Las derrotas de la extrema derecha en 2020

La extrema derecha ha ocupado ríos de tinta por sus constantes victorias. Desde la aparición de la nueva extrema derecha encabezada por su versión estadounidense, la alt-right, las fuerzas ultranacionalistas populistas han cosechado constantes victorias año tras año.

Pero, con la llegada de 2019, esta tendencia de victorias parecía empezar a revertirse. La extrema derecha europea veía la caída del Partido de la Libertad de Austria (FPO) tras su alianza con los conservadores. En Grecia, Amanecer Dorado era oficialmente ilegalizado. Matteo Salvini, que parecía que iba a ser el próximo primer ministro de Italia, vio como una coalición in extremis de los socialistas con el Movimiento 5 Estrellas frustraba su inmediata victoria.

Por primera vez, las fuerzas ultraderechistas empezaban a sufrir importantes derrotas. Y ahora, en 2020, un año marcado por la pandemia global de coronavirus, esta tendencia de derrotas de la extrema derecha prosigue.

La pandemia no solo no ha conseguido ser lo suficiente motivante para su electorado, sino que, además, ha servido para empeorar los resultados de los pocos gobiernos que estas fuerzas ostentan, especialmente debido a su preferencia por la adopción de medidas de seguridad más bien laxas para enfrentarse a la crisis sanitaria debido al fallido mantra de “priorizar la economía”.

Por lo tanto su imparable avance se ha visto frenado, en una tendencia que dura ya dos años.

A continuación se muestran las derrotas más importantes de la extrema derecha global en este 2020.

Bolivia: el desalojo de un gobierno ilegítimo

Jeanine Áñez asume la presidencia de Bolivia el 12 de noviembre de 2019. Autor: Todo Noticias.
Fuente: Youtube (CC-BY-SA-3.0)
Jeanine Áñez asume la presidencia de Bolivia el 12 de noviembre de 2019. Autor: Todo Noticias.
Fuente: Youtube (CC-BY-SA-3.0)

En noviembre de 2019, Bolivia realizó elecciones generales donde el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales se presentaba como primera fuerza, pero mostrando claros síntomas de agotamiento tras 14 años de gobierno y con algún que otro escándalo y fallos en la gestión.

Con esto en mente, la oposición esperaba por fin derrotar a Evo Morales, siendo para ello vital el resultado de la primera vuelta.

Hay que recordar que el sistema electoral de Bolivia es a doble vuelta (balotaje), es decir, hace que las dos candidaturas más votadas entre todas las presentadas vayan a una segunda ronda de votaciones, donde ahí ya quien obtenga más voto accede a la presidencia.

Sin embargo, si en primera vuelta el ganador obtiene el 50% más 1 de los votos o tiene más del 40% del voto y le saca al menos 10 puntos al segundo candidato, este se convierte automáticamente en ganador. Además, los resultados de la primera vuelta determinan el número de escaños de los partidos.

Durante el conteo rápido de votos, hubo un parón de 24 horas con más del 80% escrutado. La posterior reanudación dio la victoria a Morales (47,07%) frente a Mesa (36,52%).

Esto significaría un nuevo mandato para Morales. En ese momento, organismos como la Unión Europea o la OEA criticaron las elecciones, mientras que la oposición exigía la repetición de las mismas o directamente la destitución del presidente.

Bolivia estalló en un conflicto civil, donde parte de la población exigía la dimisión de Evo. La policía se sumó a estas reclamaciones y Evo ofreció la repetición de elecciones con nuevas garantías ante las presiones que estaba recibiendo.

Pocos después,  Williams Kaliman, Comandante de las Fuerzas Armadas de Bolivia, aconsejó a Evo que huyera, ya que no podrían asegurar su integridad física, una noticia relevante en una zona del mundo donde los golpes militares han sido frecuentes.

Así, el 10 de noviembre de 2019, Evo presentó su dimisión, huyendo a México y acabando finalmente en Argentina. En todo momento, el dirigente insistió en que había sido un golpe de Estado.

Tras esto, al no ser elegible otro miembro del Congreso, la ultracatólica y conservadora Jeanine Añezpresidenta del Senado y líder un de partido con tan solo el 4% del voto, se convirtió en presidenta de Bolivia.

Además, durante los primeros días de la huida de Evo Morales, muchos cargos públicos del MAS sufrieron atentados y fueron perseguidos, incluyendo concejales, alcaldes y diputados, además de una campaña orquestada en redes sociales para generar crispación.

“Dios ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a Palacio. Que Él nos bendiga” – Jeanine Añez.

La presidenta interina juró que gobernaría unas semanas mientras se preparaba para convocar elecciones. El nuevo gobierno incumplió sus promesas y fijo las elecciones para el 3 de mayo de 2020, casi medio año después, en un ambiente de crispación.

Con la extrema derecha tocando poder, Añez comenzó una agenda propia de privatizaciones. Además, el nuevo ejecutivo tomó la revancha contra los sectores tradicionalmente afines a Evo y reprimió con dureza cualquier protesta afín al exmandatario.

N obstante, el coronavirus y su gestión debilitaron al gobierno boliviano, cuya gestión según los expertos fue bastante deficitaria. Este, con el acuerdo de los partidos, decidió postergar las elecciones una vez más, al 6 de septiembre. Los enfrentamientos entre partidarios de Evo y el gobierno aumentaron.

Con esa fecha acercándose, el gobierno sugirió cambiarla una vez más, así como ilegalizar al MAS (cosa que no se atrevieron a hacer fruto del gran apoyo popular de la formación de EVO).

Temiendo unos malos resultados electorales, el gobierno en funciones decidió postergar una vez más las elecciones, al 18 de octubre. Esto causó un fuerte revuelo social en un país acosado por las protestas. Añez desplegó al ejército, aunque no consiguieron controlar la situación.

Pese a que Evo no podía presentarse, sí podría presentarse uno de sus exministros, Luis Arce, artífice del milagro económico boliviano. Por el centro derecha y como principal opositor se presentaba Carlos Mesa. Mientras que por la ultraderecha aparecían Jeanine Añez, que en su momento prometió no presentarse y Fernando Camacho, el apodado “Bolsonaro boliviano”. Fruto de las malas expectativas, Añez se retiró de la contienda.

La oposición esperaba un escenario donde el MAS tuviera que pasar a segunda vuelta y toda la oposición unida evitará su retorno al poder. El resultado fue bien distinto.

El más obtuvo un espectacular 52,4% de los votos, dejando claro que los apoyos de 2019 no habían sido fraudulentos (de hecho, la teoría del fraude no pudo demostrarse) y que volvían al gobierno de Bolivia. Así fue una de las derrotas de la extrema derecha en Bolivia.

EEUU: el final de Donald Trump

El presidente Donald Trump hace una pausa durante la ceremonia de observancia del
11 de septiembre en el Pentágono. Autor: Navy Petty, 11/9/2017. Fuente: Flickr, licencia
CC BY 2.0
El presidente Donald Trump hace una pausa durante la ceremonia de observancia del
11 de septiembre en el Pentágono. Autor: Navy Petty, 11/9/2017. Fuente: Flickr, licencia
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2020 se presentaba como un año de victorias para Donald Trump. El estrambótico mandatario salía ganador en los sondeos y el Partido Demócrata contaba con pocas posibilidades de derrotarle.

Sus esperanzas eran tan pocas que nadie del partido se opuso cuando auparon a Joe Biden, un veterano político de 78 años, con pocas oportunidades de vencer. Pero era mejor que él fuera derrotado a una joven estrella demócrata. Además, en general, es muy poco frecuente que un presidente no revalide su mandato tras su primera legislatura.

Y entonces apareció el coronavirus. Donde la mayoría de países decidieron tomar medidas como la distancia social y las cuarentenas, Trump decidió que el virus no era para tanto y que, literalmente, desaparecería solo. Esto le llevó a desoír las medidas de los expertos y minusvalorar la pandemia.

La razón de esta decisión es que el presidente contaba con priorizar la economía sobre las vidas humanas, pues lo primero era el punto fuerte de su gestión de gobierno.

Así, la pandemia se politizó: el Partido Republicano decidió no tomar apenas medidas contra la crisis sanitaria, mientras que el Partido Demócrata se erigió como defensor del método científico para combatir la pandemia.

Si bien la popularidad de Trump se mantuvo e incluso subió en el primer mes de la pandemia gracias a su estímulo fiscal para los estadounidenses, esta empezó a decaer en mayo.

A partir de entonces, Joe Biden dominaría los sondeos. La principal razón de estos era el gran número de víctimas que se acumulaban en EEUU mientras el resto de países del mundo ya habían conseguido controlar la pandemia parcialmente.

La situación en EEUU empeoró mientras se polarizaba la sociedad civil con conflictos como el coronavirus, el movimiento Black Lives Matters y los choques con las milicias supremacistas que apoyaban al presidente.

En septiembre y con unas encuestas que le derrotaban, Donald Trump empezó a escuchar a sus asesores y tomarse más en serio el virus. Este giro duró apenas unas semanas, donde el presidente volvió a sus posiciones originales.

«Creo que estamos haciéndolo muy bien con el coronavirus. Creo que, en algún momento, esto simplemente va a desaparecer. Eso espero» – Donald Trump.

Tras un primer debate presidencial, Donald Trump enfermó de coronavirus. A partir de aquí la distancia con su rival todavía empeoró más, acrecentándose día a día la diferencia entre ambos.

Finalmente el 4 de noviembre, se celebraron las elecciones estadounidenses. Joe Biden se impuso cómodamente por más de 6 millones de votos y 4 estados de victoria.

Lo normal tras esto es que el perdedor acepte el resultado electoral. Pero, por supuesto, no ocurrió así: Donald Trump acusó a los demócratas de fraude y empezó una campaña legal y mediática para revertir las elecciones. Esta campaña acabó como empezó, sin una sola prueba de fraude.

Esto no evitó que el presidente siguiera maniobrando para intentar quedarse, intentando convencer a los legisladores republicanos que obviaran el resultado de las elecciones o incluso pensando en aplicar la ley marcial, así como con extraños movimientos en el Pentágono.

Afortunadamente, la democracia estadounidense, con sus múltiples contrapesos, ha resistido el envite autoritario. Pero lo que sí ha conseguido el presidente, tras una campaña de bulos y desinformaciones, es que el 70% del electorado republicano considere que hubo fraude. El daño a las instituciones y la fragmentación y polarización social, objetivos de la ultraderecha, ya se habían dado.

Pese a esto y con su oposición, el 20 de enero el presidente Donald Trump dejará de serlo.

Pero además, su derrota no es solo la de la extrema derecha estadounidense, sino una derrota para toda la extrema derecha global. Donald Trump había sido el faro donde se habían visto reflejadas las distintas fuerzas populistas de derecha radical del globo.

Trump proveía de agenda, argumentario y acciones, además del apoyo del país más poderoso del mundo. Con su caída, la extrema derecha sufre un daño irreparable, perdiendo a su principal valedor que será sustituido por un presidente que ha prometido desandar el camino tejido por Trump.

España: un año agridulce para Vox

Santiago Abascal, líder de Vox, durante la defensa de la moción de censura contra Pedro
Sánchez. Autor: Ignacio Escolar, 22/10/2020. Fuente: elDiario.es (CC BY-NC 2.0).
Santiago Abascal, líder de Vox, durante la defensa de la moción de censura contra Pedro
Sánchez. Autor: Ignacio Escolar, 22/10/2020. Fuente: elDiario.es (CC BY-NC 2.0).

En noviembre de 2019, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) obtenía su segunda victoria en las elecciones generales, dejando a las derechas representadas principalmente en el Partido Popular (PP), Ciudadanos (Cs) y Vox sin posibilidad de optar al gobierno.

No solo eso, sino que tras una leve pérdida de escaños, el PSOE aceptó la entrada en el gobierno de Unidas Podemos y preparó un plan para trazar una mayoría que permitiese un gobierno de izquierdas lo suficientemente estable como para durar una legislatura.

La ultraderecha española preparó una campaña para evitar lograr esta mayoría, que se antojaba difícil. Y pese a sus intentos por conseguir que Pedro Sánchez no obtuviera los apoyos electorales para salir elegido presidente, el socialista consiguió los apoyos para su elección por la mínima: 167 a favor frente a 165 en contra. La primera derrota de las derechas españolas en este año.

Pocos meses después, el coronavirus llegaría a España, con consecuencias dramáticas. El país entró en varios meses de cuarentena a partir de marzo junto con la adopción de medidas cada vez más estrictas para contener el virus. Una vez finalizado este periodo de cuarentena con la desescalada de junio y julio, la extrema derecha tomaría el liderazgo de la calle, con multitudinarias protestas contra el ejecutivo que perdía popularidad mes a mes.

En este contexto de protestas y llegado septiembre, Vox decidió presentar una moción de censura contra el gobierno, al que tachaba de ilegitimo e inútil. Esta moción tenía pocos visos de prosperar, ya que las distintas formaciones de la derecha española estatal con sus aliados sumaban 152 votos.

En octubre, finalmente, se debatió la moción de censura, presentando como candidato a la presidencia a su líder, Santiago Abascal. Vox podía contar con hasta un máximo de 152 votos si conseguía atraer el voto de la derecha, alguno más si algún partido regionalista hubiera decidido apoyarles. Sin embargo, la realidad fue bien distinta.

Ciudadanos decidió no apoyar la moción, achacando el populismo, el ultraconservadurismo y el euroescepticismo de la formación ultraderechista. Así, quedaban los 88 votos de los conservadores del PP. En el último momento, decidió no solo votar en contra sino, además, realizar un durísimo alegato contra Vox, alejando sus posiciones del partido verde con la intención de hacer un giro a la centro derecha y criticando su radicalismo. Y es que lo populares sabían que el principal objetivo de la moción era debilitarles y convertir a Vox en el virtual líder de la oposición.

“Ha presentado una moción contra el partido que le dio trabajo. Hasta aquí hemos llegado. Es la hora de poner las cartas boca arriba“ – Pablo Casado, presidente del PP.

Vox se quedó solo en su moción, con 52 votos a favor y 298 en contra, la moción de censura menos apoyada de la democracia.

Si bien esta derrota de Vox no le afecta en gran manera (que daba por descontada), sí que consiguió reforzar la mayoría alrededor de Pedro Sánchez: solo dos meses después, España conseguía aprobar por primera vez unos presupuestos generales en cinco años, ya que los anteriores llevaban siendo prorrogados desde 2015. Estos presupuestos contaron con 189 votos a favor, 13 más de los necesarios, y consiguió el apoyo de

La moción de Vox sirvió principalmente para debilitar su alianza con el PP y reforzar la mayoría de Sánchez, una jugada nada rentable a priori.

Y no solo eso. Pese a que esto no puede considerarse una derrota como tal de la formación, Vox lleva un año interno difícil con múltiples dimisiones y enfrentamientos en los distintos procesos internos que ha llevado este año el partido.

De estos procesos, aparte del abandono de parte de la militancia, han salido tres nuevas escisiones: TÚpatria, España Suma y Valores.

Si bien, la formación está recuperando la pérdida sufrida en los sondeos desde mayo, estas divisiones internas y escisiones, como en el caso de Unidas Podemos, podrían pasarle efecto a largo plazo a la formación.

Italia: la triple derrota de Matteo Salvini

Matteo Salvini en 2019 participa en una ceremonia en la tumba de los soldados
desconocidos. Autor:Elizabeth Fraser (U.S Army), 17/06/2019, 10:34:22. Fuente: Flickr
Matteo Salvini en 2019 participa en una ceremonia en la tumba de los soldados
desconocidos. Autor:Elizabeth Fraser (U.S Army), 17/06/2019, 10:34:22. Fuente: Flickr

En 2018 se conformaba un extraño gobierno en Italia, configurado por el antisistema Movimiento 5 Estrellas (M5S) con un 32,7% de los votos emitidos y la ultraderechista Liga Norte (rebautizado La Liga) con un 17,3% de votos.

Este gobierno fue rápidamente dominado por La Liga que, con su carismático líder y Ministro del Interior, Matteo Salvini, sacó en las elecciones europeas de 2019 el 34,3% de los votos, mientras el M5S sacó el 17,1%. Un total intercambio de posiciones para un gobierno estrafalario e infructuoso, fruto de un constante choque entre ambas formaciones que solo compartían su identidad antisistema, pero con un marco ideológico casi contrapuesto.

Así, con unas encuestas que lo aupaban como gran ganador y sabiendo que el M5S mantenía una fuerte rivalidad con socialdemócrata Partido Democrático (PD) de Italia y que las fuerzas de derecha no pactarían con el M5SSalvini rompía con sus socios en verano de 2019, se lanzaba a una campaña electoral en la playa y reclamaba elecciones generales donde según todas las previsiones arrasaría.

Este fue, sin embargo, su primer error. Viendo el peligro que suponía Salvini, el M5S negoció un gobierno con el que había sido su gran enemigo, el socialdemócrata Partido Democrático de Italia. Surgió entonces un improbable pacto que se erigió como el nuevo Gobierno de Italia. Una primera derrota para el otrora Ministro del Interior, pero no la única.

Salvini, furioso, reclamó infructuosamente elecciones contra el acuerdo, además de declarar con una seguridad casi total que el Gobierno duraría poco. Una reacción que recuerda a la que tuvo el partido ultraderechista Vox en España cuando el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Unidas Podemos (UP) pactaron para formar gobierno en 2019.

Así, el líder de La Liga preparó una gran ofensiva contra el Gobierno Italiano para debilitarlo y forzar su dimisión.

En enero de 2020, Italia celebraba elecciones regionales. Entre las plazas que se jugaban, la más importante por simbólica era el Bastión Rojo de Emilia Romaña, de carácter partisano y gobernada por la izquierda desde hacía décadas.

Hemos hecho todo lo humanamente posible y aún más – Matteo Salvini tras su derrota

Salvini lanzó toda su maquinaria electoral y se concentró en arrebatar esta región. Llegó incluso a plantear este tema como un referéndum sobre su liderazgo y anunció la “conquista” de este territorio.

¿El resultado? Una derrota para Salvini. El candidato saliente Stefano Bonaccini, de centro izquierda, mantuvo su puesto con el 51,8% de los votos. La candidata de centro derecha, Lucía Borgonzoni, obtuvo el 41,5%. Aunque también se celebraron elecciones en Calabria donde la derecha ganó, esto entraba en lo esperado y el resultado de Emilia Romaña opacó las discusiones políticas durante días. Ya era la segunda derrota de Salvini.

Todavía llegaría una tercera. El 20 de septiembre se celebraron comicios regionales en siete regiones de Italia. Esto fue interpretado por analistas políticos como una prueba para ver la popularidad del Gobierno tras lo más duro de la crisis sanitaria por coronavirus y si la dura oposición de Salvini había servido. 

Además, entre estas había una región especialmente interesante: la Toscana, otro bastión izquierdista donde Salvini había puesto sus esperanzas y mandado la maquinaria del partido. Para dicha región había elegido una candidata popular, Sussan Ceccardi, apodada La Leona, caracterizada por sus fieros discursos contra población inmigrante y homosexual. Salvini anunciaba un 7-0 contra la izquierda.

Tras las elecciones, el revés para la extrema derecha era evidente: de las siete regiones en juego, la derecha solo gobernaría en tres (una más de las que ya tenían) y Sussan Ceccardi fue derrotada por el PD, dejando la Toscana en manos de la izquierda.

Además y lo que es peor para Salvini, uno de sus principales rivales internos, Luca Zaia, consiguió una previsible victoria en Veneto, aumentando el debate sucesorio tras la constante pérdida de influencia de La Liga.

Francia: unas elecciones municipales agridulces

Marine Le Pen en el parlamento de Estrasburgo. Autor: Claude TRUONG-NGOC, 01/07/2014,
17:33:31. Fuente: Wikimedia Commons (CC-BY-SA-3.0).
Marine Le Pen en el parlamento de Estrasburgo. Autor: Claude TRUONG-NGOC, 01/07/2014,
17:33:31. Fuente: Wikimedia Commons (CC-BY-SA-3.0).

En Francia, el partido de extrema derecha Agrupación Nacional (antes Frente Nacional) de Marine Le Pen sigue con una lenta progresión marcada por las derrotas. 

En junio de 2020, se celebraba la segunda vuelta de las elecciones municipales, postergadas en marzo por la pandemia de Covid19. En esta importante cita, la población francesa estaba llamada a elegir a representantes de 5000 ayuntamientos.

Para entender las esperanzas de Agrupación Nacional, hay que entender el sistema electoral francés. En este sistema, las elecciones son a doble vuelta, es decir, primero se hace una tanda de votación de todas las candidaturas donde las dos más votadas pasan a una segunda vuelta. Después, la candidatura más votada de estas dos se convierte en ganadora.

A esto hay que añadirle la existencia en Francia del llamado Frente Republicano”, un cordón sanitario contra el partido de Marine Le Pen que consiste en que, si este pasa a una segunda vuelta, el resto partidos aconsejan votar a su rival. Una estrategia que lleva amargando a la Agrupación Nacional casi desde su mismo nacimiento y que, además, ha sido replicada en otros países, como Alemania o Dinamarca.

Pese a esto y con unas encuestas favorables, la fuerza ultraderechista parecía que obtendría una importante victoria con la conquista de algunos de los grandes ayuntamientos franceses. 

Además, muchos de sus candidatos pasaron la barrera del 10 % de votos y se mantendrían en la segunda ronda en un total de 229 municipios de más de diez mil habitantes, yendo 17 de sus candidatos a la cabeza de la primera vuelta.  El partido tenía posibilidades de gobernar en Avignon, en Forbach, en Marsella, en Perpiñán e incluso en París.

Con todas estas perspectivas favorables, el resultado fue agridulceY no llegó a ser decepcionante solo por una razón.

«On est chez nous!» (esta es nuestra casa) – frase tradicional en los mítines del Reagrupación Nacional.

Para poder entender bien lo sucedido, es importante señalar que estas fueron unas elecciones atípicas marcadas por distintos factores. El primero de ellos es que hubo una abstención record, que se sitúa cerca del 60%. Lo segundo es una sorpresiva ola verde, cabalgada por los partidos ecologistas franceses, que se hicieron con cientos de ayuntamientos (y que refleja el éxito de los verdes en Europa). El tercero es la caída del partido del presidente Emmanuel Macron, que tuvo un resultado lamentable. El cuarto es el refortalecimiento de la izquierda, en una posición precaria durante los últimos años. Y, por quinto y último lugar, la conquista de Perpiñán por parte de Agrupación Nacional.

Este es el único hecho remarcable para la formación ultraderechista y aunque es un hecho histórico y una victoria, ya que es la mayor ciudad que gobierna en 25 años, las elecciones apenas han aumentado su poder. Además el candidato por Agrupación Nacional en esta ciudad es Louis Aliot, un candidato que ejemplariza la moderación y ocultó los logos del partido en campaña, de forma similar al candidato del Partido Popular (PP) Alberto Núñez Feijó en las elecciones autonómicas de Galicia en junio de 2020.

Además, pocos analistas consideran lo de Perpiñán un ejemplo extensible al resto del país, ya que su rival, el conservador Jean-Marc Pujol, estaba golpeado por los escándalos y no consiguió apoyos para el “Frente Republicano”. 

Un resultado decepcionante pese a esta última victoria que, si bien valió para salvar los muebles, hará que, de seguir así, las elecciones presidenciales de 2022, que son el gran objetivo de Le Pen, estén muy muy lejos de su alcance.

Hungría y Polonia

Reunión entre Jarosław Kaczyński (Polonia) y Viktor Orbán (Hungría). Autor: Kancelaria Sejmu
/ Paweł Kula, 22/09/2017. Fuente: Flickr (CC BY 2.0).
Reunión entre Jarosław Kaczyński (Polonia) y Viktor Orbán (Hungría). Autor: Kancelaria Sejmu
/ Paweł Kula, 22/09/2017.
Fuente: Flickr (CC BY 2.0).

La extrema derecha europea ha intentado verse reflejada en Hungría, que está gobernada por el ultraderechista Viktor Orbán del partido Alianza Cívica Húngara (Fidesz) desde 2010, con una racha de constantes victorias a costa de ir radicalizándose con el paso de los años, siendo en sus inicios una fuerza conservadora hasta reflejar tintes ultraconservadores, ultranacionalistas, xenófobos, homófobos y autoritarios. Tintes además reforzados por su pacto con Alianza de Solidaridad Húngara (KDNP), el tradicional partido conservador del país.

Su espectacular cadena de victorias ya sufrió un primer varapalo en las elecciones locales de 2019. En ellas, toda la oposición se unió contra Orbán (a veces de manera oficial, otras absteniéndose) para intentar derrotar a Fidesz en varias ciudades importantes.

El resultado de esta estrategia fue exitoso ya que Budapest, la capital del país, le fue arrebatada al partido del Gobierno y está ahora gobernada por Karácsony Gergely, del liberal Párbeszéd.

Pero en 2020, las derrotas paras Fidesz no han sido electorales, sino jurídicas y han venido por parte de la UE.

La primera vino por parte del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. El gobierno de Fidesz mantiene una dura pugna con el multimillonario George Soros, nacido en Hungría, con el que Orbán mantiene una disputa personal

Como buen partido de extrema derecha, Fidesz culpa al multimillonario de todos los males basándose en un buen conjunto de teorías de la conspiración, incluso planteando un paquete de medidas denominado “Stop Soros”. De hecho, este uso de Soros como cabeza de turco es incluso peor que en la ultraderecha y derecha del resto de países del mundo.

Así en 2017, el gobierno húngaro aprobó la Ley Nacional de Educación Superior, en teoría para regular las universidades, pero que estaba hecha a medida para expulsar del país a la CEU, la Universidad Central Europea financiada por Soros, motivo por el cual éste se querelló contra el gobierno, llevando la medida a Estrasburgo.

Finalmente, en octubre de 2020, el Tribunal de la UE ha dado la razón a la CEU y considera ilegal la ley que prohibió universidades financiadas desde el extranjero en el país.

“¿Qué palabras evitan los tecnócratas de Bruselas? Compromiso, honra, amor a la patria, constancia, grandeza, justicia“. – Viktor Orbán, primer ministro de Hungría.

Pero hay más. La UE aprobaba este año los presupuestos para el período 2021-2027. Estos presupuestos eran muy importantes, ya que en ellos estaba la partida para la recuperación de la crisis económica como consecuencia de la pandemia.

Y aquí entraba el conflicto. Hungría y Polonia tienen activado el al artículo 7 de los Tratados europeos, que capacita a la UE para suspender el derecho de voto de los miembros por vulnerar el Estado de Derecho.

En este contexto, la UE decidió unir la aceptación de los fondos a respetar el Estado de Derecho. Hungría y Polonia decidieron aliarse, como es común, y declarar que iban a bloquear los presupuestos sino se eliminaba esa cláusula.

La UE se mantuvo firme y decidió negociar con los países sin cambiar su opinión. Tras el acuerdo del resto de líderes, se informó a ambos países que la decisión no cambiaba y que si persistía en su bloqueo (que obligaría a prorrogar los presupuestos) el resto de estados aprobarían fondos de ayudas excluyendo a ambos países.

Y esto es bastante grave tanto para Hungría como para Polonia, ya que son receptoras natas de fondos europeos. Así, tras unos pocos días más de negociación, ambos países se retractaron de su veto y aceptaron los presupuestos.

Pero los problemas para Fidesz, el partido de Orbán, no acaban aquí. Y no por el escándalo de Jozsef Szajer, el eurodiputado ultracatólico y homófobo descubierto en una orgía masculina vulnerando las restricciones belgas para frenar los contagios de coronavirus, sino al Partido Popular Europeo (PPE).

Durante años, Fidesz ha sido un problema para el PPE, que ha estado debatiendo si mantener a este partido como miembro o expulsarlo. Los partidos miembros del PPE de Italia, España o Francia, siempre lo han defendido, mientras que otros no.

Ahora parece que la confianza en Orbán se ha agotado y el PPE está debatiendo su expulsión, que podría concretarse para antes de fin de año.

Reino Unido: desandar el camino

Recorte de Boris Johnson, reunido con encargados de política internacional de Reino Unido.
Autor: Annika Haas (EU2017EE Estonian Presidency, 7/10/ 2017, 14:49. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)
Recorte de Boris Johnson, reunido con encargados de política internacional de Reino Unido. Autor: Annika Haas (EU2017EE Estonian Presidency, 7/10/ 2017, 14:49. Fuente: Flickr (CC BY 2.0)

Sería inexacto decir que Boris Johnson y su gobierno son de extrema derecha. De hecho, sería mentir. Su partido y su forma de liderazgo pueden considerarse como máximo de derecha conservadora, análoga al Partido Popular de España o a Los Republicanos de Francia)

Pero el británico ha estado en la cuerda floja entre la derecha y la extrema derecha, apoyándose en el populismo, el ultranacionalismo y la antipolítica más que cualquier líder tradicional conservador. De hecho era el líder conservador no extremista más cercano a Trump y sus formas empezaban a pesar en el partido Tory que dirige. Para más inri, algunos medios y personalidades se referían a Boris Johnson como “el Trump británico”.

Pero este ha sido un mal año para el mandatario británico. Al principio de la pandemia, Johnson decidió omitir el consenso científico y sumarse a la estrategia de priorizar la economía, negándose a tomar medidas de restricción social.

Si bien esta posición le duró pocas semanas, las consecuencias fueron desastrosas e hizo que perdiera parte de apoyo de la población británica.

Y esto sería el principio. En mayo ocurrió el Cumminsgate: su “asesor especial del primer ministro” Dominic Cummings, el hombre con más influencia sobre Johnson y una de las grandes manos tras la campaña del Brexit (la salida de Reino Unido de la Unión Europea), fue cazado saltándose el confinamiento a cientos de kilómetros de su hogar.

Esto provocó un escándalo social, con múltiples peticiones que exigían su destitución. Sabedor de su dependencia, Boris no le destituyó y lo mantuvo en el mismo puesto. Esto provocó una rebelión interna de los diputados conservadores, donde más de 40 tories exigieron su dimisión.

Este escándalo tuvo un gran coste en popularidad sobre el primer ministro, que mantuvo a Cummings hasta el 13 de noviembre en su puesto.

El momento no fue al azar. Boris Johnson se enfrentaba a otra rebelión interna por su gestión del coronavirus, por ignorar a su partido y por la gestión del Brexit.

Para conseguir aplacar los ánimos y quizás también influenciado por la derrota de Donald Trump, uno de sus principales aliados hasta la fecha, Johnson sacrificó a Cummings mientras aceptaba abandonar sus posiciones más nacionalpopulistas y volver a cierta moderación conservadora, reformando por entero su gabinete de gobierno.

Así parece que, de momento, estas decisiones han provocado que la posibilidad de que Boris Johnson se convierta en un Trump británico queda descartada.

Brasil: varapalo en las elecciones municipales para Bolsonaro

La segunda vuelta de las elecciones municipales de Brasil consolidó el distanciamiento de la sociedad respecto de los extremismos, reforzándose los planteamientos ideológicos de la derecha y la centro derecha.

Las votaciones del 29 de noviembre demuestran que, pese a tratarse de consultas locales, la influencia del presidente Jair Bolsonaro está perdiendo peso, tal y como han ido prediciendo los sondeos de los últimos meses.

Si bien el mandatario apoyó enérgicamente a 25 candidatos que se postulaban para la alcaldía en distintas capitales, solo Tião Bocalom logró ser elegido como regidor de Rio Branco, capital del Estado de Acre, que cuenta con unos 400.000 habitantes, y el ultraderechista comisario de policía, también negacionista del coronavirus, Lorenzo Pazolini, consiguió imponerse en Vitoria, capital de Espírito Santo.

Los aspirantes de Bolsonaro en las importantes ciudades de São Paulo y Río de Janeiro vivieron un fracaso estrepitoso. En la primera, Celso Russomano tan solo consiguió una cuarta posición con el 10% de los votos, lo cual no le permitió ni pasar a la segunda vuelta, pese a haber encabezado las encuestas algunas semanas atrás.

Por otro lado, el actual alcalde de Río de Janeiro, Marcelo Crivella, sí logró pasar a la segunda votación, aunque posteriormente fue derrotado por el centrista Eduardo Paes, quien logró un 64% de los votos, lo que le permitirá acceder a la alcaldía por tercera vez en su carrera política, frente al casi 36% de apoyos que logró Crivella.

Jair Bolsonaro venía padeciendo una inusitada pérdida de popularidad debido a su autoritarismo, sus polémicas declaraciones y, especialmente, a su insistencia en negar la gravedad del virus y a no adoptar las medidas de seguridad higiénico-sanitaria aconsejada por su asesores y por la comunidad científica.

Tanto es así que, de forma similar a Boris Johnson, comenzó a perder apoyos dentro de su propia formación y entre sus principales aliados en abril de 2020. Sin embargo, al contrario que Johnson, Bolsonaro se reafirmó. Mientras sus gobernadores locales se rebelaban contra su política e incluso sus propios ministros, Bolsonaro optó por empezar a destituirlos y a criticarlos, crear un nuevo partido y apoyarse más en los sectores militaristas, lo que llevó a los rumores de posible autogolpe de Estado.

Amenazado con ser apartado del poder mediante un impeachment, no obstante, la popularidad de Bolsonaro ha vuelto a crecer después de encadenar diversas caídas, alcanzando ya un 40%.

Esto se debe a que el presidente parece haber captado las críticas y está intentando alejarse de la polarización más extrema que lo ha caracterizado durante su mandato, aunque no ha dudado a la hora de considerar que ha habido fraude tanto en las elecciones de su país como en las de Estados Unidos.

Un primer año de derrotas

Indudablemente, 2020 ha supuesto un duro varapalo para las formaciones de la extrema derecha.

Desde su aparición como fenómeno global en 2015, sus victorias iban en aumento año tras año. En 2019 se vieron las primeras muestras de estancamiento y retroceso. Y en 2020, el agotamiento de su fórmula empieza a percibirse, al menos en ciertos países y bajo ciertas circunstancias, aunque las razones no están del todo claras.

Por un lado, parece que la pandemia de coronavirus, que seguro que representa un shock para cualquier gobierno que se enfrente a unas elecciones en el corto plazo, es un factor importante. Este año ha afectado casualmente a varios gobiernos de extrema derecha, pero es posible que, como la crisis económica de 2008, los ejecutivos de este período se enfrenten a derrotas electorales independientemente de la ideología.

Pero el coronavirus no es la única causa, ya que las derrotas han venido desde diversos frentes. Indudablemente es una cuestión de múltiples factores.

El primero de ellos sería que la innovación y la sorpresa han terminado. La extrema derecha reapareció con un manejo sorprendentemente bueno de la comunicación, alimentada por las estrategias de la alt-right. Una vez pasados casi 5 años, este sistema ha perdido frescura.

Una segunda cuestión sería posiblemente que la polarización política ya no da más votos. Actualmente, Occidente y su zona de influencia se encuentran en una situación política fuertemente polarizada. Esta situación que ha dado fuerzas a la extrema derecha posiblemente ha llegado al límite: las posiciones están tan polarizadas que los bandos están claro y mover los votos es algo difícil.

Un ejemplo de esto lo tenemos en las elecciones americanas, donde el número de indecisos antes del primer debate estaba por debajo del 5%.

He ganado las elecciones” – Donald Trump, 16 de noviembre.

De hecho, ahora mismo la ultraderecha esta intentando abandonar su posición escorada para intentar optar a la hegemonía, ensanchado sus bases con nuevas estrategias.

Una tercera cuestión es como los medios, instituciones y partido políticos rivales están aprendiendo a combatirles. Desde las redes y medios se han lanzado mecanismos para limitar los discursos del odio, al igual que para luchar contra los bulos y las fake news, uno de los motores de estas fuerzas.

Se puede decir que ya no son unos desconocidos en el terreno político y cada partido está tomando sus estrategias para enfrentarse a ellos.

Como cuarta cuestión, también se puede suponer que sus distintas experiencias de gobierno demuestran que estas formaciones, que intentan representar la antipolítica y triunfan con discursos antisistema, también sufren los desgastes de la gestión y el choque de los discursos populistas contra la realidad.

Aun así es pronto para confirmar nada. Por ahora la tendencia de los dos últimos años es a la baja, pero aún no se puede saber si significa un cambio de tendencia o solo un breve respiro.

Lo que es seguro es que tras la crisis de salud del coronavirus, vendrá la crisis económica. Y los gobiernos que se enfrenten a elecciones cercanas pueden tener auténticos problemas.

Si las medidas de estímulo y apoyo social no son lo suficiente, el mundo se enfrentará a unos nuevos años de desasosiego, enfado e ira. Y nadie como la extrema derecha cabalga mejor entre estas emociones.

Juan Francisco Albert

Director de Al Descubierto. Estudiante de Ciencias Políticas y máster en Política Mediática. Apasionado del estudio y análisis del hecho político, con especial interés en el fenómeno de la extrema derecha, sobre la que llevo formándome desde 2012. Firme defensor de que en política no todo es opinable y los datos, fuentes y teorías de la ciencia social y política deben acompañar cualquier análisis.

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