tiene a su outsider de extrema derecha. El pasado domingo 14 de noviembre el partido La Libertad Avanza, una coalición de fuerzas políticas que van desde el centro derecha a la ultraderecha encabezada por el economista Javier Milei, se hizo con 5 de las 127 bancas que estaban en juego en las elecciones parlamentarias. La fuerza de Milei es por ahora escasa, ya que acaba de irrumpir en el plano político argentino, pero todo parece apuntar a que su figura tiene recorrido.

Desde hace décadas la política argentina estaba determinada por el eje peronismo y antiperonismo, es decir, entre partidarios y opositores a la corriente política iniciada por Juan Domingo Perón y su sucesora Isabel Perón en los años 70, pero Milei ha tratado de abrir brecha en este eje. Para ello, se ha postulado como un agente externo, de forma muy parecida a la de Bolsonaro. Sin embargo, si Bolsonaro venía a poner ‘’orden’’, Milei pretende ‘’dinamitar’’ el sistema político argentino.

Hasta ahora, Milei se mantenía fuera de las instituciones en lo que él y la extrema derecha denominan ‘’batalla cultural’’. Pero el economista argentino afirma que ha decidido entrar al sistema que antes criticaba para ‘’dinamitar el statu quo’’ y que no pretende abandonar la batalla cultural, sino seguir dándola desde dentro.

El leit motiv de campaña ha sido su voluntad de acabar con la ‘’casta política’’, concepto que ha sido también utilizado por la izquierda, como hiciera Podemos en España. Milei ha sido comparado con otros ultraderechistas como Bolsonaro o Trump, a quienes elogia, o como Eric Zemmour, el nuevo aspirante de la ultraderecha que aspira a la presidencia francesa y a superar el techo electoral de Marine Le Pen, y que también proviene de los medios de comunicación.

Pero Milei dirige su mirada sin duda también a España, ya que ha adquirido elementos y recursos de líderes políticos españoles. Su discurso en materia fiscal, repitiendo constantemente que no subirá ni creará nuevos impuestos, recuerda al de la presidenta de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso, mientras que su estrategia para ganar popularidad, a través de las tertulias de televisión, así como el concepto de casta, recuerdan a Pablo Iglesias. Por otro lado, en el plano económico, recuerda mucho a la ultraderecha nórdica, muy centrada en postulados ultraliberales

Ahora bien, Milei se muestra en contra del derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, cuestiona la crisis climática y critica las medidas contra el COVID-19, postulados que lo alejan enormemente de la izquierda, e incluso se muestra partidario de que los ciudadanos puedan poseer armas de fuego.

Por todo ello, el ultraderechista argentino y su utilización de términos disruptivos y populistas que hace muy poco utilizaba la izquierda, es un gran ejemplo de cómo la rebeldía se ha vuelto de derechas, fenómeno que analiza en profundidad el periodista Pablo Stefanoni en su obra ¿La rebeldía se volvió de derechas?

El progresismo se encuentra cada vez con más dificultades para plantear utopías, lo que la filósofa Marina Garcés llama ‘’parálisis de la imaginación’’, y que daría para otro artículo, pero que deja espacio a la ultraderecha para plantear utopías reaccionarias como la de Milei.

Conforme se acercaba la cita electoral, se pudo ver a Milei moderar su discurso y pasar de criticar al kirchnerismo por ser en su opinión ‘’uno de los procesos políticos más nefastos de la historia argentina’’ y a su mismo tiempo a los liberales de Macri por ser unos pijos, para acercarse algo más al macrismo donde podía recoger más votos; pero por ahora no le ha hecho falta moderarse excesivamente para que su ideología cale.

En un sistema eminentemente bipartidista como el argentino, Milei tendrá complicado prosperar, pero la posición estratégica de su partido en la Cámara Baja tras las elecciones, determinante ya que los dos partidos grandes no han obtenido mayoría absoluta, le otorga una baza política más en su intención de luchar por la carrera presidencial.

Kast, la esperanza del pinochetismo

Kast enseñando la bandera chilena en el debate presidencial. Autor: Mediabanco Agencia, 16/11/2021. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)
Kast enseñando la bandera cubana en el debate presidencial. Autor: Mediabanco Agencia, 16/11/2021. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)

Cuando se dice que Kast es la esperanza del pinochetismo, no se dice en un sentido figurado, sino literal. Tras el final de una dictadura es común que sus herederos, aunque no renieguen de su pasado, traten de distanciarse del régimen que les precedió. No es el caso de José Antonio Kast, el candidato por el Partido Republicano a la presidencia de Chile.

Ya de joven, Kast participó en la campaña por el sí a la continuidad del dictador Pinochet en el poder y, preguntado recientemente en una entrevista por este tema, se negó a ‘’pedir perdón por la gran obra que hizo el gobierno militar’’. En realidad, dictadura militar. Además, no tuvo reparos en sostener que ‘’si Pinochet estuviera vivo votaría por mí’’.

Por esta razón, nadie vaticinaba hace un año que un país que salía a las calles masivamente a manifestarse, primero por la subida del precio del transporte público, pero más tarde extendiendo su crítica a todo el sistema político y económico, y que votaba mayoritariamente dar carpetazo a la Constitución del régimen de Pinochet, acabase dando su apoyo a un heredero de la dictadura.

Pero, contra todo pronóstico, Kast fue el candidato más votado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas, seguido de cerca por el candidato de la izquierda Gabriel Boric. ¿Cómo ha podido ocurrir? El caso de Kast es, indudablemente, un ejemplo más de la capacidad de crear hegemonía de la extrema derecha en la actualidad.

El 27 de agosto, el 71% de los chilenos y chilenas manifestaba no pensar en votar a Kast y tan solo un 24% manifestaba estar decidido a votarle o estar pensando en ello. En tan solo 3 meses, el 4 de noviembre, ya solo un 52% manifestaba no querer votarle y un 46% ya tenía decidido su voto para él o estaba pensándolo.

Es cierto que por ahora solo ha conseguido el apoyo de cerca del 28% de la ciudadanía, lejos de ser la opción mayoritaria, pero el gran logro de Kast ha sido pasar en poco tiempo de estar considerado como un radical nostálgico de la dictadura a representar una opción política tolerable, lo que le ha permitido ser el candidato más votado.

El politólogo y jurista Jaime Bordel, se hace eco de este fenómeno y destaca cómo Kast ha logrado esto sin moderar apenas su discurso. En sus palabras ‘’Kast ha hecho del estigma virtud, y ha presentado votarle a él y defender sus ideas como una suerte de revuelta contra el sistema. Votar a Kast ya no sería algo de nostálgicos o trasnochados, sino una opción consciente y rebelde elegida por alguien que se levanta contra los consensos y vetos impuestos por las élites’’.

De nuevo, la ultraderecha consigue capitalizar la rebeldía y el fenómeno outsider. De nuevo, el candidato tiene poco de outsider y mucho de establishment. De nuevo, esto no le pasa factura a la extrema derecha, que ha dado con el discurso y retórica necesarios para hacer de sus debilidades fortalezas.

Con ‘’Atrévete’’ como lema de campaña, Kast fue directo a explotar el fenómeno rebelde. Pero además, ha conseguido apropiarse del concepto de libertad, como ya hicieran sus homólogos franceses o españoles, por ejemplo. Muchos chilenos y chilenas, preocupados por la incertidumbre política y las revueltas sociales, buscan alguien que les dé seguridad y han visto en Kast un hombre que puede ‘’poner orden’’ y otorgarles con ello la libertad que sienten perdida.

Boric, por su parte, ha tratado también de mostrarse como una opción segura, y se ha mostrado dispuesto a tener mano dura con por ejemplo el narcotráfico, pero se mueve en los marcos conceptuales de libertad o seguridad que favorecen a la extrema derecha.

La libertad es entendida como que no te ‘’impongan’’ impuestos, no que tengas acceso a una sanidad y educación públicas, y ‘’seguridad’’ es que no haya revueltas sociales, no que tengas un trabajo estable y un sueldo digno. Quien se postula mejor para bajar los impuestos y para reprimir los movimientos sociales es y será siempre la extrema derecha.

Ante la segunda vuelta, Boric puede presentarse como una opción más moderada e intentar atraer voto temeroso de la vuelta del pinochetismo, pero este será tan solo un voto de ‘’reacción’’, mientras que Kast, y la extrema derecha, pretende explotar el voto de ‘’emoción’’, que puede ser menos eficiente a corto plazo, pero que a largo plazo es capaz de generar fenómenos de reacción colectivos que perduren durante décadas.

Más líderes latinoamericanos de extrema derecha

Keiko Fujimori hablando en público. Autor: Nestor Soto Maldonado, 12/05/2015. Fuente: Flickr (CC BY-NC 2.0)

Los líderes latinoamericanos de extrema derecha y con relevancia política se cuentan por decenas. Destacan, a parte de los ya comentados, por ejemplo Iván Duque en Colombia, Keiko Fujimori en Perú o Nayib Bukele en El Salvador, pero la mayoría de recursos que estos utilizan son los mismos que los de sus homólogos latinoamericanos mencionados.

Duque, por su parte, se ubica en la senda neoliberal que le marcó su predecesor Uribe y, aunque tuvo que dar marcha atrás con su reforma fiscal por las movilizaciones populares, sigue en el poder a pesar de la represión que puso en marcha para reprimir las protestas.

Fujimori, candidata de Fuerza Popular (K), la mujer más destacada actualmente en la extrema derecha latinoamericana, es un ejemplo paradigmático de la continuidad de la herencia dictatorial en Latinoamérica y de cómo la ultraderecha utiliza países como Cuba o Venezuela para atemorizar a la ciudadanía, sin fundamento, con que su opositor les quitará sus casas. Aunque, por un escaso margen, no le funcionó en las últimas elecciones.

Bukele, consigue hacer también de sus defectos virtudes, y tras conducir al país por una deriva autoritaria y antidemocrática en los últimos años, no tiene reparos en definirse en twitter cómo ‘’el dictador más cool del mundo mundial’’. Ha apostado por la militarización, como Bolsonaro, y por una arenga contra la ‘’política tradicional’’, como Milei.

Unos y otros adaptan a su situación concreta un mismo discurso y retórica que ha conseguido postular como innovadoras y rupturistas ideas tan antiguas como acusar a las personas LGTB de atacar la familia tradicional, como tildar a las mujeres que necesitan interrumpir su embarazo de ‘’asesinas’’ o como apostar por reducir los derechos laborales e impuestos para que mejore la economía.

¿Puede recuperar la iniciativa la izquierda latinoamericana?

Protestas de estudiantes en Chile. Autor: Periódico Resumen, 07/11/2012. Fuente: Flickr (CC BY-NC 2.0)

Como se ha evidenciado, la extrema derecha latinoamericana está viviendo una fase de auge gracias al éxito que está teniendo su ofensiva ideológica. Han sido reflejados los errores del progresismo que les han allanado el campo, pero no deja de ser normal que tras una etapa de hegemonía de la izquierda llegue una de la derecha, en ese dialéctica de la historia de la que hablaba Hegel.

Ahora, si la izquierda pretende que esta etapa de auge de la ideología reaccionaria y antidemocrática dure lo menos posible, debe, primero, tomar en serio a los y las votantes de la ultraderecha. Como explica la socióloga Esther Solano, los líderes de ultraderecha muchas veces han sido caricaturizados y despreciados por la izquierda, lo que ha permitido la identificación con ellos de las clases bajas, despreciadas y caricaturizadas diariamente.

Además, este auge ha provocado en las opciones demócratas una posición defensiva. El problema es que una buena defensa no siempre es el mejor ataque. Una opción política que ha pasado a la defensa, resulta poco atractiva para quienes demandan un ataque al sistema preestablecido.

Por ello, el periodista Pablo Stefanoni resalta la necesidad de que la izquierda, en Latinoamérica y en todo el mundo, salga de esta parálisis de la imaginación de la que habla Garcés y vuelva a problematizar el sistema económico, político y social, que vuelva a soñar con futuros utópicos hacia los que caminar para arrebatarle la iniciativa a la extrema derecha. En definitiva, que vuelva a ser transformadora.

Una tarea, sin duda, lejos de ser llevada a cabo, pero que es cada vez más necesaria.

Enlaces, fuentes y bibliografía:

– Foto de portada: Jair Bolsonaro, presidente de Brasil. Autor: Jeso Carneiro, 02/11/2018. Fuente: Flickr (CC BY-NC 2.0)

Vicente Barrachina

Articulista. Apasionado por la Sociología y la Ciencia Política. Periodismo como forma de activismo. En mis artículos veréis a la extrema derecha Al Descubierto, pero también a mí.

2 comentarios en «De Kast a Bolsonaro: el auge de los líderes de extrema derecha en Latinoamérica»

  • el 26 noviembre 2021 a las 1 h 18 min
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    Sabes que no comparto muchas reflexiones contigo sobre la izquierda, pero siempre que pueda te leeré amigo. Gran artículo, lastima que tengamos diferencia en algunas cuestiones, espero verte pronto un abrazo.

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  • el 26 noviembre 2021 a las 4 h 36 min
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    Excelente! A luchar contra las mentiras de la ultraderecha reaccionaria, amparada en un falso concepto y discurso de libertad…

    Respuesta

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