Cómo responder a tu cuñado negacionista estas Navidades

El año 2021 está próximo a finalizar y, con él, se va un año más de pandemia. Ya hace más de dos años que el SARS-CoV-2 fue detectado en un mercado de la provincia de Wuhan en China y, hoy en día, sigue poniendo en jaque a todo el mundo incluso a pesar de las campañas de vacunación debido a la aparición de nuevas variantes que complican enfrentarse a un virus del que cada vez se sabe más, pero del que todavía queda mucho por descubrir.

Tal y como sucedió con la crisis económica de 2008, que volvió a todo el mundo experto en finanzas y en política, la crisis sanitaria ha originado toda una hornada de potenciales virólogos, epidemiólogos, médicos e investigadores que son capaces de rebatir décadas de estudio y de trabajo con vídeos en YouTube e insospechados canales de Telegram donde «la verdad» es un bien codiciado y escaso, solo en manos de personas privilegiadas que no siguen el rebaño.

Así, a lo largo de 2020, crecieron y se difundieron un buen montón de teorías de la conspiración sobre la pandemia. Desde que el coronavirus había sido creado en un laboratorio chino, pasando por que directamente era mentira o una exageración para justificar medidas dictatoriales, hasta que las vacunas buscaban inyectar en las personas algún dispositivo de control mental. El repertorio es amplio, así que cada cual puede negar el gran problema que significa esta pandemia de la forma que quiera y así mantener su salud mental, su identidad y su superioridad moral a salvo de cualquier ataque.

No obstante, pese a la aparición de la variante ómicron y la consecuente subida de casos en todo el mundo y especialmente en Europa, y pese también a las recomendaciones de la OMS de suspender las celebraciones estas Navidades, estas fechas siguen siendo un punto de encuentro familiar y todo indica que no habrán restricciones al respecto, más allá de apelar a la responsabilidad social.

Datos de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) indican que alrededor del 85% de la población española confía en las vacunas como un medio para detener la pandemia, un 10% más que en la media europea. Solo un 4% de personas se niega en rotundo a ello. Por otro lado, aproximadamente 4 millones de personas no se han vacunado todavía, por diversas razones, sobre un 10%. Por lo tanto, no es descabellado afirmar que el porcentaje de personas negacionistas (de distinto rango, alcance y motivación) puede pivotar alrededor de este 10%.

Esto significa que es bastante probable que, en tus reuniones familiares, alguien sostenga creencias de tipo negacionista hacia la pandemia. No tiene por qué ser necesariamente tu cuñado, pero podría ser tu tío, tu abuela, tu primo… utilizar la etiqueta de cuñado no es más que una licencia artística basada en una cuestión humorística.

Mantener creencias de este tipo no significa que tu cuñado vaya por ahí con un gorrito de plata creyendo punto por punto en todas las teorías de la conspiración hasta convertirse en una especie de sectario como llegó a pasar con las redes de QAnon, al igual que tampoco tiene por qué ser una persona que reniegue de la ciencia, de los datos y/o de las instituciones oficiales. A pesar de la estrecha relación que mantienen muchas de estas conspiraciones con los grupos de extrema derecha, tampoco tiene por qué ser su caso.

No obstante, la posibilidad de que haya caído en varias de las falacias, mentiras y bulos acerca de la pandemia, es alta, y que se apoye en ellas para atacar cualquier postura científica y genere sesudos e insostenibles debates durante la sobremesa (o incluso antes), es también alta, poniendo en jaque las ya de por sí perjudicadas fiestas navideñas.

Si tienes suerte, es posible que, pese a pensar todo eso, decida no sacar el tema. O, si lo saca, sea de esas personas que prefiere escuchar y mantener debates de manera calmada y sosegada, e incluso cercana y amigable, sin intenciones de embarrarse más de lo necesario y enfocándose más en disfrutar de la charla y de la compañía que en intentar pisotear tus argumentos mediante falacias.

Pero, si no tienes suerte, el conflicto estará servido junto al marisco, la ensalada y el cava. Discutir con alguien que se apoya en las falacias de las teorías de la conspiración es similar a los que defienden el discurso ultraderechista: repiten eslóganes y los datos que conocen, pero sin hacer un análisis profundo del conjunto. Se quedan en el detalle y no en la totalidad.

Y, lo más importante, a menudo desafían afirmaciones que, de tan obvias que parecen, a la hora de argumentar te pueden coger con el pie cambiado. El simple titubeo ya es una victoria para alguien que seguramente no te deje ni hablar.

Aunque resultaría muy complicado abordar todas las falacias que escupirá tu cuñado negacionista en la cena o en la comida familiar, aquí van las que seguramente sean las más repetidas y comunes.

Las vacunas son experimentales

El mantra de que las vacunas son experimentales se repite tanto que en la mayoría de entornos negacionistas se da incluso por hecho. Lo cierto es que es una de las creencias más extendidas: que las vacunas se sacaron demasiado rápido, que no tiene sentido que estuvieran disponibles prácticamente un año después de que surgiera el virus y que, por lo tanto, no pueden cumplir con todas las garantías de seguridad. Grupos como Médicos por la Verdad sostienen esta tesis con fuerza.

Así, la campaña de vacunación sería una suerte de laboratorio de investigación gigantesco donde realmente se está probando su eficacia. El hecho de que algunos efectos secundarios hayan surgido después de que se empezara a vacunar también será un argumento que agite tu cuñado negacionista, o que las vacunas basadas en ARNm (como la comercializada por Pfizer) todavía no han sido probadas lo suficiente.

En general, esta postura es un claro ejemplo de hasta qué punto se puede no tener ni idea de cómo funciona un proceso de investigación no ya de una vacuna, sino de cualquier fármaco. Las fases por las que pasa este proceso son las siguientes: exploratoria, preclínica, clínica, revisión regulatoria, manufactura y control de calidad.

Esa «fase experimental» se ubica en la fase preclínica, que es donde se testea la molécula o el principio activo de la vacuna y se comprueba no solo si funciona, sino también su toxicidad y sus efectos secundarios. Una vez superada esta fase, viene la más complicada, que es la «fase clínica», subdividida a su vez en fase I, II y III, que es la que se suele ver en la prensa.

Y es en esta fase donde la vacuna se prueba en miles de personas y se analiza su respuesta utilizando el método científico. Es en la fase III donde se mide su eficacia y su seguridad. La vacuna Sinopharm, la de China, se testeó en 60.000 personas, por ejemplo.

Una vez superadas estas fases, los organismos públicos encargados de asegurarse de que no hay errores en el estudio, como la Agencia Europea del Medicamento (EMA) o la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA) en Estados Unidos, autorizan o no la comercialización de las vacunas o medicamentos. Una vez se distribuyen en la población, se hace un seguimiento por una razón muy obvia: cuando un fármaco se administra de forma masiva, pueden surgir efectos secundarios tan improbables que es posible que no aparecieran en el proceso de investigación.

Y esto pasa con todo tipo de medicamentos, no solo con las vacunas de la COVID19. La patente del ibuprofeno se registró en 1961, fue lanzado por primera vez al mercado en 1969 (en Reino Unido, concretamente) y aprobado por la FDA en 1974. Pues en 2018, unas cinco décadas después, se descubrieron dos nuevos efectos adversos que han sido incluidos en el prospecto. ¿Quiere decir esto que el ibuprofeno estaba en fase experimental? Pues no.

Fases por las que pasa una vacuna antes de salir al mercado. Autor: Ministerio de Sanidad de España. Fuente: Ministerio de Sanidad
Fases por las que pasa una vacuna antes de salir al mercado. Autor: Ministerio de Sanidad de España. Fuente: Ministerio de Sanidad

«Pero es que se aprobó un procedimiento de emergencia para que las vacunas se comercializaran antes», te dirá tu cuñado negacionista. Y sí, esto es cierto: esta aprobación de emergencia ha acortado los tiempos y los trámites para que la vacuna salga al mercado lo antes posible. Sin embargo, tal y como la FDA explica en su sitio web, se deben cumplir unos mínimos de seguridad y rigurosidad que incluyen el haber superado la «fase experimental» con garantías.

Entonces, ¿cómo es posible que las vacunas se hayan desarrollado tan rápido? La respuesta la ofrecen diferentes organismos y profesionales del ámbito científico y se resume en los siguientes puntos:

  • La investigación de las vacunas no parte de cero. Los coronavirus son un viejo conocido para los seres humanos, e incluso ya existe una vacuna para un coronavirus, concretamente para dromedarios. Desde la aparición del SARS (2002) y el MERS (2012), mutaciones del coronavirus que amenazaron con provocar una pandemia como la actual, las investigaciones aumentaron considerablemente. Además, los coronavirus son habituales también en animales. Por lo tanto, no se partía de la nada como si ha sucedido con otros patógenos como el VIH.
  • En ocasiones, una investigación no avanza debido a que las prioridades científicas y económicas son otras. Sin embargo, con la pandemia de COVID19 se ha dado el caso de ser un fenómeno de gran interés debido a que afecta a todos los países del mundo (no únicamente a zonas empobrecidas) y a su capacidad para arrasar con el sistema sanitario y económico de cualquier país. Esto ha provocado que las inversiones económicas hayan sido astronómicas y que las grandes farmacéuticas hayan puesto todo su empeño en encontrar vacunas y tratamientos. Nunca antes se había puesto tanto esfuerzo (y dinero) en resolver una crisis sanitaria.
  • Tecnologías novedosas como las vacunas de ARNm ya habían sido investigadas previamente. Se consideran novedosas porque no habían sido sacadas al mercado anteriormente, pero en modo alguno son nuevas. Lo que se ha hecho es aplicar líneas de investigación y logros ya conseguidos a la lucha contra la pandemia.

En resumen, no solo las vacunas no son experimentales, sino que no existe ningún dato, argumento o fuente que sostenga que esto sea así. De hecho, la propia legislación impide que se utilice a la población como experimento, ya que se exige la superación de la fase clínica para empezar a comercializarse.

El virus fue creado en un laboratorio

Para ciertas personas, como a tu cuñado negacionista, parece que nada grave puede suceder sin que exista una mano negra detrás, como si los hitos históricos fueran cuidadosamente tejidos y todo obedeciera constantemente a la voluntad de un grupo reducido de personas. Y, para estas personas, por supuesto, la pandemia no es una excepción.

Por otro lado, el pensamiento de que un nuevo patógeno ha sido diseñado artificialmente es bastante habitual, pensamiento probablemente alimentado por el cine, la televisión y la literatura. Como añadido, que en Wuhan, lugar donde se identificó el virus por primera vez, esté situado un laboratorio de investigación virológica (el Instituto de Virología de Wuhan) ha dado alas de manera considerable esta creencia. Por supuesto, que el virus apareciera en China, un país hacia el que existe cierta animadversión, tampoco ayuda.

«Esto seguro que es un arma bacteriológica que se les ha escapado a los chinos» o «esto es un virus que han soltado los chinos para destruir la economía global» serán algunas de las frases que dirá tu cuñado negacionista en el caso de que crea que el virus existe. Por «los chinos» se refiere, naturalmente, al gobierno chino, no a los 1.200 millones de chinos, aunque su prejuiciosa manera de referirse a ellos no lo termine de especificar bien.

En primer lugar, es absolutamente ridículo que, de haber creado un arma biológica y soltarla deliberadamente, un país lo haga en su propio territorio, y menos aún con un virus imprevisible y con cierto potencial de mutación. Es decir, al primer país que perjudicó el virus fue China, lo cual escapa a toda lógica. Por otro lado, las primeras vacunas en desarrollarse fueron las de Pfizer y Moderna (Estados Unidos) y después AstraZeneca (Reino Unido). Las de China, Sinopharm y Shinovac, llegaron más tarde, a finales de 2020. Si China hubiera lanzado el virus voluntariamente, ¿no tendría sentido que estuviera en primera posición en la carrera de vacunas y tratamientos?

En segundo lugar, el laboratorio de Wuhan, de bioseguridad nivel 4 (es decir, donde se estudian patógenos sin tratamiento o vacuna con potencial pandémico), no se dedica a la fabricación de armas biológicas, sino precisamente a estudiar el comportamiento de los virus para luchar contra potenciales pandemias. Se ha criticado mucho que una técnica llamada «ganancia de función», consistente en la manipulación genética de un virus para generar un patógeno con funciones diferentes, sea utilizada en este laboratorio por los riesgos que conlleva. De hecho, en 2015, se creó un coronavirus peligroso combinando otros dos y cuyos resultados se publicaron en la prestigiosa revista Nature.

Sin embargo, la comunidad científica insiste en que es «extremadamente improbable» este suceso y, por el momento, la investigación iniciada por Joe Biden, presidente de Estados Unidos, y apoyada por otros países, es inconcluyente al respecto. Científicos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que acudieron al laboratorio han concluido lo mismo.

«Es que la OMS está financiada por los chinos». Mentira. Hasta que Donald Trump le retiró la financiación, China solo aportaba el 2% (76 millones de dólares), estando en el puesto 14 por orden de financiadores, mientras que Estados Unidos aportaba el 16% (893 millones de dólares). Pero hay otra sorpresa: el Instituto Virológico de Wuhan también recibía financiación extranjera: los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) financiaron varios proyectos, entre ellos, el publicado en 2015 comentado anteriormente.

«Bueno, entonces estaban investigando y hubo un escape accidental», te dirá tu cuñado negacionista. Pues bien, todas las pruebas y las evidencias encontradas hasta el momento señalan que el SARS-CoV-2 tiene un origen zoonótico, es decir, que era un virus que solo afectaba a animales pero, en algún momento, se adaptó a los seres humanos, como el 75% de los nuevos patógenos que asaltan al ser humano según la publicación Emerging zoonoses: eco-epidemiology, involved mechanisms and public health implications (2015).

A principios de año, una investigación llevada a cabo por 17 expertos chinos y 17 expertos de diferentes países bajo el paraguas de la OMS durante 14 días en mercados, hospitales, etc. de China concluyeron esto en un informe de unas 120 páginas:

  • Es probable que el virus pasara de un animal a un humano, concretamente un murciélago, aunque bien podría ser un pangolín o un visón. El argumento es que la inmensa mayoría de coronavirus que afectan a humanos tienen origen zoonótico.
  • Es bastante probable que, en ese proceso, existiera un animal intermediario, ya que hay varias diferencias con los coronavirus típicos de los murciélagos. En este sentido se ha señalado que la industria ganadera es un potencial caldo de cultivo para el desarrollo de nuevos patógenos, como en su momento pasó con la gripe porcina o la gripe aviar.
  • Es posible que uno de los primeros vectores de transmisión haya sido a través de alimentos congelados rompiendo la cadena del frío, lo que sucede cuando no se dan las condiciones óptimas de calidad, típicas de los mercados tradicionales como el de Wuhan.
  • Es muy improbable que el virus haya sido fabricado en un laboratorio, por las razones expuestas anteriormente.

En tercer lugar, las investigaciones acerca del genoma del virus concluyeron también que la secuencia genética correspondía a la de un virus de origen zoonótico. Tampoco existen registros en ningún laboratorio del mundo de genomas remotamente parecidos a los del SARS-Cov-2, o que combinados o modificados pudieran dar como origen el virus que hoy en día tiene sometido al mundo entero.

En cuarto lugar, diferentes investigaciones han encontrado en aguas residuales rastros del virus que indican que dos meses antes de explotar la pandemia en Wuhan ya estaba presente en países como Brasil o en ciudades como en Barcelona. Estudios posteriores han situado los primeros contagios en Hubei, capital de Wuhan. Si bien es cierto que la incógnita se mantiene y que solo se sostienen probabilidades, la comunidad científica concluye que el virus circuló durante meses hasta que encontró el contexto apropiado para convertirse en pandemia, lo que disminuye la probabilidad de que fuera un escape accidental de un laboratorio.

Y, para finalizar, el ser humano ha padecido pandemias durante prácticamente toda su existencia sin que estas fueran desarrolladas en un laboratorio. De hecho, aunque es especialmente virulenta, no ha sido la más peligrosa. ¿Por qué esta sí y el resto no? Cogiendo únicamente los últimos cien años: la gripe española (1918-1919), el sarampión (1954), la gripe asiática H2N2 (1957), la gripe de Hong Kong H3N2 (1968), el VIH (1981), la gripe aviar H5N1 (2005), o la gripe A H1N1 (2009), sin contar otras que, por suerte, solo fueron epidemias que no tuvieron gran alcance, como el MERS y el SARS, mencionados anteriormente.

Por supuesto, se han difundido una gran cantidad de bulos sobre supuestos documentos o declaraciones que sostienen la idea de que existe un plan a gran escala para someter al mundo mediante una pandemia (falsa o no), pero son fáciles de desmontar ya que todos ellos son montajes, sin datos o fuentes contrastables.

Las vacunas no sirven para nada

La campaña de vacunación en Europa y en América, aunque especialmente en España, ha avanzado a buen ritmo. De hecho, en España ya hay casi el 80% de la población vacunada con las principales dosis, y la de refuerzo avanza también a una velocidad similar.

Ya sea por falta de información, por la inexactitud de los medios de comunicación o por una combinación de variables, muchas personas tenían en mente que con la campaña de vacunación el fin de la pandemia estaba próximo. No obstante, no ha sido así: las variantes delta y ómicron han puesto en jaque la protección de unas vacunas que siempre oscilaron en un baile de porcentajes poco claro para una mayoría poco acostumbrada a este tipo de vacunas.

«Te contagias igual» va a ser la frase más repetida por tu cuñado negacionista. «Las vacunas no sirven, te contagias igual, nos hemos vacunado y seguimos con mascarilla y con restricciones», dirá. Y, esta vez, lo hará amparado por los datos de la subida de la Incidencia Acumulada, que crece de manera exponencial incluso asumiendo un tremendo infradiagnóstico de los casos debido a la falta de personal en atención primaria para hacer PCRs. Unos datos que, a conveniencia según la premisa, negará o abrazará, en una suerte de disonancia cognitiva elevada a la enésima potencia.

«Ahora una tercera dosis, luego habrá una cuarta, y así las farmacéuticas a llenarse los bolsillos y el gobierno imponiendo la ‘dictadura sanitaria'», podría decir también. Aquí sería conveniente recordar que las vacunas del coronavirus no son las únicas que requieren un refuerzo. Sin ir más lejos, la vacuna de la gripe se recomienda ponerla todos los años incluso a pesar de que no hay riesgo pandémico por el momento. También se ponen refuerzos de vacunas contra el tétanos o la hepatitis.

En primer lugar, los datos son claros: los países donde la campaña de vacunación ha avanzado lo suficiente, los datos de mortalidad y de hospitalización son mucho menores. Por ejemplo, en España, en noviembre de 2020 fallecieron por COVID19 un total de 9.124 personas, mientras que en noviembre de 2021 lo hicieron 474. Pero a lo mejor se puede decir «bueno, pero es que en noviembre de 2021 ha habido menos incidencia».

Sí, es cierto, gracias a las vacunas, pero se puede ver la evolución continuada: a 1 de enero de 2021, se habían producido 54.548 muertes, mientras que hasta en 2021 se han producido unas 88.794. Por lo tanto, el 67,5% de los fallecimientos registrados sucedieron en 2020, y eso teniendo en cuenta que la pandemia no golpeó con fuerza en España hasta mediados de febrero y que la escasez de medios seguramente hizo que se pasaran por alto muchos fallecimientos.

A lo largo de 2021, además, se puede ver cómo la curva de mortalidad se va aplanando a medida que la vacunación aumenta. Desde junio aproximadamente que es cuando se alcanzó el 50% de la población vacunada, hasta hoy, han fallecido unas 7.000 personas. En el mismo periodo de 2020, habían fallecido unas 24.000 personas.

Fallecimientos por coronavirus desde el inicio de la pandemia hasta la actualidad en España
Fallecimientos por coronavirus desde el inicio de la pandemia hasta la actualidad en España

La conclusión es clara: las vacunas previenen de los efectos más complicados de la enfermedad de manera muy significativa, reduciendo considerablemente la mortalidad y la ocupación hospitalaria. Así lo han concluido estudios de países como México y en Estados Unidos, donde la reducción es de entre el 85% y el 94% según el tipo de vacuna. Esto significa que, de cada 10 personas que habrían requerido hospitalización, solo 1 ó 2 lo han necesitado finalmente.

«Hay un alto porcentaje de personas vacunadas en UCI y que además no deja de aumentar», te dirá tu cuñado negacionista. Y sí, esto es verdad, es lo que tiene que casi toda la población esté vacunada: ese 1 ó 2 de cada 10, que estará vacunado, llegará un momento en que ocupe un porcentaje considerable dentro del hospital por una cuestión de tamaño de la muestra. Si el 100% de la gente estuviera vacunada, el 100% de la gente en la UCI estaría vacunada.

Pese a todo, con un 80% de tasa de vacunación, el 70% de la gente ingresada en UCI estaba sin vacunar a principios de noviembre. Por otro lado, es cierto que ese porcentaje está aumentando a pesar de que la tasa de vacunación no lo hace al mismo ritmo, pero se debe a la aparición de la variante ómicron y a que las personas mayores, al ser las que poseen el sistema inmune más débil y las que se vacunaron en la primera tanda, han perdido cierta capacidad de respuesta inmune al virus.

En segundo lugar, sobre el contagio. Hasta la aparición de la variante ómicron, la curva del contagio prácticamente se había aplanado en octubre y en noviembre, llegando a mínimos de una Incidencia Acumulada de unos 40 casos durante varios días. Varios estudios indican que, efectivamente, estando vacunado se puede contraer y contagiar el virus, pero en menor medida: al eliminarse con mayor rapidez, la carga vírica y el periodo de transmisibilidad es considerablemente menor. Por lo tanto, es necesario seguir adoptando medidas de profilaxis para poder contener al virus, especialmente por las personas que quedan sin vacunar.

En conjunto, se estima que una persona no vacunada tiene cinco veces más riesgo de infectarse y diez veces más de hospitalización o fallecimiento.

En tercer lugar, expertos de todo el mundo han avisado por activa y por pasiva que la mutabilidad del virus siempre ha sido un riesgo asociado a la pandemia. Con la variante original, posiblemente el mundo ya hubiera doblegado total o parcialmente el problema. Pero la aparición de la variante delta, mucho más transmisible, y la ómicron, todavía más contagiosa y con mutaciones significativas en la espícula, han llevado al traste los objetivos planteados de la llamada «inmunidad de grupo». Es más, profesionales en la materia ya aseguraron desde el principio que las vacunas serían una poderosa arma, pero no la panacea, debido a las características de este tipo de virus.

En este sentido, también avisan de que lo más adecuado es una vacunación que avance de manera equitativa en todo el mundo. Su previsión se ha cumplido con pasmosa exactitud: las variantes han surgido en países con alta densidad de población, un sistema sanitario deficiente y escasa capacidad de vacunación, como es la India (variante delta) y Sudáfrica (variante ómicron).

Para finalizar, sobre si serán necesarias cuartas o quintas dosis de refuerzo, por el momento los estudios concluyen que tres dosis, especialmente si son de tipos de vacunas diferentes (combinación de AstraZeneca y Pfizer, por ejemplo), tienen un grado de protección alto contra ómicron, una variante con un grado de mutabilidad considerable. Además, aunque la posibilidad de reinfección con ómicron es más alta, también hay datos publicados por la Journal of the American Medical Association que permiten afirmar que las personas vacunadas que han contraído ómicron desarrollan tras recuperarse una inmunidad más sólida.

Además de esto, sobre escenarios futuros aún no hay nada escrito. Hay quien dice que, finalmente, es posible que se necesiten dosis de refuerzo anuales o cada dos años para la población más vulnerable como sucede con la gripe, pasando a ser un virus estacional más. También existe la hipótesis de desarrollar una vacuna lo suficientemente efectiva como para no requerir futuros refuerzos, ya que el grado de mutabilidad se aleja mucho del de la gripe y, con los años, podría convertirse en un simple resfriado.

Sea como fuere, tu cuñado negacionista no tiene razón. Las vacunas sirven. Y mucho.

Los efectos de las vacunas a largo plazo no se saben

«A lo mejor se saben los efectos a corto plazo, pero dentro de cinco o diez años no se sabe qué consecuencias pueden tener las vacunas», puede decir tu cuñado negacionista, sin darse cuenta de que esto mismo se puede aplicar a prácticamente cualquier vacuna o fármaco que salga al mercado.

No obstante, hay una diferencia crucial: un medicamento puede presentar problemas a largo plazo porque su administración puede ser muy continuada en el tiempo. Sin embargo, las vacunas se administran una, dos o tres veces en un corto plazo de tiempo, por lo que la casi totalidad de sus posibles efectos secundarios se producen en los días siguientes, hasta que la composición de las mismas se disuelven y el sistema inmunológico ya ha desarrollado la respuesta esperada.

Además, gracias a que millones y millones de personas se han vacunado en todo el mundo desde hace ya un año, se ha podido hacer un monitoreo de posibles efectos secundarios extremadamente improbables, como son los casos de miocarditis o trombosis, y que responden a los márgenes normales de cualquier principio activo.

Pregúntale a tu cuñado negacionista si se ha leído los efectos secundarios del ibuprofeno, el paracetamol, de antibióticos como la amoxicilina, de la acetilcisteína, de hipnóticos como el lorazepam, de las píldoras anticonceptivas y un largo etcétera.

Al respecto del coronavirus, se están investigando dos efectos muy raros. El alemán Instituto Paul Ehrlich enumera en su informe de seguridad (monitoreado por diferentes agencias como la CDC) son, por ejemplo (y solo en las vacunas de Pfizer y Moderna): la miocarditis, una inflamación del músculo cardíaco, y la pericarditis, una inflamación del pericardio, cuya relación causal aún no se ha aclarado de forma concluyente. Por el momento, en la inmensa mayoría de los casos la recuperación está siendo rápida, pero se está investigando que pueda dejar algún tipo de secuela, aunque todo indica que no.

Si tu cuñado negacionista no confía mucho en estos organismos, quizá conviene recordarle que, en marzo y abril de este año, la campaña de vacunación se paralizó tras detectar los primeros casos de trombosis durante semanas. Curiosa esta conspiración, que ante el menor riesgo se echa para atrás.

Por lo demás, no hay casos documentados de secuelas o efectos secundarios que aparezcan muchos años después. Lo que sí puede suceder es que se descubran años después, como cualquier otro fármaco, como consecuencia de la ampliación de la muestra, lo que resulta difícil con las vacunas contra el coronavirus precisamente porque la muestra ya es muy amplia. Esto sucedió con la vacuna contra la gripe porcina, que se detectaron efectos secundarios años después, pero porque la vacuna se había administrado a poca gente.

Por lo tanto, no tiene ningún sentido desde el punto de vista científico concluir que hay efectos secundarios que de pronto se manifestarán dentro de diez años en las personas vacunadas contra la COVID19.

Las vacunas tienen sustancias nocivas para el ser humano

El espectro negacionista ha atribuido a las vacunas toda una serie de sustancias: desde el grafeno, pasando por microchips, imanes… de todo lo imaginable. Por supuesto, todo esto es mentira. Los aditivos de las vacunas están documentados y se pueden consultar en los sitios webs oficiales como el del CDC en España.

«A saber lo que te meten ahí», te dirá tu cuñado negacionista, sin caer en la cuenta de que eso lo podrías decir de prácticamente cualquier alimento, fármaco o sustancia comestible. La gente de las sociedades democráticas no tiene más remedio que fiarse de los estudios científicos y de los organismos públicos que regulan los productos que luego se consumen y que lo que se puede ver en las etiquetas y en los sitios oficiales es correcto.

Imagen difundida por la plataforma negacionista Leak the Risk
Imagen difundida por la plataforma negacionista Leak the Risk

No obstante, existen organismos y asociaciones independientes, empujados por la sociedad civil, como FACUA en el caso de España, que se dedican también a monitorizar estas cuestiones. En última instancia, con el instrumental adecuado y unas sencillas instrucciones, cualquier persona puede analizar el contenido de un producto del mercado.

Esto significa que, con cierto sentido común, si una vacuna tuviese grafeno, imanes o sustancias venenosas, habría un gran escándalo imposible de ocultar. Es importante transmitir la idea de que «la comunidad científica» no es un grupo secreto en las sombras riéndose a mandíbula batiente. Son muchas personas, grupos, proyectos… independientes, de diferentes países, que replican estudios precisamente con la intención de desacreditarlos o falsarlos. Si la vacuna de AstraZeneca, por ejemplo, contiene arsénico, los creadores de la Sputnik rusa venderían a su familia ante la posibilidad de demostrarlo.

Pero aunque las empresas farmacéuticas pudieran comprar a absolutamente todo el personal científico de todas las compañías del mundo, cualquier estudiante podría analizar la vacuna en el laboratorio de su facultad.

La idea de grandes conspiraciones sobre hechos fácilmente falsables que compromete la integridad de millones de personas es, sencilla y llanamente, imposible. Sociólogos y expertos en psicología social ya calcularon hace años que sostener en el tiempo conspiraciones como las que sostienen que el alunizaje de 1969 no existió no es posible, en modo alguno.

Dicho de forma llana, se necesita que tanta gente calle la boca que la verdad se sabría enseguida. En la Universidad de Oxford, en 2016, incluso elaboraron un modelo matemático que calculaba esta cuestión. Así, calcularon que, para ocultar un hipotético falso alunizaje, se requería el silencio de unas 400.000 personas, por lo que en 4 años todo hubiera salido a la luz. Imagina ahora algo como las vacunas, con millones de personas con capacidad de comprobar por sí mismas qué es lo que contienen.

Por otro lado, no existe hoy en día la tecnología necesaria para meter microchips en algo tan pequeño como una vacuna. Es pura ciencia ficción.

Sin embargo, ha habido sustancias, que sí que está contenida en las vacunas, que han provocado el pánico en algunas personas. Según los datos oficiales, las vacunas contra el coronavirus contienen cuatro tipo de sustancias: antígenos (lo que estimula al cuerpo para producir anticuerpos), coadyuvantes (ayudan a la respuesta inmune), conservantes (eliminan bacterias u hongos que evitan que se eche a perder la vacuna) y estabilizadores (protegen los ingredientes durante el desarrollo de la vacuna).

Gente que no tiene mucha idea del funcionamiento de las vacunas, como tu cuñado negacionista, ha puesto el grito en el cielo con casi todos estos ingredientes, incluyendo el antígeno. «Te meten el virus para que te contagies y eso es la vacuna, para eso me contagio yo», te dirá mientras pela una gamba con devota maestría. Pero tu cuñado negacionista obvia la parte más importante: no te meten el virus, te meten trozos del virus o antígenos menos graves y/o desactivados para que el sistema inmune lo identifique como tal. «Pues eso, te meten el virus», insistirá.

Es importante hacerle entender que no es lo mismo que un ladrón se meta en tu casa con una pistola, a que entre sin pistola, o a que solo entre un brazo del ladrón, o que entre una silueta de cartón que simule ser un ladrón, o que entre un ladrón en silla de ruedas incapaz de andar. Por recurrir a un símil que tu cuñado negacionista pueda entender.

No obstante, una sustancia que ha cobrado importancia por parte de los negacionistas más avispados es el timerosal, un conservante derivado del mercurio, que ha servido para que tu cuñado negacionista diga que «nos meten mercurio en las vacunas», sin saber que el etilmercurio o timerosal no produce la intoxicación característica del mercurio que se encuentra en los termómetros tradicionales y se disuelve rápidamente en el organismo. El famoso bulo que aún circula sobre que las vacunas provocan autismo citan frecuentemente al timerosal, pero todos los estudios realizados hasta la fecha han demostrado que esta sustancia no tiene efectos en el organismo.

El único efecto palpable es a la gente que puede presentar reacciones alérgicas a esta sustancia, lo que ha motivado el desarrollo de alternativas. Por eso se ha ido retirando en varias vacunas desde el año 2001 en favor de otro tipo de conservantes, de la misma forma que sucede con personas que son alérgicas a la penicilina, por poner un ejemplo.

No hace falta mencionar que es absurdo que una sustancia inyectada provoque Trastornos del Espectro Autista (TEA), ya que se trata de trastornos del neurodesarrollo, es decir, tienen su origen durante el desarrollo fetal y los primeros años de la infancia. Es ridículo afirmar que un conservante va a transformar tu estructura cerebral, menos aún de una forma tan compleja y específica que provoque autismo.

En resumen, no, las vacunas no contienen sustancias nocivas para el ser humano y es relativamente fácil conocer sus ingredientes y sus efectos.

Las mascarillas no son buenas para la salud

El rechazo a la mascarilla ha sido una constante dentro del mundo negacionista. La mascarilla ha sido tildada poco menos que de «bozal», un mecanismo para mantener a la sociedad sumisa y complaciente (cuando en realidad resulta tan molesta que altera los nervios más que relajar). Los negacionistas se refieren a ella también como «quitamultas», haciendo referencia a que se la ponen únicamente para evitar sanciones administrativas.

Imagen difundida por negacionistas. Autor: Maldita.es, 01/12/2020. Fuente: Maldita.es (CC BY-SA 2.0)
Imagen difundida por negacionistas. Autor: Maldita.es, 01/12/2020. Fuente: Maldita.es (CC BY-SA 2.0)

El rechazo a la mascarilla ha ido acompañada de multitud de argumentos: que el coronavirus no existe, que es un experimento social, que provocan hipoxia y falta de oxígeno y que así la gente es más dócil… «Con la mascarilla llega menos oxígeno al cerebro y así la gente es más obediente», puede decir tu cuñado negacionista.

Si llega menos oxígeno al cerebro lo más probable es que alguien se desplome al suelo debatiéndose entre la vida y la muerte. Que la mascarilla dificulta un poco el respirar es obvio, pero los pulmones ya se encargan de compensarlo haciendo un poco más de esfuerzo. Al final, al cerebro le llega el mismo oxígeno. Si no fuera así, las consecuencias serían nefastas, e incluso irreversibles. Además, las mascarillas filtran las partículas, pero dejan pasar el oxígeno sin ningún tipo de problema.

El personal sanitario lleva décadas utilizando medidas profilácticas en base al uso de mascarillas y no se ha detectado ningún tipo de consecuencia en su salud.

Pero por si tu cuñado negacionista te sale por algún sitio, puedes acudir todavía a más datos.

El 1 de diciembre de 2020, la OMS desaconsejó el uso de la mascarilla para practicar deporte de alta intensidad durante un largo periodo de tiempo porque ese esfuerzo extra que tiene que hacer el sistema cardiorrespiratorio podría llegar a provocar arritmias o neumotórax espontáneo en un porcentaje muy reducido de la población. No obstante, quien hace deporte al aire libre ha tenido la posibilidad de no usar mascarilla en cualquier lugar del mundo.

Hace unos meses se publicó también un estudio acerca de los plásticos contenidos en las mascarillas y sus posibles efectos adversos por una inhalación continuada. Se llegó a la conclusión de que, como mucho, durante la respiración se podría llegar a absorber el 10% de esos plásticos, lo que teniendo en cuenta la ínfima cantidad de los mismos, el efecto sobre la salud es nulo (entre 0,02 y 27,7 microgramos de plásticos, según el modelo). Las mascarillas más recomendadas, que son las quirúrgicas y las FFP2, son además las que menos residuos generan.

Más allá de eso, las mascarillas pueden provocar acné en la piel por el taponamiento de los poros que provocan la humedad y el vapor que se generan al respirar y al hablar con la mascarilla puesta.

Por otro lado, es importante hacer notar que todos los estudios realizados coinciden en que las mascarillas son efectivas para reducir y prevenir la transmisibilidad del coronavirus. Según todos los organismos nacionales e internacionales de salud pública, el uso de mascarillas es eficaz para evitar el contagio de coronavirus.

Esto se debe a que las partículas del virus se transmiten transportadas por gotículas que son expelidas al respirar, al hablar, al estornudar y al toser y que pueden moverse entre 1 y 2 metros, y que además en espacios cerrados se pueden acumular en el ambiente. Según un estudio de Journal of Hospital Infection, las mascarillas FFP2, quirúrgicas y de tela con filtro, por ejemplo, reducen entre un 83% y un 54% el riesgo de contagio cuando se está más de 20 minutos cerca de una persona infectada en un espacio cerrado.

Un excelente artículo de El País, en base a modelos matemáticos, desarrolló esquemas interactivos que calculan el contagio entre personas en base a variables como la ventilación, el uso de mascarilla, el tiempo de exposición o la actividad que realice la persona contagiada. Las mascarillas son una de las variables más potentes para evitar los contagios.

«El Gobierno no se aclara, primero las mascarillas no servían para nada, ahora sí, ahora no…», puede decir tu cuñado negacionista. Dejando de lado el hecho de que las decisiones políticas no tienen por qué responder únicamente a criterios sanitarios y/o científicos, durante los primeros meses apenas se tenían datos acerca del funcionamiento del SARS-CoV-2, por lo que las instrucciones cambiaban de una semana para otra.

No obstante, a estas alturas, se dispone del conocimiento suficiente que avala el uso de mascarillas. Y, de hecho, cuando un gobierno toma una decisión que no responde a conclusiones científicas, es la propia comunidad científica la que sale a quejarse, como ha sucedido recientemente con la decisión del Gobierno de España de que las mascarillas vuelvan a ser obligatorias en exteriores.

En resumen, en líneas generales, las mascarillas no son nocivas para la salud, y cualquier acusación de hipoxia, que genera hongos, provoca cáncer… o cualquier otra ocurrencia, es falsa y no sostenida por dato alguno.

La gravedad del virus no justifica la «dictadura sanitaria»

Un amplio porcentaje de negacionistas pueden llegar a creer en el virus y en que hay una pandemia, e incluso en las vacunas y en el uso de mascarillas pero, al mismo tiempo, sostener que la gravedad de la enfermedad ha sido sobreestimada por los gobiernos para poder aprobar medidas que restrinjan las libertades y los derechos fundamentales, lo que tu cuñado de Vox negacionista llamará seguramente «dictadura sanitaria» o cualquier otro apelativo grandilocuente.

Esta premisa tiene demasiadas ramificaciones y se sostiene en demasiados bulos como para ir uno a uno, pero se puede ir a cuestiones básicas que hacen que se desmorone rápidamente.

En primer lugar, cuando tu cuñado negacionista habla de la gravedad del virus, hará referencia únicamente a la mortalidad. «Solo muere la gente mayor y con problemas», «los fallecimientos son ‘con’ coronavirus y no ‘por’ coronavirus», «solo fallece el 0,2% de la gente», «la mayoría de la gente es asintomática», y otras lindezas.

El número de fallecimientos documentados de personas que contrajeron el virus en España está a punto de llegar a las 89.000 personas y a nivel mundial a las 5 millones y medio, hay gente de todas las edades y ha sido la primera causa de fallecimiento en 2020. Pero tu cuñado negacionista, además, está ignorando otros parámetros.

Por un lado, que la rapidez de los contagios satura el sistema sanitario, lo que provoca fallecimientos indirectos. Por ejemplo, la detección de cánceres ha disminuido entre un 10 y un 20% según la Sociedad Española de Oncología, y porcentajes similares se manejan en otras enfermedades graves, que en conjunto se han reducido un 40%.

Por otro lado, se estima que 1 de cada 6 personas infectadas desarrollará COVID persistente, esto es, una serie de secuelas asociadas a la enfermedad que todavía no parece tener solución: «niebla» mental, fiebre súbita, retrocesos en las capacidades cognitivas, pérdidas de memoria, cansancio… Se trataría de entre 750.000 y 1.100.000 personas solo en España.

Por último, dejar que el virus circule sin poner medidas para restringir los contagios implica favorecer la probabilidad de que aparezcan nuevas variantes que alarguen todavía más la pandemia, como de hecho ya está pasando con la aparición de delta y ómicron. A esta conclusión ha llegado la Universidad de Duke en Estados Unidos, que ha enfatizado la importancia de contener el virus combinando vacunas y medidas de restricción.

En segundo lugar, a los poderes económicos y políticos, en general, lo que les interesa es que el país funcione. La tendencia general, como se vio en España durante el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero entre 2008 y 2010, es a minusvalorar, ignorar o tergiversar los grandes problemas cuando estos aparecen.

Si los partidos políticos más a la derecha del tablero ideológico son los que más se han manifestado en contra (con excepciones) de las medidas para restringir la actividad económica y social es precisamente porque perjudica sus propios intereses y beneficios económicos, y porque es mucho más popular entre la gente abrir los bares en nombre de la libertad que asumir la responsabilidad de que igual no es lo más adecuado por una cuestión de salud pública.

Dicho de otro modo, confinar a todo el mundo en su causa y adoptar medidas restrictivas es todo un riesgo para la popularidad y el apoyo de cualquier gobierno, especialmente en los países con sistemas representativos, por lo que únicamente se hace cuando existe un motivo lo suficientemente justificado, como es el caso de la pandemia.

Por norma general, los poderes económicos tienden a presionar contra toda medida que pone obstáculos a su beneficio particular, y es por eso que han hecho lo imposible por negar los efectos del cambio climático, de las consecuencias del uso de ciertas sustancias contaminantes, de una inadecuada distribución fiscal o, en la actualidad, de la pandemia de COVID19. No es casualidad que personalidades como Trump, Bolsonaro o Abascal hayan cargado contra las medidas para frenar los contagios y se muestren ambiguos o incluso contrarios al uso de vacunas, mientras, especialmente al inicio de la pandemia, hablaban de «priorizar la economía».

En resumen, cabría preguntarle a tu cuñado negacionista qué gana exactamente un gobierno como el de España, susceptible de ser cambiado mediante el voto, tomando medidas drásticas si no es que se ha dado la peor crisis sanitaria en cien años. O mejor aún: qué gana China confinando de manera estricta y radical provincias enteras de millones de habitantes incluso cuando todavía no se sabía nada acerca del virus.

«Todo es un negocio de las farmacéuticas para hacer dinero», es el as en la manga de tu cuñado negacionista, quien al parecer clasifica la sociedad en buenos y malos. Que la industria farmacéutica es una máquina de ganar dinero con poderosos intereses es una conclusión a la que llega cualquiera que entienda mínimamente el funcionamiento del sistema capitalista. La carrera por obtener fármacos o vacunas (a menudo gracias a la investigación pagada con dinero público) está motivada por la promesa de cuantiosos beneficios económicos a costa de patentes que vigilan recelosamente.

Ahora bien, que la industria farmacéutica tenga su lado oscuro y sus intereses, no le da la razón a aquellas personas que menosprecian la gravedad de la pandemia y que sostienen mentiras y bulos totalmente anticientíficos y magufos. Por muy terrible que pueda ser esta industria, esto no hace que la homeopatía funcione, por ejemplo. O el reiki. O las flores de Bach. O cualquier otra pseudociencia.

Por supuesto, todo lo anterior no implica que no se pueda tener un debate acerca de qué medidas son más o menos adecuadas. Se puede estar en desacuerdo con el uso del Pasaporte o Certificado COVID, de las restricciones al ocio nocturno o de los toques de queda, pero la comunidad científica se encuentra en líneas generales favorable a la aprobación de medidas y recomendaciones que restrinjan la actividad social, especialmente durante los picos de contagios.

Puedes decirle a tu cuñado negacionista que es totalmente normal dudar de las instituciones oficiales y de las grandes farmacéuticas. Honestamente, no son precisamente las adalides de la transparencia, la democracia y la humanidad. Tienen sus intereses, su negocio y a menudo han cometido grandes errores en la gestión, y esto es aplicable a cualquier gobierno.

Y que, por eso, es tan importante que no vengan personas o grupos con teorías conspiracionistas, magufas y pseudocientíficas a utilizar ese descontento para manipularte y llevarte a su propio redil, ya sea vendiéndote un supuesto remedio milagroso o que apoyes según qué discursos políticos que, curiosamente, critican que viven en una «dictadura sanitaria» pero no parecen quejarse tanto de otras dictaduras.

El coronavirus no existe

«El coronavirus no existe, eso es un invento para [insertar motivo random]», es la bala definitiva de tu cuñado negacionista. En general, la gente se prepara para argumentar y debatir casi cualquier premisa, pero el foco se suele poner en aquellos discursos que entran dentro de cierta lógica. Si alguien de pronto afirma que La Tierra es plana, descoloca al interlocutor, lo deja bloqueado y sin argumentos. La sociedad no está preparada para debates que se dan por asumidos. Y en eso reside su fuerza.

Si tu cuñado negacionista es de esas personas que, directamente, lo niega todo, de principio a fin, para sostener tamaña blasfemia seguramente sostendrá muchísimos otros bulos, otras conspiraciones y otras mentiras, como si hubiera montado un puzzle a martillazos al más puro estilo de Homer Simpson. Pero ahí estará, sonriendo, creyendo que es el próximo Einstein mientras saborea champán barato.

En general aquí hay dos opciones. La primera, apelar a la racionalidad y responder poco a poco a las premisas que sostienen la mayor. Puede servir explicar lo tremendamente ilógico e imposible que resulta defender una conspiración que requeriría del compromiso y la mentira de millones y millones de personas de distinta clase y procedencia, que cualquiera puede comprobar, como sucede con el tema de los aditivos de las vacunas. También puede ayudar preguntarle de dónde han salido las 89.000 personas fallecidas, rompiendo de una patada la media estadística de fallecimientos anuales.

La segunda opción es apelar a la emocionalidad. Es muy probable que conozcas a personas que han fallecido por coronavirus, que tengas amistades o familiares que trabajan como personal sanitario, o que a su vez conozcan a personas en estas situaciones. Personas que se encargan de investigar lo que sucede, de cuidar a enfermos, de contabilizar cifras… por lo que quizá es buena idea sacarlas a relucir.

Le preguntas a tu cuñado negacionista de qué murió la abuela de tu amigo, si la pareja de tu mejor amiga que es enfermera en la UCI está también comprada por las farmacéuticas, si tu primo que está de becario en el CSIC no tiene ni idea de lo que ve detrás de su microscopio… seguro que encuentras varios ejemplos. La cuestión es que quede patente que no tiene ningún sentido afirmar que el SARS-CoV-2 no existe, y que es imposible inventarse y sostener una conspiración de ese tamaño.

Si después de todo lo anterior no has conseguido convencer a tu cuñado negacionista, es probable que al menos consigas que no te moleste mucho, que cambie de tema o que suelte alguna sentencia tipo “pues esto es así y ya está”, que normalmente lo dejarán en evidencia.

En el peor de los casos, intentará ridiculizarte y hacer ver que tú eres la persona equivocada y la que no tiene ni idea de lo que dice. Piensa en el discurso negacionista como en una religión: no está pensado para ofrecer soluciones o responder a dudas, sino que se trata de un recurso basado en la emocionalidad para proteger la salud mental y la identidad de quien lo sostiene. La creencia de que uno está en posesión de la verdad y el resto se equivocan porque son unos borregos, en medio de una crisis brutal, de incertidumbres y de respuestas demasiado técnicas, puede llegar ser muy, muy poderosa. Tanto, que admitir una equivocación podría provocar un shock tremendo en la persona. No se debe infravalorar.

Sin embargo, el consejo es mantener la calma y no caer ante las provocaciones ni renunciar a un diálogo sosegado. No se trata de una conversación ajena en redes sociales, sino de tu familia, por lo que probablemente nadie más que tú vaya a tener esa capacidad de influencia sobre tu cuñado negacionista, además de otros familiares o alguna amistad muy íntima.

Por último, recuerda que no es habitual que alguien reconozca en un debate que su interlocutor tiene razón. En muchas ocasiones, las reflexiones y los cambios de parecer se fraguan horas más tarde, durante la noche o incluso con el paso de los días, semanas o meses.

Aunque el tono del artículo ha sido más distendido e informal de lo habitual, más allá del fondo humorístico o sarcástico, ya sea tu cuñado negacionista o tu tío o tu sobrina, la gente puede cambiar y, con humildad, sinceridad y diálogo, es posible lograrlo.

No en vano, el negacionismo y la creencia en conspiraciones genera burbujas y sesgos informativos tan poderosos que la extrema derecha ha encontrado en este campo todo un mundo que explotar. Por supuesto que este tipo de pensamientos no son del dominio de ninguna ideología concreta ni partido político, pero la apropiación del negacionismo hacia la pandemia por parte del discurso reaccionario es palpable y demostrable, y se refuerzan mutuamente.

Esto es muy probable que dificulte responder con datos objetivos, porque ahora, a los intereses de las poderosas farmacéuticas, se suman los del «consenso progre» y los de «las élites globalistas» que quieren imponer un «Nuevo Orden Mundial». Así, tu cuñado negacionista y tu cuñado de Vox, podrían ser la misma persona, una combinación tan peligrosa que ha llevado a verdaderos déspotas al poder y ha generado un aumento de la violencia y de disturbios en varios países.

Ten esto siempre presente cuando quieras dejar su discurso Al Descubierto.

Enlaces y fuentes:

– Foto de portada: Pintada negacionista. Autor: Urci dream, 07/09/2021. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Adrián Juste

Jefe de Redacción de Al Descubierto. Psicólogo especializado en neuropsicología infantil, recursos humanos, educador social y activista, participando en movimientos sociales y abogando por un mundo igualitario, con justicia social y ambiental. Luchando por utopías.

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