La lógica de la «Reconquista»

“Queridos compatriotas, desde hace años un mismo sentimiento os oprime y avergüenza; un sentimiento extraño y penetrante de desposesión. Caminas por las calles de tu ciudad y no la conoces (…) tienes la impresión de que ya no estás en el país que conocías, el que buscas por todas partes con desesperación. No has salido de tu país, pero sientes que este te ha dejado: te sientes exiliado en su interior”. Cargando contra la publicidad, “los sociólogos”, “los tecnócratas europeos” o los sindicatos, así comenzó el discurso con el que Éric Zemmour inauguró su candidatura en Francia. Unos días después anunciaría el nombre de su plataforma electoral, Reconquêt (R!), y revelaría la proclama central de su campaña: “Ya no hay tiempo para reformar Francia”, diría, se trata dereconquistarla”. 

Para nada es un discurso nuevo. La primera vez que Abascal “electrificó” las redes sociales tras su primer Vistalegre de 2018, lo hizo enarbolando esa misma consigna galopando hacia San Telmo: “¡Comienza la reconquista!”¿Pero hemos entendido lo que realmente significa? ¿Qué busca? ¿Qué persigue?

Muchos insisten en que la “diferencia” entre Zemmour y Abascal es que el primero concentra su ideología sobre la teoría de «El Gran Reemplazo», que su orientación política es sustancialmente distinta. Sin embargo, esta teoría lleva años bañando las ciénagas ideológicas de toda la nueva derecha. Y, de hecho, tras la última crisis migratoria entre España y Marruecos, esa misma idea ya se hizo hueco en el discurso de Vox, en su concepto de “un plan globalista para la sustitución poblacional”. Por lo tanto, no hay tal diferencia de fondo.

Al contrario, cuando las nuevas derechas nacionalistas hablan de “extranjeros en su propia tierra” y de “defender” o “rescatar” a la nación (del “infierno demográfico”, de su “ruina”, del “globalismo”), todas ellas comparten una misma lógica de la reconquista. Una misma forma de entender la nación como un “cuerpo social” amenazado por un intruso que debe ser extirpado como un cáncer. No sólo a este lado del Atlántico, sino también en América Latina, Europa del Este o incluso en la India. Básicamente, allá donde su “Internacional Reaccionaria” se ha abierto paso. Por eso es crucial que nos preguntemos: ¿A quién apela ese discurso sobre “los exiliados de interior”? ¿Contra quién se va a utilizar? ¿Cuál es la lógica de su “reconquista”? 

Abascal a lomos de Babieca y Le Pen “Juana de Arco”

Cuando pensamos en el discurso de la “reconquista”, la primera imagen que nos viene a la cabeza es la de Santiago Abascal galopando rumbo a las elecciones andaluzas al grito de “¡La Reconquista ha Comenzado!”. Es comprensible: para el voxismo, el mito de la reconquista no sólo ha sido el episodio fundacional de la historia de España. Fue la narrativa con la que renació su propio partido tras las andaluzas que defenestraron “el sultanato de la Señora Díaz”, y ha sido del que han partido sus dos campañas generales, ambas inauguradas en Covadonga bajo la atenta mirada de una estatua de Don Pelayo.

Pero lo que Zemmour nos recuerda es que esto de vender “el pasado en copa nueva” no es un extravío español. Vox habla de “taifas autonómicas”, “ayatolás podemitas” y “burkas ideológicos” alimentándose del imaginario cruzado del imperialismo español, pero el UKIP de Nigel Farage ya evocaba la batalla de los Hastings contra la burocracia de Bruselas y Marine Le Pen a Juana de Arco cada Primero de Mayo.

Todas estas fuerzas se han esmerado en rebuscar en el cajón de su historia para mostrar una mitología propia que blandir contra “el invasor”. Y aunque algunos lo hagan entonando El Imperio Contraataca de los Nikis y otros con costosísimas series televisivas como Allahabad (El Juego de Tronos de Tayyip Erdogan), el guion para implantar ese sentimiento de “desposesión” o la amenaza de un “reemplazo” es siempre el mismo: ¿Quién puede servirnos como invasor? ¿Qué espejo puede decirnos “tú has de salvar la Patria”? ¿Cómo puedo repartir roles para hacer coincidir ambas historias? Todo está inventado, sólo cambian los papeles.

Eric Zemmour en un mitin de su partido Reconquista!. Autor: Illian Derex, 05/12/2021. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Eric Zemmour en un mitin de su partido Reconquista!. Autor: Illian Derex, 05/12/2021. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

La extranjerización del otro como estrategia política

Sin embargo, la lógica de la reconquista no va sólo de morriones, tizonas y corceles. No va solo de proyectar el pasado y sus mitologías sobre nuestro presente, sino también de lo contrario. Aunque lo que más nos sorprende de ella sean sus deudas y filias por el pasado, su punto crucial siempre estará en cómo persigue la extranjerización del otro en el aquí y el ahora.

No sólo cuando el otro viene realmente “de fuera” (ya sea en patera o en avión), sino cuando siempre ha estado “aquí”. Es decir, utilizando esa lógica de la extranjerización del otro para embestir contra el movimiento feminista, contra la “ideología LGTBI” o contra el movimiento obrero mismo. Acusando hasta a los pobladores originarios o las naciones sin Estado de ser un peligroso “diluyente” de la identidad y la soberanía de su patria.  Tildando de desleales, apátridas o extranjeros a quienes no comulgan con su visión de “la nación” (con sus símbolos, su modelo de familia, su corona, su credo o su legado imperial). 

Meme voxista contra la gestión de Sánchez durante la crisis migratoria con Marruecos del mes de mayo. Autor: Desconocido. Fuente: Facebook / Twitter
Meme voxista contra la gestión de Sánchez durante la crisis migratoria con Marruecos del mes de mayo. Autor: Desconocido. Fuente: Facebook / Twitter

Aquí, y más allá de nuestras fronteras, si algo caracteriza al nacionalismo de las nuevas derechas es la tendencia a extranjerizar a sus enemigos, vengan de donde vengan. No sólo a través del racismo y la xenofobia, del culto a los muros y las fronteras, sino a través del borrado de los otros en la historia compartida. Un borrado que se extiende a todos los que con su mera presencia (con su lengua, sus ideas o incluso su forma de amar) ponen en jaque la estrechez de su relato nacional. Una guerra que se enfoca, como dicen Guillermo Fernández y Javier Franzé, contra todo aquel que amenace con “desustancializar” su idea de patria.

Ese es el hilo que conecta a quien grita en un desfile del Orgullo LGTB un “¡Viva España!” o en un primero de mayo un “¡Vete a Cuba!” con la obsesión de Zemmour en buscar “islamo-izquierdistas” por las universidades de Francia. Es el hilo que une a los nacionalistas indios que ven “maoístas urbanos” en las tractoradas campesinas con la derecha latinoamericana que ve “injerencias extranjeras” cuando salen a la calle las mujeres de pollera.

Son los hilos que enhebran la “lógica de la reconquista” en la aguja de los nacionalismos de la derecha, y que a todas les sirven para coser la misma bandera nacionalista: que unos se sientan “extranjeros” al ver al otro como alguien que no merece compartir su tierra. Sea o no sea “de aquí”, tenga o no el mismo credo. Sintiendo como “conquistador” al otro por lo que pueda “sustituir” del ser nacional que ellos ven puro e inalterable. 

¿Por qué? Porque con la extranjerización del otro, el antagonista se convierte en un invasor o un intruso, y su expulsión del debate democrático se blanquea como un acto de justicia o depuración. Y así, en esa cruzada por la reconquista no sólo se convierte al otro en una encarnación de monstruos pasados (algo bárbaro o primitivo) sino que se le transforma en alguien ilegítimo por y para los de su misma nación.

Porque cuando el comunismo es “ruso”la plurinacionalidad “boliviana” y el cambio de la constitución algo “venezolano”, la lucha contra opciones políticas con más de un siglo de historia (del galleguismo al movimiento obrero) ya no es ni un asunto interno ni un ajuste de cuentas con el pasado. Se vuelve una “marcha patriótica” contra un enemigo venido de fuera, una “cruzada contra el invasor”. 

La cruzada contra el “globalismo”, el indigenismo o la ideología género

Es esta la lección que ha de extraerse del discurso de “la reconquista”, y tiene implicaciones globales. Porque es la “lógica de la reconquista” la que se despliega para atacar a la izquierda como un “caballo de troya” del «Foro de Sao Paulo”, Irán o Venezuela. Aquí, pero también en Chile o en Colombia, en toda Iberoamérica.

Y es también la lógica que se arroja contra el adversario para presentar al ecologismo, al feminismo y a la llamada “ideología queer” como un discurso “extranjero” de “ONGs globalistas” y “oligarcas sin patria”como algo ajeno y contaminante. Porque toda lucha política “nacionalista” necesita despojar a su contrincante de esa legitimidad para hablar “desde aquí” como uno más. Porque la extranjerización del otro es la vía más cómoda y más efectiva para arrancar de raíz su legitimidad a existir políticamente y a reivindicar un lugar en la vida pública. 

Por eso, para comprender a la nueva derecha y su obsesión por la “reconquista” hay que entender que este discurso servirá para aglutinar muchas más proclamas que el cierre de las fronteras y “el fin de la islamización”. Pues el discurso de la “reconquista” no es un exabrupto ni un aspaviento, tampoco un complemento a la teoría de “el gran reemplazo”. Es una hoja de ruta para la recomposición ideológica de las nuevas derechas radicales.

Porque saben que es más fácil hablar de los que se oponen a la inmersión lingüística como “sefardíes” extranjerizados “en su propia tierra” que reconocer la legitimidad de las lenguas co-oficiales. Porque saben que es más fácil hablar de la lucha antirracista como “un invento americano tipo Black Live Matters” que hablar de los CIES y la discriminación como un conflicto propio a la realidad de nuestro país.

Y como no podía ser de otra manera, porque saben que es más cómodo enfrentarse al indigenismo como un “separatismo teledirigido” o un “nuevo comunismo” (global y extranjero) que reconocer que el suelo de esos pueblos lleva ocupado más de cinco siglos. Es un discurso que les conviene y les fortalece.

¿Pero qué puede hacer la izquierda ante ello? Aunque esta pregunta no pueda responderse en cuatro líneas, un primer pasó será necesariamente el de empezar por darle la vuelta. ¿Acaso no hay más de “nuestra historia” en quien tuvo que migrar que en quien se excita con carabelas? ¿Acaso no es más “de aquí” el orgullo de ser diversos que el pasado gris de su nostalgia? Ahora que Almudena Grandes nos falta tanto, quizás convenga recordar su ya histórico pregón de San Isidro: 

“Hemos cambiado mucho y no hemos cambiado nada. Ahora somos más variados, más altos. Yo creo que también son más guapos. Porque hay madrileñas con ojos rasgados, madrileños con la piel de ébano, chulapos andinos, chulaponas eslavas, chilabas, turbantes, túnicas de todos los colores, ecos de lenguas imposibles y bellísimas en los vagones del metro (…) Ellos, ellas somos nosotros, nosotros somos todos, y todos somos Madrid”. 

Para muchos siempre habrá más “patria” en la nana del emigrante que en el himno de la corona, y más de “lo propio” en sus diferencias con el común de todas y todos que en la condena de vivir en un armario. Esa es quizás la grieta que nos separa y de la que no deberíamos avergonzarnos. 

Artículo original de Iago Moreno para CTXT: La lógica de la «Reconquista», bajo Licencia CC BY-NC

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