Una cumbre de la extrema derecha para unirlos a todos

Esta sábado 4 de diciembre se ha celebrado una cumbre de la extrema derecha en Varsovia que puede cambiar el futuro de este movimiento en el seno de la Unión Europea. Allí se han citado diversos líderes de peso de la ultraderecha europea como Viktor Orbán (Hungría), Marine Le Pen (Francia), Santiago Abascal (España), Martin Helme (Estonia) o Tom Vam Grieken (Bélgica), entre otros.

El objetivo de esta cumbre no es precisamente escaso: la unión de toda la extrema derecha europea bajo un mismo grupo político, además de avanzar en la cooperación conjunta y en la toma de decisiones coordinara para asuntos en común, como son los temas migratorios, preservar los valores tradicionales y lo que estos grupos denominan «la protección de la soberanía nacional», que se traduce en buscar que la UE no se meta en los asuntos de los países miembros

Actualmente, estas fuerzas se encuentran divididas en dos grupos. Por un lado, Identidad y Democracia (ID), donde se encuentran partidos que han asumido las formas de la nueva extrema derecha y destacan por su eurofobia. En este grupo se encuentran partido como Agrupación Nacional (RN) de Marine Le Pen o La Liga de Matteo Salvini

Por el otro, el Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), donde se encuentra la extrema derecha con postulados más ultraconservadores y donde el cristianismo es un eje esencial de su acción política. Este último grupo es donde se encuentra Vox o el polaco Ley y Justicia (PiS) ambos grandes aliados del Fidesz de Viktor Orbán. Precisamente, los casos de Polonia y de Hungría son los que más problemas están dando a la UE.

Actualmente, Identidad y Democracia cuenta con 74 escaños en el Europarlamento. El ECR con 63. La suma de ambos daría 137 escaños, convirtiéndose en el tercer grupo de la cámara, a muy poca distancia del Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, que cuenta con 145 escaños. La unión de los escaños de Viktor Orbán e incluso de algún otro miembro observador podría convertirlos en segunda fuerza, lo que les daría un gran peso, según declaraciones de Marine Le Pen en la propia cumbre.

Esta unión indudablemente aumentaría su influencia y capacidades en el Parlamento Europeo. Por otro lado, es cierto que la extrema derecha ya actúa con cierta coordinación en el Parlamento Europeo, votando de manera similar la mayoría de resoluciones. De hecho fue un objetivo compartido aumentar su porcentaje de voto para las elecciones europeas de 2019 para conseguir bloquear la acción de la Unión Europea, objetivo que no consiguieron.

Aún así, esta nueva alianza traería ciertas consecuencias, algunas de alcance difícilmente estimable y también alguno quebraderos de cabeza al propio grupo político.

Nueva alianza, viejas diferencias

La unión de la extrema derecha bajo un mismo grupo es una idea repetida en el tiempo. Ha suscitado cierto interés en la dinastía Le Pen, tanto en la líder del RN, Marine Le Pen, como en su sobrina, Marione Marechal Le Pen, que sueña con la unión de toda la extrema derecha, uno de los motivos que la empujó a crear su propio think tank, el ISSEP, que abrió su sede en España en Madrid en 2018.

La verbalización de este acto vino ocasionada por la expulsión de Viktor Orbán del grupo del Grupo del Partido Popular Europeo (EEP). Viktor Orbán había hecho méritos para su expulsión, siendo considerado “l’enfant terrible” del EEP por sus actuaciones radicales que, a su juicio, atentaba contra los valores europeos que defendía el grupo de centro derecha. Pero el EEP había pospuesto su salida, en parte porque sabían que podría tener fuertes consecuencias. Al fin y al cabo, mejor dentro y controlado, que fuera y a merced de los escaños más euroescépticos.

La cuestión es que esta idea renovada, lanzada por Orbán en más de una ocasión, ha ido materializándose. Pero tiene varios problemas de fondo.

Uno de los más evidentes, es que hay una razón para que haya dos grupos distintos de extrema derecha en el Parlamento Europeo, ya que existen diferencias programáticas y de relaciones entre ellos. Por un lado el ECR, como deja claro en su manifiesto fundacional, la Declaración de Praga, tiene un marcado signo liberal, apostando por la libertad de empresa, impuestos más bajos, desregulaciones y la “libertad individual”.

Dentro de su grupo hay formaciones auténticamente liberales como el eslovaco Libertad y Solidaridad (SaS) o el Foro para la Democracia (FvD) de Países Bajos. Este manifiesto podría chocar contra algunos de los grupos de Identidad y Democracia, como Agrupación Nacional. Además, el nivel de euroescepticismo tampoco parece el mismo entre ambos grupos parlamentarios: Identidad y Democracia tiene, como su propio nombre indica, un carácter más identitario y ultranacionalista.

Aunque ante este problema la realidad es que buena parte de la extrema derecha está girando desde el liberalismo económico a posiciones más proteccionistas y estatistas (como sus antecesores históricos), sea a través de hechos como la “repolonización” que intenta llevar a cabo Ley y Justicia o el intento de giro obrerista de Vox, de cariz más discursivo, y muy presente tanto en la campaña de las últimas elecciones madrileñas como en declaraciones recientes enfocadas en la más que posible convocatoria electoral en Andalucía.

Así que quizás este punto podría no ser de los más sangrantes. Uno que posiblemente si lo fuera serían las relaciones internacionales.

Y es que el ECR y sus miembros son profundamente atlantistas, apostando por una cooperación en materias de seguridad, políticas y económicas con EEUU y Canadá y con un refuerzo de la OTAN. Esto choca frontalmente con la posición mantenido por Marine Le Pen o Matteo Salvini de acercarse a la Rusia de Vladimir Putin. De hecho, ambos partidos le deben algo más que palabras, por la financiación rusa a sus formaciones sea de manera demostrada o de manera presunta.

Por supuesto, varios países del este del ERC no quieren ni oír hablar de ningún acercamiento a Rusia, manteniendo en líneas generales una posición bastante hostil hacia el gigante euroasiático. Así pese a la voluntad política, existen auténticos problemas programáticos que podrían complicar esta alianza.

Cuestiones, planes personales y ausencias

Otra cuestión, más en el terreno especulativo, es la posición personal de los líderes de la extrema derecha europea y sus propios planes para sus respectivos países. Los grupos de ultraderecha del ERC parece volcado con la idea del nuevo grupo europeo, ya que tanto Polonia como Hungría están empezando a recibir sanciones fruto de la deriva autoritaria en sus países y la constante ruptura de la separación de poderes, entre otras. De forma más reciente, este conflicto se ha visto con la resolución del Tribunal Constitucional de Polonia donde dictaminaba que las leyes del país prevalecen sobre la legislación europea, lo que atenta directamente con la normativa de la UE.

La creación de un grupo en el Parlamento Europeo donde tuviera un papel de liderazgo podría ser especialmente tentador para Marine Le Pen, asediada por la candidatura de Eric Zemmour (que ahora parece desinflarse al tenor de las últimas encuestas) y bajo la sombra de una nueva derrota contra Emmanuel Macron que con toda posibilidad la descabalgaría como líder del RN tras un década de derrotas o victorias parciales.

Otra cuestión es la posición de Matteo Salvini, una de las notables ausencias de esta cumbre. El líder de la Liga no pasa por su mejor momento, con un Hermanos de Italia comandado por Giorgia Meloni (que tampoco ha asistido) que parece haberle superado en las encuestas, erigiéndose como primera opción de voto en el país.

Además, los ultraconservadores, en especial los americanos, siempre han sido algo recelosos con Salvini fruto de su pasado más transversal, mientras que Giorgia es una auténtica ultraconservadora, que incluso militó en la sección juvenil el «Fronte della Gioventù» del neofascista Movimiento Social Italiano-Derecha Nacional.

Así, Salvini ha formado una alianza electoral con Silvio Berlusconi. Aunque en un primer momento Salvini se mostró dispuesto al nuevo pacto de la extrema derecha, también cabe otra posibilidad que sugería inicialmente su alianza con Berlusconi que era arrastrar a la Liga a postulados más moderados y abrirle a Salvini las puertas del Partido Popular Europeo. Es decir, dar un giro al centro y unificar a toda la derecha ante un partido como Hermanos de Italia que le está ganando desde el lado más extremo del espectro.

Además hay ciertos grupos de empresarios muy ligados al actual ministro de Desarrollo Económico, Giancarlo Giorgetti, que puja por este acercamiento al EEP.

Otra llamativa ausencia ha sido la de Alternativa para Alemania. El partido ha demostrado poca vocación por el internacionalismo (con la excepción de la alianza con Jair Bolsonaro hace pocos meses) y la formación se encuentra con serios problemas internos, fruto de sus malos resultados electorales y de las pugnas entre familias políticas, especialmente entre los sectores más moderados y los más afines al neofascismo.

La radicalización del Partido Popular Europeo

Donald Tusk en la reunión del EPP. Autor: EPP, 7/03/2014. Fuente: Flickr (CC BY 2.0).

Una cuestión relevante en el impacto que tendría la creación de un único gran grupo de extrema derecha europea es el impacto que podría tener en el Partido Popular Europeo (EEP).

Actualmente, el EEP debate cual es su formula para el futuro, ya que pese a mantenerse como primera fuerza en el Parlamento Europeo desde los años 90, esta última década ha estado marcada por un constante decrecimiento de su grupo. El EEP ha formado parte ineludible de la arquitectura de la Unión Europea, pactando constantemente con los socialistas y, más actualmente, con los liberales, apostando, con notables excepciones, por posturas moderadas, diplomáticas y de consenso.

Pero el constante decrecimiento empieza a ser un problema para la alianza, que también ha sufrido sus problemas internos.

El más llamativo de estos problemas ha sido la participación de Viktor Orbán, que ha podido desmantelar el Estado de Derecho y convertir a Hungría en una democracia iliberal gracias a la protección que le otorgaba su grupo. Sin duda, toda una mancha en su expediente que fuerzas políticas muy poco simpatizantes con la extrema derecha, como es el CDU de Alemania, tienen que soportar.

Pero esta protección llevó a Orbán a seguir envalentonándose y llevar más lejos sus desafíos. El objetivo era claro: radicalizar al EEP. No en vano, su propio partido, Fidesz, siguió ese mismo recorrido. ¿Por qué no intentarlo también a nivel europeo?

Su cruzada para imponer su visión euroescéptica, antipolítica, ultraconservadora y antinmigración le llevo finalmente a su expulsión del PPE, una cuestión que tendría que haber ocurrido años antes según la mayoría de analistas.

Pero en ese proceso sí consiguió radicalizar en parte al EEP, como por ejemplo en el tema de la inmigración, donde su postura más favorable en 2015 se ha prácticamente igualado con la extrema derecha.

Dentro del EEP hay voces discrepantes: por un lado Silvio Berlusconi ha sido más favorable a una entente con las fuerzas de la derecha radical. El Partido Popular de España también ha tenido una postura favorable a las posiciones más ultraconservadoras (y una gran indulgencia con Orbán), si bien sus malos resultados en las elecciones generales de abril de 2019 les hicieron tomar distancia y protagonizar algunos intentos de ocupar el centro del tablero político.

Otras voces que han sido muy cercanas a la extrema derecha como el canciller Sebastián Kurtz (ahora excanciller, investigado por corrupción) o la CSU alemán, bastante cercana a los postulados de Orbán han declarado que el PPE no debe aliarse con las fuerzas populistas y radicales.

En esta posición destaca la de Donald Tusk, expresidente de Polonia y actual líder del EEP.

Este líder impulsó la expulsión de Orbán y ha sido una voz particularmente crítica con la posibilidad de que los populares se alíen con la extrema derecha. De hecho, siempre ha mostrado una vertiente donde posiciona a los partidos serios (entre los que se incluye) y las formaciones populistas.

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Donald Tusk

Pero estas declaraciones y posicionamientos no quitan la idea que recorre a muchos miembros del EEP, la idea de que el populismo de derechas y el abandono de las viejas formas institucionalizadas sea el futuro de la derecha política.

Algunos países que han formado parte del llamado «cordón sanitario», un pacto no escrito mediante el cual las fuerzas políticas se alían continuamente para aislar a la extrema derecha, como la misma CDU de Angela Merkel, empiezan a tener corrientes internas favorables a hablar con la extrema derecha. Y lo mismo está ocurriendo a nivel europeo.

Esta pelea entre facciones de la derecha institucionalizada y la derecha populista ya se ha visto en EEUU, con una marcada derrota de la derecha institucionalizada que ha llevado por ejemplo a la expulsión por su oposición a Donald Trump a la ex número tres de los republicanos, Liz Cheney. El resto de republicanos más moderados también se encuentran bajo asedio, mientras que los más favorables a Trump y a sus ideas ocupan los principales cargos públicos, con excepciones.

Así pues, estas posiciones no deberían verse como una declaración inmutable de intenciones, sino como una foto del presente que bien podría cambiar rápidamente.

El poder de la unión

Indudablemente, una conclusión que se puede extraer es los múltiples beneficios que esta unión podría traer a la extrema derecha europea.

Convertirse en el tercer o segundo grupo más grande del Parlamento Europeo podría otorgar múltiples ventajas, máxime en este momento de la mitad de la legislatura europea donde se renuevan distintos órganos. Esto podría otorgar a la extrema derecha la presidencia o vicepresidencia de comisiones, algo que ahora les esta vetado por ese mismo «cordón sanitario».

También otorgaría al grupo cierta capacidad de bloqueo, ahora prácticamente nula.

La cuestión es que, a pesar de las declaraciones, reuniones, textos firmados, cumbres, fotografías conjuntas… esta unión ahora mismo sigue sin estar nada clara por las múltiples diferencias entre las formaciones anteriormente citadas. De hecho, los actuales acuerdos alcanzados por la cumbre hablan de un refuerzo de la cooperación y la coordinación de la extrema derecha, sin concretar nada del nuevo grupo político que algunos medios conservadores del este esperaban para estos días.

Ahora la nueva cumbre se celebrará próximamente en España, prevista para el mes de enero, y tendrá como anfitrión a Vox, que se ha convertido en una potente fuerza internacional dentro de la ultraderecha.

Lo que es indudable es que pese a sus diferencias en ciertos campos, la extrema derecha se encuentra unida por buena parte de su corpus ideológico, en campos como la inmigración, la patria, la guerra cultural o su lucha contra la modernidad.

Así, el nacimiento de este nuevo grupo es una opción más que posible, sea en el corto o en el medio plazo.

Y sobre su influencia en Europa, la posición de la derecha tradicional será determinante para saber si este grupo tiene posibilidades para realizar su sueño de transformar Europa en un versión gris, fría y con muchos menos derechos.

Juan Francisco Albert

Director de Al Descubierto. Estudiante de Ciencias Políticas y máster en Política Mediática. Apasionado del estudio y análisis del hecho político, con especial interés en el fenómeno de la extrema derecha, sobre la que llevo formándome desde 2012. Firme defensor de que en política no todo es opinable y los datos, fuentes y teorías de la ciencia social y política deben acompañar cualquier análisis.

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