Libertarismo y su relación con la extrema derecha

La entrada del libertario Javier Milei hace unos meses en la vida institucional argentina tuvo un gran impacto tanto a nivel nacional como internacional. Y no es para menos, ya que su elección para el Congreso de la Nación de Argentina supuso la plasmación práctica de una estrategia mediática desarrollada durante años.

En el país latinoamericano, afectado por constantes crisis económicas y de deuda y donde la desigualdad material sigue siendo demasiado alta, se vive desde hace años un clima de descontento contra los representantes políticos tradicionales que los libertarios de derecha han sabido canalizar con un discurso fuertemente populista.

Las críticas al Estado y a la corrupción, el rechazo a los impuestos y al gasto público o el uso de términos como libertad y emprendimiento se suman en los debates televisivos y en redes sociales a ataques salvajes contra el feminismo, la “ideología de género”, el progresismo, los “zurdos” y los “comunistas”, conformando un discurso anti-establishment, incendiario y de corte radical que tiene elementos comunes con la nueva derecha radical, «derecha alternativa» o alt-right de cuna estadounidense.

Estas ideas llegaron primero a los jóvenes del país, atraídos por la transgresión e incorrectismo político de Milei, José Luis Espert, Agustín Laje y otras figuras libertarias, hasta ser asumidas por algunos sectores de las clases populares.

El resultado: convertirse en tercera fuerza de la ciudad más grande del país, Buenos Aires, y plantarse como un serio candidato a la presidencia para las próximas elecciones presidenciales del año 2023.

No fue de extrañar que la prensa mayoritaria, expertos y analistas políticos comenzaran a hablar sobre la figura de Milei y de los libertarios, creándose un clima de crispación tras catalogar muchos medios a los libertarios de Milei como “ultraderecha”, “extrema derecha” o “radicales”.

Sin embargo, Javier Milei no navega solo en estas aguas. Las corrientes libertarias de derechas, «libertarian» en inglés y que no tienen una traducción directa al castellano que se ciña estrictamente al concepto al que hace referencia (ya que «libertario» suele ser sinónimo de anarquista, si bien suele usarse el término «libertarismo»), ya sea desde el anarcocapitalismo (o libertarismo de mercado) o desde el minarquismo, parece haber irrumpido con fuerza, especialmente entre la gente joven, en buena parte de América y de Europa.

Economistas y profesionales de otros ámbitos como Juan Ramón Rallo (Instituto Juan de Mariana, Atlas Network), Ruben Gisbert (Junta Democrática) o Jano García (El Liberal), se unen a influencers como Wall Street Wolverine, Spanish Libertarian o Libertad y lo que Surja para transmitir un mensaje de supuesta rebeldía contra todo lo considerado de izquierdas y autoritario en el ya clásico discurso contrario a los impuestos, a las regulaciones económicas y a cualquier legislación que consideren que atenta contra la libertad individual, al tiempo que comparten muy buena parte de la agenda cultural de la «derecha alternativa».

Así, el crecimiento de una serie de ideas que parecían estar siendo desterradas a raíz de la crisis financiera de 2008 (que precisamente vino motivada en parte por la laxitud y la falta de transparencia en cuestiones económicas), parecen haber sufrido cierto auge. Desde estas posiciones, el rechazo a ser definidos como de extrema derecha o de derecha radical es claro, alto y conciso. Para ellos, la extrema derecha es sinónimo de dictadura totalitaria, y al fin y al cabo lo que promueven es la «libertad».

Sin embargo, sus detractores más acérrimos los sitúan sin miedo en la extrema derecha o los ponen debajo del mismo paraguas del discurso más trumpista o de cualquier otro partido político de la denominada nueva derecha radical (Vox, Alternativa para Alemania, Reconquista!, etc.).

¿Qué postura es la más razonable? Corresponde, en primer lugar, hacer un repaso a fondo de todos los elementos de la ideología «libertariana» y contraponiendo las premisas y los argumentos de uno y otro lado.

Qué es el libertarismo y qué defiende

El libertarismo es un movimiento político derivado de una de las corrientes filosóficas y políticas más importantes de la historia política: la corriente liberal. Concretamente, los libertarios (entendiendo este concepto desde el mundo anglosajón) son algo así como la expresión más radical del liberalismo político, y a pesar de que sus planteamientos teóricos no lo contemplan explícitamente, en la práctica se encuentran en ellos vestigios de posturas conservadoras o incluso reaccionarias.

El liberalismo surge en el mismo génesis de la Revolución Francesa, se fragua a lo largo del siglo XVIII en la época de la Ilustración y se desarrollaría ampliamente durante el siglo XIX. A través de varias revoluciones liberales en Europa, el sistema capitalista y los sistemas de democracia liberal se fueron implantando, sustituyendo paulatinamente el feudalismo, retirando los poderes de las clases nobles y del clero y poniendo fin al sistema estamental (y, por extensión, al absolutismo monárquico).

Las corrientes liberales de la época defendieron, por lo tanto, la libertad individual en detrimento al tamaño del Estado, la igualdad ante la ley, y una reducción del poder del Estado y el libre mercado; y el derecho de propiedad, la libertad de asociación, de religión, de expresión y prensa, en líneas muy generales. Estas filosofías motivaron no solo la Revolución Francesa y las revoluciones siguientes, sino también las revoluciones en América, incluyendo la Constitución de Estados Unidos después de su independencia de Gran Bretaña en 1783.

Más tarde, las corrientes liberales se desarrollarían de forma independiente en Europa y en América. En Europa, se desarrolló la corriente liberal-conservadora en oposición a los movimientos progresistas, mientras que en Estados Unidos las teorías del liberalismo clásico fueron reinterpretadas dando lugar al libertarismo, aunque ambos lados del charco confluirían en algunos puntos, como en el desarrollo del neoliberalismo (Escuelas de Austria y de Chicago, respectivamente). Es por esto que el término liberal en Estados Unidos tiene un matiz progresista, mientras que en Europa es al contrario.

El movimiento libertario surge oficialmente en el año 1971, momento en el que Murray Rothbard, teórico libertario discípulo de Ludwig Von Mises y Ayn Rand, funda el Partido Libertario en Estados Unidos. Este partido, a pesar de su poca importancia política y electoral, sentó las bases para que se desarrollaran una serie de ideas y partidos de inspiración libertaria a lo largo del mundo.

Fotografía de Murray Rothbard, referente y creador del Partido Libertario de EEUU, en medio de una clase. Autor: LvMi, 24/04/2006. Fuente: Wikimedia Commons  (CC BY 3.0)
Fotografía de Murray Rothbard, referente y creador del Partido Libertario de EEUU, en medio de una clase. Autor: LvMi, 24/04/2006. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY 3.0)

Sin embargo, el libertarismo en Estados Unidos se desarrolló en una corriente propia, el paleolibertarismo, que mezcla rasgos del paleoconservadurismo (que tiene como máximo autor intelectual al filósofo y escritor Paul Gottfried) y del libertarismo, en una suerte de mezcla de agenda conservadora en el aspecto social y ultraliberal en lo económico). En ambos casos, la oposición al neoliberalismo y a la llamada «Vieja Derecha» eran una realidad, buscando una «derecha alternativa».

A través de Paul Gottfried (y otros autores), el paleolibertarismo y el paleoconservadurismo entraron en los años 60 y 70 en contacto con Alain de Benoist, creador del think tank GRECE y autor de La Nueva Derecha (1981), y entre todos, constituyen el antecedente más moderno de la nueva derecha radical, pues tenían varios puntos en común: buscar la aceptación de posturas radicales de derecha a través de la asimilación social y cultural de ciertos postulados.

Para ello, se basaron en el escritor y autor marxista italiano Antonio Gramsci y su concepto de hegemonía cultural, no en vano, se llamaron a sí mismos «gramscianos de derechas». Estos mismos entraron también en contacto con el ruso Alexander Duguin, autor de La Cuarta Teoría Política (2009) y máximo exponente del «nacionalbolchevismo» o «nazbol», una mezcla de ideas comunistas en lo económico y conservadoras en lo social.

¿Qué guardan en común el libertarismo americano, la nueva derecha europea y el nacionalbolchevismo ruso? Los elementos conservadores aplicados a las cuestiones socioculturales, es decir, la llamada agenda cultural: valores, ideas, creencias…

A partir de la crisis del 2008 y la puesta en cuestión de la hegemonía neoliberal, el movimiento libertario ha ido ganando fuerza internacionalmente, y en muchos países se han convertido en una opción política de enorme relevancia, ya sea electoralmente, como ocurre en Argentina de la mano de Javier Milei y La Libertad Avanza, o en cuanto a su capacidad de influir en el debate político y público, como ocurre en algunos países de tradición anglosajona.

En Estados Unidos, la personalidad libertaria más conocida fue Ron Paul, del Tea Party, uno de los primeros intentos de las élites económicas y políticas de reinventar el discurso ultraconservador. Ron Paul llegó a presentarse a las primarias del Partido Republicano en 2008 y en 2012, sin éxito.

En este contexto, surge la «derecha alternativa» o alt-right, un movimiento que aúna los elementos anteriores en una estrategia y un discurso muy similares, que consiguieron capitalizar el descontento aprovechando el potencial de Internet. La alt-right como tal no nació en un think tank (aunque existieran laboratorios de ideas que sentaron algunas bases antes, como GRECE o Atlas Network), sino en foros de Internet como 4chan y medios difusores de «fake news» como Breitbart News (por donde pasó el exasesor de Donald Trump, Steve Bannon) o Radix Journal (del supremacista blanco Robert B. Spencer).

Se trata así de un movimiento político y cultural surgido en los EEUU y Canadá que recoge a una serie de movimientos e ideas políticas que plantean una alternativa a la derecha tradicional, al progresismo y al «globalismo». De ahí, saltó rápidamente a Europa, donde tanto partidos tradicionales de extrema derecha como otros de nueva cuña se aprovecharon de sus métodos para implantar las mismas estrategias. Donald Trump en Estados Unidos fue el máximo exponente de esta alt-right, pero también es ejemplo de ello Alternativa para Alemania o La Liga de Italia.

Vox en España adoptó los mismos principios acercándose a estos espacios a través de las redes tejidas entre la derecha española y estadounidense por José María Aznar y la Fundación FAES (asociada también a la Atlas Network), siendo Rafael Bardají el principal nexo en común. Así, tanto Santiago Abascal como otros representantes políticos de la formación ultraderechista, como el polémico Hermann Tertsch, han estado el a CPAC, la convención conservadora más importante de Estados Unidos.

En sí mismo, el propio libertarismo es un conjunto de ideas, desde los que niegan en rotundo la existencia del Estado como son los anarcocapitalistas o «ancaps», hasta los que admiten que es necesario para cuestiones mínimas (minarquistas), y los que asumen una agenda más o menos conservadora. Por lo tanto, a menudo sus planteamientos políticos son difusos, no existiendo un consenso muy definido en algunos puntos, como es en la inmigración.

Para los libertarios, la libertad es siempre individual, absoluta, y por tanto ahistórica. La sociedad es un invento, no existe materialmente, simplemente es una construcción ideológica impuesta por determinadas ideologías políticas del “marxismo cultural”, lo que comúnmente entendemos como sociedad no es para ellos otra cosa que un conjunto de individuos agrupados.

Su ideario no concibe ni la idea de bien común ni algún concepto de interés general. Hablar en términos de búsqueda de un beneficio común es para ellos una forma de opresión al individuo. Solo entienden el mundo en términos de intereses individuales, ya que los individuos, como sujetos autónomos y racionales, buscan constantemente maximizar sus beneficios en base a sus deseos egoístas.

Su concepto de libertad, según la diferenciación propuesta por el teórico liberal Isaac Berlín, responde al más puro sentido negativo del concepto: libertad entendida exclusivamente como ausencia de coacción. Por este motivo, los libertarios justifican teóricamente sus ideas y concepto de libertad en base a dos principios: el “principio de no agresión” y el “principio de voluntariedad”.

El primero, en palabras del propio Rothbard, conlleva que “ningún hombre o grupo de hombres puede agredir el cuerpo o propiedad de otra persona”. Es una postura moral que deslegitima cualquier uso de la violencia contra otra persona, aunque señalan una excepción: el uso de la fuerza defensiva. Es en parte por esto que desde el libertarismo se defiende el derecho a portar armas.

El segundo, el principio de voluntariedad, procede de la filosofía voluntarista, y está fuertemente relacionado a la cuestión de la coacción. De manera resumida, los libertarios conciben que son voluntarios los actos deliberados que no son resultados de la coacción, entendiendo que las acciones coercitivas son aquellas en las que una persona utiliza a otra a través del uso de la violencia o de la amenaza de algún mal grave y creíble.

Debido a todo lo anterior, el libertarismo defiende la meritocracia como forma de escalar socialmente y deshacerse de posibles desigualdades, un Estado minoritario (o nulo) que no intervenga en ninguna esfera del individuo y acuerdos totalmente libres en lo que se refiere a las relaciones laborales y/o económicas, entre otras cuestiones.

Su iconografía más reconocible es la Bandera de Gadsen: una serpiente cascabel enroscada sobre sí misma sobre fondo amarillo, junto al lema Don’t tread on me. Esta bandera pertenece a la historia estadounidense, utilizada tanto a nivel territorial como políticamente. En la década de los 70 comenzó a ser utilizada por el movimiento libertario. En 2009 fue empleada por el Tea Party y, en la actualidad, también es agitada desde grupos supremacistas de extrema derecha.

Bandera de Gadsen, símbolo apropiado por el libertarismo
Bandera de Gadsen, símbolo apropiado por el libertarismo

La corriente más anarcocapitalista emplea una bandera aurinegra, dividida en dos con una línea diagonal de esquina a esquina con una parte negra y otra amarilla, en imitación a la iconografía anarquista. A veces también se han empleado las dos conjuntamente.

En los partidos políticos libertarios, es común ver una antorcha sostenida por una mano.

En guerra constante contra el Estado y los derechos sociales

El libertarismo centra toda su teoría en la defensa de los derechos individuales, que, según Murray Rothbard, no son otra cosa que los derechos de propiedad: vida, libertad y propiedad privada. La triada libertaria.

Por ende, se oponen a cualquier derecho positivo, es decir, los derechos que no buscan imponer deberes de abstención a los individuos (no matar, no robar, no discriminar…) sino que buscan ofrecer algún tipo de prestación a favor de estos.

Algunos de estos derechos positivos serían los derechos sociales, como, por ejemplo, el derecho a una educación gratuita y universal, el cuál rechazan debido a que su mera existencia supone para ellos diferentes tipos de coacciones, tales como la obligatoriedad de los padres de matricular a sus hijos a una determinada edad, la imposición de un programa de estudios concreto o la necesidad de financiación vía impuestos.

Otros derechos sociales a los que se oponen serían los conocidos como derechos del trabajo (jornada laboral determinada, salario mínimo establecido, convenios colectivos y sectoriales, vacaciones pagadas…) o los derechos de vivienda (regulación del precio de la vivienda, persecución de la especulación inmobiliaria, construcción de vivienda social…).

Un manifestante libertario sostiene la Bandera de Gansden, uno de los símbolos libertarios más reconocidos. Autor: Gage Skidmore, 22/03/2010. Fuente: Flickr.com (CC BY-SA 2.O)
Un manifestante libertario sostiene la Bandera de Gansden, uno de los símbolos libertarios más reconocidos. Autor: Gage Skidmore, 22/03/2010. Fuente: Flickr.com (CC BY-SA 2.0)

El libertarianismo rechaza todas las anteriores medidas al considerarlas injerencias en el mercado y la libertad de las personas, dejando tanto el “mercado de trabajo” como el “mercado de la vivienda” al libre albedrío de los individuos.

De este modo, según las premisas libertarias, el salario y las condiciones de trabajo quedarían fuera de cualquier regulación, debiendo ser negociadas individualmente entre el empleador y el empleado: ambos serían libres de aceptar o no aceptar el acuerdo al que lleguen.

Sus planteamientos radicales alrededor de la libertad hace que hechos objetivos como las posibles condiciones materiales o de necesidad del empleado o las relaciones de poder existentes entre ambos queden fuera de consideración;. Siempre considerarán que ambos se encuentran en el mismo plano de igualdad como sujetos libres.

De igual forma, la vivienda, como derecho absoluto del propietario, queda fuera de cualquier normativa o restricción, por lo que una persona, jurídica o física, puede disponer de su propiedad de la manera que considere.

Esto posibilita a que empresas o individuos tasen sus propiedades con los precios de alquiler o venta que ellos deseen, independientemente de que estos precios sean abusivos con respeto a su valor de mercado o con respeto a las condiciones materiales de la sociedad.

Por los anteriores motivos, el Estado, como ente conciliador de derechos individuales y sociales, se convierte en la institución más peligrosa y coercitiva para los libertarios, y su postura, de manera mayoritaria, pasa por una limitación completa de cualquiera de sus organismos y funciones.

Según ellos, a lo largo de la historia, los Estados han violado, y violan, sistemáticamente todos los derechos de los individuos a través de diferentes fórmulas: utilizando la violencia directa o indirecta, esclavizándolos, mandándoles a campos de concentración o simplemente robando el fruto de su trabajo para su propia financiación.

Esta concepción negativista del Estado desemboca en unos planteamientos extremos, llegando el movimiento libertario, al igual que algunos autores neoliberales como el economista austríaco Friedrich Von Hayek, a realizar una equiparación entre los Estados fascistas, comunistas y de Bienestar europeos: todos ellos serían igualmente totalitarios al disponer de métodos coercitivos, ya sean campos de concentración, gulags o figuras fiscales.

Por ello, autores libertarios como Nozik consideran que la única potestad legítima del Estado debe de ser garantizar la seguridad de los individuos ante los abusos de poder, el robo, el fraude, o el incumplimiento de los contratos por parte de otros.

Otros autores libertarios más radicales incluso rechazan estas atribuciones, considerando que, hasta la justicia, los sistemas penitenciarios o servicios de seguridad deberían de ser privados y funcionar bajo reglas de mercado, como sería el caso del anarcocapitalismo.

Según estos planteamientos teóricos, llevados al debate público por muchos libertarios, las cárceles deberían ser gestionadas por normas y entes privados y tendrían que competir las unas con las otras bajo criterios de eficacia o eficiencia, mientras que los ciudadanos deberían contratar sus propios sistemas privados de seguridad para garantizar su propia protección y seguridad.

En resumen, para los libertarios el mundo debe funcionar exclusivamente bajo las normas y principios del mercado, que sería la mejor institución a la hora de distribuir bienes, recursos y servicios, y dentro de las lógicas del sistema de producción capitalista, que sería el sistema más eficaz y eficiente conocido, así como el único garante de la libertad de los individuos.

¿Son los libertarios neoliberales?

Uno de los argumentos más comunes entre los libertarios es defender que ellos son simplemente liberales, y que, como consecuencia, sus posturas políticas no solo solo serían completamente legítimas y lógicas, sino que serían las únicas que garantizan realmente la libertad de los individuos. Para el libertarianismo, por lo tanto, los verdaderos liberales en la actualidad, los herederos de la tradición que configuró el mundo moderno durante la Revolución Francesa, son ellos. La derecha conservadora actual habría pervertido esos valores y, a sus ojos, podrían no diferenciarse mucho de un marxista o un socialdemócrata.

Por otro lado, cuando comúnmente se menciona la palabra neoliberalismo enfrente de un libertario, este señala que no existe tal cosa, y que dicha expresión es un invento del «marxismo cultural» y del progresismo para demonizar las posturas liberales neoclásicas.

La realidad y los procesos históricos son tozudos con las posturas ideológicas, y este caso no es diferente: el libertarismo es una ideología diferente al liberalismo clásico, y el neoliberalismo existe y también es diferente al movimiento libertario. Al menos esta es la conclusión mayormente aceptada dentro de los estudios en materia de Historia, Economía, Sociología y Política.

Entonces, ¿cuál es la diferencia?

La primera diferencia es clara, y tiene que ver con una simple cuestión histórica: el liberalismo es un conjunto de planteamientos filosóficos-morales proveniente del siglo XVII, mientras que el libertarismo es una ideología política puramente del siglo XXI. Es decir, la primera diferencia es puramente contextual, es decir, no se pueden entender sin los hechos históricos que la rodean. Por el mismo motivo, al fascismo moderno se le denomina neofascismo.

El liberalismo clásico tiene como principal precursor a John Locke, autor inglés del siglo XVII, respondiendo su surgimiento a la necesidad de defender los derechos individuales de los individuos ante los poderes absolutistas de la Monarquía y la Iglesia. Por otro lado, el libertarismo es un conjunto de ideas surgidas en el siglo XX y que estalla en el siglo XXI, cuyo objetivo principal es la eliminación o reducción del Estado y la defensa absoluta del mercado y del capitalismo.

La libertad guiando al pueblo, obra artística que representa la Revolución francesa y sus 3 principios: igualdad, libertad y fraternidad.
La libertad guiando al pueblo, obra artística que representa la Revolución francesa y sus 3 principios: igualdad, libertad y fraternidad.

Por tanto, y como segunda diferencia fundamental entre ambas se encuentran sus posicionamientos respecto al papel del Estado:

Los liberales clásicos defienden la existencia de un Estado con poderes limitados, siendo este necesario según ellos para garantizar la seguridad y libertad de los individuos. Adam Smith, autor de La riqueza de las naciones (1776) considerado el padre del sistema económico moderno, defendió incluso la existencia de unos mínimos servicios públicos y sociales sostenidos por el Estado e incluso cierta intervención estatal. Los libertarios, en contraste, plantean que la mera existencia Estatal imposibilita dicha libertad y seguridad, por lo que proponen su reducción al mínimo e incluso su completa disolución.

La tercera diferencia que tiene que ver con a la idea de igualdad.

Los liberales clásicos defienden una concepción de la igualdad como igualdad ante la ley, muy parecida a la que plantean los libertarios, quienes a pesar de que en la práctica defiendan discursos conservadores o reaccionarios argumentando que existen desigualdades «naturales», estos deben ser considerados como iguales ante la ley.

La diferencia principal emerge cuando se habla del igualitarismo, el pensamiento que plantea que son necesarios ajustes sociales y estructurales para combatir la desigualdad entre los individuos y grupos sociales más allá del plano meramente legal, puesto que las desigualdades no existen únicamente en disposiciones legales, sino que son asumidas por la sociedad de forma estructural y traspasadas de generación en generación a través de los procesos de socialización y determinados valores, como es el caso del racismo o del machismo.

Y es que, como es lógico, aprobar una ley no implica automáticamente que una determinada desigualdad desaparezca. La igualdad formal es una condición, pero no garantiza por sí sola la igualdad real.

En este sentido, el liberalismo clásico fue evolucionando y la doctrina liberal fue incorporando ciertos elementos sociales en favor del igualitarismo. Esta evolución sucede debido a que el liberalismo clásico no es antropológicamente ni filosóficamente contrario a la profundización de la idea de igualdad, lo que sí ocurre con la doctrina libertaria, que únicamente entiende la igualdad como igualdad ante la ley.

Así, autores liberales como John Rawls, Bruce Ackerman, Ronald Dworkin o Jurgen Habermas, quienes defienden un sistema capitalista de libre mercado, la propiedad privada de las personas y una concepción individualista de la sociedad, en definitiva, que son autores puramente liberales, introducen teorías como la “justicia distributiva” o la “igualdad de recursos” para tratar de lograr un equilibrio necesario entre igualdad y libertad.

Es por eso (entre otros motivos) que la derecha liberal actual, como pudiera ser la Unión Demócratacristiana de Alemania (CDU), o incluso la derecha conservadora, como el Partido Popular (PP) en España, es considerada por el movimiento libertario como formaciones socialdemócratas, falsos liberales, vendidos al marxismo cultural, etc.

En segundo lugar, a pesar de que el discurso libertario diga lo contrario, el neoliberalismo es una realidad científica e histórica

Según David Harvey, uno de los estudiosos del neoliberalismo más reconocidos del mundo, el neoliberalismo es “ante todo, una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y las libertades empresariales”.

Esto se desarrolla “dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercado libre y libertad de comercio”, donde “la desregulación, la privatización y el abandono por el Estado de muchas áreas de provisión social han sido generalizadas”.

Margaret Thatcher junto a Ronald Reagan en 1987, los 2 políticos pioneros en implantar el neoliberalismo en occidente. Autor: Levan Ramishvili, 20/12/2019. Fuente: Flickr.com
Margaret Thatcher junto a Ronald Reagan en 1987, los 2 políticos pioneros en implantar el neoliberalismo en occidente. Autor: Levan Ramishvili, 20/12/2019. Fuente: Flickr.com

El neoliberalismo surge como reacción a la hegemonía del llamado Estado del Bienestar, buscando limitar el papel del Estado en áreas sociales y cercando su ámbito de actuación a áreas exclusivamente económicas. Surge en un contexto donde las políticas de intervención económica y de expansión de los servicios públicos iniciadas en Estados Unidos en los años 30 de la mano del denominado New Deal, con el economista John Maynard Keynes detrás (motivo por el cual se denominó economía keynesiana) se topa con las crisis del petróleo de los años 70, lo que lleva a una pérdida de popularidad del modelo económico socialdemócrata.

Así, esta nueva política económica se apoyó en las Escuelas de Austria (Hayek) y Chicago (Friedman, los Chicago Boys), aunando conservadurismo y políticas de privatización de servicios, recortes presupuestarios, reducción fiscal para las clases altas y una suerte de capitalismo de estado que se reflejó en gobiernos como el de la dictadura militar Augusto Pinochet en Chile (considerado el laboratorio de pruebas del neoliberalismo), en el gobierno de Ronald Reagan en EEUU (1981 – 1989) y en el de Margaret Tatcher en Reino Unido (1979 – 1990).

A pesar de ser muchas más, son dos las diferencias principales entre neoliberales y libertarios:

Primero, los neoliberales defienden un “estado reducido” mientras que los libertarios abogan su abolición o su reducción a la mínima expresión. Para los neoliberales el Estado debe convertirse en un actor social más (sigue siendo necesario para ciertas lógicas de mercado), mientras que los libertarios consideran que este no tiene valor alguno.

Segundo, los neoliberales son antiigualitaristas al igual que los libertarios, pero, a diferencia de estos, no son reaccionarios. Esto quiere decir que los neoliberales van de la mano del movimiento y de la corriente neoconservadora o «neocon», mientras que el libertarismo ataca este concepto de neoconservadurismo y busca ir todavía más lejos.

El neoliberalismo sería el programa económico, social y político adoptado por la gran mayoría de partidos políticos de derecha conservadora en Europa y en América, e incluso algún que otro socialdemócrata. Esto se vio especialmente tras la crisis del año 2008, cuando se impulsó desde «la troika» Europa (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) un paquete de medidas basado en el ajuste presupuestario, la subida de impuestos y la privatización de servicios.

Desde prácticamente todas las corrientes del libertarismo, la oposición a este tipo de políticas ha sido clara, erigiéndose como una tercera vía frente al progresismo y la derecha tradicional. Lo cual recuerda bastante a la extrema derecha.

¿Se puede considerar el libertarismo bajo el paraguas de la extrema derecha?

Cuando se afirma que un determinado partido, movimiento o discurso son ultraderechistas se hace referencia a que cumplen una serie de características y se insertan en un contexto histórico determinado.

Estas características son claras y evidentes en la teoría, pero en la práctica identificarlas se convierte en una labor mucho más compleja, y es que normalmente suelen ser camufladas por una serie de estrategias discursivas o de falacias cuyo objetivo es tratar de transformarlas en ideas aceptables para la sociedad.

En la teoría, los libertarios, a pesar de sus posturas radicales en cuanto a los aspectos económicos, sus enfoques en favor de la libertad, su rechazo al autoritarismo, su persecución de la igualdad (aunque sea bajo su propia idea de igualdad), podrían alejarles a priori de los espacios copados por la extrema derecha. En todo caso, se les podría tildar de «liberales radicales» o algún otro epíteto similar.

Sin embargo, ningún análisis riguroso puede desapegarse del resto de ámbitos en los cuales se desarrolla una determinada teoría política. Es decir, no solo hay que considerar el aspecto económico, sino también el social y el cultural. Y no únicamente la teoría, sino las consecuencias de la puesta en práctica y el propio contexto sociohistórico en el que se desarrollan.

Teniendo en cuenta esta premisa, existen muchos elementos en común entre el libertarismo y la nueva derecha radical, hasta el punto en que resultan prácticamente indivisibles uno del otro.

Miembros de la altright durante la marcha de Charlottesville; se observan banderas confederadas, nazis y libertarias. Autor: Anthony Crider, 12/08/2017. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY 2.0)
Miembros de la altright durante la marcha de Charlottesville; se observan banderas confederadas, nazis y libertarias. Autor: Anthony Crider, 12/08/2017. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

En primer lugar, la ultraderecha suele presentar unas tácticas discursivas populistas, es decir, se presentan como los verdaderos representantes y defensores del pueblo en contra de las élites políticas, de un establishment, mientras que la derecha tradicional opera dentro del marco institucional y forma parte del juego político.

La construcción populista de la ultraderecha, a diferencia de otras de izquierda o liberales, viene fuertemente marcada por su pensamiento ultranacionalista, donde el etnonacionalismo es el eje central y donde impera un discurso antipolítico y de ataque y degradación constante de las instituciones y de la administración pública.

Esto hace que la ultraderecha se presente como una fuerza antipolítica, esto es, no llega a acuerdos con otras fuerzas institucionales, rechaza cualquier medida o política pública que no sea suya o venga influida por su ideario y critica tanto a la élite política como a la política en general. El objetivo de la extrema derecha en las instituciones, y que se puede ver en cualquiera de sus corrientes, es romper las reglas del juego político y marcar su agenda mediante discursos, decisiones y propuestas que, más que construir, buscan la destrucción del adversario, la degradación del debate político y la erosión de las instituciones.

En segundo lugar, si la derecha tradicional es conservadora o neoconservadora, es decir, reacia al progreso social acelerado y favorable a defender ciertos valores tradicionales, la ultraderecha es ultraconservadora, tradicionalista y reaccionaria. Esto significa que se opone radicalmente a cualquier movimiento progresista y busca defender unos determinados valores históricos tradicionales: no desean conservar lo que hay, sino destruir los consensos ya establecidos y volver atrás en el tiempo.

Por ese motivo, la nueva derecha radical busca realizar lo que denominan como batalla cultural contra el progresismo, rechazando, criticando y combatiendo al feminismo, al antirracismo, a los movimientos LGTBI+ y a las ideas cosmopolitas, siguiendo la herencia marcada por Alain de Benoist y los autores afines a la Nueva Derecha.

En tercer lugar, la derecha tradicional no utiliza argumentos pseudocientíficos, no es anti-intelectual ni tampoco conspiracionista. Con ciertas excepciones, intenta moverse en unos márgenes aceptables. Puede que rechace ciertos planteamientos en un principio, o discrepe en la forma de hacer frente a ciertos problemas, pero no se apoyará en teorías de la conspiración ni en negacionismos absurdos. La ultraderecha por otra parte si lo es, y su discurso político suele estar conformado y se difunde a través del uso de teorías de la conspiración, «fake news» o tergiversaciones y datos falsos.

Por otro lado, antes de continuar, es evidente señalar que, aunque la extrema derecha es afín al autoritarismo por parte del empleo de las herramientas del Estado, no es igual en todas las corrientes de este lado del espectro. Por ejemplo, el fascismo es totalitarista y corporativista. Sin embargo, la alt-right suele adoptar el modelo de democracia iliberal. En lo económico, hay una enorme variedad: por ejemplo, Vox mezcla propuestas neoliberales y ultraliberales; el Partido del Progreso de Noruega se acerca más al libertarismo.

Por lo tanto, el autoritarismo o apostar por una dictadura como modelo de gobierno es un rasgo de la extrema derecha como consecuencia de su rechazo a los sistemas de democracia liberal. Aunque el libertarismo no aboga por dictaduras, sí que rechaza también este sistema.

De todos los puntos anteriores, el libertarismo cumple estos puntos expuestos, ya que su discurso político es articulado en base a retóricas populistas y antipolíticas, se posiciona activamente en contra de todos los movimientos igualitaristas actuales y sus discursos y redes se llenan de datos tergiversados o exagerados para atacar a sus oponentes políticos.

En este último punto, en la práctica, el libertarismo no solo ha copiado la estrategia de la nueva derecha radical, sino que comparten la misma agenda cultural. Sus principales ataques se dirigen a la izquierda, hacia el feminismo, hacia el antirracismo y hacia cualquier movimiento social que busque la igualdad. Las premisas y los argumentos de partidos como Vox o Fidesz, líderes como Trump o Bolsonaro o influencers como Libertad y lo que Surja o David Santos son prácticamente los mismos, al igual que sus métodos para expandirlos y aplicarlos.

De hecho, a la hora de argumentar, el discurso de la extrema derecha moderna y el del libertarianismo para calificar al nazismo y al fascismo de movimientos de izquierdas son exactamente el mismo: enfocarse en el grado de libertad individual y de libertad económica, ignorando todas las cuestiones socioculturales (antifeminismo, supremacismo, racismo, ultranacionalismo, etc.).

¿Por qué sucede esto? Porque, en la práctica, lo que se observa ambas corrientes han encontrado un espacio común desde donde desarrollar su discurso. Es por eso que se vieron Banderas de Gadsen en el asalto al Capitolio de EEUU del 6 de enero de 2021. Se puede ir incluso más lejos: el libertarianismo, la alt-right, el fascismo y el rojipardismo o nacionalbolchevismo, comparten una agenda cultural ultraconservadora muy similar.

Por eso, Roberto Vaquero, líder del Frente Obrero, parece encontrarse más a gusto debatiendo con Un Tío Blanco Hetero o Rubén Gisbert que con alguien de Podemos. No es casualidad que Alexander Duguin, ideólogo del rojipardismo, trabajara con Alain de Benoist y ambos sean referentes de Diego Fusaro (que se llama a sí mismo «pensador marxista» y luego escribe en la revista del grupo neofascista CasaPound, inspiradores de Hogar Social Madrid) y del politólogo Hasel Paris, pareja de la escritora Ana Iris Simón.

Todas estas corrientes tienen en común precisamente la parte que más teóricamente dicen ignorar: la guerra cultural contra la izquierda, el discurso antipolítico, conservar los privilegios del statu quo (o de parte de él), la creencia en teorías de la conspiración y la adopción de estrategias similares, entre otras cuestiones.

Debido a todo lo anterior, existe suficiente evidencia para considerar que el movimiento libertario actual está denominado por el paleolibertarismo y asociado a la alt-right estadounidense. Y que, por lo tanto, no solo tildarlo de ultraderecha puede ser acertado, sino que resulta muy fácil a cualquier persona con ideas ultraconservadoras denominarse a sí misma libertaria o «defensora de la libertad» para huir de las etiquetas peyorativas asociadas a la extrema derecha.

A pesar ello, y para ser justos, si consideramos el libertarismo desde un punto de vista teórico, como bien se ha señalado al principio, sin entrar en consideraciones sobre cómo el movimiento y sus miembros actúan en la práctica política diaria, la afirmación de su pertenencia a la ultraderecha vacila, ya que hay algunos rasgos distintivos de esta que no encontramos en el libertarismo, además de la cuestión del autoritarismo.

Por ejemplo, los teóricos libertarios no son ultranacionalistas, ya que su concepción economicista del mercado los lleva a entender el capitalismo desde un punto de vista global y no local. son libremercadistas y no proteccionistas; tampoco son ultraconservadores en algunos aspectos, ya que se posicionan a favor de la legalización de drogas, armas, prostitución…; de igual forma, no tienen una postura clara en torno al hecho de la inmigración, por lo que no se puede afirmar completamente que defiendan posturas etnicistas.

De hecho, existen autores, como Juan Ramón Rallo, que recelan un tanto de esta agenda cultural y de este espacio compartido con la nueva derecha radical, renegando abiertamente de partidos políticos como Vox. No en vano, Rallo ha sido tildado de progre y señalado incluso por sus propios seguidores por atacar a Vox o por criticar alguna postura autoritaria emanada de la ultraderecha.

Por lo tanto, ante este paradigma, ¿qué podría decantar la balanza en este debate?

Libertarismo y ultraderecha: una relación histórica

A lo largo de la historia del siglo XX, existen una vasta lista de autores o políticos libertarios (o ultraliberales) que acabaron apoyando a regímenes o personajes ultraderechistas.

Los motivos de estos apoyos son diversos y varían según el contexto, pero hay un hecho que agrupa a todos: apoyaron a dictadores con el objetivo de frenar el avance de movimientos izquierdistas, socialistas o comunistas, priorizando, una vez más, las cuestiones socioculturales a las económicas, y favoreciendo los privilegios del statu quo a los de las clases bajas. Un ejemplo puede verse en el Plan Cóndor llevado a cabo en los años 60 y 70 desde la CIA para apoyar dictaduras en América Latina, pero también en la forma de operar de la red de Atlas Network, que han promocionado con recursos económicos, cuentas falsas y bots en redes sociales y medios de comunicación a candidatos como José Antonio Kast (Chile), Jenanie Áñez (Bolivia), Jair Bolsonaro (Brasil) o Javier Milei (Argentina).

Esto es consecuencia de la perspectiva economicista de los libertarios y ultraliberales, ya que a la hora de valorar la moralidad de un régimen político premian que este defienda prácticas económicas liberales y capitalistas por encima de cuestiones como su legitimidad democrática, la represión política que ejerce sobre sus ciudadanos o si viola derechos humanos fundamentales de las personas. Al final, lo importante es preservar los privilegios de las élites económicas dominantes.

Un primer ejemplo lo encontramos en la figura de Ludwig von Mises, representante de la Escuela austríaca, una de las más influyentes en cuanto a teoría económica liberal e inspiradora del libertarismo, y su concepción en torno al fascismo.

Si bien Mises reconocía al fascismo como una ideología antiliberal y violenta, consideraba que “los valores liberales tradicionales, aún inconscientemente, siguen influenciando a los fascistas”, que estos estaban “llenos de buenas intenciones” y “han salvado por el momento a la civilización europea”. Entendía que funcionaban bien como “un arreglo provisional”.

Mises no consideraba al fascismo como un fin, pero sí como un medio. Un medio para frenar el avance del comunismo y para poder seguir implementando medidas económicas ultraliberales.

Este blanqueamiento del fascismo por parte de Mises no quedó solo en el campo teórico, y es que desde el año 1932 hasta 1934 fue asesor del dictador fascista austriaco Engelbert Dollfuss. A lo largo de estos años, y hasta que Mises tuvo que exiliarse de Europa en 1940 por sus orígenes judíos, los dogmas “libertarios” fueron aplicados por la dictadura a la perfección: se eliminaron subsidios a los desempleados, se recortó el gasto público, se rebajaron impuestos a los empresarios… incluso se ilegalizaron eventualmente los sindicatos obreros.

Uno de los discípulos de Mises, Friedrich Von Hayek, premio nobel en economía y referente fundamental del neoliberalismo, también tuvo dificultades para mantener un equilibrio entre democracia y neoliberalismo: se convirtió en asesor y defensor de la dictadura genocida de Augusto Pinochet en Chile.

Fotografía de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, ideólogos ultraliberales e inspiradores de los libertarios. Autor: Levan Ramishvili, 30/11/2019. Fuente: Flickr.com
Fotografía de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, ideólogos ultraliberales e inspiradores de los libertarios. Autor: Levan Ramishvili, 30/11/2019. Fuente: Flickr.com

Hayek consideraba que la democracia es deseable, pero siempre y cuando esta garantizara y defendiera la propiedad privada. De no ser así, un régimen antidemocrático que sí lo hiciera podría ser una opción aceptable de manera transitoria.

De esta forma, las ideas neoliberales de la Escuela de Chicago fueron implementadas por gobiernos autoritarios de la región latinoamericana a partir de la década de 1970, como ocurrió en los regímenes de Pinochet en Chile o de Rafael Videla en Argentina.

En la actualidad, las banderas libertarias pueden verse en manifestaciones del partido ultraderechista español Vox e incluso en los actos del ex presidente de Estados Unidos Donald Trump.

Según Marcos Reguera, investigador de la alt-right de la Universidad del País Vasco, y Xavier Peytibi y Sergio Pérez-Diáñez, coautores del libro Cómo comunica la Alt-Right: De la Rana Pepe al virus chino, los libertarios tendrían en la actualidad más en común con la ultraderecha de lo que ellos realmente creen.

Y es que los primeros forman parte de este movimiento quieran o no, ya que comparten unos objetivos, lenguaje, tácticas y argumentos comunes. No por nada en los últimos años un conjunto de influencers que en su momento promovían ideas libertarias han acabado adoptando tesis ultraderechistas.

Se puede hablar de casos como los de Christopher Cantwell, supremacista blanco condenado judicialmente por extorsión y amenazas conocido por sus podcasts de contenido libertario, antifeminista y antisemita; o los de Stefan Molyneux, otra figura conocida por su podcast quien comenzó hablando sobre si el gobierno debería o no existir para acabar promoviendo la eugenesia en los últimos años.

Pero sus casos no son los únicos, y es que otra serie de figuras mediáticas vinculadas al mundo del supremacismo blanco comenzaron en sus orígenes en el mundo libertario: Milo Yiannopoulos, Richard B. Spencer (Instituto de Política Nacional), Alex Jones (InfoWars), Tim Gionet o Steve Bannon (Breitbart News).

En España, los libertarios que portan en redes sociales la Bandera de Gadsden se unen a jóvenes supremacistas blancos con iconos de la Rana Pepe y a ultranacionalistas con banderas de los tercios e imágenes de templarios para lanzar ataques a personajes y cuentas del mundo del comunismo, progresismo, feminismo o del movimiento LGTBI+, a menudo en auténticas campañas de acoso organizado.

Influencers libertarios o ultraliberales como Libertad y Lo Que Surja, Wall Street Wolverine o Un Tío Blanco Hetero, llenan sus redes sociales con horas y horas de contenido a favor de la libertad económica y en contra del gobierno y los impuestos.

Pero son todavía mucho más constantes los ataques contra el feminismo, sobre la negación a la violencia de género, bulos y ataques contra los inmigrantes ilegales o los menores extranjeros y ridiculizan las realidades identitarias no normativas.

La incompatibilidad entre libertarismo y democracia

En las sociedades actuales hay dos tensiones políticas soterradas: primero, se considera que las personas que carecen de los bienes elementales para poder mantener una vida digna no deben ser abandonadas a su suerte; y segundo, que nadie debe de ser obligado a solventar las necesidades del prójimo.

Estas dos tensiones responden a dos valores, respectivamente: al de igualdad y al de libertad. A su vez, ambas corresponden a dos tradiciones de pensamiento diferentes: la tradición democrática y la tradición liberal.

La tradición democrática planta sus raíces desde la Antigua Grecia y se fundamenta en defender los valores de soberanía popular, de identidad entre gobernantes y gobernados y de igualdad, mientras que la tradición liberal corresponde a tiempos más modernos y plantea la defensa de la separación de poderes, el imperio de la ley y de derechos y libertad individuales.

Según Chantal Mouffe, filósofa belga experta en populismos y teoría política, los primeros Estados liberales consideraban que el valor de la libertad era el valor supremo por excelencia, por lo que lo posiciona por encima de los valores de la tradición democrática, aunque tal y como se ha visto, las teorías liberales jamás llegaron a renunciar completamente a ello.

La reacción lógica al liberalismo fue el movimiento obrero (que devino en el socialismo) el cual defendía una jerarquización de valores inversa a la que los liberales planteaban: el valor supremo a defender era el de igualdad entre las personas; y de nuevo, las ideas socialistas jamás han renunciado al valor de la libertad, sino que consideraban que la defensa de la igualdad es el camino principal para llegar a lograr la verdadera libertad del ser humano.

Ambos movimientos consiguieron coexistir (no sin tensiones) con la llegada del Estado del Bienestar, un modelo de organización política, que, a través de la combinación de un sistema de libre mercado con medidas keynesianas para garantizar la distribución de la riqueza, consiguió armonizar la tradición liberal y la tradición democrática durante casi cuatro décadas, resumiéndolo de forma simple, existiendo formaciones políticas socialdemócratas, socioliberales y de centro derecha, al menos en el mundo occidental en el contexto de la Guerra Fría.

Este modelo político de convivencia pacífica de liberalismo y socialismo saltó por los aires con la llegada del neoliberalismo, que volvió a imponer la hegemonía del liberalismo con respecto a las corrientes socialistas, y se agudizó todavía más con la caída del «telón de acero», la disolución de la Unión Soviética (URSS) y la expansión de las lógicas capitalistas por prácticamente todo el globo.

Si de base la doctrina neoliberal implica una serie de peligros para la vida democrática debido a que limita la tradición democrática y sus valores a mínimos, cuando se habla de la ideología libertaria saltan todas las alarmas, pues esta no solo subordina los valores democráticos a los liberales, sino que busca imponer de facto una suerte de “dictadura liberal”.

Como se ha visto, los libertarios rechazan de facto cualquier corriente o perspectiva con pretensiones igualitaristas, no solo negándose a aceptar derechos sociales en sentido clásico, sino combatiendo la existencia del feminismo, de movimientos pro derechos civiles como Black Lives Matters o de asociaciones pro derechos LGTBI+ y de autoidentificación sexual y/o de género.

Su rechazo a medidas distribuidoras de la riqueza, de defensa del capitalismo salvaje y del libre mercado sin restricciones, supone una amenaza enorme a las pretensiones igualitaristas de la sociedad mundial en un contexto donde las desigualdades alcanzan niveles históricos y donde ciertos peligros que requieren de la cooperación de todos los Estados amenazan el horizonte de la civilización, como es el cambio climático.

Los datos así lo avalan: según el Laboratorio de las Desigualdades Mundiales, la proporción de la riqueza de los multimillonarios con respecto a la población general ha alcanzado niveles récords, y es que el 10% más rico concentra el 76% de la riqueza mundial; existen 711 millones de personas en el mundo en situación de extrema pobreza tras aumentar en 100 millones la cifra en estos 2 últimos años; y en España, los niveles de desigualdad se encuentran en picos históricos, afectando principalmente a jóvenes e inmigrantes.

Hasta instituciones que durante años se han encargado de implementar medidas neoliberales, como el FMI, la Comisión Europea o el gobierno estadounidense, están abogando por medidas que frenen la desigualdad extrema a través de figuras como impuestos a la riqueza y a las multinacionales, armonizaciones fiscales a nivel supranacional, persecución de paraísos fiscales, o hasta incluso, debatiendo sobre la posibilidad de implantar una renta básica universal.

Los libertarios rechazan todas estas medidas, llegando incluso a catalogar a estas instituciones, reiteramos, de profundo carácter neoliberal y defensoras del capitalismo, como “progres” o “comunistas”, debido a su dogma ultraliberal de que cualquier corrección del “libre mercado”, por pequeña o necesaria que sea, es necesariamente nociva. Bajo su lupa, cualquier organización que abogue por una intervención o regulación en el mercado, son catalogadas de «comunistas», «progres», «fascistas», etc.

Lo anterior ejemplifica el segundo argumento por el que se justifica la incompatibilidad libertaria con la tradición democrática: el mercado y el sistema capitalista se sitúan por encima de la soberanía popular.

Uno de los principios fundamentales de cualquier democracia es precisamente este principio de soberanía popular. O, en otras palabras, la idea de que el pueblo, como soberano y dueño de su destino, es capaz de decidir sobre sí mismo y sobre el orden político y social que desea o considera más apropiado.

Se puede encontrar muchos debates en torno a esta idea y sus límites, pero la mayoría de teóricos consideran que el único límite que puede encontrar la idea de soberanía popular es que no afecte directa o indirectamente a los derechos humanos de los individuos.

El libertarianismo se opone radicalmente a esta tesis, ya que considera que el mercado totalmente desregularizado y el sistema de producción capitalista son realidades que no admiten debate o alteraciones. Son dos entes por encima de cualquier decisión democrática o de deseos populares.

Por este mismo motivo, para los libertarios el juego político y la oferta electoral debe circunscribirse a este hecho. Se puede debatir sobre restricciones a la inmigración, pueden derogarse leyes feministas o LGTBI+ y se debe reducir el gasto público y político, pero nunca puede ponerse en cuestión al mercado o proponer una alternativa al sistema de producción capitalista.

Esto limita la idea de soberanía popular y aleja a la ciudadanía de sus representantes políticos, los cuales se convierten en puros gestores del mercado o figuras sin poder real. Desgasta la democracia al no legitimar alternativas políticas al orden hegemónico que permitan canalizar la apatía y el descontento popular.

No es de extrañar, tal y como se expondrá a continuación, que los libertarios opten por opciones antidemocráticas, pero que defiendan el mercado y el sistema capitalista por encima de opciones democráticas que planteen alternativas ante ellos.

Es por eso que siempre van a preferir un gobierno tecnócrata a un gobierno popular no liberal en lo económico. Siempre van a elegir liberalismo antes que democracia.

El lado reaccionario del libertarismo

El libertarianismo actual, que quizá es más adecuado definir como paleolibertarismo, va de la mano con la alt-right (y otras formas de extrema derecha) en cuanto a los elementos que constituyen su agenda sociocultural, que se asienta sobre posturas tradicionalistas, no debería ser tal si se acude a sus bases ideológicas desde un punto de vista estrictamente teórico.

Pero el caso es que en la práctica sus ideas sobre la libertad total y absoluta pierden validez fuera del ámbito económico, provocando incongruencias y contradicciones con los valores que dicen predicar.

Tal es el caso de algunos de sus máximos referentes, como Murray Rothbard o Lew Rockwell, fundador del Instituto para la Economía Aplicada Ludwig von Mises, think tank norteamericano de ideología ultraliberal, quienes afirmaban que “la estrategia correcta de los libertarios y los paleos [conservadores] es una estrategia de populismo de derecha”.

El propio Rothbard decía también que “podemos afirmar con seguridad que el 95 por ciento de las personas negras (en Washington) son o medio criminales o criminales al completo” mientras que realizaba apología sobre David Duke, exlíder del Ku Klux Klan, en un artículo titulado Right wing populism.

Uno de sus discípulos, Hans-Hermann Hoppe, otro gran referente libertario, ha participado en multitud de charlas y conferencias con personajes como Richard B. Spencer, Jared Taylor o Peter Brimelow, creador del portal web antiinmigración VDARE, donde colabora.

Hans-Hermann Hoppe dando una conferencia en el Instituto Mises. Autor: Gage Skidmore, 07/10/2017. Fuente: Flickr.com (CC BY-SA 2.0)
Hans-Hermann Hoppe dando una conferencia en el Instituto Mises. Autor: Gage Skidmore, 07/10/2017. Fuente: Flickr.com (CC BY-SA 2.0)

Hoppe defiende en muchos de sus artículos al absolutismo monárquico con respecto a la democracia y los valores tradicionales cristianos a la vez que rechaza el aborto, la multiculturalidad y los derechos de la comunidad LGTBI+.

Además, en algunas obras como Democracia: El Dios que falló, abraza el supremacismo racista justificando sus argumentos en base a estudios científicos que hablan de diferencias de Coeficiente Intelectual inherentes a las diferentes “razas” humanas

Por lo tanto, esta simbiosis entre ideas libertarias y ultraderechistas no queda solo reducido al ámbito teórico, sino que también tiene sus expresiones políticas.

Por ejemplo, durante las dos campañas presidenciales del libertario Ron Paul en EEUU, el supremacismo blanco tuvo un peso impresionante. Tanto es así que uno de los máximos dirigentes de su campaña fue Richard B. Spencer, actualmente neonazi y fundador del supremacista Instituto de Política Nacional, y uno de los máximos exponentes de la alt-right.

Otro ejemplo, y el que levantó la actual polémica en torno a los libertarios y la ultraderecha fue el de Javier Milei. Las incongruencias en su discurso son muchísimas, ya que a pesar de sus constante críticas al populismo posee uno de los discursos más claramente populistas en la actualidad.

Milei utiliza discurso personalista en torno a su figura (un economista de éxito y orígenes humildes con tintes de rockero), configurándose como una figura ajena a la política y al establishment y lanzando constantemente ataques a “la casta política” y a “los políticos de mierda”: todos rasgos de una construcción discursiva populista.

Este rasgo podría corresponderse con cualquier otra ideología, ya que el populismo no es del dominio de la derecha, pero es que su antipolítica se asienta en los constantes ataques personales y construcciones maniqueístas que lanza: “zurdos de mierda”, “soretes”, “te puedo aplastar aún en silla de ruedas”, “gusano asqueroso de mierda”, “los zurdos tienen miedo”, etc. Esta agresividad discursiva choca frontalmente con la tolerancia y pluralismo político que el libertarismo y liberalismo dicen defender, al menos en la teoría.

Milei combate ferozmente al feminismo y a la “ideología de género”, llamando “fanáticas” a las mujeres feministas, posicionándose en contra de las cuotas de género, negando la existencia de la brecha salarial entre hombres y mujeres y defendiendo restringir el aborto.

Por otro lado, sus discursos se llenan de «fake news» y argumentaciones falsas: “el calentamiento global es otra de las mentiras del socialismo”, “estamos entre los 5 países con la mayor cantidad de muertos por coronavirus”, “en aquellos estados que sí lo permiten (la tenencia de armas), la cantidad de delitos es mucho menor”, o declarar a lo largo de toda la campaña electoral que no estaba vacunado y que las vacunas no eran eficaces son algunas de las muchas trampas argumentativas de las que se vale.

Viendo todo esto, no es de extrañar que Milei apoye indiscriminadamente a ultraderechista teóricamente contrarios a sus ideas como Donald Trump, Santiago Abascal, Keiro Fujimori o José Antonio Kast; participando incluso en la implementación del programa económico de otro ultraderechista: el presidente brasileño Jair Bolsonaro.

Todo responde a la misma lógica. Los libertarios comparten una agenda común con otros movimientos de la ultraderecha: la batalla cultural contra el progresismo. A pesar de que difieran en cuestiones económicas todos tienen un mismo objetivo: el feminismo, la diversidad sexual e identitaria, el antirracismo, la multiculturalidad… al final, muy buena parte de la agenda económica se adapta en función de la zona geográfica.

En resumen, la extrema derecha y el libertarianismo comparten los siguientes puentes (o, al menos, estos serían los más significativos):

  • Preservar los priviliegos del statu quo, esto es, de las élites económicas y de los grupos socialmente favorecidos.
  • La negación de toda desigualdad estructural y su atribución a factores naturales y/o individuales.
  • El rechazo al sistema de democracia liberal y toda ideología de izquierdas y/o igualitarista.
  • El rechazo a las formaciones políticas hegemónicas, postulándose como «alternativa».
  • La agenda sociocultural, total o parcialmente.
  • Una historia común donde ha existido un tradicional apoyo en el plano social y político.
  • Una estrategia y un discurso muy similares: antipolítica, ataque a rivales políticos, antifeminismo, anticomunismo, etc.
  • Un espacio común de relación y debate político.
  • El apoyo, total o parcialmente, en el negacionismo (cambio climático, pandemia, violencia de género…) y/o en teorías de la conspiración (QAnon, El Gran Reemplazo, El Gran Reseteo, el «marxismo cultural»…)

Por lo tanto, incluso si se considera que el libertarismo no es una corriente de la extrema derecha, guarda más en común con este lado del espectro ideológico que con cualquier otro. Y, precisamente, en los aspectos más importantes y definitorios de cualquier movimiento político.

Fuentes, enlaces y bibliografía:

– Foto de portada: Bandera libertaria durante una manifestación ultra frente al Capitolio de los EEUU en 2018. Autor: Fibonacci Blue, 31/04/2018. Fuente: Flickr.com (CC BY 2.0)

Valentín Pozo

Articulista. Estudiante de cuarto de Ciencias Políticas y apasionado de la investigación. Experiencia en movimientos estudiantiles y sociales. En mis artículos intento ofrecer un enfoque analítico más orientado a las ideologías y teoría política.

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